EL AMOR UNIVERSAL

Se recomiendan muchos libros en el ÇHØPSÜEY FANZINË ØN THË RØCKS y pensando cuál podría yo traer a este foro, uno epatante y arcano, he caído en la cuenta de que dormitaba en su estante el ejemplar perfecto.

Un día, de los primeros del 87, a algunos nos llegó un soplo. El Juzgado procedería de inmediato al secuestro de un libro, la edición completa. Un libro censurado tiene su cosa romántica porque de inmediato piensa uno en Galileo y en los Versos Satánicos y sabe dios qué más. Quiérese decir que a un libro la censura lo convierte de inmediato en fruta prohibida, como si el papel en el que está impreso hubiera sido hecho con la madera del mismísimo árbol de la sabiduría. Así que algunos allá nos fuimos y, conociendo de antemano el recorrido que seguiría la comitiva judicial de librería en librería, nos lanzamos a conseguir un ejemplar. Y por 900 pesetas compré

EL AMOR UNIVERSAL
Y CARTAS A SAGRARIO
DE UN FUTBOLISTA

 

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UNA HUMILDE PROPUESTA

Hay ocasiones en las que uno se despierta con el pie que no es y de consecuencia le invade el alma ese ánimo que lleva a la gente a pisar charcos, aunque sobre qué es y qué no es un charco, ya sabemos, hay opiniones. Al fin y al cabo la mera definición sirve también para un estanque, una laguna, una alberca e incluso, apurando, es charco la mar océana si uno con ella tiene familiaridad o en el carácter soberbia. Así que, hallándome en un estado que diríamos plasmático, misteriosamente y al tiempo humilde y soberbio, me lanzo a proponer.

Alberto Giubilini y Francesca Minerva son filósofos de los antiguos, de esos a los que les va el rollo viejo del bien y del mal. Ese asunto, amen de viejo, es espinoso y movedizo y de asaz candente actualidad desde el tiempo prelapsario. Todos creemos distinguir qué está bien o mal, si bien la gente del común nos aproximamos a tales conocimientos por medio de la tosca intuición.

 

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EL GALO JUBILADO

El 21 de Septiembre de 416 Rutilius Claudius Namatianus sale de Roma en compañía de algunos amigos que le despiden emocionados. Marcha a Ostia, a tomar un barco de vuelta a la Galia, de donde supone que no volverá. Hace el viaje en barco porque la vía Aurelia, que corría paralela a la costa, de Roma a la Galia, en esos tiempos ya era muy insegura por la creciente debilidad del imperio. Él piensa que esa decadencia se debe a dos factores, la creciente fuerza de los bárbaros desde fuera y la creciente influencia de los cristianos desde dentro. Así abandona Roma con tristeza, donde había estudiado literatura y leyes y hecho carrera como servidor del estado ejerciendo de magister officiorum y praefectus urbis, y vuelve a la Galia por deber. En Ostia ha de esperar quince días, desde el 22 de Septiembre al 7 de Octubre, a que cambie la luna y con ella llegue el viento adecuado y entretanto imagina y oye en la distancia el griterío de los juegos en el Coliseo. El 7 de Octubre parte hacia el norte en una flotilla de barcas, que en invierno son mucho más seguras que los mercantes. Navegar cerca de la costa y refugiarse en cualquier ensenada es garantía de seguridad.

Navega quince jornadas, pero ese viaje le ocupa del 7 de Octubre al 21 de Noviembre, y no ha llegado aún a la Galia, sólo hasta Luna. El viaje de Rutilius es el relato de quince paradas y las correspondientes travesías. Durante el viaje, además de describir el paisaje, evoca el recuerdo de sus amigos, cultos y paganos como él; para a visitar a alguno, Albinus, que lo acoge en su villa y con el que inspecciona las instalaciones de unas salinas; para en Faleria, donde asiste a un festival en honor de Osiris; para también en el Puerto de Pisa, desde donde hace una excursión de varios días hasta la ciudad, en la que admira y se emociona ante una estatua erigida en honor de su padre, Lachanius, quien había sido, entre otros cargos, consulares tusciae y dejado grato recuerdo.

En fin un hombre que, tras haber sido alto funcionario imperial, disponiendo de todo su tiempo, se jubila y vuelve a casa en un yate con el que costea Italia parando a despedirse de amigos y conocidos. Se despide también y al tiempo del imperio tal y como lo ha conocido y se lamenta de la pujanza de las fuerzas que lo están destruyendo, bárbaros y cristianos. De todo esto dejó constancia en un poema, De reditu suo, escrito quizá mientras navegaba, quizá ya en la Galia, y que se conserva incompleto.

Y todo este rollo viene porque he estado leyendo sobre este tipo y su poema y como es imposible no establecer comparaciones con ciertas cosas que están pasando me ha dado por imaginar que Rutilius Claudius Namatianus, el galo jubilado que fue prefectus urbis, se sentiría como en casa visitando y escribiendo para el ChopSuey.

