DISFRAZARSE

Cuando uno llega a ciertas cosas el ojo empieza a seleccionar y, de pronto, el universo está poblado de casos idénticos. El acontecimiento es indiferente, lo mismo vale que tu mujer se quede embarazada, estrenes coche, rompas un brazo o te caiga el pelo. Acaecido el hecho desencadenante, cualquiera que éste sea, de pronto adviertes que las calles están abarrotadas de guapísimas embarazadas, veloces automóviles de la misma marca y modelo y color, individuos taciturnos con el brazo en cabestrillo o atractivos calvos de mediana edad. Consciente de tal mecanismo, de esa especie de Google Alerts que llevamos en la parte más reptiliana del cerebro, cuando me compré una moto esperaba algo parecido. Ver moteros por todas partes que dispararan esas alertas. Eso no ha sucedido, lo cual me ha sumido en profundas reflexiones.

Al contrario que para bucear o esquiar, y para la mayoría de los deportes, actividades para las que existe un atuendo especial y canónico, no hay un disfraz de motero; hay muchos. Como en casi todas las cosas de la vida, de mi vida, la falta de planificación me ha llevó a una situación de impasse, a una encrucijada en la cual el ímpetu inicial de actuar sin mucho pensarlo se vio frenado en el primer contratiempo. El caso es que debería haber decidido con antelación qué clase de tipo con moto soy, o quería ser ser. Para algunos eso, seguramente, será fácil. Gente con tendencias sólidas, vivencias asentadas y opiniones fundadas. También estoy seguro que un elevado grado de empatía ayuda a la hora de identificarse con uno de los muchos grupos y grupúsculos en los que se divide el ambiente. Yo, que en ambas cosas tiendo a lo contrario, sigo perdido a la espera de encontrar mi sitio y proceder a disfrazarme en consecuencia.

