NAVIDAD

Amaro el falso nació hijo de soltera como Serafín Báez en Villarino de los Aires, provincia de Salamanca, y muerta su madre al parirlo lo crio su abuelo. A los veinte días de empezar la guerra una mañana cogió la escopeta y el zurrón, oyó misa y se fue a Portugal dejando una nota: “Yo en esta guerra no conozco a nadie.” Amaro Mella era de A Tarroeira, parroquia de Santa Eufemia do Monte, término de Toques, provincia de A Coruña, y ya llevaba un tiempo en Portugal dicen que escapado de la justicia por matar a uno de Axurbide un 15 de mayo, día de San Cidre. Dicen también que lo merecía. Acabaron los dos embarcados en el Inhaca, un mercante de cabotaje que daba cada año la vuelta a África parando en las colonias y recayendo en Lisboa por Navidad. Un día de verano, en Ciudad del Cabo, Amaro Mella conoció a una moza rubia y bóer de la que se encaprichó y acabó en el muelle viendo al Inhaca humear rumbo sur hacia el cabo Agulhas con el petate de Serafín al hombro y en él su documentación. De ahí en adelante Serafín tuvo que empezar a usar la de Amaro pensando en que en la siguiente vuelta al continente se reembarcaría o, al menos, podría recuperar su identidad, cosa que no llegó a pasar nunca. A Serafín lo de la moza rubia no le cuajó porque estaba de Dios que no cuajara visto cómo eran y sudafricanos y lo siguen siendo.Karen de Vries era de una vieja familia y se rebelaba junto a sus amigos tonteando con la chusma en barrios de negros, emigrantes y marineros; rebeldías de juventud que muchas veces suelen ser sólo afirmación de quién eres.Serafín, ahora Amaro, en la Navidad de 1941 acabó enrolado en la Marina de los USA con un nombre inventado, un nombre un poco de esclavo negro, AugustSummer, con el que hizo la guerra en China y recibió una medalla. Amaro, puede que resignado con su nuevo nombre y quizá algo poseído por él, en una de esas vueltas de Lisboa a Mozambique pasando por Cabo Verde y Angola, conoció a la que fue su esposa en una escala en Port Said. “Morena, en tus ojos verdes me quedaba yo a vivir”, piropeó a una muchacha como nunca había visto otra ni en España ni en ningún puerto. Amaro, confesaba, se amparó en el idioma para esa osadía pero ella, Irene Benhamú, le contestó en un castellano arcaico pero preciso algo así como que se fuera a tomar viento fresco.Amaro enseña una foto vieja que saca con cuidado de la cartera en el que se ve a Irene con pantalones de hombre, camisa blanca, unas gafas RayBan de aviador y una sonrisa que se le extiende con arruguitas por toda la cara. En aquella guerra en la que Irene andaba metida, en la guerra de montar un país nuevo en Palestina sí se quedó, porque allí conocía a alguien. Serafín Báez, ahora AugustSummer, antes Amaro Mella, acabó comiendo arena en una trinchera de un atolón del pacífico mientras la metralla le volaba por encima de la cabeza y en cuanto pudo se presentó voluntario para lo primero que salió porque nada podía ser peor. Lo mandaron a la India y de allí en avión a China, donde le dieron una radio y lo pusieron al mando de un teniente novato. Cruzaron el paíshasta el norte donde la frontera mongola, primero en jeep, luego en burro y montaron en un páramo perdido de la mano de Dios una estación meteorológica que debía enviar los datos necesarios para planificar todas las operaciones navales en el Pacífico. Serafín hizo tres guerras con las IDF, tuvo tres hijos y vivió en tres países, en cada uno de ellos con un nombre distinto. Luego, viudo, volvió a España buscando al dueño de su verdadero nombre, quizá con intención de recuperarlo, quizá sólo por curiosidad de saber en qué habían estado metidos sus apellidos. Serafín, nacido Amaro, conoció a Antonio Conde en la calle, a la puerta de un veterinario. Serafín lloraba abrazado a Karen quien ya tenía la mirada de las mil yardas, esa expresión que se les ponía en los atolones a quienes no soportaban el horror de la guerra. Se les había muerto el perro, un animal que, por aquel entonces, era su única compañía. Irene Benhamú murió de un cáncer de pecho, otra maldición de las judías, e Irene su hija mayor también. La pequeña, Miriam, vive en Tel Aviv y le envía cartas que Serafín les lee a Amaro y Antonio, con esfuerzo, traduciendo con cuidado esas letras que parecen taquigrafía, intentando ser preciso. Amaro volvió de China, ya se dijo, con una medalla y malaria pero dejando allí a una hija que prometió a su madre iría a buscar y se dedicó a lo que muchos, recorrer el país en una moto excedente del ejército con un enfado y un desarraigo que todos quisieron ver como rebeldía de juventud. Karen de Vries tenía dos hijos y vivía en un suburbio de Ciudad del Cabo cuando un día se volvió negra. Esto es exageración porque fue cosa de unos meses. En Sudáfrica la ley discriminaba a los negros pero ninguna ley decía quién