MINGOS PEDREIRA

De Mingos Pedreira, “Pedrito”, supe por primera vez por la borrachera de un diputado del PSOE. A la amanecida se fue de la lengua y me confesó con el orgullo del pícaro que su renombre escribiendo exposiciones de motivos, esos preámbulos largos, cursis e inútiles con los que de ordinario se adornan las leyes, era en realidad un carisma prestado. Yo no sabía que se pudiera tener renombre escribiendo exposiciones de motivos pero, al parecer, eso le aseguraba estar en las listas, elección tras elección, en un puesto seguro. Yo, antes más y ahora un poco menos, era un inocente y no me coscaba de cómo va el mundo. Ese trapicheo, puesto en claro, viene a significar que “Pedrito” es negro, pero un negro como Maquet el de Dumas y no como Kunta Kinte el de Raíces.

[…]

 

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EL POSO DE LA VIRTUD

La salud está hecha, dicen, mitad y mitad de renuncias y obligaciones. De verduras y ejercicios y copas no trasegadas y cigarrillos sin fumar. La salud es, al parecer, el poso de la penitencia o la virtud, eso ya según el carácter de cada uno, si tira más a neurótico y dado a la restricción o tiende a desatado y prono al arrepentimiento. Los incontinentes impenitentes, los que no sabemos ponerle puertas al campo de los deseos y vemos como las cabras el monte cubierto de orégano, moriremos pronto y a nuestro entierro, nuestros entierros, que no estoy solo, no irán los temperantes porque ese nuestro fatal destino lo tendremos merecido. La salud, como la felicidad, no tiene plumas ni pelos, pero tampoco mucha gracia, la verdad, y llegado el caso vale para bien poco. Evaristo Martínez, vecino de Santa Baia de Limodre, en la carretera a Laraxe, tenía una casita con el jardín repleto de enanos de cerámica pintados de colorines, tantos que ni se andaba bien. Esto de los enanos era cosa de su mujer, que hacia colección y de comer tocino de puerco y pasteles y guisotes y los sábados callos y todos los días vino y unas gotas de aguardiente con el café. Nada de ensaladas, de legumbres poca cosa y de fruta sólo las manzanas tímidas que dejaba caer un arbolito acosado por los gnomos al fondo de la finca. La esposa de Evaristo, el Señor lo tenga en su gloria, era un poco bruta que dirían los de antes o natural que le decimos hoy y sostenía que su guía de vida en estos asuntos era el adagio “Mea claro, caga duro y al médico que le den por el culo”, frase que atribuía a los romanos, así en general sin entrar en precisiones innecesarias. Evaristo, la verdad, las tenía todas para morir sin salud, como los intemperantes, pero lo mató el pedrisco el día de la comunión de una sobrina nieta, como en ocasiones les ocurre a las delicadas flores de los cerezos. La primavera es caprichosa y tornadiza y sus malhumores peligrosos, cosa que seguramente ya dejaron dicho los romanos. Ahora no recuerdo si fue en Rubielos de Mora o en Mora de Rubielos, cosa que para casi todo el mundo parecerá un detalle sin importancia pero a los de allí les jode que los confundan los unos con los otros, por lo que pido disculpas. En esos pueblos a veces pasan cosas raras y a Evaristo lo descalabró estando sano como una rosa un pedrisco de mayo como pelotas de tenis cuando salía de la ermita de San Roque. Evaristo, intemperante consorte, había hecho sus necesidades esa mañana preciso como un reloj y con los colores y consistencias que recomendaban los romanos, así que nos consta que estaba en perfecto estado de revista. La salud, ese espantajo relleno de verduras, pollo a la plancha sin sal y la nostalgia de pequeños placeres, cuando adviene una desgracia no te salva, antes bien, te deja en evidencia. Mira tú, morir tan sano y comulgado, no sabe uno dónde la tiene, dicen los vecinos. Morir sano resulta siempre un poco vergonzoso, una falta de educación como eso de irse a la francesa, y el detalle de hacerlo en la gracia de Dios, en este tiempo descreído en el que moramos, le da al asunto un punto macabro. Y si acaso no fían de mi palabra y por un casual pasan por allí le preguntan ustedes a Evaristo que descansa, sano pero muerto, en una urna de colores, rodeado de una corte de enanos, en el jardín de una casita en Limodre, al pie de la carretera que sube a Laraxe.