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EL CLIENTE UN MILLÓN Y PICO

Ayer estuve en los Madriles, a defender un pleito, claro. El martes de carnaval de toda la vida de dios no se trabaja pero los madracas son así, van a destajo. Estajanovistas que elijen a alcaldesas comunistas y abren las tiendas 24 horas, full time, economía de guerra. El juicio bien, uno hace lo que tiene que hacer, quiere creer que con solvencia, y a otra cosa mariposa. Luego mi hija me llevó a comer a un chigre de esos típicamente madrileños. Menú de nueve pavos, gallinejas, oreja cocida, callos, sesos rebozados y, como concesión a los transeúntes, cazón en adobo, milanesa y otras porquerías. La otra obsesión de los madracas es la casquería, yo creo que cosa del hambre de la guerra. No pasarán, puente de los franceses que bien te guardan y aprendieron a comérselo todo y se conoce que le pillaron el gusto. El caso es que hace unos días entró en el antro con las amigas y el personal de servicio le cantó e hizo muchas fiestas. La clienta un millón, le dijeron. Les dieron de comer y beber gratis y eso, claro, fideliza. Creo yo que se quedaron con ellas. No quise preguntar si lo que les cantaron fue lo de El Turista 1.999.999 de Cristina y los Stop o si les dijeron moooo-nuuuu-men-toooos con voz de López Vázquez alterado por una sueca. Es que el jefe es un tipo eficaz y feo al que le falta una paleta, cosa que disimula porque los otros piños los lleva tan desordenados que tapan algo el hueco. Como cuando te expulsan a un central y los de las bandas se cierran para evitar la coladera. Hay que decir que no todo en él es un desastre. Tiene, por ejemplo, unos ojos azules como los de Redford. Todo lo demás ya sí y doy fe, e imaginármelo en tesitura tal, metiendo todas esas sílabas en dos compases, me producía una sensación próxima al desagrado. Quedé luego con Josénez a tomar unas tónicas. En el Florida Park, me dijo, y a mí eso me sonó a coña. A que ahora se iban a quedar conmigo. El Florida Park es un hilo del que si tiro me salen Susana Estrada, Nadiuska, Amestoy, Pajares y Esteso, José María Íñigo y cosas así. 500 Millones, Esta noche Fiesta y tal. El destape, la transición, chaquetas de caballero entalladas con doble bolsillo y pelos cardados. Todo una vuelta al pasado de TV en BN, himno y carta de ajuste. En visitando sitios es conveniente fiar del guía nativo, así que venciendo escrúpulos, otra vez, sin dudarlo mucho allá me dirigí. En el metro. En el metro de Madrid. Viajar en el metro de Madrid es viajar al extranjero, cosa que para los que no tenemos posibles es muy de agradecer. Es como lo de la montaña que va a Mahoma. Parece imposible, pero pasa, y si no bastara mi palabra por dos euros pueden cualquiera comprobarlo personalmente. Todas las extranjeras van con leggins, y túneles y vagones parecen los subterráneos de una ciudad malla, túneles en los que el tiempo pasa con otra velocidad y calidad. Como en el Corte Inglés o en la cárcel. Uno se despista de dónde está, cuánto tiempo lleva allí, si es día o noche, llueve o luce el sol. La gente, los extranjeros y los nativos que visitan el extranjero, se distraen mirando el móvil. Vi a una señora de mediana edad que no miraba una pantalla y pensé en la pobreza, quizá no le alcanza y posiblemente se siente excluída, sin redes sociales, sin amistades que alcancen estas profundidades y este espacio-tiempo absurdo y traqueteante de estación en estación. Saqué el mío de inmediato por ver si evitaba que, además de nativo, me confundieran con un desposeído. A mi lado una chiquilla que viajaba con su novio, sentado al otro lado del pasillo, ambos con auriculares, ambos mirando la pantalla, flirteaba. Le mandaba a su crush selfies que modificaba con frases sobreimpresas y orejas de conejo o cerdito. Snippets de vídeo en los que ponía morritos y lanzaba un beso al móvil y éste, aleccionado de alguna manera que se me escapa, le ponía labios de starlette de los que, como burbujas de hombre rana, con el muac salían estrellitas que explotaban en corazoncitos. El muchacho, sentado enfrente, ya digo, miraba arrebolado la pantalla de su móvil en lugar de mirarle las piernas de mooo-nuu-men-toooo. Alguien debería escribir sobre el metro. Alguien que combine el Viaje en Autobús con Los Autonautas de la Cosmopista. Me dice Josénez, tomando unas tónicas que en el metro todos son feos y desagradables, todos son como los comunistas de las manifestaciones de Foxá, cosa a la que, con levísimos matices, asiento. La investigación debería centrarse en desentrañar si esa fealdad, esa falta de gusto, es un efecto propiamente del ambiente subterráneo que afecta a todos los que entran o es que sólo se animan a entrar quienes ya las padecen. Se me ocurre que podría buscarse un banco a la entrada de una de esas madrigueras al subsuelo y, un día soleado de una de esas maravillosas primaveras que tienen allí, observar a los que entran, si ya entran feos y desaliñados, con ojeras y el pelo revuelto y sucio. Y luego contarlo para que lo sepamos. Me dijo Josénez que iba a acercarse Emecé pero finalmente no pudo ser. Cita con el dentista de uno de los churumbeles, cosa que me parece justifica cualquier ausencia. Con lo que sonríe la mamá, dando por cierto que ese carisma es hereditario, y el aumento de la esperanza de vida es conveniente que los dientes no le salgan como al casquero, que no quede condenado a cien años de gallinejas y oreja con los piños en desorden, arrastrando de por vida la carga de viajar en el metro con pinta de madraca rojo foxaniano, o foxalitano, o como se diga. Me cuenta, con la segunda tónica, sus proyectos de escrituras, el Josénez, y tienen muy buena pinta, coño. Le cuento la ausencia de los míos y me conmisero un poco, un rato, mientras un gorrión del Retiro revolotea, también sin planes, alrededor de nuestra mesa. Luego la conversación, como siempre, fluye como si nos conociéramos de toda la vida y pienso que quizá es así.

