COMBARRO

Si va usted a las Rías Baixas no deje de ir a Combarro, preferiblemente a mediados de agosto. Es el momento en el que más turistas se pierden por las cuatro calles buscando los siete cruceiros y los doce o quince hórreos. Los cruceiros de Combarro, todos con ara, tienen a la Virgen de un lado y al Cristo crucificado del otro y en todos ellos la Virgen mira a la mar porque a ella se encomiendan los mareantes cuando las cosas van mal. Eso a pesar de que fue él, y todos lo saben, quien caminó sobre las aguas y de ella nada de esto se dice. Yo creo que todos sabemos quien, llegado el caso, nos va echar una mano y quien mirar a otro lado. En Combarro aparcan los hórreos en batería mirando al mar y se celebra mucho el San Roque, con misas y procesiones, que viene siendo el santo francés que libró de la peste a toda Europa y luego ya, cansado, tomó vacación haciendo el Camino de Santiago. Galicia siempre ha sido la última tierra a la que los veraneantes, paseantes y vagamundos del continente se han acercado para alejarse de todo.

……

Siga leyendo en el CHOPSUEY FANZINE ON THE ROCKS.

SANTANDER

Qué bonito es Santander, con sus playas y sus árboles y sus hombres y sus hembras y sus campos de sport y su carnet de identidad. Qué bonito es Santander con sus casas mirando a la mar y sus barquitos de colores mirando a la Calle Castelar. Santander, en verano, si hace calor es un poco agobiante, cosa que malamente se arregla con cervezas y pinchos y buscando sombras en las calles perpendiculares a la mar. Por ellas, cosas de la geometría, baja del mirador del Río de la Pila un airecillo fresco que se agradece mucho y le permite a uno, sentando en una terracita, levantar disimuladamente los brazos, no mucho, sólo lo justo, y airear los alerones. Santander es ciudad ordenada a la vista, aunque para circular por ella haya que ser taxista, y a las playas del Sardinero les han puesto número. Primera playa y segunda playa, según vas del horroroso Palacio de Festivales. La visita debería comenzar por éste; luego, por contraste, ya todo es bonito, hasta los polígonos industriales y el matadero municipal, llegado el caso. El Palacio de la Magdalena y las playas numeradas, y el parque de Mataleñas y el faro. La gente se apiña en la arena y planta sombrillas y mira a los críos con tablas de surf esperar a horcajadas en la mar las olas mansas del verano que no terminan de llegar y se les va haciendo la hora del vermú. Las mocitas, todas iguales, con shorts vaqueros y camisetas blancas, corretean chillonas en bandadas como gaviotas viejas, y no sabe uno si van alegres o enfadadas, jo, tía, qué fuerte. El casino y dos hoteles, historiados y blancos, brillan al sol y se reflejan en la mar como merengues crujientes en el escaparate de una pastelería. Por aquí el tiempo no ha pasado, o lo ha hecho lentamente, un poco a contrapelo de los santanderinos y las viudas del barrio de Salamanca y de Neguri. A lo lejos, en la entrada al real sitio de la Magdalena, suena improcedente un reggaetón en vez de la voz melosa de Julio Iglesias, que sería lo esperado. En el otro extremo el Centro Botín, con la forma de una estantería de IKEA cortada por la mitad. Lo han recubierto de unas piezas redondas de cerámica, casquetes de brillos opalinos, que de lejos producen la sensación de que aún está envuelto en ese plástico de burbujitas de los envíos frágiles, this side up. A mi me gusta ir a las catedrales y a estos sitios modernos por ver en qué creía antes la gente y en qué cree ahora. Los santanderinos, ahora, creen en la modernidad de las grandes salas vacías, los enormes ventanales con vistas a la bahía y un poco en Miró, llenando de sus esculturas medio edificio. He de afirmar que no esperaba otra cosa y pude admirar dos o tres peanas de mucho mérito, aunque no tengo la certeza de que fueran del mismo Miró. Antes creían en Emeterio y Celedonio, hermanos, mártires y santos, cuya festividad cae el treinta de agosto, y patronos de consuno y al unísono de la Ciudad y su diócesis. Con lo del reggaetón y el miró uno se marcha de Santamder con la sensación de que algo está cambiando y quizá no para mejorar.

