EL POSO DE LA VIRTUD

La salud está hecha, dicen, mitad y mitad de renuncias y obligaciones. De verduras y ejercicios y copas no trasegadas y cigarrillos sin fumar. La salud es, al parecer, el poso de la penitencia o la virtud, eso ya según el carácter de cada uno, si tira más a neurótico y dado a la restricción o tiende a desatado y prono al arrepentimiento. Los incontinentes impenitentes, los que no sabemos ponerle puertas al campo de los deseos y vemos como las cabras el monte cubierto de orégano, moriremos pronto y a nuestro entierro, nuestros entierros, que no estoy solo, no irán los temperantes porque ese nuestro fatal destino lo tendremos merecido. La salud, como la felicidad, no tiene plumas ni pelos, pero tampoco mucha gracia, la verdad, y llegado el caso vale para bien poco. Evaristo Martínez, vecino de Santa Baia de Limodre, en la carretera a Laraxe, tenía una casita con el jardín repleto de enanos de cerámica pintados de colorines, tantos que ni se andaba bien. Esto de los enanos era cosa de su mujer, que hacia colección y de comer tocino de puerco y pasteles y guisotes y los sábados callos y todos los días vino y unas gotas de aguardiente con el café. Nada de ensaladas, de legumbres poca cosa y de fruta sólo las manzanas tímidas que dejaba caer un arbolito acosado por los gnomos al fondo de la finca. La esposa de Evaristo, el Señor lo tenga en su gloria, era un poco bruta que dirían los de antes o natural que le decimos hoy y sostenía que su guía de vida en estos asuntos era el adagio “Mea claro, caga duro y al médico que le den por el culo”, frase que atribuía a los romanos, así en general sin entrar en precisiones innecesarias. Evaristo, la verdad, las tenía todas para morir sin salud, como los intemperantes, pero lo mató el pedrisco el día de la comunión de una sobrina nieta, como en ocasiones les ocurre a las delicadas flores de los cerezos. La primavera es caprichosa y tornadiza y sus malhumores peligrosos, cosa que seguramente ya dejaron dicho los romanos. Ahora no recuerdo si fue en Rubielos de Mora o en Mora de Rubielos, cosa que para casi todo el mundo parecerá un detalle sin importancia pero a los de allí les jode que los confundan los unos con los otros, por lo que pido disculpas. En esos pueblos a veces pasan cosas raras y a Evaristo lo descalabró estando sano como una rosa un pedrisco de mayo como pelotas de tenis cuando salía de la ermita de San Roque. Evaristo, intemperante consorte, había hecho sus necesidades esa mañana preciso como un reloj y con los colores y consistencias que recomendaban los romanos, así que nos consta que estaba en perfecto estado de revista. La salud, ese espantajo relleno de verduras, pollo a la plancha sin sal y la nostalgia de pequeños placeres, cuando adviene una desgracia no te salva, antes bien, te deja en evidencia. Mira tú, morir tan sano y comulgado, no sabe uno dónde la tiene, dicen los vecinos. Morir sano resulta siempre un poco vergonzoso, una falta de educación como eso de irse a la francesa, y el detalle de hacerlo en la gracia de Dios, en este tiempo descreído en el que moramos, le da al asunto un punto macabro. Y si acaso no fían de mi palabra y por un casual pasan por allí le preguntan ustedes a Evaristo que descansa, sano pero muerto, en una urna de colores, rodeado de una corte de enanos, en el jardín de una casita en Limodre, al pie de la carretera que sube a Laraxe.

4 thoughts on “EL POSO DE LA VIRTUD

  1. ¡ Que relato tan bueno ! . Y, si la casita sigue, y sigue con el jardín lleno de enanitos, supongo que allí seguirá, disfrutando de buena salud, la viuda de Evaristo . Cada día más vieja y más sana…Porque supongo yo que se aplicaría las mismas reglas que seguía su marido.
    Y que tendrá buen cuidado de no asistir a primeras comuniones, ni a bodas, de sobrinos nietos o bisnietos. Que son peligrosísimas.

    • Ir a misa te acerca a Dios, que está en el Cielo, e ir allí, ya sabemos, pasa por morirse. Por eso yo me mantengo a una distancia prudencial de las iglesias, ni muy lejos ni muy cerca.

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