EL HIATO – Doce

En el hiato retumban, fuera, lejos, fogonazos de idiocia perfectamente esperables cuyo eco resuena sordo entre estas cuatro paredes. Hay, por ejemplo, gente que increpa duramente desde sus balcones a quienes, a ojo de pájaro, salen de casa sin una razón poderosa. Gente que celosa del cumplimiento de la ley, muy conscientes de la importancia del confinamiento y que se sienten íntimamente llamados a jugar su pequeño papel ciudadano en esta tragedia. Gente que llega al insulto y la descalificación personal. Yo creo que todos ellos son imbéciles malintencionados pero me gustaría saber la que tendría hoy WFF que en su libro “El hombre que compró un automóvil” a uno de los personajes más impresentables nos lo presenta asomado a un balcón.

—¿Quién es Revilla? —indagué.

—Aquél que está asomado a la ventana.

—¿Uno que hace señas a alguien?

—No; es que de cuando en cuando escupe a los transeúntes. Es un misántropo.

Está España, a lo que se ve, llena de misántropos si aceptamos el criterio de Wenceslao, que era un tipo cordial que aborrecía a los adjetivos gruesos. Me gustaría saber si hoy, espectador asomado al balcón de su casa en Alberto Aguilera, mantendría la misantropía como causa de esas efusiones o estaría conmigo en que en ellos hierve un caldo espeso de imbecilidad en el que flotan La Vieja del Visillo y el Gerd Wiesser de La vida de los otros.

He advertido un detalle menor en estos días caseros: la lavadora pita cuando acaba. Esto, claro, ya lo sabía. El pitido de la lavadora, en un tono agudo y con una cadencia precisas, es un sonido que alerta y exige un preciso actuar, como el llanto de un bebé. En la vida diríamos normal, antes y esperemos que también después de esta fermata, el pitido de la lavadora, en un automatismo aprendido me impulsa a levantarme del mullido sofá en el que mato las horas en casa para proceder a tenderla. Hoy, que era lunes en horario de trabajo y ando desorientado, ha pitado la lavadora y me he levantado, automatismo aprendido, a añadir folios a la impresora. A medio camino he sido consciente de que la lavadora en casa y la impresora en el trabajo hacen exactamente el mismo sonido, agudo, chillón, perentorio, exigiendo atención. Este enlace sencillo y preciso, por la identidad del sonido, de la cadencia y la causa, nunca se había producido en la parte consciente de mi cerebro. Ha tenido que ocurrir un desastre de proporciones bíblicas, de ámbito mundial, para que, encerrado todo mi yo en casa, saliera a la luz este detalle encerrado en la parte más reptiliana de mi cerebro, para que se mezclaran dos respuestas distintas al mismo estímulo. De esto algo debería hablar el Profesor Skinner. Explicarme si esto –el mismo estímulo, distintos contextos, distintas respuestas– es un éxito del condicionamiento operante  o por el contrario demuestra un fracaso que echa por tierra años de investigaciones. Pensando en los pitidos, y haciendo memoria, los sonidos de alerta de la lavadora AEG y la impresora KonikaMinolta son el mismo, a menor volumen, que los de la retroexcavadora Caterpillar 428c. Ese pitido, como apasionante digresión lo menciono, viene regulado en el Real Decreto 1215/1997, de 18 de julio, BOE 188 de 7 de agosto, Anexo I, Sección 1ª-2- g): “Los equipos de trabajo que por su movilidad o por la de las cargas que desplacen puedan suponer un riesgo, en las condiciones de uso previstas, para la seguridad de los trabajadores situados en sus proximidades, deberán ir provistos de una señalización acústica de advertencia.” El horno, por su parte, también pita cuando ha terminado de hacer las lubinas, un suponer, pero su cadencia es otra y el sonido no es un pitido, sino más bien un tintineo que advirtiendo no alerta. Su campanilleo tiene una textura mucho más alegre, sin llegar, por supuesto, al desenfadado cascabeleo de un trineo navideño. No tiene tampoco la perentoria gravedad de las furiosas campanillas de la consagración eucarística, aunque anuncien ambas la proximidad de la ingestión del alimento. Las campanillas del horno son mansas, tilín, tilín, tilín. Las campanillas del horno, tilín, tilín, tilín, suenan ingenuas y si cierras los ojos puedes imaginar perfectamente a una cocinera gorda y sonrosada, vieja y sonriente, una de esas cocineras de toda la vida en casa, sacando un besugo o unas galletas de nata. El horno al contrario que las fotocopiadoras, las lavadoras y, por supuesto, las retroexcavadoras, no tiene un sonido industrial y sintético sino, tilín, tilín, tilín, un ruidito apacible, doméstico y levemente bucólico. Arriba los corazones.