eranegro y quien no. Primero las otras madres del colegio fueron dejando de hablarle, luego los conocidos, más tarde los amigos y la familia política y finalmente su marido pidió el divorcio. Acabó en el barrio del puerto rodeada y acogida por los amigos más golfos de su juventud, la morralla negra, india y latina. A Karen de Vries, bóer de las primeras familias, las suprarrenales, Addison mediante, la hicieron negra y su mundo dio un vuelco. Un día triste escribió a la consignataria del Inhaca y le contestó muy amable y ceremonioso don Armindo Pinto Basto en un perfecto inglés comercial dándole una ultima dirección de Serafín en Port Said. Amaro recibió carta de Karen y, estando ya en el oficio de los secretos, averiguó el paradero de Serafín y la reenvió a San Diego, California. Karen ya no está para entenderlo pero desde hace unos años en Navidades le llega una postal sin firma desde un pueblo en Sudáfrica deseándole Feliz Navidad. Mientras Serafín cruzaba la frontera a de España a Portugal Antonio la cruzaba también pero en distinto sentido, volvía de vacaciones de su segundo año de medicina en Coimbra, sólo para descubrir que habían paseado a su padre y que a él lo buscaban. El día del Apostol llegaron de Compostela unos uniformados y de casualidad lo encontraron en la calle y le preguntaron si no sabría dónde vivía Antonio Conde. En lugar de callar dijo no busquen más, soy yo mismo. Antonio pasó once horas en la caja de un camión al ralentí con otros siete tipos tristes mientras su tío, falangista de uniforme, entre ordenes contradictorias, llamadas de teléfono y gritos de usted no sabe quién soy yo hacía las gestiones posibles para que lo soltaran. Amaro volvió a recorrer América del Norte con Karen, ahora en una roulotte, mientras Serafín vivió en Roma, en Madrid y en Berlín, dejando entender cuando lo cuenta que haciendo de espía. A Irene le confesó con pesar la falsedad de su nombre cuando ya estaba muy enferma; Irene, judía sefardí de Estambul llevaba en la sangre el respeto a la tradición y la identidady guardaba en una caja doscientos años de ketubot de la familia. Antonio nunca pudo volver a Coimbra porque tardó diez años en conseguir que le devolvieran el pasaporte y con la carrera de medicina se le escapó el amor de su vida; una portuguesa modosa que estudiaba letras y cuyo afecto por Antonio no resistió la separación a pesar de las muchas cartas. Cuando está entre amigos toca la mandolina y canta fados en voz baja, con timidez pero con emoción y una vez, ya viejo, fue a la clausura del curso escolar, a la Serenata la Queima das Fitas en la plaza da Sé Velha pero volvió con una tristeza que le duró meses y se prometió no repetir. En Navidades los tres se juntan y cenan en casa de Antonio. Serafín se afana cocinando alguna de las cuarenta recetas con berenjena del libro manuscrito que a Irene le dejó su abuela y abren una botella de vino de jerez. Hablan poco porque aunque no se lo saben todo los unos de los otros lo que falta se lo pueden imaginar y en todo caso ya irá saliendo. Después de cenar se acercan al fuego y Antonio canta algo mientras en una vieja filloeira asan las ultimas castañas, removiéndolas de vez en cuando con las palmas de las manos, con el mismo movimiento con el que se barajan las fichas del dominó. Este es el momento en el que Serafín lee las cartas de su hija y Amaro le muestra a Karen, comida por dentro por el Alzheimer, las postales que llegan, sin firma, de Sudáfrica. Al final, quieras que no, tus hijos, son tus hijos y se acuerdan de ti, coinciden todos en voz alta sabiendo que el tiempo de conmoverse se le ha pasado. Amaro piensa en su hija china a la que durante mucho tiempo quiso conocer y sabe que nunca conocerá. Antonio mete en la boca media castaña y con ella un buchito de anís porque así mezclado sabe un poco a marrón glasé. Serafín come despacio mandarinas partiendo los gajos y poniéndoles una pizca muy medida de sal. Antonio deshace los Ideales y los lía de nuevo con papel bueno, Bambú, el más fino y aromático, y va tirando a las llamas las colillas que desaparecen en un santiamén. Junto al fuego en una olla grande hierve agua. Los tres coinciden en que pasar la vida solo es terrible, pero también lo es estar casado y ver cómo se muere la persona que mas quieres. En realidad no hay mucha alternativa, quedan sólo esos pequeños detalles. A las once y media Amaro rellena con un cazo una bolsa de goma con el agua hirviendo y se la pone a Karen bajo los pies, le coloca bien la manta sobre las piernas y el chal sobre los hombros, la repeina un poco y salen los tres empujando la silla de ruedas a oír la misa del gallo. Uno quiere ser quien es, todos lo queremos, pero uno de cierto nunca lo sabeporque quienes somos lo dicen los otros, la familia, los amigos y, en muchas ocasiones, el azar.