LOS BUENOS LIBROS MALOS

Uno sabe que un libro es erótico si el autor usa las palabras bálano, palpitante, violáceo o turgente. Del mismo modo si aparecen las palabras canéfora, hetaira, aréolas o feérico eso, señores, es poesía. Dicen que a Lorca le leyeron el verso de Rubén Darío: “Que púberes canéforas te ofrenden acanto…” y exclamó: “Sólo entendí que“. Lorca igual era un poco cabrón o de poesía sabía lo justo, más lo primero, creo yo, pero doctores tiene la iglesia. Como soy un poco zote para según que cosas busco incesante e incansable reglas sencillas que me guíen en este piélago profundo que navego, aunque sin esperanza de llegar a puerto alguno. Por eso, en la costera de la poesía, siguiendo voy a una estrella que desde lejos descubro, más bella y resplandeciente que cuantas vio Palinuro: quiérese decir la canéfora, porque convendremos que donde hay humo hay fuego. La canéfora, así en general, me pone.

Siga leyendo en el CHOPSUEY FANZINE ON THE ROCKS.

EL VUELO DEL ENANO

En cierta ocasión fui testigo del vuelo de un enano, lo más parecido a un lanzamiento sin lanzador. Una amiga, decidida a celebrar el quincuagésimo cumpleaños de su esposo de tal modo que del evento quedara perpetua memoria, organizó una fiesta sorpresa. Para animarla tramó la presencia una stripper saliendo de un pastel. Llegadas las vísperas hizo las llamadas pertinentes y los precios del espectáculo la escandalizaron. Más llamadas, negociaciones para rebajar los emolumentos de las aspirantes a artista invitada, ofrecimientos de pagos en negro sin retenciones a cuenta ni IVA y aún así la cosa se salía del presupuesto. Rebajando una y otra vez sus iniciales expectativas acabó contratando a un performer enano o un enano performer, alternativas que quedan mencionadas por no herir susceptibilidad alguna, al cual convenció de que viniera desde Lugo en coche de línea, haciéndolo desistir de sus iniciales pretensiones de desplazarse en taxi, como las divas de Hollywood y las esposas de los notarios cuando va a comprar al Corte Inglés. El enano haría un espectáculo vestido de Oscar, el de la Academia. El tipo llegó tarde y como venía de casa ya muy perjudicado, bien de farlopa, bien de alcohol, se le olvidó la icónica espada en el cosntumbrista coche de línea. Pese al imperdonable olvido, que pudiera parecer descuido o desatención, a la vista estaba que se había preparado a conciencia porque llevaba todo el cuerpo, incluido el cabello, cubierto de una capa gruesa de purpurina dorada. Se notaba que era un performer de los de verdad porque a fuer de desinhibido era impúdico. No iba a haber pastel del que salir por las mismas cuestiones presupuestarias que propiciaron su contratación, así que lo metieron en una caja de cartón, detrás de la barra del local en el que el evento tendría lugar. Para calmarlo, porque todo se retrasaba y se le había ajustado el precio por horas, le fueron dando cubatas. Salía de la caja, se quejaba del calor, del poco dinero, de que, efectivamente, se le iba el dorado en churretones, le daban un cubata y vuelta al cartón. Finalmente apareció con retraso el homenajeado, como una novia en su boda, también levemente perjudicado por unas cañas con las que lo agasajaron los compañeros de trabajo. Grande sorpresa, emoción a raudales y cariño eres única. No me lo esperaba, decía, sin saber, ni él ni nadie, lo que le esperaba. Primera copa, ronda de saludos a los asistentes con las bromas típicas de la edad, esa barriguita, estás como siempre, cómo pasa el tiempo, que más da que caiga el pelo si lo otro se levanta, y llega el instante de la sorpresa. El enano, suponemos que ya más tranquilo al saber que había llegado al fin el principal espectador se había dormido en la caja como un gatito en su capazo, despertándose con el movimiento cuando entre dos camareros la alzaron hasta ponerla en la barra. Al tipo, pasa mucho al despertar a quienes padecen de flatulencia, se le escapó un pedo que resonó entre aquellas cuatro paredes de cartón como el disparo de los cañones de Navarone entre las dos islas del Egeo. Pasmo inicial de los asistentes por la llamada de atención y de inmediato se levantó de golpe la tapa de la caja apareciendo el performer enano o el enano performer, allá al gusto de cada quien, soñoliento, musculoso, bastante despintado y con una erección, cosa que también pasa mucho al dspertar, abultandole el tanga dorado. A falta de espada, que seguramente estaría ya de vuelta en Lugo entre dos asientos del coche de línea, empezó a cantar el Happy Birthday Mr. President con voz cazallosa y desafinada pero sensual, contoneándose por la barra, peludo pero sexy, con movimientos a medio camino entre la sicalipsis y la corea de Huntington. Nadie había bebido bastante aún como para asimilar aquello y la parroquia llevaba la cara de pasmo de Paco Martínez Soria en el espectáculo de la Otxoa. La banda sonora, un cassette grabado en casa, se la había proporcionado el propio artista al pincha en plantilla y nada más acabar una canción comenzó la siguiente, It’s raining men, tema apropiado y posiblemente previsto para despedidas de soltera, a cuyos acordes cambió de inmediato el baile, ahora mucho más desenfadado, rítmico y por momentos atlético. Un poco el Ballet Zoom dos Pequenitos. Empezaba el distinguido público a asimilar aquello, saliendo lentamente del pasmo generalizado, cuando, en uno de esos giros propios de la danza moderna que se hacen dando un saltito y levantando una pierna a la altura de la cintura, el enano perdió pié en el charquito de una copa derramada y salió despedido, autoimpulsado, en dirección al homenajeado, que no pudo esquivarlo. Ambos protagonistas acabaron compartiendo espera en una sala de urgencias, de donde el enano salió con un collarín y el protagonista con un brazo escayolado. Sé que se hicieron amigos allí esperando y ahora el marido de mi amiga se sabe y cuenta con gracia historias divertidas que suceden en despedidas de soltera, jubilaciones de funcionarias y esas fiestas tan de moda celebrando el fin del proceso de divorcio que le sopla su colega de la farándula. Hay historias de las que no se puede extraer con facilidad una enseñanza moral, bien porque no dan para tanto, bien porque dan para varias, contradictorias y disparatadas. Quizá ésta sea una de ellas, una de esas historias que solo sirven para guardar perpetua memoria de un cumpleaños. Al enano, del que no recuerdo el nombre, le dieron cien euros extra, por encima de la tarifa pactada, para que volviera en taxi, como las divas de Hollywood y las mujeres de los notarios.