SALIR A LA CALLE

Llegadas las doce y diez, pasado el Ángelus (el Ángel del Señor anunció a María y concibió etc.), me pareció momento adecuado para salir a tomar un café y en cincuenta metros me he encontrado con dos finlandesas en una terraza tomando gintonics, el Torero del Moroso en pleno trabajo y un hipster pasando la fregona a la acera.
Los finlandeses son gente curiosa que habla un idioma endiablado que me pone muy nervioso. Se asemeja demasiado al balbuceo de alguien a quien le ha dado un ictus. O un cuajo en el celebro, como me dijo un día Goyanes, explicándome su larga ausencia. Me dio un cuajo y allí quedé en el sofá, mi señora dormida al lado y viendo el programa ese de los que se van. Se refería, claro, al Quién sabe dónde de Lobatón. Goyanes se quedó paralizado y se fue escurriendo del sofá hasta acabar tirado en el suelo, donde esperó impaciente a que su esposa despertara de ese agradable primer sueño delante del televisor. Goyanes, a resultas de aquello, quedó hablando como un finlandés pero en gallego. Algo que se asemeja demasiado al parloteo de un borracho hiperactivo.
El Torero del Moroso, habrá otros mejores, seguro, con mejor planta y garbo, era un tipo triste, canijo y regordete al que por debajo de la chaquetilla se le marcaban los michelines como una enorme, gigantesca, taleguilla. En donde uno espera la taleguilla propiamente dicha el traje le hacía arrugas. Llevaba unas gafas gordas, de culo de vaso, y me dio pena porque esos son los signos externos de los adiposos genitales, síndrome más bien jodido. Portaba un maletín Samsonite rígido en el que en letras grandes constaba el empleo -TORERO DEL MOROSO- como el que le dan, por ejemplo, al ministro de igualdad -MINISTRO DE IGUALDAD-. Como al ministro, nadie le hacía caso.
El hipster vestía un pantalón de peto color que yo definiría como caquita de bebé aunque en el mundo de la moda podrían perfectamente decirle mandarina tostada. Llevaba las perneras remangadas, unos Nike rojos nuevecitos, calcetines blancos y hablaba por el móvil con los auriculares inalámbricos del iPhone. La estampa de la modernidad, todo esto es ya viejo, la aportaban los complementos, la fregona con mango naranja y mocho de color azul eléctrico y el man bun, ese moñito como de luchador de sumo o hare krishna. Si definimos la elegancia como vestirse adecuadamente para cada caso y poner atención al detalle no se le puede negar lo segundo, fallando estrepitosamente en lo primero.
A punto estaba de volverme donde las finlandesas y pedirme un gintónic -despues del Ángelus ya se pueden beber destilados, antes no, de ningún modo- cuando me encontré con un compañero que me pasó las novedades del foro. Fulano y dos más, abogado uno, procuradores los otros, se sacaron juntos el título de patrón de embarcaciones de recreo y, ya puestos, siguieron estudiando juntos y se han hecho maquinistas de tren. Cincuenta días de vacaciones, no sé cuántas pagas, días libres a pasto, cotización doble y yo que sé más. 2500 de entrada más pluses, peligrosidades, nocturnidades y la Virgen. Quizá todo esto son exageraciones de un envidioso pero lo cierto es que, me aseguran, navegan más que nunca.
España empieza a ser un país entretenido también por provincias, que antes se lo llevaba todo Madrid. Tengo que acordarme de salir más a la calle.

