LA INVASIÓN

Dicen en ChopSuey que faltan historias y yo con eso no estoy de acuerdo porque casi nunca estoy de acuerdo con nada, que soy muy de llevar la contraria. Yo creo que no faltan historias, que lo que falta es quien las cuente, o ganas de contarlas. La de Venancio Regulfe Cestay no la supe yo hasta que me la hizo saber Benito Bougas, el legionario de Dozón, que en Gloria esté. Estas historias, sabidas de oídas, presta menos contarlas no sé yo bien por qué, pero ahí va, que en estos días de zozobra independentista se me viene mucho a la cabeza. A Venancio Regulfe no lo conocí, eso ya se entiende, y sólo le vi una foto vestido de militar. Tenía, o de joven tuvo, una de esas caras que parecen hechas a golpes, como estudios de escultor sin terminar, un poco como la de Karl Malden, por poner un ejemplo. Lo imagino alto porque Benito, su amigo, era alto, pero es este un dato que aventuro sin fundamento. Venancio era de Hérmora, ayuntamiento de Palas de Rei, provincia de Lugo. Por Palas pasa el Camino de Santiago y es sitio de muchos castros, muchos pazos, muchas torres y allí Witiza mató a Favila, que no fue un oso como dicen, dato que sin añadir nada a la historia me parece de interés. Venancio Regulfe Cestay, aún con ochenta, era quién de cazar conejos a pedradas, trasegar una botella de aguardiente en una tarde, acechar al lobo toda una noche y silbar y que un potro le viniera a comer a la mano.

 

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EL PISAPAPELES

Miro mi mesa y pienso que necesito un pisapapeles. Es, confieso, una de esas necesidades que son capricho, uno de esos deseos rayanos con el vicio. En realidad, si bien lo pienso yo no necesito para nada un pisapapeles para pisar papeles. Todos mis papeles, que son muchos, están en carpetas; desordenados pero en carpetas. Podría, quizás, necesitar un pisacarpetas o algún aparato que cumpliera similar función. Pienso, a pesar de ello, que lo que me convendría tener en la mesa, además de las carpetas llenas de papeles, desordenados y ya leídos, es un pisapapeles y que me solucionaría muchos problemas. Hay aparatos que, más allá de su función, le dan a uno una prestancia que es difícil de explicar pero que se advierte a simple vista. No es lo mismo, habrán de reconocerme, sentarse ante la mesa de un profesional si en esta hay un pisapapeles que si no lo hay. No me refiero a uno cualquiera, claro está, sino a uno excelso. Mira tú, dirán algunos, un pisapapeles excelso, pues no pide nada. En los caprichos no se manda, son así, vienen así y suelen irse por donde vinieron, sin previo aviso y, muchas veces, dejándote con cara de gilipollas y un adminículo cualquiera en la mano, uno que hasta hace nada pensabas que te iba a dar mucha prestancia.

 

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EL LITIGIO

Hace ya años en la Real Audiencia de Valladolid hubo pleito entre los Mariño y los Fonseca en el que, con latinajos y citas de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, se disputaron el continente hundido de la Atlántida, sus tesoros, ciudades, condados, castillos, riquezas y todos los diezmos a recaudar del comercio de sus puertos inundados. Los Mariño alegaban descendencia de los reyes Celtas, dueños de todas las tierras, sumergidas o que afloran, en los mares hasta los hielos del norte y hasta las américas al oeste. Los Fonseca, con documentos antiguos, demostraban que eran señores del ducado de Meira, que linda al norte con las costas de Inglaterra, la mar en medio. Eso comprendería, lógicamente, todo lo que de la mar aflora o no, uséase, que incluiría en el título de propiedad los señoríos sumergidos e incluso los flotantes que pudieran atravesar las lindes, como en la tierra ocurre con las aves que migran y las aguas de los ríos que discurren.

 

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ANA MARÍA IZA POL

Doña Ana María Iza Pol nació prematura, un gurruño peludo más parecido a una ardilla que a la descendencia de un notario vasco y una gallega de buena familia. Pese al adelanto la criatura vino bien formada y se crió con salud y, siempre inquieta, fue precoz en andar, hablar y en general en todo en la vida. Ana Iza Pol todo lo hacía rápidamente, con un ansia impropia de una señorita, asunto que en ciertos lugares y tiempos era de preocupar. Ana Iza nació con los seis rasgos canónicos de la raza vasca según los dejó enumerados el médico y antropólogo Don Antonio Zelaya Urtubei (1860-1923), como luego hizo Cela con las nueve señales del hijoputa. Estas son, a saber, cráneo dolicocéfalo, barbilla triangular, nariz larga y fina, orejas grandes, pelos en la segunda falange de las manos y rh negativo.

 

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MAMADOU BENGUELA DUDU

Mamadou Benguela Dudu es negro chamizo de los que llevan sayón de colorines, un ros sin visera por chapeu y portan en la diestra un palitroque que remata en penacho de pelo de cojón de cebra con el que espanta las moscas imaginarias que le rondan. Todos sabemos que esto es un símbolo de estatus que a las claras muestra, a quien quiera entender, que la mano derecha no la usa para trabajar, sino para apartar las molestias del mundo terrenal. Mamadou Benguela, negro chamizo, brilla como los zapatos nuevos en los escaparates de El Corte Inglés si le da el sol y, de contrario, se nos pone ceniciento y como sobado con las penas de la vida y la tristura de los meses de invierno, esos en los que la radiación decrece con la tumbada que se mete el eje terrestre.