QUÉ DECIR

Un tipo dijo una vez, mirando fijamente a la cámara y tartamudeando, “Me gusta decir lo que pienso, porque, si no, ¿para qué pienso?” Una frase así parece inapelable y el colmo de lo civilizado y lo humano. ¡Coño! Hasta a mí me sedujo la simplicidad y la potencia del mensaje. Pensar nos hace humanos y hablar convierte la manada en sociedad, pensaba yo. Y así anduve un tiempo, imitando al tartaja, intentando decir lo que pensaba, porque, de no hacerlo, qué sentido tenía que yo pensara. El súmmum del pensamiento, su gloria, es trasladarlo al cerebro de otro mediante la palabra; libertad de expresión y que fluyan las ideas, pensaba y, consecuente con ello, decía a quien me quisiera oír.

Lo cierto es que las cosas aún las fáciles, nunca son sencillas. Hoy pienso que el verdadero sentido de pensar es callar. Esto, que resulta antiintuitivo, es el fundamento de la civilización, la educación, la paz y el progreso de la humanidad. En fin, que lo que nos hace humanos es callar la puta boca.

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IR A SITIOS

Ir a sitios está bien pero no tanto, porque en todos hay gente. Esto en sí mismo considerado no es precisamente malo, pero tampoco es exactamente bueno. La gente, como el tiempo, se nos adviene no sabe uno bien por qué maldición o karma. Llueven pesados, truenan coléricos y nublan cenizos. También le asolean a uno los huesos viejos las mozas de buen ver, cosa que, aún no queriendo, tenía que decir. Es impropio, o al menos así lo siento, sacar según qué temas ya en el primer párrafo. Pero las normas están, también me lo dan los huesos, para usar de guía en las situaciones ordinarias, siendo lícito y aún encomiable saber huir de ellas en las extraordinarias.

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UN BUEN PLAN

Un buen plan ha de incluir siempre una previsión de contingencias catastróficas. Los planes, bien pensado, no son más una adecuada previsión de desgracias imprevisibles, un boceto de las mil caras del fracaso. De ahí que los buenos planes sean, siempre, los que surgen de la enfebrecida imaginación de los pesimistas, esa gente que olfatea la desgracia que acecha tras cada esquina. Ese alabado hombre precavido que vale por dos no es más que un pesimista con una sonrisa. Y hablamos de pesimistas por ponerles un nombre porque estos, en puridad, no existen. En realidad, pesimista es el baldón que los optimistas han impuesto para designar a la gente normal y corriente. Esa gente que ahorra, usa condón y sale por la noche con una rebequita. Los optimistas, por el contrario, planean mal porque ansían el triunfo. No hay nada peor que un optimista porque esa gente suele, además de hacerse una representación inadecuada de la realidad, tener ciertas características deletéreas.

Así, esos tipos suelen ser expansivos y comunicativos, algo que en muchas ocasiones transmite al observador poco avisado la falsa sensación de que tienen capacidad de control. Hablar mucho de las cosas, a los humanos, que estamos quizá demasiado encefalizados, nos produce sensación de dominarlas. Les ponemos nombres, a las cosas, y creemos que las cambiamos con adjetivos y complementos y damos por hecho que se van a mover en la dirección y a la velocidad del verbo. Nada más lejos de la realidad. Hablar es como el agua, imprescindible para la vida, pero si hay mucha en el ambiente condensa en una niebla que impide la visión.

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LOA A LAS SOLAPAS

Si hay algo útil y confiable en este mundo convulso son las solapas de los libros. Sorprenderá que se diga esto, pero las evidencias son evidentes porque alguien se ha ocupado de desvelarlas, de hacer que sobre ellas recaiga la atención que merecen. En este tema, y llegado este tiempo, me ha tocado a mí defenderlas, tarea que asumo con resignación pero con ánimo. Decir lo que nadie dice es, de ordinario, socialmente ingrato pero íntimamente satisfactorio.

Antes los libros no tenían solapas. Eran tiempos oscuros, bárbaros, en los que un hombre curioso para saber de qué trataba un libro, si era de contenido interesante o de mérito literario, tenía que leerlo. Tal cosa, no me negarán, era una enorme pérdida de tiempo. Siempre ha habido un porcentaje desmesuradamente grande de libros sin el más mínimo interés. Eso ha sido así desde que el hombre, escocida el alma por el rencor de la expulsión del Paraíso, empezó a dejar constancia de los desafueros de los dioses. En el pasado, ese pozo del tiempo, nuestros ancestros tenían que pasar por la ingratísima tarea de leer los libros para luego, mucho tiempo y muchas páginas más tarde, poder hablar mal de la inmensa mayoría de ellos y, con suerte, proceder a olvidarlos. Eso nos permite afirmar que, editorialmente, el pasado es el tiempo oscuro en el que incluso los lectores avisados leían libros malos.

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POR UNA ERÓTICA DEL ORINAR

Hay cosas que no se deben hacer en caliente, como legislar o pretender opinar con fundamento. Otras no, y obvio el trámite de poner ejemplos, porque pretender meterse en ellas en frío o con ánimo flácido es indicio de escaso interés, presagio de fracaso y garantía de insatisfacción. Las soplapolleces, por el contrario, se pueden hacer en todo tiempo y decir incluso en sueños, que siendo consustanciales manifestaciones del alma humana no hay razón para guardar mesura o sujetarse a convenciones horarias. Rebosamos de ellas y soltar lastre es lo apropiado cuando el ansia aprieta. Lo mismo le ocurre al orinar, que te viene el apretón y te alivias donde y como puedes.