LOS VIDAURRETA

Anselmo Vidaurreta come espárragos al desayuno con una copita de Cynar, quién sabe por qué. Anselmo, intentando una gracia que no tiene, repite el chiste de los percebes: “Los espárragos buenos son los que están al lado de los pequeños.” Y con la misma estira el cuello y deja escurrir por el gaznate el brote amarillento, casi sin masticarlo, como los pelícanos se zampan las sardinas. A Anselmo, a pesar de su berroqueña virilidad, le da mal rollo, como nos da a todos, una mujer hermosa cortando espárragos en rodajas. ¡Joder! Hay cosas que no se hacen por un mínimo de respeto, aunque hayas estudiado interna en un colegio de monjas, de esos en los que los pepinos y los espárragos se trocean sí o sí por no alterar, más aún, el ánimo de las señoritas educandas. A Vidaurreta, a quien del medio de la frente sale un mechón blanco, le llamaban Berrendo los amigos, un poco por joder, un poco por hacer pandilla, que si la amistad no sirve para eso pues para qué. Hay cosas que no se pueden hacer si no tienes pandilla y mote, como salir a navegar a vela o jugar al polo, y Berrendo, que lo tiene y bien bonito, aún pudiendo prefiere el golf. A Berrendo Vidaurreta le gustan los percebes, los espárragos y las alcachofas y no se priva, salvo los meses de veda los primeros y en Cuaresma los segundos por no pecar. Comer algo tan igual a una polla, aunque no sea carne como el término de comparación, es inherentemente pecaminoso y, si bien cabe transigir en período ordinario, es preferible omitirlos en época de abstinencia. Ser el menor en una casa de seis hermanas tiene servidumbres en cuestiones variadas, cual es esta, aunque no sería justo negar las ventajas. Ir siempre planchado, por ejemplo, o no ocuparse de hacer la cama. Las hermanas Vidaurreta son todas solteras y enteras salvo, quizás, Begoña, que se fue de casa con un novio que se presentaba como ingeniero de caminos natural y vecino de Arenas de San Pedro, provincia de Ávila y que resultó ser bígamo, viajante de comercio y de Béjar, provincia de Salamanca. De Castilla, decía la abuela Vidaurreta, que lo era por matrimonio siendo el propio Anchorena, nunca vino nada bueno. Anselmo se ejercita de mañana en el golf y comenta en el aperitivo, frente a un vasito de Cynar, que en este deporte cuanto mejor eres menos juegas, luego pide aceitunas y las empuja y acosa con un palillo hasta que cansadas, se dejan pillar. Berrendo viste camisas de cuello almidonado, calcetines planchados y, para la práctica del golf, camisetas de La Martina con enormes caballos y estrellas y escudos esmeradamente bordados que le marcan la barriguita. Cualquier intento de comer espárragos entre el miércoles de ceniza y la víspera del domingo de Resurrección es vano y de nada sirve razonar o suplicar. Posiblemente, bromea Anselmo, si por un casual apareciera yo en casa con una bula papal dejaríamos los Vidaurreta, así en bloque, de creer en el Papa. Begoña, quizá por compensar su pasado sensual, ha ocupado el lugar de la abuela y hace la tortilla de patata como ella, seca y dura, pero el marmitako le sale de miedo, que como él no hay otro. El secreto es bien sencillo; cuando ya tienes hecho el caldo y muy caliente echas el bonito troceado. Se