EL BERBIRIQUÍ

Berbiquí, será manía, es una palabra que me gusta. Berbiquí se usa poco por escrito, al menos en las cosas que yo leo, y es una pena. Iba a escribir que berbiquí es una onomatopeya pero el asunto es mas complejo, va más allá. Berbiquí es una palabra sinestésica; es fina, retorcida y puntiaguda, como el chisme al que nombra. Convierte la impresión visual en sonidos, ber-bi-quí, dos en los labios, en la entrada, el tercero en el fondo de la boca, avanzado el taladro. Berbiquí es una palabra misteriosa y preciosa y perfecta para designar lo que denota. Seguramente así eran las palabras con las que Dios, al pronunciarlas, creó las cosas en los tiempos veterotestamentarios, cuando el mundo era jovencísimo y las cosas, los berbiquís, nuevos del trinque. Luego, ya sabemos, algo pasó; advino la arquitectura, la burbuja inmobiliaria de Babel y el consecuente castigo, cierres y despidos y diáspora. Berbiquí tiene una historia que no me gusta, porque la hacen venir del holandés vía el francés. Las palabras buenas, las palabras estupendas, y berbiquí lo es, vienen directamente de Dios, son anteriores a todo, anteriores a Babel. Eso es lo que yo quiero creer aunque no siempre es posible. Después de la confusión de las lenguas cada uno hizo lo que, más o menos, le dio la gana, corrompiendo el mundo con palabras feas que nombran cosas igualmente feas, porque en el fondo casi todos somos así y la cabra tira al monte. Hay, no obstante, individuos aislados que, la mayoría de las veces como idiots savants, otras, las menos, como genios incomprendidos, mejoran la obra de Dios. Isolino Mendoza, carpintero, viene a veces a casa a hacer chapuzas y me cuenta que su hijo no para quieto un instante, que es imperativo, también dice berbiriquí. El berbiriquí, si lo repites con cuidado, con la atención que estas cosas merecen, tiene una vuelta más, una espiral más en la broca, y la tercera sílaba apoya a la mitad, en el paladar, entre la boca y la garganta. Dios, que se encarnó en el hijo de un carpintero, como el de Isolino, viendo que algunas cosas buenas merecen la pena, en ocasiones toca con su gracia a gente sencilla enviándonos un mensaje. Un mensaje simple de esos que sólo vemos si queremos ver, que el misterio y la belleza existen en las cosas pequeñas, que aparentan tener poca importancia. Por ejemplo en una vueltita más en esa maravilla que es la palabra berbiriquí.

CUNQUEIRO Y LOS CANIBALES

Cuando uno espera un hijo o compra un coche todo se le va en ver mujeres embarazadas, parejas con carrito y cientos de automóviles circulando del mismo modelo y color. Los ojos son así, hipersensibles al caso propio y particular. Por eso releo a Cunqueiro hablando de las sirenas y advierto que las mete de refilón en el saco de los caníbales, asunto sobre el que deberíamos estar cavilando. En el redil de las cosas maravillosas que existen aunque no las veamos, sólo porque somos tan racionales que de antemano hemos decidido que no han de existir, junto con los extraterrestres, el paraíso comunista y la resurrección de las almas. Cita además a Pascal y sus Pensees, quien, al parecer, llama caníbales a los obsesos de la verosimilitud en una pirueta de ida y vuelta de lo imaginario a lo real que necesita explicación. “Los caníbales se ríen de un niño rey“, dice Pascal, porque son incapaces de entender la majestad como una manifestación cultural, sólo aprecian realidades evidentes.
Qué bonito advertir un triunfo sobre la realidad acudiendo a la incapacidad para acceder al nivel de lo imaginario de unos entes inexistentes, solo imaginados. Quizá no queda claro, pero rellénense los huecos con imaginación.
Cunqueiro cuenta mentiras como salen las cerezas del cesto, enlazadas unas con otras, brillantes y dulces, así que cabe dudar hasta de las citas, o especialmente de ellas. Así que me fui a los Pensees, a los epígrafes que cita: 316, 319 y 320. Y en todos los pdf que encuentro, en castellano, ¡el 316 no existe!. Pasa del 313 al 319. Eso me produjo al tiempo alegría y tristeza. ¡Qué bien miente! ¡Que pena que no sea cierto!
Si uno bucea los pensées en francés sí aparece – “Cannibales se rient d’un enfant roi.” – y le vuelve a uno el ánimo de seguir buscando sirenas.

