EL HIATO – Cuatro

He leído con retraso imperdonable a Procuro en su blog. Habló antes que yo de Perec. Esa coincidencia no puede ser casualidad, tiene que significar algo: que ambos somos de un signo de fuego, del mismo año chino del dragón o que tenemos el mismo modelo de router wifi y los chakras se nos han alineado por influjo de las ondas magnéticas. A las cosas hay que buscarles sentido porque de otro modo se te atrofian los miolos. Hay quien acepta el mundo tal y como parece ser, absurdo, caótico y sin sentido y hay quien, por el contrario le busca sentido. El sentido es músculo y la aceptación del azar, el encomendarse a la divina providencia, sólo grasa que pesa, entorpece y abotarga. Así que algo habrá en ese caer casi al unísono en el recuerdo del francés, ese hombre grande de barba desgarbada y sonrisa adolescente.

Perec ponía mucha atención en los detalles y la exhaustividad, pero no como un naturalista decimonónico, no como Blasco Ibáñez, que lo dejabas suelto y te largaba doce páginas sobre cómo el sol se filtra entre las hojas de los plátanos que bordean el camino, el trino de los pájaros a tempo con el trote del caballo y el sonido de las ruedas de la calesa y el baile de los granos de polen en el aire leve de una tarde de verano. Estoy seguro de que los alemanes, más prácticos, tienen para esas doce páginas una palabra con sólo dos vocales y casi todas las consonantes. Perec trabajó durante años como bibliotecario en un centro de investigación médica y, aunque seguramente ya nació obsesivo y minucioso y posiblemente algo neurótico, con certeza esa manía de describir, clasificar, catalogar casi linneana le viene de poner orden en los papeles de los médicos. Perec describe, identifica, cuenta y ordena, en su escritorio y en sus textos, las grapas, las gomas de borrar, los lapiceros y los clips. Ordena la vida rebuscando en las casas, en las habitaciones de las casas, en los cajones de los escritorios y en las cajas que hay en los cajones. A eso le llama La Vida: Instrucciones de Uso y se queda más ancho que un ocho porque si no sabe intuye que tiene razón.

Otro que se recrea en los silencios, los detalles, las minucias, el movimiento levísimo de las cosas y el tiempo detenido es Nicholson Baker. Su primer libro transcurre en el tiempo de un viaje en ascensor. NB podría hablar durante horas, si necesario fuera, de la temperatura de una habitación, la de un biberón, el sonido de una cerilla al encenderse o el encaje de unas bragas. NB sufre, ay, de la misma bibliotecomanía de Perec. NB lidera una cruzada en la que, pienso yo, además de ser paladín es el único miembro activo cuyo fin es preservar los millones de libros que las bibliotecas americanas destruyen cada año a favor del microfilm. NB no cree en los píxeles parpadeantes en las pantallas de los pecés sino en los dibujillos de tinta en la pasta de árbol astutamente elaborada que forma los libros. Libros ordenados por materias, temas, autores en largos estantes. En Perec y MB a las cosas no hay que ponerles mucha poesía, la tienen si las identificas y ordenas, si te detienes a mirar, escuchar, oler. 

Creo que estos días de encierro, por buscarle sentido a algo que seguramente no lo tiene, nos han hecho, no están haciendo, más sensibles a las minucias, a las costumbres de los caracoles, al ruido de las cerillas al prenderse, al color exacto de las gomas de borrar, a la importancia de una flor o el número de folios que quedan en el montón vecino a la impresora. Yo hace unos días que he advertido que una de las minucias de este hiato es que paseo por casa con los bolsillos vacíos. Normalmente llevo en los bolsillos muchas cosas y no era plenamente consciente de ello. 

Siempre iba conmigo, ahora en el hiato ya no, un llavero de bronce con forma de elipse, esa figura geométrica con dos focos, que lleva grabado en el anverso la leyenda “OWNER” y el logo de Rolls con dos RR mayúsculas. Mide 6,5 cms su eje mayor y 3,5 cms el menor. De su anilla, que no es la original porque en algún momento se me quedó pequeña, cuelgan once llaves, tres de ellas de seguridad, de esas con muchas acanaladuras y avellanados, que abren las puertas de la casa de mi padre, de la de mi hermano y del despacho. Una de las otras destaca por tener un largo extra y restos de pintura de color morado, amarillo y naranja y que abre la puerta de mi casa por la que nunca entro. Hay otra, exactamente igual pero sin rastros de color, que abre exactamente la misma puerta. Efectivamente, como los viejos que llevan en la cartera el DNI y una fotocopia llevo en el bolsillo dos ejemplares de las llaves de casa en el mismo llavero. No tengo ni idea de por qué. Otra destaca por ser mucho menor que las demás y abre el buzón del trabajo; tiene la cabeza redonda y sólo otras dos comparten esa característica, la del portal del despacho y otra, muy vieja y con rastros de óxido a la cual llevo mirando un rato y no consigo recordar qué puerta abre ni porqué está ahí. Las demás tienen todas ellas la cabeza poligonal. De las  once llaves cinco abren puertas a la calle, cuatro abren puertas que dan a un descansillo o zaguán, una al buzón y otra ns/nc. La más vieja pero una de las que mejor se conservan, es la de la casa de mi hermano y la más moderna de la casa de mi padre, que cambiamos la cerradura no hace mucho, menos de un año. Esta, que es la menos ajada, tiene un brillo de novedad que tras su muerte me resulta un poco desagradable y es la única que abre a un sitio al que no me apetece ir, lleno aún de sus recuerdos y los míos. Todo el conjunto, salvo las excepciones mencionadas, tiene un aire desgastado, usado, con muchas rayaduras, como esas herramientas de los carpinteros que a simple vista se advierte que llevan años y años de trabajo y aún son útiles. Mirándolo, aquí sobre la mesa a mi lado, puedo evocar perfectamente el peso y el sonido de cada una de las puertas que abren esas llaves, si lo hacen a izquierda o derecha, hacia adentro o hacia fuera, la sensación y el olor de cada uno de los espacios privados a los que con ellas accedo, la luz y los colores de los portales, zaguanes y recibidores y a quienes viven o ya no viven en ellos. El llavero lo compré en 1980 en Carnaby Street y nunca he dejado de usarlo así que puedo presumir que en cuarenta años no he perdido nunca las llaves. Cuando alguien insinúa que soy descuidado u olvidadizo meto la mano en el bolsillo, el dedo índice por la anilla y acaricio el conjunto con el pulgar. Hoy, encerrado en la intimidad del hiato no me siento tan encerrado porque puedo viajar por todos esos otros espacios también íntimos simplemente mirando el manojo de llaves.