LA ADMIRACIÓN

Una almendra central museística o museológica o museográfica –allá cada cual– va siendo cada vez más necesaria. Sería factible una solución como la de Altamira, que hicieron una réplica, o el Museo de Cera, que hicieron muchas, montones. Sabemos desde hace ya tiempo que las personas del público estropean no sólo la experiencia del copúblico sino también las mismas obras de arte y las personas admiradas que no son arte pero tienen público. Ver a la Gioconda rodeado de gentes ilusionadas y motivadas, llegadas a París expresamente para ir al Moulin Rouge, y si no hay entradas al Crazy Horse, te da el mismo subidón artístico que participar en un escrache a la concejala desconocida. Es decir, que uno se hermana con el público nervioso, sudoroso y ansioso más que con lo que emana de la obra o del santuario que la alberga. El subidón, como mucho y sólo cuando acontece, consiste en reconocerse como miembro de una marabunta internacional de admiradores u odiadores abstractos y genéricos del recuerdo de las clases de arte de BUP. Otra solución, alternativa a la réplica, sería poner unas reglas claras como por ejemplo las que tienen de siempre en Almonte con la Blanca Paloma. Horario restrictivo y estricto y acercarse mucho sólo los del pueblo, y si alguien se las salta un severo correctivo, inmediato y contundente, aplicado por el mismo pueblo. En defintiva, mantener el fervor de los extraños a una distancia apropiada, la necesaria para que la admiración no arruine lo admirado, algo a lo que los admiradores son muy dados. Quizá incluso esa es la esencia de la admiración y el pasmo, eso que de ordinario le asociamos, una rareza que ha de ser, a su vez, objeto de admiración. El pasmo es individual y solitario, como ciertas experiencias sensuales unipersonales, mientras que la admiración es expansiva y se presta a lo colectivo, si no nace precisamente de un dejarse llevar por lo que sienten los demás. Rascar las piedras de la esfinge con la llave del trastero y dejar, con nombre y fecha, perpetua memoria de la visita, es asociarse a lo admirado destruyéndolo un poco, con cariño y respeto, eso sí, y es a lo que estamos acostumbrados. Tanto que descubren, de vez en cuando, pollas y coños que rascaron los romanos con la punta del pilum en templos y termas por todo el mare nostrum y más allá. En fin, que es, y así lo vemos, hasta normal. Legionarios galos y metalúrgicos del Ruhr hermanados por el ansia de trascender, sabiendo el uno del otro, unidos en la admiración por un fino hilo que trasciende fronteras, culturas y siglos. Y es que en ocasiones va uno a los sitios y parece aquello el Corte Inglés en rebajas y entre tanta gente siempre se cuelan indeseables. Yo, por confesarme, reconozco que suelo verme asaltado por irrefrenables impulsos de tocar las estatuas, al punto de rozar la condena. Las estatuas son para tocar porque se hacen para las manos, para qué si no. Cierto que puede uno verlas y sentir la impresión de la totalidad de una sola vez, como los cuadros, pero también puede pasar por ellas las manos, las yemas o la palma. Puede uno sentirlas linealmente, empezando aquí siguiendo hasta allí, lo cual es un modo diferente y mucho más erótico de descubrir las cosas, dónde va a parar, y por ello más satisfactorio. Por eso me tengo que contener cuando una me impresiona y por la misma razón las del tal Calder me horrorizan. Lo mínimo que se le puede pedir a una estatua, creo yo, es que se esté quieta y se deje tocar. Esas cosas, siguiendo este sensato razonamiento, no son estatuas. Luego ya, si eso, uno se aguanta las ganas por educación, respeto y saber estar. Por no ser marabunta en un escrache o el gilipollas que viaja con las llaves el coche en el bolsillo, por si aparece la oportunidad de rascar algo. En definitiva, que es conveniente una Almonte Central, un perímetro y una ordenación rígida de la admiración, porque destruye lo que toca.