EL HIATO – Quince

Hay un cuento de Sergi Pámies que empieza con una frase estupenda: Cuando el ñu entró en el bar, el portero creyó que era cosa del dueño, y lo dejó pasar. Sé que aparece en el librito titulado Infección porque siempre pienso que es en Debería caérsete la cara de vergüenza y ya he aprendido que es en el otro. Yo creo que es un comienzo estupendo, pese a que para mi gusto las comas sobran; yo, el que esparce comas, criticando el exceso. Cosas veredes. Luego ya nada. Luego ya sólo cosas sin importancia ni mucha gracia. Al ñu le apagan un cigarrillo en el ojo y, claro, se enfada y se marcha y embiste en la Diagonal a un Porsche rojo en el que iba el dueño del bar, que en realidad era un pub pero la frase inicial con pub perdería mucho. Unos lo pronunciarían bien, pav, y otros muchos, yo incluído, dirían pub, así como se escribe. Léase en voz alta la referida frase al inicio a la letra transcrita en las tres variantes que se apuntan y se advertirá la pérdida de sonoridad y poder de evocación. Desaparece el cincuenta por ciento, cómo mínimo, de la sorpresa y la extrañeza. Como si la aparición en un pub, o en un pav, un ñu fuese menos sorprendente que en un bar. El cerebro funciona así. El ñu enfadado, y quién no, y con el ojo enrojecido embiste el coche del dueño que era rojo, como ya se dijo. En la Diagonal, detalle que no tengo yo nada claro pero, a estos efectos, doy por bueno porque sitúa la acción en BCN y allí hay pubs y Porsches. Ñus no se sabe o yo no tengo noticia aunque si con el hiato hay delfines en Venecia a ver por qué no vamos a encontrarlos en la Diagonal o en el Paseo de Gracia o pastando en el Parque Guell. Un ñu, para quien visite Barcelona lo digo, es como una vaca despeinada con cara la larga de un bull terrier. Por si paseando por la Ciudad Condal cree ver uno sepa que tienen cara alargada y pasmada con ojillos que de diminutos parece que no sirven. Por ese tamaño y porque los tienen un poco a los lados de la cabeza, como todos los animales que son presas y no cazadores, sabemos que los ñus, o los ñues, son bichos de natural tímidos y huidizos, que hay que putearlos mucho para que le embistan a uno, cono por ejemplo apagarles un cigarrillo en uno de esos ojillos. El caso es que en la Diagonal, afirmación que ha de entenderse con las limitaciones ya expuestas, el ñu de Pámies embiste a un Porsche rojo aparcado en un semáforo. El rojo, aquí, se explica porque el Sergi, creo yo, asume que todos los bichos con cuernos tienen un algo de toro bravo. El asunto es que el rojo, con esas farolas de vapores de mercurio que ponen en las avenidas no se ve rojo y, que se sepa, un ñu no es un toro de lidia. El conductor del Porsche era, como se dijo, el dueño del bar/pav acompañado por una golfilla, un ligue de una noche de esas que se levantan solas, que ellas solas se ponen a tiro y aprietan el gatillo. El asunto es que en la Diagonal, en un semáforo en rojo, el ñu con laceraciones en la córnea, el Porsche rojo, el conductor dueño del pub y la moza tan fácilmente prendada de este, arden en una pira que lo mismo los castiga a todos purificando el pecado como ensucia el aire de hollín y peste a carne quemada. Quién sabe. Yo le quitaría las comas y volvería a empezar, a ver qué pasa. Cuando el ñu entró en el bar el portero creyó que era cosa del dueño y lo dejó pasar.

BITTER END

El tío Inocencio, tío de mi padre, estaba del revés por dentro, uséase que el hígado a la izquierda y el corazón a la derecha y todo lo demás igualmente cambiado. También tocaba estupendamente la mandolina, otra cosa que aprendió en Bristol cuando estuvo escapado para no ir a la guerra de Cuba, además del inglés portuario. La cosa se llama situs inversus totallis. Lo de los órganos cambiados, no lo de la mandolina. Inocencio iba más allá y además era zurdo y mandaba cartas con letra pendolada llenas de borrones, se ve que el papo de la mano le arrastraba sobre lo escrito. También mandaba tabaco de pipa para su hermano y cucharillas de plata para mi abuela, la pequeña, se ve que por ir haciéndole un ajuar. En Navidad enviaba a su madre jarras de barro vidriado con brillos cobrizos que por aquí aún llamamos de Bristol. Las cucharillas quedaron todas en casa de mi abuela y estaban estampadas con el logo de la P&O, Peninsular & Oriental, así que supongo yo que o bien las pilló todas en el barco en el que escapó y las mandaba administrándose o trabajaba en uno y las hurtaba cuando le entraban las ganas de escribir. Puede ser, de todo pasa en un puerto, antes y ahora que eso no ha cambiado, que las comprara a sus legítimos poseedores, amigos ellos de lo ajeno. Nadie sabe muy bien por qué se marchó Inocencio, el caso, y ahí hay acuerdo, es que su padre le dió el dinero necesario para librar, las 1500 pesetas que costaba la redención en metálico, cuando de las guerras se libraba pagando un canon. Se fue a La Coruña a hacer la gestión y en lugar de ello se montó en un barco que salía para Iglaterra. A Inocencio el asunto de las tripas se lo descubrió allá un médico inglés cuando lo tuvieron que operar de apendicitis. Le dolía donde no era, contaba poniendo la mano en el abdómen, y pese a los gritos pensaban que eran gases pero de casualidad al matasanos el asunto le sonaba. Había sido médico en la flota que bombardeó Alejandría y mientras la Royal Navy se entretenía invadiendo Egipto él operó a un escocés que por dentro estaba, como el tio de mi padre, todo desarreglado. Algo en Inocencio le recordó al marino aquel, quizá el acento descalabrado usando el idioma, lo cual le salvó la vida. Contaba con gracia cómo lo operaron en una habitación alquilada encima de un pub y al doctor le subían cerveza de vez en cuando y cómo todo quedó en suspenso a la hora del almuerzo, dejándolo sobre una mesa de roble tapado con una sábana porque no le entrara el frío ni lo comieran las moscas. Salchichas con puré de patata, cerveza y una copita de oporto. Se fumó una pipa de tabaco holandés y subió a rematar el asunto. Inocencio sabía navegar porque anduvo de tripulante en el barco de un práctico, eso sí lo contaba. En todos los puertos de Inglaterra y Escocia los prácticos habían llegado al establecimiento de un turno y corría la lista para cada barco que se aproximaba. Excepto en Bristol, donde pillaba el trabajo el primero que abordara el mercante que llegaba, así que entre los empresarios del gremio era tradición una competencia feroz que derivó en la construcción de barcos cada vez más rápidos y tripulaciones que reñían por cada trabajo como si de una regata se tratase. Los armadores, de consecuencia, mantuvieron una activa política de fichajes robándose a la marinería y a los pilotos más hábiles. La pericia náutica de poco le sirvió a la vuelta porque por el pueblo pasa un río muy truchero pero nada navegable. Lo de la mandolina sí, que las mozas de su quinta, las que habían quedado para vestir santos, le hacían ojitos cuando tocaba y cantaba suavecito en un inglés que suponían macarrónico y más que probablemente lo era. Todo esto se contaba en casa de la abuela unas veces con más detalles que otras y siempre con una cierta desconfianza, como en condicional. Se ve que nadie se fiaba mucho de Inocencio, quizá por lo de la huida, quizá por lo deshilvanado y confuso de su relato. Un desertor es un desertor, por mucho que repita uno que no fue miedo sino precaución. Un día descubrí en un libro de fotos viejas de regatas a de la tripulación del Bitter End sonriendo en cubierta luego de ganar una regata de la que no recuerdo el nombre, quizá la Fastnet. El segundo por la izquierda era Inocencio, casi con certeza, pese a la barba de expedicionario ártico y el jersey gordo de punto. Mi abuela, estando aún, ya no estaba para recuerdos así que la certeza que uno siente queda sin confirmar por quién sabe; los parecidos los carga el diablo. Inocencio volvió a marcharse, al parecer a faenar al bacalao en un velero portugués. Salían de Leixoes y al llegar a Terranova los marineros iban quedando en un bote con cebo y línea, comida para el día, un farol y una corneta. Al anochecer encendían el farolillo y el velero los iba buscando y si se cerraba de niebla tocaban la corneta. En alguno de esos viajes Inocencio no volvió, que o bien se lo tragó el mar o le dio una nueva vuelta a su vida. Igual, quién te va a decir que no, eso de estar al revés por dentro te lleva a tomar, en los cruces esos que tiene la vida, el camino contrario al esperado. Estas cosas pasan, las noticias apenas llegan, quien las recuerda no siempre las cuenta completas y los recuerdos se van apagando e incluso confundiendo. Nito, el de la Señora Pura, aseguraba que Inocencio murió en Brooklin en una pelea en el puerto y, pobre como una rata, le pagaron el entierro los de La Nacional, en inglés The Spanish Benevolent Society, en la que eran mayoría los gallegos pero sólo bailaban flamenco. Decía que de buena tinta lo sabía porque, y es eso verdad, su primo Manuel fue de la directiva. Se ha muerto mi abuela, y con seguridad también Inocencio, y se han muerto Nito, y Pura y muchos más que podrían recordar algo y, para colmo, he olvidado en qué libro salía la foto aquella. Hay vidas así, creo yo, vidas que son incomprensibles y nos resultan confusas, vidas extraordinarias por infrecuentes que no dejan recuerdo porque no les ven los coetáneos mucho sentido. Vidas que sus protagonistas consumen conscientes, quiero pensar, de que esos altibajos les abocan a un amargo final y de ahí al olvido.