EL HIATO – ONCE

Amanece nublado, amenaza lluvia y amaga tristeza. ‪Quizá, pienso, ya es hora de empezar a llamarle hostias al pan de la gestión y zumo de uva astutamente elaborado al vino de la comunicación. ‬Amanece y con estos pensamientos me levanto un domingo más.

Temo a esos domingos que incluso a De Quincey le costaba soportar, sentado en su sillón, en su casa aislada, con un litro de láudano rojo en un decantador al alcance de la mano. Lo imagino de levita cayendo en el cliché. Puedo hacer el esfuerzo de zapatillas y un batín pero se me van las imágenes al retrato del Holmes de Sherlock. Mi abuela usaba dos redomas de cristal tallado y ya muy desportilladas para guardar la lejía. Manías, sin duda. Venían las botellas amarillas del colmado, les quitaba su pequeño tapón azul y las decantaba a aquellos frascos enormes, pesadísimos para un niño. Frascos que parecían más antiguos que mi abuela, que la propia casa. El láudano rojo rubí de De Quincey lo imagino así, llenando una redoma muy usada, como la que sacaba mi abuela de una alacena grande al fondo de la cocina. Un frasco pesado y transparente, de culo gordo y boca estrecha, realza lo que le metas, ya sea veneno o poción.

Echo una mirada a retratos del mancuniano de joven y de pronto su rostro se me da un aire a Alvaro Quinn; mirada inteligente, impostadamente despistado, hedonista en sus justos términos. Ambos, creo yo, diletantes, bienhumorados y de mirada compasiva; ambos con un poso de tristeza. Alvaro tiene, además, su porrón, que no es más que una redoma con picha.
Llueve ya y no habrá paseo giratorio, no habrá salida de casa con la disculpa de la salud. Cuenta el comedor de opio que un día llamó a la puerta de su aislada casa un malayo. Un malayo auténtico y verdadero, con turbante, calzones anchos, correajes y espada. Ojalá llamase, en este domingo que se viene largo y triste, un malayo a la puerta de mi casa. El tipo no hablaba inglés y el escritor no hablaba malayo pero para no quedar de ignorante frente a la servidumbre, que miraba a ambos con sorpresa y atención, le dijo en alto y con aplomo de drogadicto las cuatro palabras que conocía de árabe, pese a ser consciente de que entre Arabia y Malasia media medio mundo. El malayo soltó a su vez una parrafada en lo que supone el autor y nosotros con él que era un perfecto malayo y ambos, el señor de la casa y el visitante hicieron gestos de respeto y reconocimiento. De Quincey le dio una piedra gorda de opio y lo acompañó a la puerta, donde se la zampó de un bocado y contento y agradecido siguió su marcha.

La hospitalidad es así: se agradecen las visitas, el visitante agradece el recibimiento pero pronto empiezan a oler, como el pescado. Ojalá llamase a la puerta un malayo y me pillase ya duchado y arreglado, vestido de traje blanco como Yáñez el Portugués, como se merecen los malayos ser recibidos. Le diría phrao, kampilong, kriss, Tremal-Naik. Y quizá Kammamuri. Que son las palabras que de leer a Salgari recuerdo del malayo. Le ofrecería una copa de oporto, eso también, que le pega al personaje que me adjudico.

Hay que ser hospitalario, incluso con los malayos, o sobre todo con ellos. Dice la biblia que algunos, por ser hospitalarios, y sin ser conscientes de ello, acogieron en su casa a ángeles.