sirve de inmediato y el pez se hace en ese ratito entre la cocina y la mesa, contando, eso sí, con el tiempo que lleva la bendición y el servicio. En el nombre del Padre. Bendícenos, Señor, y bendice los alimentos que vamos a tomar para mantenernos en tu santo servicio. Bendice también a quienes nos los han preparado, da pan a los que no lo tienen y haz que juntos lo comamos en la mesa celestial. Porque me das de comer, eskerrik asko, Señor. Amén. Antxón Gorostiaga, el hijo del notario, hizo un día la broma de que receta de la abuela Vidaurreta, de soltera Anchorena, no falla porque el toque final se lo da el mismo Dios. Antxón nunca más pudo entrar en la casa de los Vidaurreta ni volvió a catar ese marmitako hecho con cariño y devoción, y sólo se ve con Berrendo en el golf o en los bares, donde entre chistes malos, ya se ve, torean aceitunas mientras pierden el tiempo ganando kilos. El asunto no fue a mas porque los Gorostiaga y los Anchorena se conocen de siempre y aun algo se tocan de parientes aunque la memoria exacta se ha perdido, quizá algún casamiento hace doscientos años o así, y esas cosas marcan. A Itziar Vidaurreta, la pequeña de las seis, sólo diez meses mayor que Anselmo, y a Antxon Gorostiaga el chiste del marmitako les estropeó la vida, cosa que sólo saben ellos y Anselmo. Itziar miraba mucho a Antxon y éste se pavoneaba con chistes malos, entre nervioso e indeciso porque el cortejo, siempre una exhibición de habilidades, en según que sitios tiene más de equilibrismo que de malabarismo. Uséase, que un fallo da con tus huesos en el suelo y te deja descalabrado para siempre, cosa que le ocurrió a Antxón donde menos lo esperaba, cuando mas relajado estaba, frente a un plato de comida. Comer bien le da a uno una sensación de plenitud, de arrobamiento y triunfo, de invulnerabilidad incluso, que puede llevarle a bajar la guardia y meter la pata. Diez Vidaurreta con servilletas blancas y almidonadas colgando del cuello, con las dobleces de la plancha marcando cruces, son un jurado inapelable y a él se le quedaron mirando sin decir palabra y supo que su vida se había acabado. Mientras me lo contaban iba yo pensando que debe dar más miedo eso que una partida del Ku Klux Klan, pero no lo dije por no echar a perder esos sábados de marmitako a los que, de cuando en cuando, estoy invitado. Si en vez del txacolí que hacen su finca en Zalla pusieran vino para beber esas comidas serían perfectas, porque, quitando esas sus cosas, son gente educada y agradable. Ahora, en ocasiones, se encuentran en la calle, Itziar y Antxon, y se saludan y a veces, si está presente Anselmo, se toman unos chiquitos y unas tapas, pero la complicidad de los silencios y las miradas se ha perdido, más que nada porque, pese a algunas tímidas sonrisas de Itziar, Antxón se envara, se pone extremadamente caballeroso y premioso y la conversación no fluye. Suena a veces en los bares la tele encendida y habla alguien de acercamiento, reinserción y perdón y piensa uno, mientras escucha las gracietas prestadas de Berrendo intentando que el amor, o eso que quizá se le parece, triunfe de una vez, en qué rara es esta gente que para unas cosas si y para otras no, y que debería ser al revés.

