LOS VIDAURRETA

Anselmo Vidaurreta come espárragos al desayuno con una copita de Cynar, quién sabe por qué. Anselmo, intentando una gracia que no tiene, repite el chiste de los percebes: “Los espárragos buenos son los que están al lado de los pequeños.” Y con la misma estira el cuello y deja escurrir por el gaznate el brote amarillento, casi sin masticarlo, como los pelícanos se zampan las sardinas. A Anselmo, a pesar de su berroqueña virilidad, le da mal rollo, como nos da a todos, una mujer hermosa cortando espárragos en rodajas. ¡Joder! Hay cosas que no se hacen por un mínimo de respeto, aunque hayas estudiado interna en un colegio de monjas, de esos en los que los pepinos y los espárragos se trocean sí o sí por no alterar, más aún, el ánimo de las señoritas educandas. A Vidaurreta, a quien del medio de la frente sale un mechón blanco, le llamaban Berrendo los amigos, un poco por joder, un poco por hacer pandilla, que si la amistad no sirve para eso pues para qué. Hay cosas que no se pueden hacer si no tienes pandilla y mote, como salir a navegar a vela o jugar al polo, y Berrendo, que lo tiene y bien bonito, aún pudiendo prefiere el golf. A Berrendo Vidaurreta le gustan los percebes, los espárragos y las alcachofas y no se priva, salvo los meses de veda los primeros y en Cuaresma los segundos por no pecar. Comer algo tan igual a una polla, aunque no sea carne como el término de comparación, es inherentemente pecaminoso y, si bien cabe transigir en período ordinario, es preferible omitirlos en época de abstinencia. Ser el menor en una casa de seis hermanas tiene servidumbres en cuestiones variadas, cual es esta, aunque no sería justo negar las ventajas. Ir siempre planchado, por ejemplo, o no ocuparse de hacer la cama. Las hermanas Vidaurreta son todas solteras y enteras salvo, quizás, Begoña, que se fue de casa con un novio que se presentaba como ingeniero de caminos natural y vecino de Arenas de San Pedro, provincia de Ávila y que resultó ser bígamo, viajante de comercio y de Béjar, provincia de Salamanca. De Castilla, decía la abuela Vidaurreta, que lo era por matrimonio siendo el propio Anchorena, nunca vino nada bueno. Anselmo se ejercita de mañana en el golf y comenta en el aperitivo, frente a un vasito de Cynar, que en este deporte cuanto mejor eres menos juegas, luego pide aceitunas y las empuja y acosa con un palillo hasta que cansadas, se dejan pillar. Berrendo viste camisas de cuello almidonado, calcetines planchados y, para la práctica del golf, camisetas de La Martina con enormes caballos y estrellas y escudos esmeradamente bordados que le marcan la barriguita. Cualquier intento de comer espárragos entre el miércoles de ceniza y la víspera del domingo de Resurrección es vano y de nada sirve razonar o suplicar. Posiblemente, bromea Anselmo, si por un casual apareciera yo en casa con una bula papal dejaríamos los Vidaurreta, así en bloque, de creer en el Papa. Begoña, quizá por compensar su pasado sensual, ha ocupado el lugar de la abuela y hace la tortilla de patata como ella, seca y dura, pero el marmitako le sale de miedo, que como él no hay otro. El secreto es bien sencillo; cuando ya tienes hecho el caldo y muy caliente echas el bonito troceado. Se sirve de inmediato y el pez se hace en ese ratito entre la cocina y la mesa, contando, eso sí, con el tiempo que lleva la bendición y el servicio. En el nombre del Padre. Bendícenos, Señor, y bendice los alimentos que vamos a tomar para mantenernos en tu santo servicio. Bendice también a quienes nos los han preparado, da pan a los que no lo tienen y haz que juntos lo comamos en la mesa celestial. Porque me das de comer, eskerrik asko, Señor. Amén. Antxón Gorostiaga, el hijo del notario, hizo un día la broma de que receta de la abuela Vidaurreta, de soltera Anchorena, no falla porque el toque final se lo da el mismo Dios. Antxón nunca más pudo entrar en la casa de los Vidaurreta ni volvió a catar ese marmitako hecho con cariño y devoción, y sólo se ve con Berrendo en el golf o en los bares, donde entre chistes malos, ya se ve, torean aceitunas mientras pierden el tiempo ganando kilos. El asunto no fue a mas porque los Gorostiaga y los Anchorena se conocen de siempre y aun algo se tocan de parientes aunque la memoria exacta se ha perdido, quizá algún casamiento hace doscientos años o así, y esas cosas marcan. A Itziar Vidaurreta, la pequeña de las seis, sólo diez meses mayor que Anselmo, y a Antxon Gorostiaga el chiste del marmitako les estropeó la vida, cosa que sólo saben ellos y Anselmo. Itziar miraba mucho a Antxon y éste se pavoneaba con chistes malos, entre nervioso e indeciso porque el cortejo, siempre una exhibición de habilidades, en según que sitios tiene más de equilibrismo que de malabarismo. Uséase, que un fallo da con tus huesos en el suelo y te deja descalabrado para siempre, cosa que le ocurrió a Antxón donde menos lo esperaba, cuando mas relajado estaba, frente a un plato de comida. Comer bien le da a uno una sensación de plenitud, de arrobamiento y triunfo, de invulnerabilidad incluso, que puede llevarle a bajar la guardia y meter la pata. Diez Vidaurreta con servilletas blancas y almidonadas colgando del cuello, con las dobleces de la plancha marcando cruces, son un jurado inapelable y a él se le quedaron mirando sin decir palabra y supo que su vida se había acabado. Mientras me lo contaban iba yo pensando que debe dar más miedo eso que una partida del Ku Klux Klan, pero no lo dije por no echar a perder esos sábados de marmitako a los que, de cuando en cuando, estoy invitado. Si en vez del txacolí que hacen su finca en Zalla pusieran vino para beber esas comidas serían perfectas, porque, quitando esas sus cosas, son gente educada y agradable. Ahora, en ocasiones, se encuentran en la calle, Itziar y Antxon, y se saludan y a veces, si está presente Anselmo, se toman unos chiquitos y unas tapas, pero la complicidad de los silencios y las miradas se ha perdido, más que nada porque, pese a algunas tímidas sonrisas de Itziar, Antxón se envara, se pone extremadamente caballeroso y premioso y la conversación no fluye. Suena a veces en los bares la tele encendida y habla alguien de acercamiento, reinserción y perdón y piensa uno, mientras escucha las gracietas prestadas de Berrendo intentando que el amor, o eso que quizá se le parece, triunfe de una vez, en qué rara es esta gente que para unas cosas si y para otras no, y que debería ser al revés.