HELSINKI

Helsinki está preciosa en esta época del año. La nieve te llega a los huevos, el frío corta la cara y el alcohol es caro. El aire limpio y seco, salvo que ruja en lontananza un volcán, las calles vacías y esa noche eterna, sin estrellas, de novela negra barata, invitan a gastar la hijuela en vicios por ver de sentirse vivo corriendo hacia la muerte en lugar de esperarla tiritando. Ingvar busca mujeres en los bares, con dificultad porque si rebuscas en el árbol genealógico la mayoría son primas y acaba llegando a tu madre noticia de tus desatenciones, desplantes e incluso, lo que es más vergonzoso, el detalle de esos momentos de bajo rendimiento. Las mujeres de Helsinki, cuenta Ingvar, son como matrioskas, sanas y gordas, un poco por raza y un poco por la ropa, rubias y de cara colorada de frío o plétora o alcohol. A las mujeres en Helsinki las eliges por la cara en los meses de sol, y a la buena de dios en cuanto se viene la invernía y que él reparta suerte, que no hay forma de verles las formas debajo de esas ropas ni la cara en esa oscuridad de callejón. El mar, mira Ingvar, qué linda la mar, toda cubierta de témpanos, que en las islas es el sitio por dónde escapar, es en Helsinki la línea en la que parar de hacerlo. La mar, dice Ingvar, es un horizonte en el que, sin línea, se juntan el cielo gris y el mar gris. Un gris sin fondo que, de mirarlo fijamente, hace imposible el sueño de una isla tropical. Las sirenas, mirando al mar, las imagina uno gordas y grises como las morsas, con sus capas de grasa imprescindibles para sobrevivir. En Helsinki, que está preciosa en esta época del año, Ingvar me lleva a naufragar a la barra de un bar, con alcohol de estraperlo y sirenas de alquiler. En Helsinki, en esta época del año, es lo mejor que se puede conseguir sin un billete de avión.

LA GALLINA QUE CANTA

Yo, en su día, cuando no tenía ni idea de que iba a vivir tanto, quería ser héroe en desbandada, hagiógrafo de putas y borracho a crédito y dormir como esos desgraciados que han habido en la historia de la literatura, intoxicado y con los zapatos puestos. Yo, en su día, habría dado un brazo por una prosa excesiva y una vida exagerada o viceversa, que no recuerdo ya si el plan era vivir lo escrito o escribir lo vivido. Las cosas nunca salen como uno quiere, mayormente porque en realidad los deseos más chulos son siempre un imposible, lo cual no les quita sino que les pone. A mí ciertas cosas me recuerdan que yo era un insensato que, cosas del carácter, se amansó sin que nadie se lo pidiera, por propia voluntad, que lo mismo pudo ser precaución que cobardía, detalle concreto que no recuerdo y en el que prefiero no ahondar. Contaba Don Camilo que Brégimo Faramiñás tenía rabia a los bajitos y los clasificaba taxonómicamente en dos grupos, a saber: A) aquéllos a quienes pueden picar las gallinas en el culo y B) aquellos que tienen que andar cantando para que no los pisen. Como me molesté en buscar en viejos listines telefónicos, de cuando Ourense se llamaba Orense y las criadas viejas desplumaban pollos en las Burgas, y no aparecen ni el tal Brégimo ni nadie con el apellido Faramiñás, concluyo que se trata de una invención del Sr Cela, otra más, lo cual no quiere decir que sea un embuste, que también existen la mentira piadosa y la fabulación con enseñanza moral. Me malicio por ello que el meollo, lo que aquí le decimos cerne, va por advertir a las gentes del común, tercero mediante, del detalle no menor de que todos somos en algo bajitos, cuando no enanos. Que en general, si bien se mira, todos pertenecemos bien al grupo A) y caminamos un poco de puntillas, esforzándonos en evitar que nos pique el culo la gallina de la mediocridad bien al B) de los que caminan vociferando desafinados más que cantando, por hacerse de más y evitar que les pisen. No queda explicitado si Don Brégimo Faramiñás, a lo que se ve agudo pensador y filósofo, cargaba más de un lado que del otro, uséase si la tirria gorda se le iba del lado de los vanidosos o de los soberbios. La soberbia, hay que decirlo, es pecado de mucho lucimiento y de los que tienen fases o etapas, tal que la lujuria, que empieza anhelando, continúa ejerciendo y acaba añorando. Gerósimo Fuenmayor, del comercio, padecía veleidades literarias que le apartaban periódicamente de su obsesión gluscosbalaitonfílica; la curiosidad no contenida pronto deviene en hábito que, si desbocado, precipita al pozo del vicio. Don Gerósimo, del comercio, tenía aspiraciones de dramaturgo y dejó escritas, según él, catorce tragedias y once comedias. Según la crítica más autorizada dejó en realidad catorce comedias y once tragedias. Los críticos, en ocasiones, son crueles sin necesidad, sólo por el placer de picarle el culo a alguien, por ejemplo a Don Gerósimo, ya ves tú, que nunca hizo mal a nadie. Tomaba sus cafés en bares y pedía dos azucarillos, uno para el coleto otro para la colección, y escribía en cuadernos azules tragedias de mucha risa y comedias de llorar, a lo que se ve, mientras del negocio se encargaba un fastudo. Gerósimo Fuenmayor creía muy conveniente no caer en vicios vulgares, como la gula o la avaricia, y de verse obligado a optar hacerlo por los ya mencionados, lujuria y soberbia, eligiendo el uno o el otro según salgan los días nublados o no. Los críticos, cuando afinan, pisan a los que van cantando y desafinan y dejan en paz a los canijos de culo caído que caminan de puntillas, que se van haciendo solos en su propia salsa. Las horas vacías de los días nublados, sostenía el autor, han de llenarse con tonterías sin fundamento, so pena de caer en la molicie del ocio, el negro pozo del vicio o, peor aún, el pecado en soledad. Amén.