MINGOS PEDREIRA

De Mingos Pedreira, “Pedrito”, supe por primera vez por la borrachera de un diputado del PSOE. A la amanecida se fue de la lengua y me confesó con el orgullo del pícaro que su renombre escribiendo exposiciones de motivos, esos preámbulos largos, cursis e inútiles con los que de ordinario se adornan las leyes, era en realidad un carisma prestado. Yo no sabía que se pudiera tener renombre escribiendo exposiciones de motivos pero, al parecer, eso le aseguraba estar en las listas, elección tras elección, en un puesto seguro. Yo, antes más y ahora un poco menos, era un inocente y no me coscaba de cómo va el mundo. Ese trapicheo, puesto en claro, viene a significar que “Pedrito” es negro, pero un negro como Maquet el de Dumas y no como Kunta Kinte el de Raíces.

[…]

 

Lea el resto en el ÇHØPSUËY FANZINË ON THE RØCKS

EL POSO DE LA VIRTUD

La salud está hecha, dicen, mitad y mitad de renuncias y obligaciones. De verduras y ejercicios y copas no trasegadas y cigarrillos sin fumar. La salud es, al parecer, el poso de la penitencia o la virtud, eso ya según el carácter de cada uno, si tira más a neurótico y dado a la restricción o tiende a desatado y prono al arrepentimiento. Los incontinentes impenitentes, los que no sabemos ponerle puertas al campo de los deseos y vemos como las cabras el monte cubierto de orégano, moriremos pronto y a nuestro entierro, nuestros entierros, que no estoy solo, no irán los temperantes porque ese nuestro fatal destino lo tendremos merecido. La salud, como la felicidad, no tiene plumas ni pelos, pero tampoco mucha gracia, la verdad, y llegado el caso vale para bien poco. Evaristo Martínez, vecino de Santa Baia de Limodre, en la carretera a Laraxe, tenía una casita con el jardín repleto de enanos de cerámica pintados de colorines, tantos que ni se andaba bien. Esto de los enanos era cosa de su mujer, que hacia colección y de comer tocino de puerco y pasteles y guisotes y los sábados callos y todos los días vino y unas gotas de aguardiente con el café. Nada de ensaladas, de legumbres poca cosa y de fruta sólo las manzanas tímidas que dejaba caer un arbolito acosado por los gnomos al fondo de la finca. La esposa de Evaristo, el Señor lo tenga en su gloria, era un poco bruta que dirían los de antes o natural que le decimos hoy y sostenía que su guía de vida en estos asuntos era el adagio “Mea claro, caga duro y al médico que le den por el culo”, frase que atribuía a los romanos, así en general sin entrar en precisiones innecesarias. Evaristo, la verdad, las tenía todas para morir sin salud, como los intemperantes, pero lo mató el pedrisco el día de la comunión de una sobrina nieta, como en ocasiones les ocurre a las delicadas flores de los cerezos. La primavera es caprichosa y tornadiza y sus malhumores peligrosos, cosa que seguramente ya dejaron dicho los romanos. Ahora no recuerdo si fue en Rubielos de Mora o en Mora de Rubielos, cosa que para casi todo el mundo parecerá un detalle sin importancia pero a los de allí les jode que los confundan los unos con los otros, por lo que pido disculpas. En esos pueblos a veces pasan cosas raras y a Evaristo lo descalabró estando sano como una rosa un pedrisco de mayo como pelotas de tenis cuando salía de la ermita de San Roque. Evaristo, intemperante consorte, había hecho sus necesidades esa mañana preciso como un reloj y con los colores y consistencias que recomendaban los romanos, así que nos consta que estaba en perfecto estado de revista. La salud, ese espantajo relleno de verduras, pollo a la plancha sin sal y la nostalgia de pequeños placeres, cuando adviene una desgracia no te salva, antes bien, te deja en evidencia. Mira tú, morir tan sano y comulgado, no sabe uno dónde la tiene, dicen los vecinos. Morir sano resulta siempre un poco vergonzoso, una falta de educación como eso de irse a la francesa, y el detalle de hacerlo en la gracia de Dios, en este tiempo descreído en el que moramos, le da al asunto un punto macabro. Y si acaso no fían de mi palabra y por un casual pasan por allí le preguntan ustedes a Evaristo que descansa, sano pero muerto, en una urna de colores, rodeado de una corte de enanos, en el jardín de una casita en Limodre, al pie de la carretera que sube a Laraxe.