CÓMO AFINAR UN ÓRGANO

Dicen que los buhos ululan en si bemol de un modo tan preciso que los viejos organistas de capillas, iglesias y catedrales los usaban para afinar sus instrumentos. Idelfonso Pedreira, El Cojo de Pedrouzos, nunca tal cosa oyera cuando, curioso, se la comenté. Estos bulos vienen de no se sabe dónde y se van por donde vinieron, que ya se ve son más cosas de gentes librescas, individuos leídos de más, gentes que, en fin, tienen estudios por encima de sus capacidades. Y que nunca han visto un órgano y mucho menos un buho. Yo he visto un órgano, mas bien varios, aunque nunca me dejaron tocarlos. Tengo cara de sospechoso, eso ya lo sé y lo asumo, qué se le va a hacer. Quizá temían los organistas que pudiera yo causar un estropicio por tocar un par de teclas, dar un par de pedaladas o tirar de un par de pomos, o manijas, o como se llamen esos chismes que parece que abrirás un cajón y lo que abres es un mundo de sonidos. Los organistas cuidan sus instrumentos más que los cetreros sus búhos porque están más cerca de la extinción aquellos que estos. Visto lo anterior si dejaron de usarse búhos para afinar órganos más tendrá que ver con su inhabilidad, digo yo, que con la escasez. Ildefonso Pedreira cuida, mantiene y hace sonar el órgano de Santo Antoíño de Toques, que es un mamotreto viejo, desencajado de junturas y goznes, que suena soplado, afónico y agónico. Es un órgano estertóreo, como el pulmón de un fumador, que entre ahogos anuncia la muerte. Si le hiciéramos caso a Hipócrates diríamos que predomina en el organo de Santo Antoiño de Toques la bilis negra, fría y seca, y que en ese sonido depresivo vemos la melancolía del bazo, lo que los ingleses llaman spleen. El buho es un animal muy apropiado para afinar órganos, creo yo, así que seguramente sería una pena si, revisando a los clásicos, finalmente no apareciera nada al respecto. Uno no se imagina a un afinador de órganos entrando en la catedral de Rouen, o en la de Compostela, o en la Abadía de Westminster, con un loro sobre el hombro por mucho que, es una hipótesis, pudiera dar todas las notas correctas como un diapasón tropical alegre y colorido. Currito dame un la; y Currito mueve la cabeza y dice laaaaaaa a 440 Hz exactos. No, Currito, el la barroco; y Currito mete la cabeza debajo del ala, como avergonzado, y dice laaaa a 414Hz. Esto, con un buho no pasaría. Un buho estaría atento al instrumento y con esos ojazos enormes que tiene no se le pasaría que el órgano de Rouen afina a 398Hz, como todo el barroco francés. Como todo el mundo sabe. Excepto los organos parisinos que lo hacían a 415Hz, pero no por nada importante sino más bien por rencillas y envidias de los organistas de la capital con los de provincias. El buho, es, además, serio, sereno, investido de una gravedad y solemnidad tal que si me dicen que cree en Dios y es seguidor de la regla de San Benito de Nursia, me lo creo. A una iglesia, o catedral incluso, entra uno con un loro como entra con un niño, temeroso de que a la mínima te la monte y acabes saliendo por patas y avergonzado. Un niño en una iglesia si chilla es que no está adecuadamente amaestrado y es siempre responsabilidad y aún culpa de sus progenitores. Sólo se les disculpa el día del bautizo y por razones obvias, aún no se les ha expulsado el maligno del cuerpo. Uno, por el contrario, cuando entra en una iglesia con un buho se siente acompañado por el abad general de los premostratenses, como poco. Sirviendole de escolta a alguien de la casa, a un jerifalte de lo religioso y lo solemne. Yo no tengo ningún amigo organista pero si algún dia llegase a tenerlo tengo que acordarme, lo que es tomar una nota mental, que un buen regalo de Navidades, práctico y elegante,  podría ser un buho que le auxilie afinando el instrumento.