Quedo cavilando, porque descuidar el sentido y abandonarse al azar es grasa, qué dice de mí lo de llevar una llave que no sé que abre y dos de casa, de una puerta por la que nunca entro. Arriba los corazones.

EL HIATO – Tres

Estos días de pandemia muchos se han puesto a escribir Diarios de la Pandemia, Diarios de la Peste y así. Remar es un coñazo, esto es una evidencia. Remar con todos, por cojones amarrado al duro banco de una galera turquesca, ambas manos en el remo ambos ojos en la tele, además de un coñazo es una condena. No obstante me he propuesto remar, como todos, condenándome a escribir algo diariamente, a ser posible por libre, sin seguir el ritmo del grupo. Ser voluntariamente como todos y al tiempo distinto es, ya lo sé, un imposible metafísico. Me lo tomo pues como un reto gozosamente abocado al fracaso.

Me he dado cuenta de que vivo en un hiato, en un tiempo vacío a la espera de que la vida, el discurso, se reanude. Vivo en un domingo, ese día extraño y vacío desde que dejamos de cumplir el precepto que lo llenaba. Ese día en el que la mejor opción es dejar pasar el tiempo a la espera de que llegue el lunes. Los protestantes llegaron antes al vacío del domingo, quizá porque llegaron antes al ateísmo, que no es más que una variante asintomática del cristianismo. Un cristianismo leve, aceremonial. Así los domingos vacíos, si cito bien a Ciorán, llevan al aburrimiento que es malísimo: el aburrimiento de las tardes de domingo llevó a De Quincey a probar el láudano y a los muchachitos indolentes a inventarse el surrealismo. Son horas propicias para fabricar bombas. El hiato tienta al diligente a caer en la molicie del ocio, tan acertadamente denostada en las escrituras. En todo trabajo hay ganancia pero el vano hablar aboca sólo a la pobreza.

Advierto, no obstante, que es mejor que, como desiderátum, no se abandone uno al ejercicio del puro ingenio. Eso sería, admitámoslo, muy parecido a fabricar bombas si no lo mismo. Tengo a mi lado una pequeña pila de libros –Las gafas del diablo, Sobre casi nada, El sepulcro sin sosiego– y en él un ejemplar muy ajado, en papel ya marrón, como de envolver los clavos en las ferreterías, de la revista “LA NOVELA UNIVERSAL”. Este número contiene cinco novelas cortas. La primera se titula “Los dos soles de Toledo – Novela Primera escrita sin la letra A”. Le siguen “La carroza con las damas”, “La perla de Portugal”, “La Peregrina Hermitaña” y “La Serrana de Cintía”, escritas sin las correspondientes siguientes vocales, e, i, o, u. Escribir una novela, aunque sea mala, sin una determinada letra es un poco una gamberrada, una trastada infantil sin grandes consecuencias pero que denota un estado de aburrimiento y la búsqueda de emociones. Tengo también en algún sitio “El secuestro” de Perec,  otro que era prono a estos juegos y escribió en su francés natal “La disparition”, novela sin la letra E que tradujeron al castellano sin usar la letra A. Perec hacía lipogramas, listas imposibles, novelas en las que los personajes se movían como el caballo del ajedrez y cosas así. Se ve que no fue el primero y tampoco lo fue un tal Wright que escribió la novela “Gadsby” sin la letra E. 