LA MOTOSIERRA

Todo gallego tiene un deshumidificador y una motosierra y con ellos sube o baja a voluntad, sin preguntar ni dar explicaciones. Sin deshumidificador la ropa no seca y el aire en casa es espeso como en la sauna pero más fresquito. Sin motosierra, en esta esquina del mundo, el monte te come. Hablan de la Amazonía, de Minas Gerais y Manaos, del Mato Groso, de la naturaleza feraz y aquí, con nuestra motosierra, sonreímos. Al igual que hubo quien, teniendo a Cunqueiro como quien dice en las escaleras de la puerta de su casa en pose de subir, o de bajar, hizo el viaje a América para descubrir un realismo mágico de calor, sudor y violencia despreciando el húmedo, nuboso y agarimoso, amén de anterior, del gallego de Mondoñedo, hay quien desconoce que la madre naturaleza es tan hiperactiva o más aquí que allá. Aquí, donde salen pinos en la fachada de la casa grande del Apóstol pese a los rezos de los canónigos todos pidiéndole que no, la gente no anda en bolas ni se dispara flechas con curare pero se pelea por un carballo, unas aguas o los marcos de una leira. Sin la motosierra, a nada que te descuidas, acabas encerrado en casa rodeado de árboles, arbustos, silvas y los muchos bichos que con ellos vienen, arrimado al deshumidificador como los rusos a las estufas. Uno vive en las afueras, ya casi el monte, en ese punto en el que acabaron los suburbios de organizaciones de chalets todos iguales y aún no ha empezado el monte, donde terminan las calles y empieza la carretera y los motoristas huelen libertad y empiezan a darle gas a sus monturas. Ahí, a esa zona de nadie, llega el internet así así y los jabalíes campan como perico por su casa, solapándose la somera capa de la civilización y los profundos instintos de la madre naturaleza. En esa zona si no te cuidas la humedad te come los huesos y el reúma te devora las articulaciones, tal como hace con las bisagras y demás junturas, que en seis meses sin grasa se enferruxan y ya nunca más. El Gobierno Gallego, Feijoo al frente, decidió en su día regalar a cada niño recién nacido un cajón de productos útiles para su crianza; léase pañales, lociones, mantitas, biberones y así, en imitación del finlandés que lleva haciéndolo desde ni se sabe. El cajón no trae ni deshumidificador, imprescindible desde el nacimiento, ni el correlativo e igualmente indispensable vale por una motosierra para pasar a retirarla a los 16, como el carnet de ciclomotor. Con este racaneo ya auguraba yo poca eficacia al maletín como medida para elevar la tasa de natalidad. Este fin de semana, con mi motosierra, una respetuosa con el medio ambiente, humilde y eléctrica, di buena cuenta de un espino, un manzano, dos tullas enormes y una palmera. Al final ganará ella, la naturaleza, y acabaré bajo tierra abonando los árboles que acosarán a las venideras generaciones de gallegos, eso ya lo sé, pero entre tanto, resistiendo las ganas de darle fuego a todo como el héroe de Cascorro, uno se defiende como puede sobreponiéndose a flaquezas y desoyendo llamadas a la rendición, como los de Baler.