BILL Y LA BOLSA

En algún sitio he leído hace ya tiempo que para aprender hay que querer aprender y que ese deseo sólo se explica si uno está insatisfecho con lo que ya sabe. O lo que no sabe. Ayer vi el documental que Netflix le hizo a Bill Gates, tres episodios largos, y ahora se otras cosas. Bill, con su fundación, lleva tres fracasos seguidos: los retretes para el tercer mundo, erradicar la polio y la central nuclear sin peligro de accidente nuclear. Fracasos más que millonarios pero que, nos maliciábamos, él se puede permitir. Gates a mi no me caía bien, pero resulta que es un tipo normal que lleva casado con la misma mujer porrón de años, que confiesa haber sido un imbécil en su infancia y gran parte de su juventud, que quedó marcado por su madre, es amigo de un viejo como Buffet, camina a todas partes con una bolsa llena de libros como Giusseppe Tomasi di Lampedusa y lee a Pinker. Yo, confieso, soy de Mac y por motivos laborales he tenido que cambiar a Windows tan recientemente que aún estoy acostumbrándome a esta mierda. Umberto Eco dejó dicho, aunque esto ya no aplica mucho, que el Mac era católico y el DOS protestante. El uno todo lo envuelve en metáfora, con símbolos, ritos, santos, y romerías. El otro te deja en soledad con el libro de instrucciones, la fe, la austeridad y el esfuerzo. Luego Bill se casó con una católica y sacó el Windows que es como ve lo nuestro un protestante un poco Asperger o un finlandés los toros. Malamente, torpemente. A la metáfora no se llega, en la metáfora se es y Windows no es como no será nunca flamenco un japonés por buleares. Lo más que podrá conseguir es despertar curiosidad y en el mejor de los casos resultar convincente un rato. A Bill en su fundación las cosas le van bien hasta que de pronto le van mal. Parece un tipo sensato pero en su búsqueda de marcar la diferencia se mete en jaleos que quizá, sólo quizá, le exceden. Acabar con la polio en un territorio controlado por Boko Haram, por ejemplo. Bill, en su sensatez, lee sobre lo que no sabe y pregunta a quien sí cuando él no llega, humildad que quizá no nace de la modestia sino de una soberbia amansada por la inteligencia y el tiempo que fugit que se las pela. Giuseppe Tomasi caminaba siempre por Palermo con una bolsa de libros. Quizá, quién sabe, en algún momento del día le asaltase la ansiedad y necesitase leer, explicaba. Allí llevaba sus lecturas actuales, algunos apuntes y las obras completas de Shakespeare que, todos sabemos, son mano de santo para alejar del alma toda clase de desazones, zozobras y desasosiegos. Bill, en haciendo lo mismo, lo plantea de modo diametralmente opuesto. Bill lee para calmar la ansiedad de los miolos y no del corazón, para calmar el picor de saber y no el de vivir. Todos llevamos dentro un poco de ambos, un poco de ansia de saber porque, de alguna manera, estamos insatisfechos con lo que sabemos, porqué si no. Y todos llevamos también en el alma una ansiedad por el mero hecho de vivir que, también, aliviamos con ungüentos de libros y lecturas, si bien no nos asaltan del modo traicionero y repentino con que asaltaban al Principe de Lampedusa. En todo caso si el Príncipe me caía bien, una de estas afinidades imposibles, imaginadas y diacrónicas que proporciona la literatura, también me cae bien ahora el Sr. Gates, aún a pesar de que no haya entendido la metáfora. Y todo, mayormente, por una bolsa de libros.

ES UNA ALEGRIA QUE HAYA FUEGO

Es una alegría que haya fuego en vez de tiendas y cafeterías abiertas. Algunas modernidades, como la lavadora o el agua caliente hacen la vida más llevadera. La calefacción central, eliminando el fuego en casa, acabando con las chimeneas, ha arrasado con el arcaico encanto del hogar. Hogar que, no por nada, es el domicilio del fuego y la morada de quienes lo cuidan y a su alrededor se juntan. El fuego es santidad y rusticidad y antigüedad. Eliminar el fuego de las casas, que ahora gozosamente ha vuelto a las calles, acabó, quizá inadvertidamente, con la poesía de la vida casera y de rebote con la poesía en general. La televisión aunque lo intentemos no es el fuego, no es el olor de la leña, ni el humo ni el calor en las rodillas que va subiendo lentamente hasta ruborizar el rostro. En una lumbre arden cartas tristes, poemas malos, facturas impagadas, manifiestos de toda laya y con ello se purifica nuestro espacio y el alma misma. En el fuego hierve el agua con una alegría que no le da el butano y menos la vitrocerámica y borbotean gozosos los guisos como géiseres nutricios. El fuego, de volver a las casas, nos enseñaría cosas ya olvidadas. Nos enseñaría, por ejemplo, que no se puede uno descuidar de alimentarlo, atento y solícito, so pena de dormir tiritando, de que las conversaciones languidezcan y se nos pueblen los dedos de sabañones. Volveríamos a aprender la importancia de la atención y que cualquier negligencia tiene inmediato castigo. El fuego, de volver, nos distraería de banalidades como las cafeterías y restaurantes y, en general, de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, siempre brillantes y siempre triviales. Qué alegría que vuelva el fuego y cierren los bares.