Anterior a estos fue el autor de los dos soles, un tal Alonso Alcalá, según me informa el Cervantes Virtual, que las publicó en 1641 en Lisboa. Si a “Los dos soles de Toledo” que tienen en su web les pasas en el navegador una búsqueda de la letra A va y resulta que aparece una vez. “Y porque se divirtiese de sus tristes suspensiones e inquietudes -que muchos dijeron ser hechizos, siendo sólo un intrínseco y vehemente incendio, procedido de lo refino de un bien querer, desentendiólo de su objeto y sin ánimode recíproco tributo- le trujo don Pedro, su tío, por eminente doctor un egipcio de éstos que sin serlo con invenciones y embelecos y con título de pobres corren todo el mundo.” Hay que joderse, el mejor escribano echa un borrón. En mi edición, que siendo tan pobre y hasta cutre ni autor ni referencia al mismo contiene, este borrón, este baldón, no aparece, gracias a Dios. La frase es bastante distinta en su forma más no en su inteligencia y llegado el punto del yerro dice: “…procedido de lo refino de un bien querer, desentendiendo de su objeto, y sin logro de recíproco tributo”. Un parche, vaya, de alguien con tiempo y ganas.

Pienso que Alonso, Georges, el anónimo corrector, los ignotos traductores así como en su día el autor del Gadsby, se aislaron en un tiempo tontorrón, un poco al margen de los que corrían, en un hiato buscado de propósito en el que consumieron el tiempo porfiando contra las palabras y los sentidos para lograr su pequeña gamberrada, su venganza quizá contra todo, poniéndolo patas arriba con lipogramas. Haciendo la revolución en una cisura entre dos jirones de vida, una revolución con palabras vanas que, ya se escribió, aboca a la pobreza. Arriba los corazones.

EL HIATO – Dos

Se ha muerto Kenny Rogers a quien yo sólo conocía por The Gambler. Como dijo alguien: últimamente se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes. Esto seguro que significa algo, lo que sea, pero se me escapa. Son estos días de encierro, momentos de parada y reflexión, parcial, no como la de Kenny, que ya es la definitiva. Me malicio, no obstante, que resultará más provechosa la nuestra que la de él. Si somos capaces de aprender algo igual nos quedan unos días para ponerlo en práctica. Some advice, son. La vida, que es una partida de cartas según el amigo de Kenny, seguramente un trasunto de él  mismo, hay que tomársela como va viniendo, decidiendo sobre la marcha, y ya se verá al final. You got to know when to hold ‘em,know when to fold ‘em,know when to walk away,and when to run.You never count your moneywhen you’re sittin’ at the table. There’ll be time enough for countin’when the dealing’s done.

Por si muero, por si muero pronto, me he puesto a ordenar mis cosas. He empezado a vaciar las botellas que tengo empezadas, oporto mayormente y algo de Lagavulin. Morirte dejando cosas a medias me parece una falta de deferencia para y con los que se quedan. Los deudos. Llevo, por eso, un estado de ánimo impreciso, entre desinhibido y melancólico, que me ha quitado las ganas de ordenar papeles. El viernes 13 de este marzo que es para olvidar huí de Sevilla en un coche alquilado apresuradamente. Acabé mi juicio y salí de allí tan rápido como pude. Habría robado un caballo, como Kenny Rogers en alguna de sus películas malas, pero no resultó necesario. Casi mil euros me pedían por un Fiat 600, se ve que oferta y demanda funcionan cojonudamente en Sevilla. Al final después del regateo quedó, sin depósito, sin one-way feey sin no sé qué otra cosa en algo asequible. Por dos euros más me ofrecieron el menú extra grande y al final viajé en un WV Polo. Al pasar por Mérida me acordé de Ximeno y pensé en localizarlo y conocerlo, cosa que me apetece, pero uno no huye y se para a tomar cañas o a comer. Sólo si uno es Clyde, que vivió huyendo, se para a beber whisky con amigos en plena huida. Queda para otro día, me dije sin contar con él para nada, dando por supuesto que le apetecerá, que quién sabe. 

Al llegar a Bejar, al subir esa larga pendiente para llegar a Bejar en la que el Polo se asfixiaba en quinta y que por ello se hizo eterna, me acordé de JL. Me había llamado el martes anterior y me pilló en Barakaldo, entrando en sala. Estamos enterrando a mi hermana, me dijo, en Béjar. Se asfixiaba el Polo y me asfixiaba yo también un poco al acordarme de M. y de lo pijos que éramos, concienzudamente diría. Teníamos 18 y nos íbamos al bar del Tirol en Marqués de Urquijo donde un camarero con chaquetilla blanca de maitre con galones verdes nos servía negronis en aquellos sofás de cuero. Hablábamos de yo qué sé, de casi todo, haciendo como que éramos muy modernos, mucho más que todos los demás, que eran supermodernos. M. se ha muerto y aunque hace mil años que no la veía, treinta quizá, se ha muerto la bejarana con la que bebía negronis en el Tirol. Todo se acaba, y la última vez que pasé por allí ya ni el Tirol se llama Tirol, así que las malvas del tipo de la chaquetilla con seguridad estarán ya marchitas. Con 55 se ha muerto M. que es la edad que, creo yo, mueren los Nexus 6, los que brillan mucho desde jóvenes en casi todo y a los que el creador, todo tiene su precio, les concede menos tiempo. No se puede tener todo. No podemos tenerlo todo. En algún momento tuvimos juventud, cierta belleza, la sensación de inmortalidad y, una noche de mayo, un negroni en la mano. Pero esas cosas pasan. Y últimamente, además, se está muriendo gente que antes nunca se había muerto. Igual aprendemos algo, pero no sé. Arriba los corazones.

