ES IMPOSIBLE Y ESTÁ PROHIBIDO

Acelerar de nuevo creyendo que será con ansia pero sensato pero así, sensato, no sale, porque si nos ponemos somos los de siempre, los de antes, locos y rápidos. Así que conduzco mal, sin mirar la carretera, sin usar los espejos, que sólo tengo ojos para tus piernas, para tus manos que revolotean, que rebuscan en la radio y ya no encuentran. Porque seguimos siendo coordenadas de un par, incógnitas por despejar y tenemos un coche color rojo, tan viejo y pequeño que ya nos llevó antes, hace cien años, quizá, y dice que llega a doscientos y ese es el reto, porque es imposible y está prohibido.

 Amas al mundo, y con mirada ingenua, instintiva, lo deseas, y gozar a quienes, perdidos, lo transitan. Sonríes del mismo modo. Qué nada has cambiado. Con el mismo instinto lo odio y a los rebaños banales que lo pueblan y pediría ser el héroe que lo destruyera, pero te amo a ti, con más que mis fuerzas. Y sólo por eso perdono, olvido y sólo para que lo disfrutes me contengo. Si quieres lo barro, lo limpio, lo lavo, para que bailes descalza en la calzada, en los arcenes, en las calles y las aceras.

 

POR TI

Mataré arañas por ti. Llevaré maletas por ti. Esperaré paciente a que seque el esmalte de uñas por ti; soplaré si es necesario. Por ti. Acabaré antes, empezaré antes, por ti. Romperé cosas o las arreglaré por ti. Conduciré kilómetros, buscaré aparcamiento, facturaré bultos, haré colas, por ti. Iniciaré guerras, firmaré armisticios, haré paces, por ti. Compartiré el último cigarrillo, la última cerveza, el primer sol de la mañana, la primera sonrisa, por ti. Haré fuego con dos palos, buscaré agua con las manos, empujaré el coche si no arranca y encontraré mesa de fumadores, por ti. Chuparé los cortes en tus dedos, besaré quemaduras del sol, masajearé pies o espaldas, haré tés y bailaré tangos, por ti. Caminaré en silencio, declamaré en voz baja y dejaré de cantar desafinando por ti. Esperaré que arda el mar, se hiele el infierno, caiga la luna y se apagué el sol, por ti. Escribiré cosas tontas, como esta, y otras más explícitas, empapadas de deseo, soeces, incluso, por ti.

UN BESO LARGO

En ocasiones los instintos protestan. Camino y siento revuelto el aire a mi espalda. Pasan a mi lado sombras como posibles causas de un deseo que preexiste. Son rostros borrosos que no son caras sino paisaje. En esas ocasiones quiero sentir yo el aire en la cara y convertir de verdad este paisanaje en paisaje con la ayuda de la aceleración y el estruendo. Subir al coche, llenar el depósito, ver el mundo por los espejos y sentirlo sólo en el ruido del viento que nos despeina. Contar kilómetros, litros, colillas en los ceniceros, insectos en los cristales y amaneceres sobrecogedores.

Llegar y oír el mar tumbado en la arena blanca como en un folio en blanco, notar el sol que pasa, templa y va camino de mandar y abrasar. Sentirte una fotocopia de tu yo de hace diez, quince años. Algo desvaído, algo gastado, copia de un original perdido y que quizá nunca fue tan nítido como recuerdas.

Lo malo de los deseos es que les damos forma de ideas y si una vez funcionan las convertimos en creencias y pronto en ritos. Pueden calmar ansias pero no producen avances. Disparan recuerdos que se deforman. Puto pensamiento mágico, puñetero hombre de las cavernas que vive en nosotros, que nos arrastra a invocar con gestos vacíos pretéritos perfectos en los que no fuimos tales.

Pero me queda el consuelo de la goma de una braga, de unas conchas en la arena, de un río desembocando agua helada y clara, de un sol de panadero que tuesta tickets de la ORA, de un sorbo largo, fresco de cerveza y un beso largo, fresco de una morena.