VITAMINA B12

Por el documental “La Ley Seca”, tres largos capítulos en Netflix, supe del abogado de Chicago George Remus. Berlinés, llegó a Chicago, IL, con cinco años y se hizo farmacéutico a los 17 y abogado a los 24. Tuvo fama como criminalista y dizque fue quien se inventó lo de la enajenación mental transitoria como argumento de defensa. No le coló y su cliente fue condenado. Al empezar la prohibición advirtió tres cosas, a saber: 1) los criminales a los que defendía ganaban mucho más que él 2) no eran más inteligentes que él sino que, por el contrario, eran mucho más tontos y 3) la Ley Volstead era técnicamente muy mala. Visto lo cual se trasladó a Cincinatti, OH, zona en la había muchísimas destilerías en quiebra por no poder vender el licor que tenían almacenado, y compró de saldo todas las que pudo. Fundó compañías de transporte y con sobornos consiguió permisos de transporte para distribuir el alcohol a las farmacias como medicamento. Por pura mala suerte le robaban todos los cargamentos gángsteres sin escrúpulos que resultaban ser sus propios hombres. En 3 años hizo, actualización del IPC mediante, 900 millones de dólares, descontada inversión, gastos corrientes y sobornos. Cuando lo metieron en el trullo, luego de mucha persecución, hizo amistad con su compañero de celda, un tal Franklin Dodge, al que le contó pavoneándose cómo y dónde guardaba su fortuna, principalmente oculta a nombre de Imogene, su esposa. Dodge en realidad era un agente encubierto del FBI que en lugar de pasar la información a sus jefes en cuanto salió de allí buscó a la tal Imogene, la rondó, enamoró y convenció de venderlo todo y quedarse entre los dos con la fortuna del pringado de su marido. Al pobre Remus le dejaron 100 dólares, lo que costaba un entierro cutre. Eso, creo yo, es recochineo. Cuando salió de prisión se encontró a con que le estaba esperando una demanda de divorcio de su amada Imogene y el día del juicio, de camino al Juzgado, se la encontró en el Edén Park y, sin venir a cuento, o quizá sí, delante de testigos la mató a tiros. Remus se defendió a sí mismo alegando enajenación mental transitoria y el jurado lo absolvió en 17 minutos. Quizá lo de la traición de su esposa y del FBI, agente corrupto mediante, jugó a su favor. No obstante hubo quien, maledicentemente, quiso sembrar sospechas de fraude, especialmente porque hizo una fiesta para celebrar la derrota del fiscal con mucho alcohol a la cual asistieron todos los jurados. A mi me parece que defenderse uno mismo alegando estar loco y ganar es, más que competencia profesional, tener una cara como un piano. Dizque F. Scott Ftitzgerald se lo encontró en un hotel en Louisville, KY, e impresionado por su personalidad se basó en él para escribir El Gran Gatsby.
Yo no sé si ser el Responsable de Movimientos Sociales y Multiculturalidad del Consejo Ciudadano Autonómico de La Rioja es más que ser farmacéutico, pero casi tengo la certeza de que es más que ser abogado. Dónde va a parar. El caso es que quien ostenta ese elevado cargo, tras usar los DNI de simpatizantes para convertirlos en afiliados y engordar así no sé qué estadísticas, se ha defendido de las acusaciones de malas prácticas alegando que su organismo no fija la vitamina B12, a lo que se ve esencial para distinguir entre el bien y el mal, asunto siempre escabroso por lo difuso de la línea que separa el uno del otro. La vitamina B12 sería algo así como el cristal de las gafas de la moral, la molécula que, despistados, buscaban los filósofos en otros campos más lejanos y por ello más difíciles de arar. A esta desdichada señora seguramente la defensa no le cuele, tal que a Remus, pero el mundo avanza, como lo hizo en los diez años transcurridos entre aquella chispa de iluminación que le advino al emigrante berlinés y su absolución de la acusación de asesinato. Un día llegará en el que un análisis de la vitamina B12 en los tribunales exculpe a los acusados rápida y eficazmente. Quién sabe si esta misma incapacidad de enfocar con precisión la línea sinuosa de contacto entre lo aceptable y lo prohibido era la patología que afectaba a George Remus; se habría ahorrado una pasta, la gastada en sobornar a los jurados. La pregunta que se nos queda en el aire es si esta señora, en un hotel, impresionaría o no a Scott Fitzgerald, cuestión a la que, sabrán perdonarme, no me veo capaz de contestar.