EL HIATO – Uno

Empiezo a estar hasta los cojones, vulgo harto, de este confinamiento. Nada grave, nada preocupante, sólo que las molestias leves las llevo con peor ánimo que las graves y la repetición de malas noticias las desluce, las deforma, las minimiza. La foto de un virus acojona, redondo y verde lo pintan, como un balón del que surgen apéndices como vuvuzelas, como narices de marcianos del TBO. La foto de miles de millones de virus en el fondo de una placa de Petri deja indiferente, es sólo suciedad, piensa uno. Porquería, mierda, a la espera se una buena limpieza. La cercanía, la convivencia con el mal que supone su repetición lo deforma. Ni de lejos vemos ni de cerca enfocamos; cada cosa necesita una distancia que la ponga en perspectiva y el asunto del virus se me está yendo del punto focal. Me alegra estos días tristes el asunto del meteorito que se acerca a la tierra.

Recuerdo a Maistre estos días, pero no al que todos pensamos al decir Maistre sino a su hermano el general. Xabier escribió el delicioso “Viaje alrededor de mi habitación”, cuarenta y dos capítulos que se corresponden con cuarenta y dos días de encierro. Un encierro así así, un encierro con alguna visita porque era la condena por un duelo. Cuarenta y dos días de la mesa al sillón, a la cama. Escribiendo, recordando, fabulando. Se complace en sentarse en su butaca, que imagino un sillón orejero como el del Marqués, como el mío, como el que hay en toda cada de bien. Cuando no tiene prisa en viajar por su cuarto de Maistre se sienta en su sillón orejero, se reclina hasta que las patas delanteras se levantan del suelo un par de centímetros e inicia sobre las traseras un leva bamboleo, izquierda, derecha, izquierda, derecha y así va lentamente avanzando hasta el otro extremo de su habitación. En ocasiones el placer del viaje lo encontramos en un avance parsimonioso, bamboleante, procesional. Un avance que se recrea en el propio avance más que en el destino. Yo lo de viajar por casa lo tengo desentrenado por lo mismo que el virus, demasiado cercana. Todos los días la paseas del salón a la cocina, de la tele al despacho y nunca hay grandes novedades, el paisaje es siempre el mismo y dejas de verlo. Si acaso algún pequeño accidente como machacarte el meñique en un viaje nocturno de la cama al baño más producto de la infortunada mixtura de desatención y urgencia que de novedades geográficas.

Creo que, como Maistre con sus grabados y su sillón y sus pinzas de atizar el fuego, así el Marqués con su orejero y sus bolas de marfil, estoy, estamos, cayendo en viajar por la casa con parsimonia y evocando los recuerdos de las cosas. Y ni tan mal, oiga. Por ejemplo ese libro descoyuntado del plúteo, hola Brema, es el Código Penal de 1870 que prevé la pena de confinamiento, la que nos hemos impuesto, que consistía en ser trasladado a un pueblo de las Canarias o las Baleares donde permanecer en libertad vigilado por las autoridades. Se ve que antes Ibiza o Lanzarote eran a tomar por culo, un castigo en sí mismas, y sus vecinos delincuentes de nacimiento. Supongo que si se condenaba a un canario lo mandarían a las baleares y viceversa, y el condenado era un peninsular lo echarían a suertes o algo. En todo caso el tribunal debería, atendiendo a la educación y formación del reo, prever la posibilidad de en el vertedero que eran las islas, pudiese con ellas ganarse la vida. El Código, que se promulgó con carácter provisional hasta la vuelta de vacaciones porque cerraban las cortes, estuvo en vigor hasta el 1932. Supongo que en España hacemos así las cosas, un poco apresuradamente para siempre. Pues recuerdo cuándo y dónde compré ese tomo viejo. Un comentario leído en Twitter el otro día me llevó a hojearlo, cosa que nunca había hecho, porque yo asumo con naturalidad y sin culpa que hay libros que son cosas hasta que un día transmutan en textos, y verificar que efectivamente el Art. 116 prevé estas cosas tan chuscas. Arriba los corazones.