A MAR PEQUENA

Ya estamos en la playa, mirando “a mar pequena” lo que viene siendo el abra de la ría de Pontevedra, a la derecha Sanxenxo, al frente Ons y Onza. Aquí aprendieron a navegar Colón y a escribir Jabois, lo cual no tiene nada de particular porque este es un lugar particular, un paisaje precioso con su propio microclima que se dice ahora. En días como hoy esas cosas hasta parecen inevitables porque aquí el cielo es más luminoso, la temperatura más alta y la vida en general más plácida. Eso sí, en ciertas épocas se llena de madrileños, hasta tal punto que uno se siente turista en su tierra. Se cruzan en el paseo de Silgar y se van encontrando y socializan. En la capital, con el tráfago de esos millones de almas no encuentran tiempo para hablar con los vecinos con los que aquí tropiezan cenando o tomando unos helados y aprovechan para ponerse al día. Cuando Jabois escribió lo de Irse a Madrid uno pensaba que era broma, que el asunto iba de escapar de los madrileños que se le venían a meter en casa. Como al final no era eso en estas tardes plácidas ya no sabe uno qué pensar de su intuición. El mar que veo ahora, que cruza todas las tardes un grupo de delfines, más o menos a la hora de volverse a casa a cenar, es perfecto para aprender la aguja de marear, uséase la brújula, ese chisme que siempre apunta al norte y luego ya vas tú a dónde te parezca mejor; a Madrid, a América o simplemente caminar sin rumbo. Perderse con fundamento es uno de los placeres de la vida, ya sea en el mar abierto o en los archipiélagos de las palabras. Todas las mañanas se ven salir cienes y cienes de veleros que juegan a las regatas y parecen bandadas de pájaros a cámara lenta. Son cosas de los vientos, ya lo sabemos, pero de lejos los rumbos cambiantes parecen puro capricho y juego de golondrinas. Las vacaciones y sus lugares siempre son un poco la vuelta a la infancia y lo infantil, a la pandilla de amigos, al juego y la merienda. Un poco volver a donde creciste o te habría gustado crecer. Yo pasé la mía hasta los trece en un sitio parecido, con el mar a 20 metros y su sonido constante. De junio a septiembre vivíamos en bandada y en bañador, siempre entre la tierra y el agua, en esa franja que la marea descubre y reclama dos veces al día, quemados por el sol y siempre hambrientos. Cogíamos almejas, arrancábamos mejillones y lapas de las rocas, erizos del fondo de la ría y camarones de las pozas con los que a veces, tras mucho reclamar, nos hacían un arroz que nos comíamos con apetito y orgullo. Luego, mientras anochecía, hacíamos un viaje en bicicleta a comprar polos de limón. Las vacaciones cuando creces son eso mismo, aunque ahora los bichos los compras en la plaza, el agua de los recuerdos no está tan fría y el polo son dos bolas en una terraza.