SUPERMOLONES

Cuando yo tenía unos diez años en el colegio había dos profesores supermolones. Él era alto y moderno, y daba clases de trabajos manuales, luego pretenciosamente rebautizada pretecnología, y conducía un Seat 850 Coupé con unos dados colgados del retrovisor. Ella, bajita y muy guapa, daba clases de lengua, vestía botas camperas, una chamarra de esas que son una oveja dada la vuelta y conducía un Mini verde con el techo blanco y una raya rácing ajedrezada en el capó.

Él murió en su casa solo hace unos años sentado en un sillón frente a la tele, agarrando una cerveza; tardaron unos días en encontrarlo. Era gay y nosotros en aquel momento no lo sabíamos porque aquel era un mal momento para ser gay. A ella, que aumentó mucho la fascinación que nos producía casándose con un sueco y yéndose a vivir allá al norte tan lejano, la vi ayer. Envejecida, descuidada, triste. Un poco bamboleante en el caminar. Ella, tan sonriente, tan rubia, tan de gafas de sol en invierno, tiene ahora cara de conducir un Twingo diésel y arrugas de mala hostia en las comisuras de los labios.

El tiempo pasa y nos apisona y las vidas son los ríos que se van a tomar por culo. La vidas se van a donde las rayas rácing de los capos de los coches molones. Al desguace.

 

EL SASTRE GEÓMETRA

Cunqueiro cuenta la historia de un sastre científico y geómetra que, razonando, razonando, llegó a la conclusión de que no habiendo en el cuerpo humano ninguna linea recta no había razón alguna para cortar los patrones de los trajes con regla y en ángulos. Así tomaba las medidas a la parroquia con compás y cortaba los paños atendiendo a los radios, las secantes y los arcos, todo ello, para mayor precisión, usando tres decimales de Pi. Sorprendentemente sentaban mal una vez puestos y no se ajustaban nada al cuerpo pese a sus muchos esfuerzos y los detallados cálculos con decimales.

A mi también es cosa que me deja perplejo porque mirándole el culo a una moza o la barriga a un cervecero la confección a base de curvas, el patronaje fundado en Pi, la razón del círculo, es asunto que a la vista se evidencia el camino correcto. Yo sigo pensando que a la ciencia sartoria se ha prestado poca atención por la parroquia científica y que, de haber sido el caso contrario, se podría haber descubierto una especie de razón áurea, de canon geométrico que reconociese el valor de la intuición del sastre de Cunqueiro. Es evidente que no iba a ser tarea fácil. Uno le mira el envés a una moza y ve la curva cóncava de la espalda y cómo se va deslizando y transformando en la del culo convexo y ha de reconocer que no es tarea fácil discernir dónde termina la una para empezar la otra. El raciocinio científico, planteado que le sea este dilema, yerrará cien veces de cien y cien eruditos que opinen nos darán cien distintas opiniones.

Otra cosa es la intuición, que en las cosas del corazón, y posiblemente en las del culo, es guía más fiable. Así, si uno cierra los ojos y desliza lentamente la mano por la espalda, dejando bajar las yemas de los dedos rozando apenas puede sentir Pi, el coseno, las hormonas y la madre que la parió. Se agolpan, digamos, toda una serie de emociones que la ciencia obvia y quizá, sólo quizá, son las que el sastre del que habla el de Mondoñedo andaba buscando. Esas sutilezas, pienso yo, posiblemente requieran muchos más de tres decimales y un simple compás a la luz de un candil.

Hoy se le ha dado una solución burda al problema, obviando el conocimiento, la fórmula y el decimal y optando por una aproximación practicona a base de tejidos que se estiran y ajustan solos. Al sastre, no obstante, le habría gustado ver la lycra de las bragas, el spandex de los bikinis y el látex de la parroquia prona a la escena BDSM. La solución de cómo cubrir con triángulos una superficie curva, objeto de sus preocupaciones, estudios y desvelos, la hemos aproximado, que no solucionado, con telas que se estiran. Yo estoy convencido que al sastre, como a cualquier varón sano, le habría gustado ver a las mozas en bikini en la playa y, posiblemente, a Cunqueiro contarlo.