BITTER END

El tío Inocencio, tío de mi padre, estaba del revés por dentro, uséase que el hígado a la izquierda y el corazón a la derecha y todo lo demás igualmente cambiado. También tocaba estupendamente la mandolina, otra cosa que aprendió en Bristol cuando estuvo escapado para no ir a la guerra de Cuba, además del inglés portuario. La cosa se llama situs inversus totallis. Lo de los órganos cambiados, no lo de la mandolina. Inocencio iba más allá y además era zurdo y mandaba cartas con letra pendolada llenas de borrones, se ve que el papo de la mano le arrastraba sobre lo escrito. También mandaba tabaco de pipa para su hermano y cucharillas de plata para mi abuela, la pequeña, se ve que por ir haciéndole un ajuar. En Navidad enviaba a su madre jarras de barro vidriado con brillos cobrizos que por aquí aún llamamos de Bristol. Las cucharillas quedaron todas en casa de mi abuela y estaban estampadas con el logo de la P&O, Peninsular & Oriental, así que supongo yo que o bien las pilló todas en el barco en el que escapó y las mandaba administrándose o trabajaba en uno y las hurtaba cuando le entraban las ganas de escribir. Puede ser, de todo pasa en un puerto, antes y ahora que eso no ha cambiado, que las comprara a sus legítimos poseedores, amigos ellos de lo ajeno. Nadie sabe muy bien por qué se marchó Inocencio, el caso, y ahí hay acuerdo, es que su padre le dió el dinero necesario para librar, las 1500 pesetas que costaba la redención en metálico, cuando de las guerras se libraba pagando un canon. Se fue a La Coruña a hacer la gestión y en lugar de ello se montó en un barco que salía para Iglaterra. A Inocencio el asunto de las tripas se lo descubrió allá un médico inglés cuando lo tuvieron que operar de apendicitis. Le dolía donde no era, contaba poniendo la mano en el abdómen, y pese a los gritos pensaban que eran gases pero de casualidad al matasanos el asunto le sonaba. Había sido médico en la flota que bombardeó Alejandría y mientras la Royal Navy se entretenía invadiendo Egipto él operó a un escocés que por dentro estaba, como el tio de mi padre, todo desarreglado. Algo en Inocencio le recordó al marino aquel, quizá el acento descalabrado usando el idioma, lo cual le salvó la vida. Contaba con gracia cómo lo operaron en una habitación alquilada encima de un pub y al doctor le subían cerveza de vez en cuando y cómo todo quedó en suspenso a la hora del almuerzo, dejándolo sobre una mesa de roble tapado con una sábana porque no le entrara el frío ni lo comieran las moscas. Salchichas con puré de patata, cerveza y una copita de oporto. Se fumó una pipa de tabaco holandés y subió a rematar el asunto. Inocencio sabía navegar porque anduvo de tripulante en el barco de un práctico, eso sí lo contaba. En todos los puertos de Inglaterra y Escocia los prácticos habían llegado al establecimiento de un turno y corría la lista para cada barco que se aproximaba. Excepto en Bristol, donde pillaba el trabajo el primero que abordara el mercante que llegaba, así que entre los empresarios del gremio era tradición una competencia feroz que derivó en la construcción de barcos cada vez más rápidos y tripulaciones que reñían por cada trabajo como si de una regata se tratase. Los armadores, de consecuencia, mantuvieron una activa política de fichajes robándose a la marinería y a los pilotos más hábiles. La pericia náutica de poco le sirvió a la vuelta porque por el pueblo pasa un río muy truchero pero nada navegable. Lo de la mandolina sí, que las mozas de su quinta, las que habían quedado para vestir santos, le hacían ojitos cuando tocaba y cantaba suavecito en un inglés que suponían macarrónico y más que probablemente lo era. Todo esto se contaba en casa de la abuela unas veces con más detalles que otras y siempre con una cierta desconfianza, como en condicional. Se ve que nadie se fiaba mucho de Inocencio, quizá por lo de la huida, quizá por lo deshilvanado y confuso de su relato. Un desertor es un desertor, por mucho que repita uno que no fue miedo sino precaución. Un día descubrí en un libro de fotos viejas de regatas a de la tripulación del Bitter End sonriendo en cubierta luego de ganar una regata de la que no recuerdo el nombre, quizá la Fastnet. El segundo por la izquierda era Inocencio, casi con certeza, pese a la barba de expedicionario ártico y el jersey gordo de punto. Mi abuela, estando aún, ya no estaba para recuerdos así que la certeza que uno siente queda sin confirmar por quién sabe; los parecidos los carga el diablo. Inocencio volvió a marcharse, al parecer a faenar al bacalao en un velero portugués. Salían de Leixoes y al llegar a Terranova los marineros iban quedando en un bote con cebo y línea, comida para el día, un farol y una corneta. Al anochecer encendían el farolillo y el velero los iba buscando y si se cerraba de niebla tocaban la corneta. En alguno de esos viajes Inocencio no volvió, que o bien se lo tragó el mar o le dio una nueva vuelta a su vida. Igual, quién te va a decir que no, eso de estar al revés por dentro te lleva a tomar, en los cruces esos que tiene la vida, el camino contrario al esperado. Estas cosas pasan, las noticias apenas llegan, quien las recuerda no siempre las cuenta completas y los recuerdos se van apagando e incluso confundiendo. Nito, el de la Señora Pura, aseguraba que Inocencio murió en Brooklin en una pelea en el puerto y, pobre como una rata, le pagaron el entierro los de La Nacional, en inglés The Spanish Benevolent Society, en la que eran mayoría los gallegos pero sólo bailaban flamenco. Decía que de buena tinta lo sabía porque, y es eso verdad, su primo Manuel fue de la directiva. Se ha muerto mi abuela, y con seguridad también Inocencio, y se han muerto Nito, y Pura y muchos más que podrían recordar algo y, para colmo, he olvidado en qué libro salía la foto aquella. Hay vidas así, creo yo, vidas que son incomprensibles y nos resultan confusas, vidas extraordinarias por infrecuentes que no dejan recuerdo porque no les ven los coetáneos mucho sentido. Vidas que sus protagonistas consumen conscientes, quiero pensar, de que esos altibajos les abocan a un amargo final y de ahí al olvido.

