TODO RECUERDA A TODO

Cumplir años carece de todo mérito. Uno llega a viejo como los militares chusqueros a coroneles, cuidando de no meterse en muchos líos y dejando pasar el tiempo. Ni siquiera hay que esforzarse o estar muy alerta, basta con moverse con el grueso de la tropa, vestir adecuadamente, saludar solícito a los superiores, mostrar el imprescindible desprecio hacia los inferiores y mantener la higiene personal en niveles que no resulten ofensivos. La mayoría se sujeta sin pensarlo a estas reglas sencillas y poco explicitadas, pero evidentes. También es cierto que muchos, cada vez más, pretenden contra toda lógica ser jóvenes toda la vida. Se empeñan en mantenerse en forma, en conservar con afeites y artificios la actitud y la gallardía de los años mozos. Son gente con alma de subteniente. Yo contra ellos no tengo nada, pero nací con una innegable voluntad de decadencia y confieso que no los entiendo.

Viene esto a cuento porque acabo de hacer cincuenta y he quedado chafado, por segunda vez, al ver que la decadencia no llegaba. La primera decepción fue con cuarenta, momento en el que esperé la famosa crisis que no vino. O sí, pero fue una tristeza líquida y difusa por no sentirme ya, de una vez y definitivamente, mayor. El ansia frustrada de acabar la adolescencia. Pero estos días atrás recordé que hace muchos años, con doce o así, había un sábado al mes en que me levantaba con la alegría de ir al peluquero. Iba yo solo, el barbero me trataba como un adulto y allí tenía, como lectura para hacer tiempo, el Interviú, el Por Favor y el Hermano Lobo, que leía con cara de pasmo. Además disfrutaba de las cosas que contaba aquel tipo alto, flaco, calvo, sobre su estancia en Londres. Hablaba de grupos, conciertos, películas y mujeres dándose mucho aire cosmopolita y con un cierto desprecio hacia los que seguíamos siendo simples lugareños. Recordé también que muchos años después un tipo elegante y repeinado, para dárselas también de interesante, me soltó como pensamiento propio: «Somos de una generación que debía esperar a ser mayor para ser alguien, y ahora que somos mayores resulta que hay que ser joven para ser alguien». Yo no le dije nada y le reí la gracia, servidumbres de una esmerada educación, pero esa frase recuerdo haberla leído en la peluquería, sentado en un sillón de acero y skay rojo, en una viñeta de El Perich. E inmediatamente me asaltó el pensamiento de que todo eso que recuerdo con tanto detalle quizá no haya ocurrido nunca, que podría haberlo soñado; el tipo repeinado, la peluquería en rojo y negro, el peluquero cosmopolita, las inglesas en minifalda y El Perich y su frase. Esto sería una pena, porque el sillón rojo, como los aviones del siglo pasado, tenía un delicioso mini cenicero en uno de sus brazos metálicos, y el pasado sería más feo si esos pequeños detalles no hubieran existido.
Quizá la decadencia es eso, recuerdos olvidados, lecturas soñadas, infancias reinventadas, memorias de sitios en donde quizá no has estado, gente que pasa y se confunde, rincones con intimidades secretas y acentos dulces. Un poco como Lisboa, donde todo empezó, donde todo recuerda a todo y aún se fuma en los cafés.

8 thoughts on “TODO RECUERDA A TODO

  1. Me gusta ser viejo y usado.
    Estoy cómodo con mis recuerdos.
    Me perdono muchas cosas, pero otras no.
    Ya hace algunos que pasé de 50.
    Me he dejado un hombro y muchos puntos de sutura en el asfalto.
    …y sobre todo, casi todo lo he hecho mal.
    Casi me alegro.
    El éxito es bastante hortera.

  2. ….de mayor quería ser pequeña…….y ahora q soy pequeña…..me conformo con no ser nada en un mundo donde la gente quiere ser todo….. cumplir años para atras…..vamos a tachar lentamente días en el calendario…….espero q el tuyo…pase muchas páginas…..

  3. La decadencia es una actitud. Recuerdo a un profesor universitario que, cuando yo apenas pasaba de los 20 y él de los treinta, ya presumía de estar en la «edad provecta». A los caballeros con experiencia siempre les conviene fingir algo de decadencia, que no es sino otra forma de decir que antes triunfaron más aún si cabe; y siempre cabe. Pero no cuela. Hay que vivir como si la vida se acabara mañana. Lo que, por otra parte, es verdad.

  4. Yo no doy llegado a esa decadencia. Me matan las ganas, me esfuerzo pero no tengo de dónde caer, así que me lo invento.

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