SE DESVANECE

He cruzado el otro día, otra vez, la España vacía, o vaciada, que me malicio se ha convertido en un eufemismo de Castilla usado por los que no son capaces de decir España sin añadirle el condimento de un mote. España, hay que joderse, es grande de cojones; y larga como un día sin pan o un viaje en bus sin mear. De enorme que la siente uno diríase eterna y por lo desarbolada inabarcable. Adelanto a buen ritmo camiones que quién sabe a dónde van, zumbando por el asfalto como si fueran automáticos aunque llevan, todos ellos, a un tipo solitario, como yo hoy, al volante. Camiones de Estrella de Galicia, Zara, Gerineldo Castro, el transportista de Pidal, se multiplican idénticos y se diría que gozan del don de la ubicuidad, carisma que en la España vaciada pasa desapercibido. Me adelanta un Twingo con cuatro jovenzuelos grandotes haciéndome la maniobra de los pilotos en el circuito; se me acerca mucho y en una levísima cuesta abajo acelera a fondo saliéndose del rebufo y me rebasa. Bendita juventud. La radio acompaña mucho y la radio que más acompaña es la radio de las desconexiones territoriales y locales, que es la más conectada con el paisaje y el paisanaje. El Palacio de las Zapatillas. Somos especialistas en zapatillas desde hace más de noventa años. Más de doscientos modelos de zapatillas a su disposición. Estamos en la Calle del tinte, 3. Reformas Hermanos Conejero. Reformas en general. Cocinas, baños, terrazas, salones, pasillos, habitaciones. Confíenos su reforma, no se arrepentirá. Trabajos garantizados. Calle Valdóniga, frente al buzón de Correos. Pasan los pueblos al lado de la carretera, Rabanal del Camino, Murias de Rechivaldo, Gallegos de Hornija, Pozal de Gallinas, todos con nombre y apellido, como si fueran alguien, que quizá lo hayan sido. Mientras, me voy acercando a Madrid como se acercan las naves estelares a los planetas en las películas, a coger impulso. Antes de llegar, notando apenas la atmósfera del extrarradio, cojo la M-50, rodeo el ombligo de las Españas y salgo despedido, con impulso, en dirección sur. Hace mal día y el cielo de Madrid, de Madrid al cielo, dicen, es gris y plomizo y quizá llueve. Me acuerdo de Camba: «Y, en efecto, Berlín es hermoso. Von Berlín zu Himmel; es decir, de Berlín, al cielo; a este cielo de Prusia, que ni es azul, pese a ser de Prusia, ni es cielo». Todos podemos tener un mal día. Habla en la radio Leonor, la bellísima Princesa, mientras en el noreste unos bárbaros disienten a pedradas de no se sabe muy bien qué. De sí mismos, quizá. Ambas cosas me emocionan si bien en direcciones diametralmente opuestas. Les deseo a ella y ellos, de corazón, que la vida les conceda lo que se merecen. A veces se siente uno Kowalsky en Vanishing Point, conduciendo con un propósito claro que se desvanece según pasan las horas y acaba siendo un simple seguir huyendo. La radio, ya digo, acompaña, como le acompañaba a él, porque el asunto cansa. Kowalsky le daba a las anfetas y llevaba un coche blanco. Los coches blancos son muy de huir, los rojos, como el mío, de apresurarse a un destino. Esto es así y nadie sabe muy bien decirme por qué. Yo, huérfano de anfetas, confío en los cafés de las gasolineras, una droga que se parece más a la ayahuasca, léase ineficaz y vomitiva. El peor momento es ese en el que, entre lusco e fusco, sale a comer insectos Abrenoite, el murciélago de Wenceslao, y hacen clic los automáticos que encienden los neones de los puticlús de los que habla Sífilis. Ese instante en el que le sube la fiebre a los niños y bostezan los mayores. En la teoría de los biorritmos ha de tener un nombre que desconozco, un nombre que describa la inflexión entre alerta y atorrijado. Gasolina, pis, café. Rumbo a Daimiel, pueblo adoptivo del Marqués y ya cerca del destino. Conduciendo de noche se agudiza más, si cabe, la sensación de escaparte de algo y le entra a uno la desazón de llegar. De que esas horas de falsa huída se desvanecen al tempo que lo hace la luz. Todo se acaba.

FUMAR EN EL PATIO

Voltaire dejó dicho que no hay sectas o facciones en la geometría. Qué nadie va por ahí diciendo ¡Mira, un Euclidiano! Creía que cuando una verdad es evidente resulta imposible dividir a gente en partidos, que nadie tiene los santos cojones de afirmar que es de día a media noche.
Voltaire, ya se ve, tan listo él, tan ilustrado, tan Diccionario Filosófico, tan era un puto pardillo. Un cándido de manual, podría decirse.

El mundo se parece más a otra cosa. A una cantidad ingente de estupidez, mentiras interesadas y autoengaño. El mundo es difícilmente comprensible por las limitaciones de los supuestos geómetras, que ni entienden ni quieren entender y cuando lo hacen quizá, a pesar de todo, afirmen que es mediodía a gritos en plena noche.

Se critica la sentencia. Que si saben que sabían, que si dijeron que no pero sí o que sí pero en realidad no. Orwell cuenta una anécdota interesante. Sir Walter Raleigh, ese hijoputa, el pirata del tabaco, estaba preso en la Torre de Londres y aprovechando el tiempo libre se decidió a escribir una Historia de la Humanidad. Iba el tipo ya por el tomo dos, embalado contando la verdad de los hechos a sus compatriotas y el mundo cuando un día, en el patio, justo debajo de su ventana, dos presos pelearon y uno acabó muerto. Había visto el desarrollo de los acontecimientos y se interesó en averiguar el porqué y los detalles que le faltaban. Preguntó a carceleros, a los otros prisioneros, a los que estaban en el patio y al superviviente para completar lo que ya sabía de primera mano y, aún así, se vio incapaz de  averiguar por qué aquellos dos se habían peleado. Sir Walter Raleigh, asesino y corsario, advirtió la inutilidad de sus esfuerzos, tiró al fuego el primer tomo y lo que llevaba del segundo y se dedicó a consumir el tiempo de su condena fumando en el patio, como todos los presos.