CÓMO AFINAR UN ÓRGANO

Dicen que los buhos ululan en si bemol de un modo tan preciso que los viejos organistas de capillas, iglesias y catedrales los usaban para afinar sus instrumentos. Idelfonso Pedreira, El Cojo de Pedrouzos, nunca tal cosa oyera cuando, curioso, se la comenté. Estos bulos vienen de no se sabe dónde y se van por donde vinieron, que ya se ve son más cosas de gentes librescas, individuos leídos de más, gentes que, en fin, tienen estudios por encima de sus capacidades. Y que nunca han visto un órgano y mucho menos un buho. Yo he visto un órgano, mas bien varios, aunque nunca me dejaron tocarlos. Tengo cara de sospechoso, eso ya lo sé y lo asumo, qué se le va a hacer. Quizá temían los organistas que pudiera yo causar un estropicio por tocar un par de teclas, dar un par de pedaladas o tirar de un par de pomos, o manijas, o como se llamen esos chismes que parece que abrirás un cajón y lo que abres es un mundo de sonidos. Los organistas cuidan sus instrumentos más que los cetreros sus búhos porque están más cerca de la extinción aquellos que estos. Visto lo anterior si dejaron de usarse búhos para afinar órganos más tendrá que ver con su inhabilidad, digo yo, que con la escasez. Ildefonso Pedreira cuida, mantiene y hace sonar el órgano de Santo Antoíño de Toques, que es un mamotreto viejo, desencajado de junturas y goznes, que suena soplado, afónico y agónico. Es un órgano estertóreo, como el pulmón de un fumador, que entre ahogos anuncia la muerte. Si le hiciéramos caso a Hipócrates diríamos que predomina en el organo de Santo Antoiño de Toques la bilis negra, fría y seca, y que en ese sonido depresivo vemos la melancolía del bazo, lo que los ingleses llaman spleen. El buho es un animal muy apropiado para afinar órganos, creo yo, así que seguramente sería una pena si, revisando a los clásicos, finalmente no apareciera nada al respecto. Uno no se imagina a un afinador de órganos entrando en la catedral de Rouen, o en la de Compostela, o en la Abadía de Westminster, con un loro sobre el hombro por mucho que, es una hipótesis, pudiera dar todas las notas correctas como un diapasón tropical alegre y colorido. Currito dame un la; y Currito mueve la cabeza y dice laaaaaaa a 440 Hz exactos. No, Currito, el la barroco; y Currito mete la cabeza debajo del ala, como avergonzado, y dice laaaa a 414Hz. Esto, con un buho no pasaría. Un buho estaría atento al instrumento y con esos ojazos enormes que tiene no se le pasaría que el órgano de Rouen afina a 398Hz, como todo el barroco francés. Como todo el mundo sabe. Excepto los organos parisinos que lo hacían a 415Hz, pero no por nada importante sino más bien por rencillas y envidias de los organistas de la capital con los de provincias. El buho, es, además, serio, sereno, investido de una gravedad y solemnidad tal que si me dicen que cree en Dios y es seguidor de la regla de San Benito de Nursia, me lo creo. A una iglesia, o catedral incluso, entra uno con un loro como entra con un niño, temeroso de que a la mínima te la monte y acabes saliendo por patas y avergonzado. Un niño en una iglesia si chilla es que no está adecuadamente amaestrado y es siempre responsabilidad y aún culpa de sus progenitores. Sólo se les disculpa el día del bautizo y por razones obvias, aún no se les ha expulsado el maligno del cuerpo. Uno, por el contrario, cuando entra en una iglesia con un buho se siente acompañado por el abad general de los premostratenses, como poco. Sirviendole de escolta a alguien de la casa, a un jerifalte de lo religioso y lo solemne. Yo no tengo ningún amigo organista pero si algún dia llegase a tenerlo tengo que acordarme, lo que es tomar una nota mental, que un buen regalo de Navidades, práctico y elegante,  podría ser un buho que le auxilie afinando el instrumento.