YO QUIERO

Yo para ser feliz quiero una carretera larga, estrecha, negra. Una carretera con líneas gastadas, cunetas polvorientas y señales desvaídas. Una carretera que se pierda en el horizonte a través del parabrisas y en los espejos. Una cinta oscura sobre una tierra vacía; flotante y tensa como un alambre entre dos montañas. Una de esas carreteras de las que están atravesados los sueños.
Yo para ser feliz quiero un coche viejo, rojo, pequeño y rugiente. Un coche con sonidos de avión, o segadora, o lancha. Con ceniceros llenos, cinturones marrones y ventanillas abiertas. Un coche rebelde, obstinado, austero y noble. Uno de esos coches del metal del que están hechos los sueños.
Yo para ser feliz quiero una morena enjuta, de pelo revuelto y sonrisa fácil. Una de esas que se saben tus defectos y apuestan fuerte por tus vicios, de las que gritan de rabia y placer, de las que cierran los ojos en las rectas y los abren en las curvas. Una morena lista que pasa de esconderse tras un gran hombre, que bebe vino sin gaseosa y sólo se despeina en el coche o en la cama. Una morena de las que pueblan los sueños.
Yo para ser feliz quiero una playa blanca, de arena fina, agua clara y vale que sea fría. Una playa larga, vacía y salvaje. Una en la que imaginar vencida a la estatua de la libertad, el naufragio de un carguero o a Venus saliendo del mar. Una playa en la que sudar tumbado pensando en cerveza, estirar la mano y rozar un muslo, abrir un ojo y espiar un seno, respirar aire salado y el perfume de su piel. Una playa de las que son escenario de los sueños.

PROBANDO

Te imagino esperando, aún dormida, o en la playa poniéndote crema en la cara. O en tu habitación, sentada, paseando, probando bikinis y bragas. Ropas y adornos que pudieran, inútiles, distraer mi mirada y entretenerme al desnudarte. Con las manos después, pero antes con la mirada

CON RUIDO DE CACAHUETE

El sol se ha ido y nosotros, con retraso, lo seguimos hacia el oeste, buscando otro mar entretenido en pulverizar piedras para hacernos playas. El calor es el mismo, el ruido es el mismo y nosotros ya somos otros. Es el mundo que se achica, quizá porque lo consumimos a la velocidad de nuestro deseo. Porque es grande pero banal. Porque tiene densidad pero carece de sustancia, de la que nosotros vamos sobrados. Somos salsa y los caminos que devoramos quedan rezumantes de un olor que nos envuelve pero, saturados, ya no somos capaces de oler. Somos, tu y yo, la causa del universo, solipsistas agotándonos intentando ser. O tu me sueñas o yo te sueño o nos soñamos ambos y nuestros sueños chocan. A un lado cada uno de un freno de mano que nos obstinamos en obviar. Tras un cristal en el que se estrellan cientos de insectos con ruido de cacahuete o de pistacho. No es gratis avanzar en la noche, rápido, por un camino desconocido.

SIEMPRE QUEDA UN LITRO

Quietos somos seres pensantes pero inútiles. Moviéndonos, corriendo, somos semilla del diablo, rebeldía y posibilidad de algo. Siempre malo, pero siempre con la esperanza de que esta vez, sólo ésta, mágicamente, por ser nosotros, resulte algo bueno. Pasa el tiempo lento en reposo y corre mientras corremos. Ése es el castigo. La velocidad agota el combustible de la vida a un ritmo mayor que el ralentí del pasmo vegetal.

No hace falta mirar porque aunque no te vea sé que estás al lado. Al ritmo de un relámpago o al de una nube. Parando para regodearnos en la inutilidad de las ideas o corriendo a un precipicio. Thelma y Louise sabían algo y nosotros también. Nos lo explicó a todos Kowalsky. Es el viaje lo que importa y siempre queda un litro en el fondo del depósito para el último kilómetro. Para estrellarse o caer, pero rápido y lejos.