 

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A LAS ONCE Y QUINCE

Doña María del Pilar Federica Antonia Victoria de Sánchez-Alonso y Corrochano, señora de Santos-Vicente, condesa de Villalongoria y Cacharequille, es mujer de mundo aunque no esté muy viajada. Doña María del Pilar Federica Antonia etcétera lleva su casa con mano de hierro, atendiendo incansable a lo imprescindible, lo necesario y lo conveniente con la ayuda, eso sí, de un cada vez más mermado ejército de subalternos que comanda con suavidad pero firmeza. Sostiene y argumenta, si por un casual surge el tema, que ni los generales vencen batallas sin soldados ni las casas cumplen sus funciones sin el personal adecuado, por supuesto siempre apropiadamente dirigido, en su caso en busca del objetivo de la felicidad. Doña María del Pilar Federica etcétera ciertos asuntos los supervisa personalmente y muy de cerca. Los jueves, por ejemplo, baja puntualmente a revisar con Doña Arminda, propietaria de los “Ultramarinos Finos Viuda de Leandro Fraga”, las listas de la compra. En primer lugar la de su casa, determinando qué se comerá y qué no la semana próxima y dejando acordados los envíos de cada día. Luego se revisan y puntean los encargos de la Señorita Luisa, la amante de su esposo, Don Manuel de Santos-Vicente Meléndrez, a la que ha abierto cuenta que se carga a la de ella.

 

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UN TARRO DE MERMELADA

A Doña Soledad, quien siempre padeció del hígado, lo que viene siendo piedras en la vesícula, aquellos cólicos recurrentes le consumían la vida, la mantenían en un estado de nerviosismo que no aliviaban pócimas, dietas, responsos y novenas y que las romerías conseguían disminuir sólo durante el viaje de ida y vuelta. Algo mejor funcionaba lo de ir a tomar las aguas, la homeopatía de los abuelos, se conoce que por el benéfico efecto de la distracción. Más que el dolor, que también, la consumía la certeza de su proximidad, la seguridad de su vuelta, la sensación de recurrencia infinita en una suerte de intuido patrón matemático. Esas cosas, el infinito, el para siempre, el dolor, el sufrimiento sin causa, desde viejo vienen encomendadas a Dios Nuestro Señor y por algo será, digo yo. De Él vienen y para Él van, si es que a algún sitio van los sufrimientos que la feligresía entiende insensatos, es decir, esos a los que no encontramos sentido.

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INSTRUCCIONES PARA COCER UN HUEVO

Cocer un huevo es aburrido. Para cocer un huevo, además de estar en posesión material de un huevo, basta un cazo con agua, una fuente de calor y esperar. Esperar es aburrido y cuando uno se aburre fuma o fabula. Yo, si las circunstancias son propicias, hago ambas cosas al tiempo.

Dice la tradición oral que para cocer bien un huevo hay que rezarle un Credo Niceno Constantinopolitano empezando justo cuando el agua rompe a hervir; no antes, no después. Hago la expresa advertencia de que no vale para este menester un Credo de trámite, rapidito y a pasar, como hacemos en la Santa Misa, que el huevo de algún modo lo percibe y no cuaja. Son los huevos, en estas cosas, mucho más exigentes que los sacerdotes modernos, ya ve usted. Los huevos son preconciliares, por decir algo suave.

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ELISEO COTELO, CABALLERO MUTILADO

Eliseo Cotelo Segade era un tipo fuerte y de carácter taciturno, barba espesa de marino y el forro curtido y flojo que gastan quienes han visto lo que nadie quisiera ver. Tantas veces me he cruzado con la muerte, decía, que nos saludamos. Y quizá algo de familiaridad había porque de buena mañana, en el Café Ideal, cantaba los muertos de esa noche. Ha muerto la Doña Agripina, el Señor la tenga en su Gloria. Eso era así desde que volvió de Rusia de pelear en la División Azul de donde trajo dos esquirlas de metralla en la cadera derecha y dos dedos a faltar en la mano izquierda. Cojeaba con la dignidad de quien se sabe respetado, si no por sus semejantes sí por quien te señala con el dedo y te manda al infierno.

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EXECRACION DE BANQUETES Y ALABANZA DE COMENSALES

Elegir un título que exprese claramente el contenido es siempre garantía de éxito. Como todo queda claro desde el inicio no ha lugar a la manipulación argumental o la duda interpretativa y a quien escribe sirve de discrecional salida de emergencia. Si todo está ya dicho en el título cualquier instante de zozobra, desasosiego o apatía, esos que al escribir nos asaltan un par de veces por folio, es momento idóneo para cerrar la faena con un caracoleo o un capotazo. Al fin y al cabo, en casos así, todo lo que viene bajo el título es sólo adorno.

Con la llegada del buen tiempo proliferan las celebraciones. La primavera, quizá ya está dicho, es el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos, época de alegría y locura, de amores y flores, casorios y comuniones y, consecuentemente, de banquetes y celebraciones. Siendo así desde siempre no cabe por ello hacerse mala sangre. Ciertas cargas hay que llevarlas con alegría porque de lo contrario, si a ellas objetamos, sólo queda dedicar la vida al sacerdocio de la misantropía, tratando de evitar que lleguen invitaciones.

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