BILL Y LA BOLSA

En algún sitio he leído hace ya tiempo que para aprender hay que querer aprender y que ese deseo sólo se explica si uno está insatisfecho con lo que ya sabe. O lo que no sabe. Ayer vi el documental que Netflix le hizo a Bill Gates, tres episodios largos, y ahora se otras cosas. Bill, con su fundación, lleva tres fracasos seguidos: los retretes para el tercer mundo, erradicar la polio y la central nuclear sin peligro de accidente nuclear. Fracasos más que millonarios pero que, nos maliciábamos, él se puede permitir. Gates a mi no me caía bien, pero resulta que es un tipo normal que lleva casado con la misma mujer porrón de años, que confiesa haber sido un imbécil en su infancia y gran parte de su juventud, que quedó marcado por su madre, es amigo de un viejo como Buffet, camina a todas partes con una bolsa llena de libros como Giusseppe Tomasi di Lampedusa y lee a Pinker. Yo, confieso, soy de Mac y por motivos laborales he tenido que cambiar a Windows tan recientemente que aún estoy acostumbrándome a esta mierda. Umberto Eco dejó dicho, aunque esto ya no aplica mucho, que el Mac era católico y el DOS protestante. El uno todo lo envuelve en metáfora, con símbolos, ritos, santos, y romerías. El otro te deja en soledad con el libro de instrucciones, la fe, la austeridad y el esfuerzo. Luego Bill se casó con una católica y sacó el Windows que es como ve lo nuestro un protestante un poco Asperger o un finlandés los toros. Malamente, torpemente. A la metáfora no se llega, en la metáfora se es y Windows no es como no será nunca flamenco un japonés por buleares. Lo más que podrá conseguir es despertar curiosidad y en el mejor de los casos resultar convincente un rato. A Bill en su fundación las cosas le van bien hasta que de pronto le van mal. Parece un tipo sensato pero en su búsqueda de marcar la diferencia se mete en jaleos que quizá, sólo quizá, le exceden. Acabar con la polio en un territorio controlado por Boko Haram, por ejemplo. Bill, en su sensatez, lee sobre lo que no sabe y pregunta a quien sí cuando él no llega, humildad que quizá no nace de la modestia sino de una soberbia amansada por la inteligencia y el tiempo que fugit que se las pela. Giuseppe Tomasi caminaba siempre por Palermo con una bolsa de libros. Quizá, quién sabe, en algún momento del día le asaltase la ansiedad y necesitase leer, explicaba. Allí llevaba sus lecturas actuales, algunos apuntes y las obras completas de Shakespeare que, todos sabemos, son mano de santo para alejar del alma toda clase de desazones, zozobras y desasosiegos. Bill, en haciendo lo mismo, lo plantea de modo diametralmente opuesto. Bill lee para calmar la ansiedad de los miolos y no del corazón, para calmar el picor de saber y no el de vivir. Todos llevamos dentro un poco de ambos, un poco de ansia de saber porque, de alguna manera, estamos insatisfechos con lo que sabemos, porqué si no. Y todos llevamos también en el alma una ansiedad por el mero hecho de vivir que, también, aliviamos con ungüentos de libros y lecturas, si bien no nos asaltan del modo traicionero y repentino con que asaltaban al Principe de Lampedusa. En todo caso si el Príncipe me caía bien, una de estas afinidades imposibles, imaginadas y diacrónicas que proporciona la literatura, también me cae bien ahora el Sr. Gates, aún a pesar de que no haya entendido la metáfora. Y todo, mayormente, por una bolsa de libros.

ES UNA ALEGRIA QUE HAYA FUEGO

Es una alegría que haya fuego en vez de tiendas y cafeterías abiertas. Algunas modernidades, como la lavadora o el agua caliente hacen la vida más llevadera. La calefacción central, eliminando el fuego en casa, acabando con las chimeneas, ha arrasado con el arcaico encanto del hogar. Hogar que, no por nada, es el domicilio del fuego y la morada de quienes lo cuidan y a su alrededor se juntan. El fuego es santidad y rusticidad y antigüedad. Eliminar el fuego de las casas, que ahora gozosamente ha vuelto a las calles, acabó, quizá inadvertidamente, con la poesía de la vida casera y de rebote con la poesía en general. La televisión aunque lo intentemos no es el fuego, no es el olor de la leña, ni el humo ni el calor en las rodillas que va subiendo lentamente hasta ruborizar el rostro. En una lumbre arden cartas tristes, poemas malos, facturas impagadas, manifiestos de toda laya y con ello se purifica nuestro espacio y el alma misma. En el fuego hierve el agua con una alegría que no le da el butano y menos la vitrocerámica y borbotean gozosos los guisos como géiseres nutricios. El fuego, de volver a las casas, nos enseñaría cosas ya olvidadas. Nos enseñaría, por ejemplo, que no se puede uno descuidar de alimentarlo, atento y solícito, so pena de dormir tiritando, de que las conversaciones languidezcan y se nos pueblen los dedos de sabañones. Volveríamos a aprender la importancia de la atención y que cualquier negligencia tiene inmediato castigo. El fuego, de volver, nos distraería de banalidades como las cafeterías y restaurantes y, en general, de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, siempre brillantes y siempre triviales. Qué alegría que vuelva el fuego y cierren los bares.