Creemos que sabemos qué fué lo que pasó porque somos volterianos, uséase, unos pardillos. No seamos volterianos. Esa pretensión absurda se la dejamos a los jueces que no pueden, va en el sueldo, no escribir la historia triste de la humanidad. Yo quiero ser raleighiano, que no raeliano, y creer en la imposibilidad de saber qué pasó más allá de una leve aproximación. Porque todos mienten, unos habiendo entendido qué pasó y otros sin haber entendido nada. Hubo una pelea y uno murió y al otro lo castigaron por ello. A otra cosa mariposa.

 

COMO ES EL CASO

Eladio Nogueira murió cagando el 28 de febrero de 1969 en el 29 Flamborough Rd, Ruislip, HA4 0DJ, Reino Unido, y desde entonces la causa exacta permanece rodeada de misterio. Eladio Nogueira era natural de San Miguel de O Couso, Coristanco, casado y con un hijo, y trabajaba en la construción como oficial. El día de autos, ya la madrugada del 29, salió al jardín trasero de la pequeña casa que ocupaba con su familia supuestamente a hacer de vientre. Las casas de Flamborough Rd son de esas que tienen un callejón trasero por que el que retiran la basura y corre el alcantarillado y las menos arregladas, cual era el caso, seguían teniendo el retrete en un chamizo al fondo del jardín. Unas casas más allá, en el 1A, vivía con su familia Charles “Charlie” McGighan, ingeniero mecánico y técnico de radar retirado de la cercana base de Northolt de la RAF. Charlie también falleció esa misma noche y, presumiblemente, por la misma causa que acabó con la vida de Eladio. La investigación policial desveló que Charlie trabajaba por su cuenta en un mecanismo antigravitatorio, un ingenio que posibilitaría, según las notas intervenidas por el Coroner, el desplazamiento sin propulsión de naves tripuladas. Lo que los sajones vienen llamando reactionless drive, uséase la maquinaria que equipa, según todos los indicios, a los platillos volantes. La esposa de Charlie, Margaret McGighan, de soltera Moray, era una escocesa alta, fea, con los dientes descalabrados y el pelo cardado a lo Jackie Kennedy o Brigitte Bardot, que no supo dar explicación alguna del incidente. Quizá, era escocesa, tampoco supieron entenderla bien, porque es extraño que una esposa no sepa en qué anda metido su marido a las tres de la mañana en el jardín. Y ello aunque esa esposa sea escocesa, gente tradicionalmente de pocas luces. No obstante quedó claro que Charlie era especialmente reservado con los experimentos que llevaba a cabo en el galpón que había construído donde Eladio tenía el retrete. No había comentado nada de sus maquinaciones ni a la familia, ni a los amigos, ni a los compañeros de trabajo.
La investigación sentó como ciertos algunos hechos pero sembró varios cientos de folios de muchas más incógnitas. Mr. McGighan estaba fabricando un ingenio electromecánico que por medio de complicadas palancas y pesadas ruedas que actuaban como giroscopios conseguía un empuje vertical modesto aunque claramente perceptible. Seis pulgadas y tres cuartos, según la última medición registrada en sus cuadernos de laboratorio. Esto no es una coña, son 17 centímetros al cambio. Las sospechas apuntan, si hacemos caso a la intuición de Ernesto Nogueira, hijo de Eladio, a que Charlie tuvo una revelación que lo llevó a levantarse de la cama donde dormía plácidamente con su esposa y a probar algo nuevo en la maquinaria que tenía montada en su pequeño taller. Del cobertizo del 1A, he visto las fotos borrosas en blanco y negro, fotocopias de fotocopias, salio propulsado en dirección EES un objeto de un tamaño y peso que se estimó igual o levemente superior a una máquina de coser. Dicho objeto llevaba una energía que no se llegó a precisar pero ciertamente enorme puesto que mató a Mr. McGighan en el interior del cobertizo destrozándolo a la altura del pecho. Atravesó luego la pared saliendo al exterior y a continuación otras dieciséis construcciones parecidas, algunas llenas de cachivaches, hasta alcanzar la letrina de Eladio donde acabó con su vida. Eladio, afirmó el forense, falleció por heridas incompatibles con la vida, mira tú qué listo, producidas por un objeto solido, pesado, moviéndose a alta velocidad que lo alcanzó de derecha a izquierda. Ese misterioso objeto destruyó a continuación otros seis cobertizos en las propiedades colindantes, la chimenea del 136 Dartmouth Rd. y descabezó un roble del cercano parque de Yeading Brook. Hasta ahí los datos inicialmente recopilados por la policía. No obstante Ernesto me muestra un combinado de noticias periodísticas, teletipos de agencias e informes civiles y militares que recogen avistamientos esa misma noche de un objeto luminoso, incandescente, moviéndose a una gran velocidad sobre las localidades de Brentford, Morden, Purley, Holtye y Crowborough. Ese mismo objeto, presumiblemente, fue visto cruzando el canal a la altura de la localidad costera de Normans Bay y los radadres franceses lo detectaron entrando en el continente entre Étalondes y Criel-sur-mer. Ernesto pasea por la vida con un expediente en varios tomos con todo tipo de documentación relativa al desgraciado incidente que lo dejó huérfano. Relata, de corrido casi, los diversos procedimientos que en su día se abrieron y casi de inmediato se cerraron, pretendiendo instilarme sutilmente, o quiza no tanto, la posibilidad cierta de una conspiración a todos los niveles para ocultar la verdad. En ocasiones, y no son pocas, los intereses de la Corona no se alinean perfectamente con los de sus súbditos. O sí, pero el bien de todos exige sacrificios individuales. El asunto penal murió como murieron Charlie y Eladio, rápida y misteriosamente. Y, es de señalar, nunca se llevó a cabo una reconstrucción de los hechos que, afirma Ernesto, habría resultado tremendamente esclarecedora. Ernesto quiere resucitar la investigación judicial y que se sepa la verdad, que se desvele la conspiración que sin duda enterró el asunto y que paguen los culpables. Todos ellos. Ernesto, me dice, vive de estas cosas, de desvelar oscuros secretos, y es consciente de las dificultades. Trabaja ahora para un texano que le ha encargado localizar a Elvis y se está acercando mucho, me dice bajando la voz. A Elvis, aclara, no al texano, con el que comparte muchos intereses pero no van por ahí las cosas. He encontrado el rastro bueno, dice y sonríe, misterioso como el expediente de su padre. También, pero no profesionalmente sino por afición, ha recopilado numerosa información relevante sobre la bala mágica de Dallas, el avión estrellado de Sa Carneiro y el asesinato de Olof Palme. Yo le digo, cariñosamente, que quizá buscar los cuarenta kilos de oro que faltan desde que unos polis corruptos le dieron matarile a Santiago Corella, El Nani, preste más por la parte económica. Pero Ernesto está más por las conspiraciones con un componente internacional, ya se ve, porque revuelve el café con leche sin lactosa y me mira como si hubiera dicho yo una locura. Su amigo, que no dice el nombre, me mira cómplice y hace un gesto que pretende natural, como estirándose o bostezando con mucho aspaviento, y aprovecha para llevarse disimulado un dedo a la sien y atornillarse un perno imaginario. Pues yo creo que cuarenta kilos de oro daban para un pasar, tapar huecos y ayudar a la familia y todo eso, insisto siguiéndole el rollo al amigo misterioso. Ernesto está de vuelta de esto y de mucho más, de que se burlen de él, de que lo ninguneen y de que lo tomen por loco y como tal lo traten así que nuestra burla inocente, que se repite a menudo, se la trae el pairo. Sale los martes y miércoles y pasea con su amigo por las rúas de Compostela. Los jueves también pero es día del espectador y se van a ver los estrenos. Les dejan salir juntos porque se llevan bien y se vigilan mutuamente. A las ocho están de vuelta en el psiquiátrico de Conxo clavaos como relojes, siempre con algún dato nuevo, algún detalle que abre las puertas a una nueva vía de investigación. En los locos delirantes, cuando salen inofensivos e ingenuos, habita una ternura especial, la de la poesía en su sentido etimológico, de creación de un mundo en el que los efectos tienen una causa, quizá oculta pero cierta, y el hombre, hijo de los dioses, encuentra su sentido desvelándolas. En los locos delirantes, cuando salen mansos y joviales, se topa uno con la imaginación del escritor, que no ve lo que hay sino lo que quiere ver, y lo cuenta con minucioso detalle e impostado aplomo, como es el caso.