EL NÚMERO SIETE

Pedía siempre el número siete porque traía salchichas, espárragos, huevos fritos, patatas fritas, dos rodajas de tomate y dos medias bolas de ensaladilla rusa como hechas con las cazoletas de poner helado en los cucuruchos. El plato combinado, como la vida, suele ser así, una montaña de escombros en la que se apilan cosas heterogéneas como en un bazar chino o el local de un chamarilero o la sala de espera en el ambulatorio de la seguridad social. Nada extraordinario salvo la mezcla. Las patatas, a principios de semana, antes de que empezase a ponerse rancio el aceite de tanto freír y freír, no estaban mal. Irregulares y crujientes, cortadas a mano, nada de esas congeladas de bolsa. Todo lo otro del montón más o menos como se podría esperar. Anodino, aceitado, insulso, de bote. En realidad pedía el número siete por los huevos. Por alguna extraña razón tenía desde siempre, desde que podía recordar, una debilidad por los huevos fritos. Por los huevos buenos bien fritos. Freír un huevo, como todas las cosas sencillas, tiene su aquel. Lo muy sencillo suele ser irreductible, ergo imposible de perfeccionar y consecuentemente muy fácil de estropear. Freír un huevo es cosa que algunos hacen de modo automático, sin mirar, sin pensar, casi sin querer. Hay quien sólo es capaz de freír un huevo perfecto, que si su vida dependiera de arruinar un huevo acabaría con cara de pasmo sentado en el patíbulo o parado ante doce reclutas uniformados. Para freír bien un huevo hay que entender a los huevos, a las sartenes y a los fuegos y a los aceites. También hay que entender todas esas cosas juntas y por su orden, en su punto y en sus tiempos. Freír un huevo es difícil porque todo es muy sencillo, que son cuatro cosas, y total es sólo un huevo. Para freír bien un huevo puedes esforzarte toda la vida, mirando, estudiando y practicando, queriendo entender los fuegos, las sartenes y los huevos, o simplemente, como algunos, ponerte y freírlo perfecto. Quienes fríen los huevos perfectos suelen nacer así y le quitan importancia al asunto, un poco porque freír huevos es cosa sencilla, aceite y poco más, y también porque de alguna manera intuyen que darle más importancia, entenderse entendiéndolo, arruinaría el asunto. Comerse un plato combinado, como la vida misma, permite toda una serie de estrategias. Hay quien se come primero lo caliente y luego lo frío, así que empieza por las patatas, los huevos y las salchichas y acaba con el espárrago, que viene helado de la nevera, donde guardan la lata. Eso es inteligente. Lo caliente podría enfriarse y deslucir, lo frío se irá atemperando y mejorando. Buscar la media, situarse en lo alto de la campana de Gauss tiene sus seguidores, que son muchos. Otros, ávidos, se comerían el huevo, disfrutarían pronto, ya, de lo bueno. La vida es corta y al carajo. Por último hay quienes ponen una cierta distancia entre sí mismos y las cosas que más les gustan o les importan. El fulano del número siete se sentaba todos los días y se comía primero lo mediocre, rápido pero sin apresurarse, pensando en el huevo, valorándolo, demorando la satisfacción, dejando para el final lo bueno. El arte, pienso yo, es esa complicidad entre desconocidos, entre un tipo que hace cosas irreductibles más por instinto que por conocimiento y un fulano que sabe encontrarlas en una pila de escombros y las disfruta con demora.