LOS MISMOS CUEROS

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Pascual, reo de asesinato y condenado a morir, se apunta a la teoría del buen salvaje, nacemos buenos y la sociedad, siempre fracasada, nos desvía de nuestra angelical naturaleza, hace demonios de los seres miríficos que somos al nacer. La verdad es que con esos mimbres a disposición no se consuela quien no quiere. Pascual escribe desde la cárcel, como Boecio, pero en un tono distinto, como regodeándose un poco, lo que deja intuir un cierto cachondeo. A Mario le comieron las orejas los puercos y no se sabe que hicieran castigo en ellos. Tampoco con el tipo que lo pateó hasta dejarlo gagá. Algo más gagá, quiere decirse, que tonto era ya de nacimiento, posiblemente por hijo de la lujuria, producto de los cuernos que su madre le puso al violento portugués que oficiaba de pater familias. Duarte Diníz, de nombre Esteban, era gordo, gastaba bigote y les pegaba a todos. A su esposa, a su hijo y a su hija. Al bastardo que parió su mujer no le zurró porque por esos días se murió de rabia. Se ve que no tuvo tiempo. Lo que tuvo fue un entierro pobre y aburrido. Los entierros aburridos suelen ser más tristes de lo normal pero este quizá hasta fue un alivio. Mario a los cerdos no les hizo nada, que se sepa, pero al tipo que lo pateó sí, a ese, sin venir a cuento le mordió una pierna. La yegua de Pascual, cuando llevaba a Lola de viaje de novios, coceó a una vieja a la entrada de Mérida y tuvo que darle un real para que se callase. La cosa no quedó así porque la vieja no quedó del todo callada y fue a buscar a la Guardia Civil y hubo que darle seis pesetas más. Se ve que las yeguas, como los cerdos de Mario y un poco como el mismo Mario, las hacen sin pensar. Los animales, en general, parece que no las piensan. Que hacen las cosas un poco de repente, como cambia el viento o llegan las desgracias, que vienen de improviso y de no se sabe dónde. La yegua, llegando a Torremejía tiró a la Lola, que ya estaba preñada de antes, y la criatura se malogró. Pascual le dio veinte puñaladas, se ve que estaba de ella hasta los cojones. Los animales son la bestia que llevamos dentro y merecen, por eso mismo, el castigo que se les ponga. Jehan Bailly de Savigny pilló a una de sus cerdas, acompañada de sus siete lechones, devorándose a su hijo de cinco años, Jehan Martin, y no se tomó, como Pascual, la justicia por su mano. Llevó a la cerda a juicio en el cual intervinieron dos fiscales acusando, un abogado en nombre de la cerda y sus mamones y Jehan que además de pedir castigo para toda la familia de puercos se defendía de haber descuidado la obligación de vigilar a su hijo. Oídos los testigos, más de diez, la cerda fue condenada a muerte pero los lechones resultaron absueltos. Llevaban los morros manchados de sangre pero nadie pudo probar más allá de la duda razonable que hubieran mordido al pequeño Jehan Martin. A la cerda le dio matarile un verdugo llegado de Chalon-Sur-Saône de acuerdo con las instrucciones precisas del tribunal. Igualmente se ordenó que los lechones quedaran en custodia de Jehan Bailly, quien debería mantenerlos sin causarles mal ninguno y llevarlos de nuevo a juicio si aparecían nuevas pruebas. El tipo se negó a dar tales garantías, se ve que algo de la sangre de Pascual le bullía, así que se vendieron para pagar los gastos del juicio. Suponemos que ver cómo le daban matarile a la cerda supuso un alivio para Jehan, aunque suene mal decirlo. Un poco como Pascual dándole navajazos a la yegua en la cuadra. En el 1457 en Francia ya eran más modernos que nosotros en el siglo XX y también, hay que decirlo, más mansos, más resobados por la civilización. A Pascual le cayeron 28 años por darle matarile al novio de su hermana, que le dejó preñada a la Lola, pero lo dejaron salir a los tres. Luego mató a su madre y le entró la duda de si irse a La Coruña o a Madrid, que es la misma que les entra a todos los gallegos en algún momento de su vida. Ya lo decía Lombroso, que hay delinquenti nati fra gli animali, y antes que él advirtió el belga Jocodus Damhouder: bestia laedens ex interna malitia. Una mierda seres miríficos.

SOCIEDAD PARA LA PREVENCIÓN DEL PROGRESO

El mayo de 1944 el escritor C.S. Lewis recibió una invitación formal, firmada por un tal Jerome Tichenor, ofreciéndole entrar a formar parte de la SOCIEDAD PARA LA PREVENCIÓN DEL PROGRESO (Society for the Prevention of Progress). La sociedad, según sus documentos internos, fue en realidad fundada en el 1945 siendo el susodicho Mr. Tichenor su fundador y único socio. Ciertos proyectos individuales, y este lo era, en ocasiones no tienen una fecha cierta de nacimiento; son emanaciones de uno mismo que se van fraguando poco a poco y cumplen años en fechas arbitrarias. La mayoría de los encuestados, si esa encuesta se hiciera, sabrían contestar el día en que conocieron a su pareja pero casi con seguridad serían incapaces de poner fecha al momento en que se enamoraron.

C.S. Lewis contestó, según podemos saber trasteando entre sus cartas publicadas, lo siguiente:

TO THE SOCIETY FOR THE PREVENTION OF PROGRESS (L):

[Magdalen College, May 1944]

Dear Sir,

While feeling that I was born a member of your Society, I am nevertheless honoured to receive the outward seal of membership. I shall hope by continued orthodoxy and the unremitting practice of Reaction, Obstruction, and Stagnation to give you no reason for repenting your favour.

I humbly submit that in my Riddell Lectures entitled The Abolition of Man you will find another work not at all unworthy of consideration for admission to the canon. 