LOS BICHOS TIENEN APELLIDO

Visité la semana pasada el Museo de Ciencias Naturales y lo primero que uno aprende es que las piedras tienen nombre y los bichos, y esto incluye a humanos y homínidos, nombre y apellido. También se advierte un enorme desprecio hacia las cosas que no tienen huesos. Las cosas sin huesos, los guisantes o los plátanos, por ejemplo, no salen en el museo que es un museo de huesos mayormente. Tienen esqueletos de todo tipo de pájaros, gatos y gacelas y peces pero no tienen pulpos, calamares o medusas. Tampoco tienen sardinas, mira tú. Yo las busqué un rato, peleándome con hordas de adolescentes haciéndose selfies poniendo caras a los que sus maestras intentaban conducir de sala en sala y aturaban con paciencia benedictina. Debían de estar hambrientos, por la hora que era y el nerviosismo que mostraban. Lo cierto es que esperé hasta que se fueron y con aplicación y calma remiré los anaqueles y expositores a la busca de la sardina que no apareció, lo cual me parece imperdonable. Para un pez que reconozco a simple vista resulta ser tan vulgar que no tiene lugar en el museo. También puede ser que, como cuando me envían al Mercadona a buscarlas en aceite, tanto producto en anaquel me confunde. Lo cierto es que los empleados de los museos tienen siempre cara de pocos amigos, como si cobrarán poco por el enorme esfuerzo que hacen o necesitarán ir al baño urgentemente y faltarán horas para el final de su turno. Si en el Mercadona uno pregunta le dicen, le llevan de la mano incluso. Aquí las sardinas, allí el atún. Son gente educada y servicial. En el museo, todos tan serios, no presta preguntar. También puede ser, por buscarles la disculpa a los museantes, que los unos están para que te lleves las cosas y los otros para que no te las lleves. Quizá con su rictus desincentivan el hurto, quizá ya alguien se llevó las sardinas y el pulpo y están moscas. Ví, eso sí, al pernis aviporus, uséase el abejero europeo, que es ave rapaz estival de áreas boscosas generalmente silenciosa, aunque emite un reclamo parecido a un fliiiu piiiu, claro y ligeramente melancólico, explican. Yo no sé muy bien cómo es un fliiiu piiiu melancólico, y menos uno que lo sea sólo ligeramente, pero para esto están los museos, para coleccionar las cosas extraordinarias de la naturaleza, siempre que tengan hueso. El abejero tiene huesos, por lo menos el europeo. Los minerales, como los llamábamos en el lejano tiempo de la infancia, sólo tiene un nombre, sin apellidos. Tienen, además, nombres ridículos. Allí vi una al lado de la otra a la Fluorita y la Apatita que, nomen, omen, tienen nombre de beatas de pueblo, de viudas camareras de la virgen y planchadoras de albas, amitos y estolas. Al lado el Olivino, cerrando el círculo conceptual, que tiene nombre de sacristán y campanero. Ir a los museos es entretenido y sólo algo más barato que ir al cine pero tiene la enorme ventaja de que se aprenden cosas la mar de educativas.

FLANEAR

Estoy en puerta de hierro sin Xandra y , debidamente pertrechado con la Fisiología del flâneur de Huart, no me queda otra que sentarme en una terraza al sol. A ese sol flojo, a ese sol anémico y tuberculoso de los marzos sin nubes que no calienta si no es tras una cristalera. La cervecería jamonería Los Granaínos IV, embutidos granaínos, pescaíto frito, raciones, comidas caseras, en las mañanas de los días fríos dobla de cafetería-desayunos y sirve cortados, tostadas y corisanes todo ello en medio de vapores de aceite refrito, como las iglesias que huelen a incienso, que es olor a muerto, también los días de bautizo. En el interior el jefe, que quizá sólo es empleado, nos cuenta que se va a un crucero del amor, una semana embarcado con salida desde Barcelona. ¿Y ustedes sabéis qué es un crucero del amor? nos pregunta retórico, retador y patricio con su mandil negro ribeteado de blanco y la jarra inoxidable de la leche en la mano izquierda. Antes de que nadie pueda contestar se gira y retorciendo una perilla de la máquina cafetera la hace gritar escaldándola con vapor ardiente. Hay que reconocerle que domina los tiempos del espectáculo, de la stand up comedy.