EL BERBIRIQUÍ

Berbiquí, será manía, es una palabra que me gusta. Berbiquí se usa poco por escrito, al menos en las cosas que yo leo, y es una pena. Iba a escribir que berbiquí es una onomatopeya pero el asunto es mas complejo, va más allá. Berbiquí es una palabra sinestésica; es fina, retorcida y puntiaguda, como el chisme al que nombra. Convierte la impresión visual en sonidos, ber-bi-quí, dos en los labios, en la entrada, el tercero en el fondo de la boca, avanzado el taladro. Berbiquí es una palabra misteriosa y preciosa y perfecta para designar lo que denota. Seguramente así eran las palabras con las que Dios, al pronunciarlas, creó las cosas en los tiempos veterotestamentarios, cuando el mundo era jovencísimo y las cosas, los berbiquís, nuevos del trinque. Luego, ya sabemos, algo pasó; advino la arquitectura, la burbuja inmobiliaria de Babel y el consecuente castigo, cierres y despidos y diáspora. Berbiquí tiene una historia que no me gusta, porque la hacen venir del holandés vía el francés. Las palabras buenas, las palabras estupendas, y berbiquí lo es, vienen directamente de Dios, son anteriores a todo, anteriores a Babel. Eso es lo que yo quiero creer aunque no siempre es posible. Después de la confusión de las lenguas cada uno hizo lo que, más o menos, le dio la gana, corrompiendo el mundo con palabras feas que nombran cosas igualmente feas, porque en el fondo casi todos somos así y la cabra tira al monte. Hay, no obstante, individuos aislados que, la mayoría de las veces como idiots savants, otras, las menos, como genios incomprendidos, mejoran la obra de Dios. Isolino Mendoza, carpintero, viene a veces a casa a hacer chapuzas y me cuenta que su hijo no para quieto un instante, que es imperativo, también dice berbiriquí. El berbiriquí, si lo repites con cuidado, con la atención que estas cosas merecen, tiene una vuelta más, una espiral más en la broca, y la tercera sílaba apoya a la mitad, en el paladar, entre la boca y la garganta. Dios, que se encarnó en el hijo de un carpintero, como el de Isolino, viendo que algunas cosas buenas merecen la pena, en ocasiones toca con su gracia a gente sencilla enviándonos un mensaje. Un mensaje simple de esos que sólo vemos si queremos ver, que el misterio y la belleza existen en las cosas pequeñas, que aparentan tener poca importancia. Por ejemplo en una vueltita más en esa maravilla que es la palabra berbiriquí.

