SUPERMOLONES

Cuando yo tenía unos diez años en el colegio había dos profesores supermolones. Él era alto y moderno, y daba clases de trabajos manuales, luego pretenciosamente rebautizada pretecnología, y conducía un Seat 850 Coupé con unos dados colgados del retrovisor. Ella, bajita y muy guapa, daba clases de lengua, vestía botas camperas, una chamarra de esas que son una oveja dada la vuelta y conducía un Mini verde con el techo blanco y una raya rácing ajedrezada en el capó.

Él murió en su casa solo hace unos años sentado en un sillón frente a la tele, agarrando una cerveza; tardaron unos días en encontrarlo. Era gay y nosotros en aquel momento no lo sabíamos porque aquel era un mal momento para ser gay. A ella, que aumentó mucho la fascinación que nos producía casándose con un sueco y yéndose a vivir allá al norte tan lejano, la vi ayer. Envejecida, descuidada, triste. Un poco bamboleante en el caminar. Ella, tan sonriente, tan rubia, tan de gafas de sol en invierno, tiene ahora cara de conducir un Twingo diésel y arrugas de mala hostia en las comisuras de los labios.

El tiempo pasa y nos apisona y las vidas son los ríos que se van a tomar por culo. La vidas se van a donde las rayas rácing de los capos de los coches molones. Al desguace.

 

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