EL ORGANISTA

No me desnudo en público por humildad y porque no me ocurra la sinécdoque que acabó con la vida de Isauro Puga Pérez, tomando sus partes por el todo. Isauro, un día aciago, salió desnudo de las duchas del pasillo en el colegio mayor y caminó tranquilamente hasta su habitación y lo vieron. A partir de ese momento quedó bautizado, por mal nombre, como Maese Pérez el Organista porque su órgano viril era, afirman quienes vivieron el momento, como el tubo del fa bemol en el de la Catedral de Santiago. Ya serían exageraciones, pienso yo, que el fa es mucho. El caso es que el mote cuajó e Isauro nunca más fue Isauro sino Maese Pérez (El Organista). A pesar de su expediente cuajado de matrículas, el premio extraordinario fin de carrera y que hablaba, mal, siete idiomas jamás consiguió no ya la admiración de los suyos por semejantes logros sino un mínimo respeto. Isauro hacía de guía para los extranjeros que venían de peregrinos y por unas monedas explicaba en defectuoso alemán, checo, francés, inglés, italiano, portugués y holandés las maravillas de la catedral y sus alrededores. Isauro (El Organista) de catedrales y de historia no sabía nada y se lo iba inventado todo sobre la marcha. Así, las escatológicas gárgolas del Hostal con figura de hombres cagando un día eran Lutero y Calvino para unos alemanes, otro Napoleón y su hermano José porque el grupo era francés e incluso, para unos italianos fueron Gepetto y Pinocchio. ¿No ven Uds. la nariz puntiaguda? decía señalando con el dedo, y la veían. Isauro, aprendiendo de lo suyo, de la maldita sinécdoque, afirmaba que la gente ve lo que quiere ver y se queda con lo que suena bien. Isauro, derrotado, abandonó la lucrativa función de guía de un Santiago inventado y reinventado, reimaginado ad hoc para esas gentes cansadas que llegan desde todas partes del mundo y están deseando ser sorprendidas. Nunca sospecharon que aquellos amores juveniles y odios familiares que relataba habían sucedido en las rúas brillantes de lluvia, tan parecidos a la peripecia de Romeo y Julieta, no sucedían más que para ellos en la imaginación del Organista. No sospechaban porque lo que más nos gusta son las historias, aunque algunas arruinen vidas.

LOS CALCETINES

Analita Portocarrero y Sebastián Ansede casaron con pompa y boato en la Catedral de Compostela y celebraron banquete en el recién abierto Parador Nacional de Los Reyes Católicos, asunto que se recogió en extenso en los ecos de sociedad de la prensa local. Estas cosas, cuando se hacen bien, son a las doce de la mañana y se cuida uno que no alarguen en demasía. Más de un cierto tiempo de celebración convierte cualquier acto, por solemne que sea, en una boda gitana. Así a las cinco de la tarde, empacado todo en un taxi apalabrado con semanas de antelación, la feliz pareja partió de viaje de bodas hacia San Sebastián, primera parada en Oviedo. Llegados al hotel, antiguo y señorial, de esos en los que los consomés tienen solera, los manteles son de lino y las ollas guisaron oso, cenaron ligero y subieron a la habitación, prestos a consumar el matrimonio. Cuando ella salió del baño, enfundada en un camisón amplio y transparente y subida a unas zapatillas de raso con pompones de plumas, él la esperaba en la amplia cama de matrimonio, posiblemente tan nervioso o más pero aparentando como un campeón. La mili, en estas cosas, daba muchas tablas, experiencia que hay que aplicar con cuidado porque qué tendrán que ver los sargentos y las putas con las recién casadas. A Analita le salió el nerviosismo por el aquel de ama de casa, papel que se suponía que habría de cumplir por siempre de allí en adelante. Al ver la ropa sucia de Sebastián al lado de la cómoda, formando una pirámide coronada por los calzoncillos y los calcetines hechos un gurruño le dijo:

–¡Sebas, recoge inmediatamente esa ropa y déjala doblada en la silla!
Que te digan eso, en tono de reproche, mirada reprobadora y señalando con el dedo, a cualquiera le sienta mal.
–¡Recógela tú, que eres la mujer!
Esa noche durmieron en habitaciones distintas y al día siguiente, ella llorando en el taxi, él taciturno en el coche de línea, volvieron a Compostela. El matrimonio rato no consumado necesita para su disolución dispensa papal, que tardó años en llegar pese al ejército de abogados y las resmas de papel que se iban acumulando. Mientras, ella se lamentaba en reuniones con amigas y pasaba temporadas en balnearios en los que ninguno de los hombres que conocía era tan apuesto, galante, cariñoso y divertido como su Sebas. Me lo merezco, por ser una soberbia, por no saber estar en mi sitio, decía. Él se esforzaba en ahogar sus penas en los bares, aún sabiendo de antemano que las penas flotan, en compañía de amigos cada vez más juerguistas, contando cada vez con más amargura cómo, por gilipollas, por no recoger unos calcetines del suelo, su vida era una mierda. A uno le cuentan esta historia y siente pena, sobre todo porque Analita y Sebastián, con sus defectos y, ahora, con sus arrugas de ancianos, tienen pinta de que podían haberse llevado bien pero que ni en su día entendieron qué es estar casado ni de su desencuentro aprendieron nada.

EL GOLPE PERFECTO

Hay días que salgo del despacho y al pasar frente al café de la esquina, que a sí mismo se llama, pura presunción, Cheese & Deli Bar, le hago un gesto a la camarera y ella entiende. Entonces espero un instante en el semáforo y cruzo con paso flexible y decidido pero no apresurado, entro en el estanco y antes de abrir la puerta la estanquera coge mi tabaco: Ducados rubio en paquete blando. Saco un billete y suenan en la caja un pííí, un tilín y el cajón que se cierra en perfecta sucesión, salgo de nuevo a la acera con un gracias y cruzo de vuelta, timing perfecto, en el mismo verde del semáforo, otra vez con mi paso perfectamente medido, evidencia de un varonil atractivo. Cuidando no pisar sólo las rayas blancas del paso de cebra, signo de neurosis y por tanto debilidad, voy quitando el plastiquito al tabaco y al entrar en la zona de fumadores sale la camarera con mi café. Esos días, que los hay, y más cuando como hoy brilla el sol de una primavera que viene en su tiempo, me siento de lo más profesional y cinematográfico, moviéndome en un mundo ideal en el que la perfección es posible, en el que, como en un atraco perfecto, todos los demás seres y objetos del universo son o bien cómplices de un plan que se va cumpliendo inexorable en todos sus detalles o meros comparsas que, inadvertidos, rellenan el escenario donde me muevo con la elegancia de un Bond. Enfrente está la sucursal de la caja de ahorros y, para rematar el asunto, sorbo lentamente el café, siempre malo, y miro poniendo cara de sospechoso de guante blanco a los que entran y salen mientras pienso que hoy habría salido bien. 