En la terraza, estirado al sol inseguro de este inicio de primavera, revuelvo el café y a mi lado se sienta un gorrión que no me quita ojo, ora uno ora el otro en rápida sucesión. El pájaro, lustroso y minúsculo, con el plumaje de los tonos exactos de una chaqueta de tweed Harris que guardo en el armario, me mira a mi pero su interés son los churros. Grasa y azúcar son el universal culinario, pienso, y mi amigo me da la razón moviendo la cabeza, agitando las alas y cambiando el peso de una patita a la otra. Le lanzo un trocito al otro extremo de la mesa que pilla al vuelo y se lleva a quien sabe donde.

El flâneur, leo, de accidente en accidente, de empujón en empujón, va, viene, vuelve otra vez y puede acabar encontrándose o muy cerca o muy lejos de su casa, según los designios del azar. Asiento como si supiera yo del asunto, como si pudiera yo enmendarle la plana al tal Huart, y melancólicamente echo de menos un cigarrillo cuando, de pronto, a mi espalda suenan unos gritos. A la puerta del banco un tipo de unos ochenta, por lo menos, moreno, flaco, calvo en la cúspide y cano por los aladares, ha tropezado y se ha dado un batacazo de padre y muy señor mío. Sangraba por la rodilla, por el labio, por la nariz y una mano. Desde que “Baby Dinamita” Márquez se dejó tundir los lomos a los 67 años a cambio de cinco mil dólares por “Kid Panamá” Meléndrez en Asunción, Paraguay, pocos viejos sangraron tanto delante de tanta gente. Los bancarios, enfundados en trajes slim fit y corbatas de Massimo Dutti, se desvivieron los primeros dos minutos, mirando mucho que no les salpicara; las criadas filipinas, de sonrisas de plástico, todas adquiridas a plazos en un protésico dental, nunca se detienen en asuntos como este, al contrario de las sudamericanas, parte por bondad de corazón, parte por el gozo que proporcionan al alma cotilla; la farmacéutica llama al SAMUR y marcha a rebuscar en sus archivos el teléfono de la esposa del herido.

Cuando el revuelo se calma con el lesionado, en la banda, se queda, quién si no, el flâneur aprendiz, que de accidente en accidente quién sabe dónde acabará. El anciano malherido es, o fue, abogado y llevó especialmente pleitos de arrendamientos de la Ley del 64. Convenimos en que los peores eran las denegaciones de prórroga por necesidad, sin quitarle mérito alguno a las obras inconsentidas. También, mira tú, hizo las milicias en Marín, de teniente de infantería de marina, y cruzaba la ría a remo hasta Combarro a comer marisco, como Fernando Fernán Gómez en Botón de ancla, botón de ancla, tira la bota, tira la chancla. Todos unidos, unidos todos, nos salvaremos de todos modos. A Ramón, el abogado, no le cae bien Fernando Fernán Gómez, asunto en el que también coincidimos. En lo que no coincidimos es en el lugar común del marisco barato. En Galicia los castellanos siempre cuentan que han encontrado marisco barato, cosa que a los gallegos no nos ocurre, y se ve que o somos demasiado jóvenes, que puede ser, o no conocemos nuestra tierra, que también. Ramón se hinchó, a la sombra de los hórreos de Combarro, a percebes en algún momento inconcreto a mediados el siglo pasado, antes de acabar la carrera y empezar con los arrendamientos.