CUNQUEIRO Y LOS CANIBALES

Cuando uno espera un hijo o compra un coche todo se le va en ver mujeres embarazadas, parejas con carrito y cientos de automóviles circulando del mismo modelo y color. Los ojos son así, hipersensibles al caso propio y particular. Por eso releo a Cunqueiro hablando de las sirenas y advierto que las mete de refilón en el saco de los caníbales, asunto sobre el que deberíamos estar cavilando. En el redil de las cosas maravillosas que existen aunque no las veamos, sólo porque somos tan racionales que de antemano hemos decidido que no han de existir, junto con los extraterrestres, el paraíso comunista y la resurrección de las almas. Cita además a Pascal y sus Pensees, quien, al parecer, llama caníbales a los obsesos de la verosimilitud en una pirueta de ida y vuelta de lo imaginario a lo real que necesita explicación. “Los caníbales se ríen de un niño rey“, dice Pascal, porque son incapaces de entender la majestad como una manifestación cultural, sólo aprecian realidades evidentes.
Qué bonito advertir un triunfo sobre la realidad acudiendo a la incapacidad para acceder al nivel de lo imaginario de unos entes inexistentes, solo imaginados. Quizá no queda claro, pero rellénense los huecos con imaginación.
Cunqueiro cuenta mentiras como salen las cerezas del cesto, enlazadas unas con otras, brillantes y dulces, así que cabe dudar hasta de las citas, o especialmente de ellas. Así que me fui a los Pensees, a los epígrafes que cita: 316, 319 y 320. Y en todos los pdf que encuentro, en castellano, ¡el 316 no existe!. Pasa del 313 al 319. Eso me produjo al tiempo alegría y tristeza. ¡Qué bien miente! ¡Que pena que no sea cierto!
Si uno bucea los pensées en francés sí aparece – “Cannibales se rient d’un enfant roi.” – y le vuelve a uno el ánimo de seguir buscando sirenas.

LA MOTOSIERRA

Todo gallego tiene un deshumidificador y una motosierra y con ellos sube o baja a voluntad, sin preguntar ni dar explicaciones. Sin deshumidificador la ropa no seca y el aire en casa es espeso como en la sauna pero más fresquito. Sin motosierra, en esta esquina del mundo, el monte te come. Hablan de la Amazonía, de Minas Gerais y Manaos, del Mato Groso, de la naturaleza feraz y aquí, con nuestra motosierra, sonreímos. Al igual que hubo quien, teniendo a Cunqueiro como quien dice en las escaleras de la puerta de su casa en pose de subir, o de bajar, hizo el viaje a América para descubrir un realismo mágico de calor, sudor y violencia despreciando el húmedo, nuboso y agarimoso, amén de anterior, del gallego de Mondoñedo, hay quien desconoce que la madre naturaleza es tan hiperactiva o más aquí que allá. Aquí, donde salen pinos en la fachada de la casa grande del Apóstol pese a los rezos de los canónigos todos pidiéndole que no, la gente no anda en bolas ni se dispara flechas con curare pero se pelea por un carballo, unas aguas o los marcos de una leira. Sin la motosierra, a nada que te descuidas, acabas encerrado en casa rodeado de árboles, arbustos, silvas y los muchos bichos que con ellos vienen, arrimado al deshumidificador como los rusos a las estufas. Uno vive en las afueras, ya casi el monte, en ese punto en el que acabaron los suburbios de organizaciones de chalets todos iguales y aún no ha empezado el monte, donde terminan las calles y empieza la carretera y los motoristas huelen libertad y empiezan a darle gas a sus monturas. Ahí, a esa zona de nadie, llega el internet así así y los jabalíes campan como perico por su casa, solapándose la somera capa de la civilización y los profundos instintos de la madre naturaleza. En esa zona si no te cuidas la humedad te come los huesos y el reúma te devora las articulaciones, tal como hace con las bisagras y demás junturas, que en seis meses sin grasa se enferruxan y ya nunca más. El Gobierno Gallego, Feijoo al frente, decidió en su día regalar a cada niño recién nacido un cajón de productos útiles para su crianza; léase pañales, lociones, mantitas, biberones y así, en imitación del finlandés que lleva haciéndolo desde ni se sabe. El cajón no trae ni deshumidificador, imprescindible desde el nacimiento, ni el correlativo e igualmente indispensable vale por una motosierra para pasar a retirarla a los 16, como el carnet de ciclomotor. Con este racaneo ya auguraba yo poca eficacia al maletín como medida para elevar la tasa de natalidad. Este fin de semana, con mi motosierra, una respetuosa con el medio ambiente, humilde y eléctrica, di buena cuenta de un espino, un manzano, dos tullas enormes y una palmera. Al final ganará ella, la naturaleza, y acabaré bajo tierra abonando los árboles que acosarán a las venideras generaciones de gallegos, eso ya lo sé, pero entre tanto, resistiendo las ganas de darle fuego a todo como el héroe de Cascorro, uno se defiende como puede sobreponiéndose a flaquezas y desoyendo llamadas a la rendición, como los de Baler.