SE DESVANECE

He cruzado el otro día, otra vez, la España vacía, o vaciada, que me malicio se ha convertido en un eufemismo de Castilla usado por los que no son capaces de decir España sin añadirle el condimento de un mote. España, hay que joderse, es grande de cojones; y larga como un día sin pan o un viaje en bus sin mear. De enorme que la siente uno diríase eterna y por lo desarbolada inabarcable. Adelanto a buen ritmo camiones que quién sabe a dónde van, zumbando por el asfalto como si fueran automáticos aunque llevan, todos ellos, a un tipo solitario, como yo hoy, al volante. Camiones de Estrella de Galicia, Zara, Gerineldo Castro, el transportista de Pidal, se multiplican idénticos y se diría que gozan del don de la ubicuidad, carisma que en la España vaciada pasa desapercibido. Me adelanta un Twingo con cuatro jovenzuelos grandotes haciéndome la maniobra de los pilotos en el circuito; se me acerca mucho y en una levísima cuesta abajo acelera a fondo saliéndose del rebufo y me rebasa. Bendita juventud. La radio acompaña mucho y la radio que más acompaña es la radio de las desconexiones territoriales y locales, que es la más conectada con el paisaje y el paisanaje. El Palacio de las Zapatillas. Somos especialistas en zapatillas desde hace más de noventa años. Más de doscientos modelos de zapatillas a su disposición. Estamos en la Calle del tinte, 3. Reformas Hermanos Conejero. Reformas en general. Cocinas, baños, terrazas, salones, pasillos, habitaciones. Confíenos su reforma, no se arrepentirá. Trabajos garantizados. Calle Valdóniga, frente al buzón de Correos. Pasan los pueblos al lado de la carretera, Rabanal del Camino, Murias de Rechivaldo, Gallegos de Hornija, Pozal de Gallinas, todos con nombre y apellido, como si fueran alguien, que quizá lo hayan sido. Mientras, me voy acercando a Madrid como se acercan las naves estelares a los planetas en las películas, a coger impulso. Antes de llegar, notando apenas la atmósfera del extrarradio, cojo la M-50, rodeo el ombligo de las Españas y salgo despedido, con impulso, en dirección sur. Hace mal día y el cielo de Madrid, de Madrid al cielo, dicen, es gris y plomizo y quizá llueve. Me acuerdo de Camba: «Y, en efecto, Berlín es hermoso. Von Berlín zu Himmel; es decir, de Berlín, al cielo; a este cielo de Prusia, que ni es azul, pese a ser de Prusia, ni es cielo». Todos podemos tener un mal día. Habla en la radio Leonor, la bellísima Princesa, mientras en el noreste unos bárbaros disienten a pedradas de no se sabe muy bien qué. De sí mismos, quizá. Ambas cosas me emocionan si bien en direcciones diametralmente opuestas. Les deseo a ella y ellos, de corazón, que la vida les conceda lo que se merecen. A veces se siente uno Kowalsky en Vanishing Point, conduciendo con un propósito claro que se desvanece según pasan las horas y acaba siendo un simple seguir huyendo. La radio, ya digo, acompaña, como le acompañaba a él, porque el asunto cansa. Kowalsky le daba a las anfetas y llevaba un coche blanco. Los coches blancos son muy de huir, los rojos, como el mío, de apresurarse a un destino. Esto es así y nadie sabe muy bien decirme por qué. Yo, huérfano de anfetas, confío en los cafés de las gasolineras, una droga que se parece más a la ayahuasca, léase ineficaz y vomitiva. El peor momento es ese en el que, entre lusco e fusco, sale a comer insectos Abrenoite, el murciélago de Wenceslao, y hacen clic los automáticos que encienden los neones de los puticlús de los que habla Sífilis. Ese instante en el que le sube la fiebre a los niños y bostezan los mayores. En la teoría de los biorritmos ha de tener un nombre que desconozco, un nombre que describa la inflexión entre alerta y atorrijado. Gasolina, pis, café. Rumbo a Daimiel, pueblo adoptivo del Marqués y ya cerca del destino. Conduciendo de noche se agudiza más, si cabe, la sensación de escaparte de algo y le entra a uno la desazón de llegar. De que esas horas de falsa huída se desvanecen al tempo que lo hace la luz. Todo se acaba.

FUMAR EN EL PATIO

Voltaire dejó dicho que no hay sectas o facciones en la geometría. Qué nadie va por ahí diciendo ¡Mira, un Euclidiano! Creía que cuando una verdad es evidente resulta imposible dividir a gente en partidos, que nadie tiene los santos cojones de afirmar que es de día a media noche.
Voltaire, ya se ve, tan listo él, tan ilustrado, tan Diccionario Filosófico, tan era un puto pardillo. Un cándido de manual, podría decirse.

El mundo se parece más a otra cosa. A una cantidad ingente de estupidez, mentiras interesadas y autoengaño. El mundo es difícilmente comprensible por las limitaciones de los supuestos geómetras, que ni entienden ni quieren entender y cuando lo hacen quizá, a pesar de todo, afirmen que es mediodía a gritos en plena noche.

Se critica la sentencia. Que si saben que sabían, que si dijeron que no pero sí o que sí pero en realidad no. Orwell cuenta una anécdota interesante. Sir Walter Raleigh, ese hijoputa, el pirata del tabaco, estaba preso en la Torre de Londres y aprovechando el tiempo libre se decidió a escribir una Historia de la Humanidad. Iba el tipo ya por el tomo dos, embalado contando la verdad de los hechos a sus compatriotas y el mundo cuando un día, en el patio, justo debajo de su ventana, dos presos pelearon y uno acabó muerto. Había visto el desarrollo de los acontecimientos y se interesó en averiguar el porqué y los detalles que le faltaban. Preguntó a carceleros, a los otros prisioneros, a los que estaban en el patio y al superviviente para completar lo que ya sabía de primera mano y, aún así, se vio incapaz de  averiguar por qué aquellos dos se habían peleado. Sir Walter Raleigh, asesino y corsario, advirtió la inutilidad de sus esfuerzos, tiró al fuego el primer tomo y lo que llevaba del segundo y se dedicó a consumir el tiempo de su condena fumando en el patio, como todos los presos.

Creemos que sabemos qué fué lo que pasó porque somos volterianos, uséase, unos pardillos. No seamos volterianos. Esa pretensión absurda se la dejamos a los jueces que no pueden, va en el sueldo, no escribir la historia triste de la humanidad. Yo quiero ser raleighiano, que no raeliano, y creer en la imposibilidad de saber qué pasó más allá de una leve aproximación. Porque todos mienten, unos habiendo entendido qué pasó y otros sin haber entendido nada. Hubo una pelea y uno murió y al otro lo castigaron por ello. A otra cosa mariposa.