Cuando llegan los del SAMUR y su mujer, más o menos al mismo tiempo, “Baby Dinamita” está más calmado y orientado pero se me derrumba de nuevo al ver llorar a su mujer. La verdad es que la sangre le cubre la jeta y así de primeras uno piensa, de ésta no sale. La esposa, que saca pinta de ser de la edad pero, me aclara ella, es once años más joven, se mueve como el gorrión. Aletea, agita la cabeza, cambia el peso de pie y parece que hace, en la acera, un baile de apareamiento. ¡Ay, Papá! ¡Ay, Papá! Dice una y otra vez, mientras se abrazan y besan. El sol tuberculoso hace brillar los chalecos fluorescentes de los hombretones del SAMUR y su furgoneta medicalizada, que parece nueva del trinque, en la que desaparece el abogado. En la acera quedamos su esposa y el flâneur, su seguro servidor, ella con su baile que le lleva del bordillo de la acera a las puertas de la furgoneta, dividiendo su atención entre el cómo pasó y el cómo está. Intenta repetir para entenderlo, o quizá para sufrirlo también ella, el posible tropezón, los movimientos de la caída. La reconstrucción de los hechos buscando culpables.

El flâneur, en puerta de hierro sin Xandra, se está marchando cuando de pronto la esposa, en la enésima repetición, trastabillea a su lado y poco le falta para matarse en el mismo sitio. Es mejor que no le digamos nada, le digo señalando a la furgoneta, y ella entiende y se calma.

¿Usted sabe lo que es un crucero del amor? le pregunto a la esposa. La esposa no lo sabe y le explico la razón de mi pregunta. La esposa sigue sin saber pero ha estado en un crucero, viaje que me cuenta sin quitarle ojo a la furgoneta de colores, con los colores de un Fórmula 1. Ser flâneur, aunque en ocasiones pueda parecer una sinecura, tiene su aquel. Marcho de allí sin rumbo, quizá a la busca de otro accidente pero sin muchas esperanzas, lejos de casa y echando de menos a Xandra, un cigarrillo y mi chaqueta de tweed color gorrión.

OPORTO

En Oporto, una ciudad que, dicen siempre, es dos, hay que ver algunas cosas sí o sí. Otras, las mejores, es mejor encontrarlas por causalidad, uséase perdiéndose por las calles o callejuelas mientras buscas algo que recomienda una guía.

Empezar por los Cais es lo mejor. Visitar lo muy turístico primero, aunque sea corriendo, apresurado, te asegura poder intervenir en una conversación sobre la ciudad y demostrar que has estado. Esto, conveniente siempre, es imprescindible si el viaje te lo pagan tus padres o la empresa. Estando allí, en los Cais, todo bares y restaurantes, puedes admirar Vilanova de Gaia, la otra mitad de Oporto. No tiene pérdida, es lo que está al otro lado del río que es, claro, el Douro, al que río arriba llaman Duero. Ya que estás allí puedes, si es invierno y la gente no es mucha, tomarte un gintónic en alguna terraza, al frío y la humedad, esperando que salga uno de esos rabelos que hacen la ruta de los seis puentes. Desde esa terraza vas a admirar, sí o sí, a Ponte de Dom Luiz I y pensarás nada más verlo que es de Gustav Eiffel porque parece un andamio, como todas las cosas que construía. Pero no, no es de Eiffel, aunque lo parezca mucho.