Yours regressively,

C.S. Lewis

Beverages and not Beveridges

(Is my motto)

La invitación para formar parte de tan exclusivo club es, lo sabemos, absolutamente inusual. Mr. Jerome Tichenor consideraba, no sin razón, que el aumento de socios suponía un progreso de la sociedad, entrando así en una contradicción insalvable. Se desconocen los motivos de esta invitación, aunque los podemos adivinar si repasamos los escritos de Lewis con la idea de progreso que imaginamos rondaba la cabeza de Tichenor, pero sí se sabe de cierto que éste rechazó innumerables solicitudes de membresía. Esto, seguramente, motiva el agradecimiento y el compromiso de perseverar en los fines de la sociedad que le acoge. Estos eran, según se ha podido saber por documentos debidamente autenticados,

«The purpose of this society is to oppose, and if possible, prevent the further encroachment of material civilization on the natural environment, because it is believed that such exploitation violates the terms of the lease granted to mankind by nature.»

Yen todos los escritos que produjoaparecía expreso o citado el versículo de Levítico 25:23.

«La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo.»

La dirección que aparecía en el membrete, 5660 de Montencito Avenue, Santa Rosa, California, 95404, era en realidad el que aparecía en los listines telefónicos como domicilio de Joel Walker Hedgpeth, biólogo marino, ecologista, poeta, escritor, filósofo y quién sabe qué cosas más.

Confieso que ni idea de por qué el Sr Lewis recibió la invitación, aunque uno aventura que por razón de su libro “Cartas del Diablo a su Sobrino”, que estaría en la línea de la reacción que menciona en la carta, en oposición a los políticas de Lord Beveridge y en la vuelta de Lewis al cristianismo de la mano de Tolkien y los Inklings, en el que como buen irlandés había nacido (feeling that I was born a member) y del que se había alejado. Eso sí, uniéndose a la Iglesia de Inglaterra y no al papismo.

De todos modos todo el asunto tiene un aire de broma privada, de divertimento entre colegas que hace que todo se nos escape, que sintamos que rascamos la superficie. Quizá es que habría que seguir indagando, aunque tristemente el interés no da para más.

La Society for the Prevention of Progress es una demuchas sociedades secretas, absurdas y desquiciadas organizadas por gentes de lo más normal. Aquí, creo, ya hablé de la Asociación de Amigos de Jean Baptiste Botul, y de la corriente filosófica a la que la producción intelectual del autor dio pie, el botulismo. Queda por hacerlo del Colegio de Patafísica(société de recherches savantes et inútiles)fundado el 22 Palotin del 76, según su propio calendario, que viene siendo el 9 de mayo de 1948, por centrar el asunto.

Cuando leo sobre estos asuntos en ocasiones siento la necesidad, el come-come, de fundar y/o pertenecer a una de estos absurdos entes societarios, con fines difusos, dispersos o, directamente, autodestructivos. Entidades que, quizá conscientemente, quizá inadvertidamente, parodian la vida misma.

 

SAVITSKY Y BELOGUZOV

Savitsky y Beloguzov estaban en la Antártida en su puesto avanzado de observación científica y allí llevaban, solos, el uno en compañía del otro, cuatro largos años. Algo pasó que Beloguzov empezó a contarle a Savitsky los finales de los libros que leía. Por joder, suponemos, que eso jode mucho. Llevas seiscientas páginas de Guerra y Paz y estás ya ansioso por saber el final y llega el hijoputa con el que compartes cuchitril antártico y te hace un spoiler. ¿Cómo te sientes? Contento no, desde luego. Beloguzov, ya se ve, es un hijo de puta, que en ruso igual ni hay una palabra para describirlo. La soledad en mala compañía es mucho peor que en soledad. Eso lo saben mucho los divorciados, por poner un ejemplo. El roce hace el cariño, dicen, pero quienes lo dicen olvidan u omiten que rozando, rozando, se afilan los cuchillos. Savitsky, repitiéndose el asunto libro tras libro, entró en cólera y aprovechando la llegada del invierno le metió una mojada con un cuchillo de cocina, y que se joda Belozugov, que además tiene nombre de comisario político.
Savitsky está en casa, en la madre Rusia, en arresto domiciliario esperando juicio por el primer intento de asesinato en la Antártida. Belozugov en una UVI en Chile con una puñalada en el corazón, y habrá quien piense que merecida.