EUTANASIA

Mi tía Eutanasia, la del pueblo, es muy piadosa, algo bizca y ludita para las cosas del vicio y se hacía las pajas a mano y no con esos maquinillos, inventos del diablo. Tenía un medio arreglo clandestino con un tal Budiño, un cimarrón de Trasmundi que vivía de la pesca furtiva. Tenía dos perrillos Astrid y Sigrid, creo recordar, que se ponían río arriba y río abajo y ladraban solo si venían los fluviales lo cual que era una ventaja competitiva fruto de la explotación especista pero a él, que era un tipo recio, se la pelaba. A otros se la bufa, se la suda o se la refanfinfla y con esa riqueza de vocabulario acaban en Madrid de diputados donde para pillar truchas no hay que mojarse el culo. La Chica del 17 lleva zapatos de tafilete sombrero de gran copete y abrigo de pedigrí y las vecinas murmuran que de dónde saca para tanto como destaca y ella les dice al pasar que el que quiera coger peces que se acuerde del refrán. Pues eso. Budiño el cimarrón le daba mala vida clandestina a mi tía Eutanasia y cuando bebía en demasía o cuando simplemente bebía le tundía los lomos para arrepentirse de inmediato y ofrecerle una docena de truchas ensartadas en una vara de mimbre, como rosquillas de feria, y bajarle la luna que en las noches claras se refleja en el río. Budiño decía mal Sanxenxo y pronunciaba Sanjenjo, Sangenjo según otros, defecto que a Eutanasia, piadosa como era, la animaba a pedirle por él a San Drogón, patrón de los feos, las comadronas, los mudos, los pastores y los rebaños en la creencia de que quien puede lo más puede lo menos. Las ovejas de Eutanasia parían como conejos pero el cimarrón de Trasmundi seguía erre que erre rascando con la jota como si de Albacete. Estas cosas dan mucha rabia y según quién y dónde ni se perdonan ni se olvidan y más si vas por ahí repartiendo estopa como si fueras alguien y no un muerto de hambre que no tiene vocabulario para concejal de fiestas. Budiño además de la cosa de las truchas hacía palletas para gaita con rara habilidad, esa que tienen algunos retrasados para ciertas cosas inútiles como sumar y restar llevando, algunos incluso con decimales. Pero Eutanasia, una cosa por la otra, debió decidir que aquello no le compensaba y se le metió en la cabeza que aquello del Sanjenjo, otros dicen que Sangenjo, estaba haciendo sufrir a Budiño aunque él no lo supiera. Defectos así hacen que la vida no merezca la pena, la convierten en un infierno, así que le dio matarile compasivamente un sábado de primavera, va ya para dos años, a esa hora entre lusco y fusco, ahorcándolo en la palleira usando la lanza del carro para hacer palanca y levantarlo hasta la viga. Luego le dio de comer a las perras, se puso una copita de aguardiente, se lavó bien las manos y se dio al alivio de la cosa ludita. Budiño, como todos los cimarrones, hizo un muerto muy bonito y la gente venía de lejos con merienda y porrón a verlo bambolearse con una elegancia que no tuvo en vida antes que empezase a encarroñar. Se iban todos muy satisfechos de la visita porque mi tía, que es algo bizca y muy piadosa es también persona de buen trato y explicaba con emoción y detalle la historia. Cambiando algún detalle, eso sí.

