COSAS QUE JAMÁS HARÍA

A mi los entierros no terminan de gustarme, más que nada por la gente que va, y no se entienda de esto que albergo rencores o mantengo rencillas con los muertos. En absoluto. Descansen en paz. De los entierros me desagradan la muerte como concepto y los cursis, que suelen acudir en manada. A los entierros, creo yo, sólo van los muertos, cada uno al suyo, sus deudos a llorar y los cursis a lucirse exponiendo su dominio de los lugares comunes. Y en ocasiones algunos despistados que mantenemos costumbres del siglo pasado, de un tiempo que fue y ya no es. En los entierros los cursis son los que te dicen: Es ley de vida. No somos nadie. A todos nos llega la hora. Pero los más cursis, los cursis fetén, los pata negra son los que se permiten decir: La muerte nos iguala a todos, ricos y pobres. Y a uno, que la muerte cercana lo desazona y descoloca y anima a decir tonterías, una y otra vez le asaltan las ganas de contestar con las estrofas de aquella romanza escatológica que aprendió de niño. Caga el rico, caga el pobre, cagan el Rey y el Papa, caga hasta la mujer más guapa y de cagar nadie se escapa. Uno, en estos casos, se aguanta las ganas porque advierte la improcedencia de lanzarse a declamar, y más esos versos, en un entierro. Uno, mal que le pese, acepta sumiso la esclavitud de una esmerada educación que no solicitó sino que le fue impuesta. Siendo completamente cierto que cagar, como la muerte, a todos iguala no siempre la verdad es bien recibida. En el fondo todos sabemos que, al final, todos morimos y que en este tiempo de espera entretenemos las horas asistiendo a funerales y cagando. Pero en ocasiones es apropiado callar ciertas cosas porque, intuyo, la mayoría de nosotros lo de la igualdad de boquilla sí pero llegado el caso pecamos de soberbia y nos sabemos más. En vida seguro y de muertos ya se verá. La cursilería no está igual de extendida pero comparte con las actividades ya mencionadas que ataca con homogénea fiereza a ricos, pobres, nobles, clérigos, mujeres y, en casos graves, incluso a niños. La cursilería, como las enfermedades infectocontagiosas, la gripe, un suponer, no tiene respeto por nadie e iguala en el lugar común. Cualquiera, gente que parece normal, incluso normalísima, puede revelarse un cursi. Yo creo que no puedes decir que conoces de verdad a alguien hasta que no has estado con él en un entierro y ves cómo reacciona sometido a la tentación de dar un pésame profundo y filosófico. A otros ya se les ve venir. Otros, los cursis desvergonzados, se permiten ir por la vida como si estuvieran siempre en un entierro. Esos son los cursis que han salido del armario, habitan felices todos los días del año en el lugar común y no hace falta un radar o un entierro para detectarlos. Yo vivo con el temor de que un día no podré aguantarme porque ni todos los días son iguales ni todos los días tiene uno el mismo ánimo y en ocasiones le flaquea la voluntad. Ese día, a un cursi, en un entierro, caeré en dar respuesta a la sesuda a la par que manida consideración sobre lo igualadora que es la muerte; no podré resistirme. Un día, quizá harto, quizá desengañado, quizá yo mismo desahuciado y sintiendo próximo mi óbito, me daré el gustazo de recitarle a la cara, rimbombante, campanudo, la romanza de la caca, que iguala a los vivos como a los muertos la parca. Viene el perro la husmea, viene el gato la entierra, en este mundo de caca, de cagar nadie se escapa. Temo que llegue ese día porque uno, sin necesidad de anotarlo en ningún sitio, mantiene una lista inconsciente de cosas que jamás haría. Uno, en realidad, es el tipo de persona que jamás haría un montón de cosas que no ha explicitado pero están ahí, catalogadas en alguno de los recovecos freudianos de la mente. E intuyo que verse haciendo algo que uno lleva toda la vida prohibiéndose sería una alteración de grandes proporciones. Y estoy seguro de que una vez uno ha caído en la tentación de pronto descubre no sólo que ahora es otra persona, sino que siempre ha sido esa otra persona, precisamente la que pensaba que no era. Que llevaba todos esos años haciendo una vida normal, comportándose como quien creía ser, cagando, yendo a entierros, pero en realidad todo era falso, y lo cierto es que ha vivido engañado, engañándose. Que en realidad uno es otro, que es esa clase de persona que, por ejemplo, a la mínima provocación de un cursi se lanza a declamar, rimbombante y campanudo, el romance de la caca en un entierro. Con ese temor vivo y por esa razón los entierros no acaban de gustarme, porque le enfrentan a uno a la posibilidad cierta de tener que reconocerse quién es en realidad, cosa que, junto con la muerte, es una de las más incómodas verdades.

3 thoughts on “COSAS QUE JAMÁS HARÍA

  1. Cursi no eres, tranquilo.
    Gallego si. Pero eso es otra cosa.
    Tengo un hermano que es de esos. A mi es que me aburre una barbaridad, pero a él es que no se pierde uno.
    No sé si hace muescas en la barandilla de la escalera o mete 1 euro en una hucha, pero no se pierde uno,

  2. Yo sólo voy a los entierros cuando los que se han muerto y los que quedan para contarlo me importan de verdad. ( Los entierros son por la mañana, en cambio a los funerales, que suelen ser a la tarde, ya no voy nunca ).
    Y resulta que en esos entierros a los que sí voy, me suelo encontrar con personas a las que no veía hace años, y acabamos recordando anécdotas de los viejos tiempos, y de las barbaridades que hacíamos, y así, y todos a carcajadas…
    Esos entierros son al mismo tiempo tristes, y de lo más alegres.
    Y nadie dice : ¡ Lo bueno que era ! ¡ Se merece estar en la gloria ! , ni ninguna de esas cursiladas.

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