Es sabido que el humano es un animal que, a base de relatos inventados, elucubraciones y malentendidos, ha conseguido tergiversar el recto entendimiento de sencillas funciones tales como comer, copular o agredirse. Así hemos inventado la épica, que hace del bruto un héroe, y la erótica, que convierte a las putas en sacerdotisas del amor. De elevar a categoría universal a la meada, el más humilde de los alivios, tantos años olvidada, estamos en camino. Desconozco, eso sí, hacia dónde caeremos, hacia dónde el chorro apunta, así como las razones de este imperdonable abandono de la lírica.

La meada tiene sus normas, aunque tal cosa parezca mentira, si bien los científicos sólo han conseguido desvelar parte de sus secretos. Existe la “Law of Urination” y su primer artículo, por ahora el único, es que la meada de todos los mamíferos tiene igual duración. De aquí sólo puede deducirse que es parte del yo más primitivo, esas entretelas que compartimos no sólo con homínidos y primates sino con todos los mamíferos. Aquí, señores, hay una constante. Esta es una pesada carga porque da sentido a la meada agresiva, tan frecuente entre las bestias; a la meada animal del lobo o el perro, que marcan territorio y advierten al adversario. Esta raíz primitiva explica, eso sí, esas meadas humanas cargadas de revancha.

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LOS EXTRATERRESTRES

De todas las cosas que no existen las más chulas son las sirenas y luego, ahí, ahí, los extraterrestres. Habrá quien altere el orden o, habiendo gente para todo, quienes sitúen delante de ambas al Capitán Nemo, Cyrano o Romeo. Por mí, allá ellos. No siendo cosa de dar explicaciones sobre los fetiches, que para eso se pintan colores, sólo decir que las sirenas cada uno las imagina como mejor le viene en gana. A su gusto soberano. Las sirenas tienen la cosa de ser antiguas, que llevan nadando entre aguas, versos y tomos eruditos ni se sabe cuanto. En ese tiempo largo se las buscó y rebuscó y, finalmente, fueron descartadas. Ya ni los farsantes se acercan a ellas como se acercaban, con maravillosos relatos y burdos esqueletos de linóleo y crin. Y ahí han quedado, materia sólo para románticos, que nos limitamos fantasear, sabiendo que las fantaseamos, poniéndoles y quitándoles detalles de gusto personal.

Los extraterrestres, por contra, tienen la cosa de la novedad, que les da una frescura que no es más que la imaginación desbordada. Así es que no tenemos de ellos una idea clara, no hay un extraterrestre canónico sobre el que fantasear. Por otra parte, como las sirenas dieron, dan aún materia para sesudas discusiones teóricas y delirantes testimonios. Por su novedad el hacerles las buscas aún no es inequívoco síntoma de insania o estafa. Según quién y cuándo puede ser incluso una seria actividad científica. Podemos encontrar, por eso, cálculos con fundamento sobre el número de planetas que podrían albergar vida, las posibilidades de que sea inteligente y las probabilidades de que sean más avanzados que nosotros. Hay incluso quienes, manos a la obra, buscando de verdad, chapotean en charcas sulfurosas para encontrar bacterias que pudieran vivir en Marte.

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LA AMISTAD

Hay que tener mucho cuidado con los amigos. Los amigos son un vicio en el que todos, más o menos, acabamos cayendo, especialmente en la infancia y la juventud. Somos animales gregarios y además, al contrario de las cabras o los escorpiones, nacemos inexpertos y fiamos parte de quienes somos al aprendizaje. Una parte pequeña, es cierto, pero en cantidad suficiente para arruinarnos la vida o, con suerte, aprender a trampearla con elegancia. Así que en ocasiones caemos, inadvertidamente, en la amistad.

La amistad, desde luego, no consiste en contarse las penas o hacerse confidencias. Posiblemente sea lo contrario. Se trataría de no hablar de intrascendencias y evitar por cualquier medio hacer valoraciones sobre los asuntos importantes. Puede uno, sin menoscabo de ese extraño e inaprensible vínculo, hablar de sistemas electorales, dadaísmo, bauhaus o migraciones en la Europa medieval. Cosas menos abstractas o más modernas acabarán corroyéndola.

La amistad, al contrario de lo generalmente pensado, es un pacto por el cual te comprometes a no revelar nunca al amigo cuál es tu verdadera opinión sobre él. Y a cambio nunca recibirás de él su verdadera opinión sobre ti. Eso porque las verdaderas opiniones, las verdades en general, son altamente corrosivas, si no letales. La mayoría ni siquiera soportaríamos saber nuestra verdadera opinión sobre nosotros mismos. Eso es algo que se ha de guardar para casos y circunstancias extremadamente raros y trascendentales. Finales de películas y momentos así.

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