De los Cais uno puede ir, caminando cuesta arriba, hacia la Praça do Infante Dom Henrique en la que, si dispone de numerario en cantidad suficiente, debería comer o cenar en el restaurante O Comercial en el Palacio de la Bolsa. Más que nada porque el edificio es impresionante. Los ricos ahora son esquivos y huidizos pero antes, en los buenos tiempos, gastaban la pasta en ostentaciones que tenían su aquel y la bolsa siempre fue un lugar de gente con un pasar. De ahí, subiendo algo más, llega uno a la Praça da Liberdade, indistinguible de la Avenida dos Aliados. Allá arriba, en lo alto, está la Igreja da Trindade, pero uno no la ve porque la tapa la mole del Ayuntamiento. Si uno, según mira y no ve la Igreja, tuerce a la derecha llega a la estación de tren, a donde llegan y de dónde sale los comboios. La visita es imprescindible puesto que todos hablan de los azulejos del hall. Quedaría uno fatal si en una reunión social le hablaran de esos paneles en los que los portugueses han resumido la historia de su patria y tuviera que disimular su ignorancia improvisando una gracieta. Inmediatamente hay que seguir subiendo por la Rua 31 de Janeiro hasta llegar a la Praça da Batalha. Ahí empieza, un poquito bajando, la Rua Santa Catarina, antes llena de tiendas y ahora de franquicias. Si uno, por una casualidad, desconoce el grupo Inditex y sus muchas marcas puede hacer un cursillo acelerado. Como para eso uno no viaja a Oporto sino que le sirve cualquier ciudad con más de cien mil habitantes, es mejor concentrarse en tomar un café, u otro gintónic, en el Café Majestic, una de esas reliquias que les encantan a los portugueses y que es, más o menos, lo que buscamos cuando viajamos. Cosas extranjeras, sobadas pero en uso, que nos recuerden a lo nuestro. A partir de ahí uno puede ir a la derecha, pero no vale la pena, o a la derecha y ver el mercado do Bolhao, que tiene la coña de que es un mercado de verdad, para luego bajar la Rua Sá da Bandeira hasta el Café a Brasileira, donde la calle hace curva. Ahora está definitivamente cerrado, y vaya por Dios. En nada se va a encontrar de nuevo con la Avenida dos Aliados. Yo, desde ahí, haría por pasar de nuevo frente a la estación para acercarme a ver la Muralla Fernandina, que tiene unas vistas estupendas y la imprescindible Igreja de Santa Clara para aprender, de verdad, qué significa la palabra recargado. Los inyriores chinos, que tienen fama de recargados, puestos al lado de Santa Clara parecen japoneses. Al lado de la muralla pasa la plancha superior del puente Dom Luis, y al lado de esta el funicular, y un poco más allá las doscientas y pico escaleras que llevan desde el río hasta el alto. Allí mismo, en la Rua de Arnaldo Gama, está la sede del Guindalense Futebol Clube, que tiene un bar cutre, con manteles de hule, platos de duralex y futbolín. Lo que tiene también son dos o tres terrazas con la mejor vista de Porto, del río, del puente, de Vilanova, y adornadas con bombillas de colores. Es el sitio más chachi de la ciudad para una cena romántica, como las de las trattorias de las películas, Vacaciones en Roma o una de esas en las que Sofía Loren hace spaguetti. Por el puente, antes, pasaba el tren; ahora el tranvía lo comparte con los peatones y puedes, después de cenar, llegar paseando hasta Vilanova de Gaia. En Porto hay que ver, también, esta vez al otro lado de la Avenida dos Aliados, a Torre dos Clérigos, la Universidad, que está al lado y, ya que estamos, la librería Lelo que está allí mismo. Aunque lo cierto es que desde que ha puesto de moda ya no hay bibliófilos y son hordas de cinéfilos los que vagan entre los libros arrastrando los pies como zombies. Allí mismo está la Calle Galería de París, llena de sitios a los que ir a tomar copas, con la ventaja, al menos la última vez que lo miré, de que dejan fumar. Es muy conveniente ver a Casa da Música, en la plaza de Mousinho de Albuquerque, en medio de la Avenida Boavista. Si un edificio es cubista es este y vale la pena recorrerlo por dentro. Siguiendo la Avenida, a medio camino de Matosinhos, donde acaba contra la playa y el mar, está la Fundación Serralves, con unos jardines preciosos, arte por un tubo y una mansión, la del señor Serralves, de color rosa y que por el estilo podría estar en la playa de Miami. En las casas de las calles que la rodean podría uno acostumbrarse a vivir sin demasiados esfuerzos. En Matosinhos además de la playa es la zona industrial, y en ella están las discotecas de moda, si acaso alguien tuviera  ganas de bailar.