IMPUNEMENTE

Doña Rosa es hacendosa y embota mermelada, confita tomates, teje fundas de ganchillo y seca flores en verano colgándolas en un armario umbroso. Doña Rosa es modesta, recatada, pudorosa, discreta y decente todo lo cual, tal como ella lo ve, aboca a, y aún impone, la impoluta limpieza de su persona y de su hogar, asunto que se extiende a los olores, incluyendo no sólo la correcta ventilación de las estancias sino una apropiada diseminación de perfumes. Doña Rosa tiene, quién lo diría, querencia por el perfume a rosas, asunto que soluciona por medio de la sistemática aspersión de ambientadores con aroma artificial. En el salón, por si vienen fumadores, y en el baño de invitados, por si algún extraño tuviera necesidad de usarlo, hay, además, unas velas aromáticas de color salmón con forma de una vulva muy abierta, cisura descocada, prestas a desprender aroma también de rosas. Que no está limpio si no huele a limpio es un axioma, aunque qué olor es ese es asunto que varía de casa en casa, de lugar en lugar. Gente basta y poco refinada, con alma de ganadero, opta de ordinario por olores intensos, como zotal o lejía, signo claro de que se ha intervenido activa e intensamente en la limpieza y desinfección. Almas más delicadas, como la de doña Rosa, de ordinario optan por lo bucólico, con preferencias por los aromas de inspiración campestre una vez eliminada del paisaje la cabaña ganadera, tipo lavanda, naranja y canela o frutos rojos del bosque. El baño de invitados de Doña Rosa, además de la vela genital, tiene en las paredes grabados de flores, toallas gemelas, gruesas y esponjosas, con aplicaciones de ganchillo y bordadas con las palabras His y Her en azul bebé y rosa claro. Si por un casual acabara usted sentado en la porcelana sanitaria de ese baño, aspirando el aroma floral que lo colma, podría, si alargara el brazo, tomar en su mano uno cualquiera de los varios libros que se disponen ordenadamente en un pequeño estante, todos ellos sobre las rosas, sus innúmeras variedades y su cultivo. Cualquiera puede encontrarse en un baño ajeno en una molesta situación de impasse y en esos supuestos se agradece la distracción de la lectura y más si es didáctica. Si así ocurriera podrá comprobar que quien estuvo antes, y en todos los ejemplares, metódicamente, dobló el pico de algunas páginas sugiriendo a los indecisos, obstruidos y atascados un punto en el que tomar o retomar la lectura, curiosamente en todos ellos en el capítulo del abonado. “¿Qué es el abono orgánico? ¿En qué formato es adecuado para abonar los rosales? Los abonos orgánicos se obtienen de productos de desecho vegetales o animales. Los típicos abonos orgánicos que se han utilizado desde siempre en los jardines son el compost y el estiércol. Todos los abonos orgánicos excepto el estiércol fresco (Vid. pag. 153) son adecuados para el abono de los rosales.” Confieso aquí que ese alguien fui yo, que soy muy dado a establecer conexiones entre cosas a menudo aparentemente dispares y no soy capaz de resistirme a las circulares, tan perfectas.  No resistí por ello a la que nos lleva del estiércol al perfume de limpieza, pasando por Doña Rosa, su retrete y sus rosales, para establecer la cual faltaba únicamente doblar el pico de unas páginas amparado en la impunidad del encierro solitario.

ARTROSIS DE TARSO

Artrosis de Tarso falleció de un ataque de risa provocado uno de sus propios chistes, al igual que el filósofo Crisipo de Solos, que viendo a un burro comer higos exclamó “¡Que le den vino para acompañar!” y se hizo tanta gracia a sí mismo que agonizó a la vista de mercaderes y compradores en el mercadillo de la Olimpiada del 143 aC. De la historia siempre se pueden extraer enseñanzas, en el presente caso tres y a saber: que ya había merchandising en la antigua Grecia, que gilipollas los hubo siempre y que no vale la pena leer a Crisipo, el que se reía solo, porque seguramente era algo retrasado y un desaborío sin gracia, presunción rayana en la certeza si damos por bueno que ese fue su mejor chiste. Artrosis de Tarso cojeaba desde pequeño, quizá por la poliomielitis, enfermedad de evidentes raíces griegas, y tenía como todos los que renquean bastante mal carácter, lo cual lleva a algunos historiadores a dudar de la anécdota. Los malhumorados, los avinagrados y los iracundos no suelen prodigarse en chascarrillos teniéndolos por asuntos poco serios. La principal fuente que se conserva sobre el de Tarso se la debemos al oscuro historiador romano Marco Tullio Trenco, que narra la vida del de Tarso y, la verdad, resulta de lo más anodina e incluso decepcionante, siendo su muerte lo único destacable y aún así apenas, por repetida. Pase lo que pase, hagas lo que hagas, siempre un griego lo hizo o lo inventó antes, desgracia que, ya vemos, les ocurre incluso a los propios griegos. Ni siquiera el chiste se conserva completo, al contrario del que causó la muerte de Crisipo, recogiendo Marco Trenco sólo su arranque: “Entran en un bar un romano, un griego y un persa y…” Y por ello damos gracias a los dioses y a las aguas de Lete, que borran la memoria y proporcionan el ansiado olvido, porque de lo contrario estaríamos muertos o quién sabe si algo peor, aunque ello suponga, como amarga contrapartida, el eterno retorno de la burda chanza porque el pueblo que olvida sus chistes está condenado a repetirlos.