COMBARRO

Si va usted a las Rías Baixas no deje de ir a Combarro, preferiblemente a mediados de agosto. Es el momento en el que más turistas se pierden por las cuatro calles buscando los siete cruceiros y los doce o quince hórreos. Los cruceiros de Combarro, todos con ara, tienen a la Virgen de un lado y al Cristo crucificado del otro y en todos ellos la Virgen mira a la mar porque a ella se encomiendan los mareantes cuando las cosas van mal. Eso a pesar de que fue él, y todos lo saben, quien caminó sobre las aguas y de ella nada de esto se dice. Yo creo que todos sabemos quien, llegado el caso, nos va echar una mano y quien mirar a otro lado. En Combarro aparcan los hórreos en batería mirando al mar y se celebra mucho el San Roque, con misas y procesiones, que viene siendo el santo francés que libró de la peste a toda Europa y luego ya, cansado, tomó vacación haciendo el Camino de Santiago. Galicia siempre ha sido la última tierra a la que los veraneantes, paseantes y vagamundos del continente se han acercado para alejarse de todo.

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SANTANDER

Qué bonito es Santander, con sus playas y sus árboles y sus hombres y sus hembras y sus campos de sport y su carnet de identidad. Qué bonito es Santander con sus casas mirando a la mar y sus barquitos de colores mirando a la Calle Castelar. Santander, en verano, si hace calor es un poco agobiante, cosa que malamente se arregla con cervezas y pinchos y buscando sombras en las calles perpendiculares a la mar. Por ellas, cosas de la geometría, baja del mirador del Río de la Pila un airecillo fresco que se agradece mucho y le permite a uno, sentando en una terracita, levantar disimuladamente los brazos, no mucho, sólo lo justo, y airear los alerones. Santander es ciudad ordenada a la vista, aunque para circular por ella haya que ser taxista, y a las playas del Sardinero les han puesto número. Primera playa y segunda playa, según vas del horroroso Palacio de Festivales. La visita debería comenzar por éste; luego, por contraste, ya todo es bonito, hasta los polígonos industriales y el matadero municipal, llegado el caso. El Palacio de la Magdalena y las playas numeradas, y el parque de Mataleñas y el faro. La gente se apiña en la arena y planta sombrillas y mira a los críos con tablas de surf esperar a horcajadas en la mar las olas mansas del verano que no terminan de llegar y se les va haciendo la hora del vermú. Las mocitas, todas iguales, con shorts vaqueros y camisetas blancas, corretean chillonas en bandadas como gaviotas viejas, y no sabe uno si van alegres o enfadadas, jo, tía, qué fuerte. El casino y dos hoteles, historiados y blancos, brillan al sol y se reflejan en la mar como merengues crujientes en el escaparate de una pastelería. Por aquí el tiempo no ha pasado, o lo ha hecho lentamente, un poco a contrapelo de los santanderinos y las viudas del barrio de Salamanca y de Neguri. A lo lejos, en la entrada al real sitio de la Magdalena, suena improcedente un reggaetón en vez de la voz melosa de Julio Iglesias, que sería lo esperado. En el otro extremo el Centro Botín, con la forma de una estantería de IKEA cortada por la mitad. Lo han recubierto de unas piezas redondas de cerámica, casquetes de brillos opalinos, que de lejos producen la sensación de que aún está envuelto en ese plástico de burbujitas de los envíos frágiles, this side up. A mi me gusta ir a las catedrales y a estos sitios modernos por ver en qué creía antes la gente y en qué cree ahora. Los santanderinos, ahora, creen en la modernidad de las grandes salas vacías, los enormes ventanales con vistas a la bahía y un poco en Miró, llenando de sus esculturas medio edificio. He de afirmar que no esperaba otra cosa y pude admirar dos o tres peanas de mucho mérito, aunque no tengo la certeza de que fueran del mismo Miró. Antes creían en Emeterio y Celedonio, hermanos, mártires y santos, cuya festividad cae el treinta de agosto, y patronos de consuno y al unísono de la Ciudad y su diócesis. Con lo del reggaetón y el miró uno se marcha de Santamder con la sensación de que algo está cambiando y quizá no para mejorar.