TIRANDO AL MONTE

En Cabañas, frente a la Villa de Pontedeume, hay una playa preciosa con enorme arenal blanco y amplio pinar. Hace ya unos cuantos años, para que los bañistas no pecaran en modo alguno, se instalaba una larga cuerda, flojamente sostenida por estacas, dividiendo el arenal desde los pinos hasta el agua mansa. A un lado hombres, al otro mujeres. Eran otros tiempos y no había confusiones de género y cada uno, más o menos, sabía a qué lado debía ponerse y tenía impulsos claros sobre dónde, en realidad, le gustaría hacerlo. Los trajes de baño eran trajes de baño, lo cual quiere decir que cubrían desde la rodilla hasta el cuello y tenían mangas y eran holgados. Aún así el pecado de la carne flotaba en el ambiente y cruzaba la cuerda, en forma de miradas y gestos, con la rapidez y la potencia de una pelota de volley en la final de un mundial. Un día la cuerda, sin que mediará directa intervención de nadie, cosas que pasan, se cayó. No habiendo nadie presente con voluntad por guardar a los bañistas de los devastadores efectos de la lujuria y con ánimo para levantar de nuevo las estacas, el público se mezcló. Los hombres con las mujeres se juntaron y los jóvenes, ellos y ellas, tuvieron más contacto que el de las miradas de siempre; reprobadoras, inquisitivas, coquetas y, qué suerte algunos, cómplices. Es decir, hablaron entre ellos estando vestidos en un atuendo equivalente a la ropa interior. Por la desidia de las autoridades competentes y para gozo de los asiduos la cuerda estuvo tirada durante un par de semanas y, consecuentemente, los malos pensamientos quizá anduvieron algo más desatados que en un verano ordinario. El asunto llegó a oídos del ordinario del lugar, el cura párroco Don Senén, el cual, de inmediato, dio órdenes de reponer las cosas a su ser y estado anterior y natural, levantando las estacas y tendiendo de nuevo la floja cuerda que nada separaba. El sermón del domingo siguiente lo dio subido al púlpito y revestido con todos los ornamentos litúrgicos, en señal de que el mensaje era importante. Lo dirigió específicamente a las mujeres, guardianas de los valores cristianos de la honestidad, la modestia, el recato, el pudor, la discreción y la decencia. Después de ponerlas de putas para arriba, que de acuerdo con el canon vigente era lo que procedía, acabó el sermón elevando paulatinamente la la voz hasta acabar en lo más próximo a un grito que es permisible en un templo: «Cuando el Señor me llame a su seno, como a todos llamará, y me pida cuentas y pregunte ¿Qué has hecho de tu rebaño, Senén? ¿Qué has hecho de tus ovejas? Yo habré de contestarle ¡Ay! ¡Señor! ¡TODAS SE ME HAN VUELTO CABRAS!»