NOS CONFUNDIMOS

Un hotel más y van cuántos, una noche más y son pocas, un cigarrillo nuevo en tu boca y una gota reciente de sudor en mi pecho. El aire que entra, o que sale, por la ventana mueve la cortina, y ésa es toda la paz que hoy hemos tenido, la tranquilidad que no queremos, no queríamos, pero que el cansancio nos hace añorar. Todo lo que no se mueve o lo hace despacio nos recuerda el peligro de la rutina, de la costumbre. No lo hablas y no lo digo, pero ambos lo sabemos.
Una cama más y son docena, un revuelto de sábanas y son muchos más. Se escapan tus piernas y descubro despacio tu culo mientras simulas dormir vencida por el calor y las muchas horas del día. La obsesión no es más que una curiosidad congelada y podría quedarme a vivir en cada instante de todo ese tiempo o en cada pliegue de la piel que despacio desvelo. Vivir para siempre en los detalles de tu cuerpo aunque tengo la sensación de ocuparlos desde el principio del tiempo.
El frío hace evidente el espacio entre las cosas. El calor confunde las formas y nunca se sabe dónde empiezan y dónde acaban, cuales son sus contornos. Así no sé, mientras baja por tu espalda, dónde acaba mi mano y dónde empieza tu culo. Entremedias una humedad animal que no sé si es tú o soy yo o qué importa. Estamos vencidos por vez primera desde hace mucho tiempo, desde siempre, quizá, y nos confundimos desdibujándonos, a la espera de la mañana que aún no se adivina pese a estar cerca.
Podría quedarme en esa espera para siempre.

ESTUVE Y VOLVÍ

Fui rápido e insensato, brillante y soberbio. Fui cabrón, pero no un puto cabrón. Fui desagradable, arisco y borde, y disfruté ridiculizando. Fui apasionado hasta el ridículo y ridículo hasta el sonrojo. Perdí el tiempo porque ganas me sobraban, desperdicié oportunidades por no parar ni en los semáforos. Fui cobarde e imprudente, escapé por piernas y me salvé de milagro y callé y acusé. Crucé provincias, comunidades autónomas y países pisando a fondo y tarareando canciones, desafinando sin dormir, sólo por un rato en la cama de un hotel. Caí a ríos después de beber mares, sólo por ella. Leí los libros que todos leían y los que nadie quiso leer y tiré, sin mirar, los que yo escribía. Fumé cartones y comí delicias, y fumé colillas y tragué porquerías, en estaciones, y aeropuertos y en playas y pensiones. En camas desconocidas viví con lo que desde el colchón se alcanza con la mano, tabaco, patatas fritas, agua mineral, periódicos. Sudé y temblé entre paredes viejas y manchadas, medí el tiempo en convulsiones, gozosas unas y terribles otras. Despedí y recibí al sol en playas y en callejones, sobrio y ebrio, entrando en iglesias y saliendo de bares. Estuve y volví.

CUANDO HABÍA CURVAS

Ya no corremos. Ya no se puede correr. O ya da igual correr. El caso es que todos nos movemos a la misma velocidad y en la misma dirección y sentido. Todo es plano y monótono, tranquilo y seguro. Ya no hay curvas ni adelantamientos. Todos en nuestras cajitas de metal nos desplazamos ordenada, civilizadamente. Todas viajan sin obstáculo, sin contratiempo y sin emoción. Un viaje es ahora un desplazamiento sin sentimiento.

Soy viejo y recuerdo, y recordando añoro cuando había curvas y mientras que tú ibas otros venían. Cuando correr era más emocionante que no hacerlo, cuando vagar despacio era más agradable que correr y cuando parar era delicioso porque había cosas que ver. Soy viejo y recuerdo que el color del coche era emocionante, vete tú a saber porqué. Cuando había cuestas que subir en tercera y camiones que eran obstáculos que superar, camino de algún lugar que era una meta y no un destino.

Soy viejo y recuerdo pasar calor y frío, y cambiar las largas por las de cruce. Y mirar embobado la cinta negra que los faros iban empujando para que se desenrollara bajo las ruedas. Recuerdo el viento de las ventanas abiertas. Recuerdo cabellos que ese ruido, o quizá el mismo viento, revolvían y hacían muy presente que nos estábamos moviendo.

Antes ir era un peligro y cada curva un reto, cada cruce un posible sobresalto y cada viajero un vaquero en el mismo desierto o desfiladero. Antes viajar era un esfuerzo y llegar un reto.

Antes vivíamos porque hacía falta vivir para estar vivo. Ahora decimos que vivimos pero, en realidad, estamos.