EL HIATO – Diez

EL HIATO – Diez

Hoy me asomé a la ventana y de inmediato me acordé del abuelo de Josep Pla que también, y quizá no casualmente, se llamaba Josep Pla. El tipo, cuenta el nieto, murió joven alcanzado por un rayo mientras, asomado a una ventana, contemplaba una tempestad. No soy capaz de imaginar la escena y quizá eso fue lo que me produjo un escalofrío que me subió por la espalda, del culo a la nuca. A un tipo que, te cuentan, está en su casa mirando por una ventana no se le supone nada. Ni una osadía extraordinaria, ni una salud otra cosa que normal, ni unos rasgos físicos más que los de un tipo ordinario. Asomarse a la ventana es una actividad que suponíamos segura y anodina, diríamos incluso que cautelosa. Imaginar a gente normal haciendo cosas normales es mucho más difícil que hacerlo con individuos extraños o insólitos haciendo cosas infrecuentes y peligrosas. Me aparté de inmediato porque la gente normal, ya se ve, no debe tentar a la suerte porque corre el riesgo de morirse sin más, sin heroicidad ni épica, de un modo que puede ser desusada pero en nada memorable. Un tipo cualquiera se muere en su casa haciendo algo tan inocente y poco aventurado, o eso nos parece, como asomarse a la ventana y, por lo que recuerdo, que puede no ser todo, su nieto literato y verborreico despacha el asunto en dos líneas. El pobre Josep Pla murió en dos líneas porque murió en su casa. Yo no quiero morirme y menos en casa, pensé.

            De ordinario en aquellas muertes en las que encontramos involucrada una ventana interviene también la gravedad, lo cual al asunto de los Pla le da un carácter infrecuente. Esto porque los que caen por una ventana no mueren en casa, sino en la calle. Mueren por salir rápido de casa, podríamos decir. Peter Greenaway, otra vez él por aquí, tiene un corto en el que cataloga y sistematiza de acuerdo con distintos y múltiples criterios todas las muertes ocurridas en un año en el condado de W por caídas desde la ventana. Mucha gente, muy variada. No todos caen, hay muchos que son arrojados o se arrojan por ventanas; y caen en la calle o sobre árboles o cobertizos aunque uno, sería invierno, cayó en la nieve. El 14 de abril de 1973, al atardecer, una costurera y un estudiante de ingeniería aeronáutica que tocaba el clavecín saltaron sobre un ciruelo. Ciruelo que estaba en la calle y el resultado fue la muerte de ambos, quizá aquejados de aun amor imposible. Folié a deux le dicen los franceses a estas cosas locas por parejas. Greenaway y Perec no son los únicos obsesivos que ha dado la humanidad del orden y la catalogación de banalidades. Jean Tixier, un francés del XVI, escribió un tal Officinae en el que entre otras muchas cosas hay listas de personajes famosos ordenados de acuerdo con la forma de su muerte. Por ahogamiento en agua, en humo, en vapor, por caída de caballo, de escalera, tragado por la tierra; aplastados por una roca, por una pared que traicionera se desploma, por la caída de un árbol; de mordedura de serpiente, picadura de avispa, devorados por leones, perros y otros animales variados; de hambre, de sed, por comer en exceso, ídem de beber; carbonizados, crucificados, estrangulados, decapitados, apuñalados, envenenados, flechados; durante la cópula, de fiebres, de peste, de gota, de disentería, por infestación de piojos; en prisión, en casa, en cama, en la letrina. Tixier menciona también casos de gente muerta de risa y alcanzada por el rayo aunque no me consta que ninguno estuviese en su casa, o asomado a otra cualquiera ventana aunque no fuese de su casa, en ese momento.

            Encerrados en casa estamos razonablemente seguros y nos sentimos por ello protegidos de animales peligrosos, de insectos y humanos envenenadores, de enemigos crueles y despiadados, así como de, crucemos los dedos, pestes y otras epidemias. Se recomienda no obstante evitar excesos con la comida, la bebida, el sexo y eludir el peligro cierto que supone acercarse a las ventanas. Y ello a pesar de lo mucho que imprudentemente nos animen a ello gobiernos y movimientos ciudadanos, ya sea por el riesgo de caída o por la traicionera chispa del rayo, que subrepticia acecha y nada respeta. De risa doy por cierto que es extremadamente improbable que en esta época de tristeza e hiato muera nadie. Arriba los corazones.

EL HIATO – Nueve

Con esto del hiato, del encierro y la parálisis de la actividad y del comercio en la noche el silencio es apabullante. Cuando los pájaros se meten en cama queda el mundo al aire del ruido que el viento tenga a bien hacer, es decir, estos días poco. Si aguza uno el oído y aguanta la respiración se pueden sentir, más que oír las pisadas de los grillos tempraneros, de las luciérnagas que ahora van de luto y las pasadas rasas de los murciélagos. Estos, dueños del aire de las noches, vuelan sin aletear, o al menos no hacen tal ruido. No hacen ninguno. Pasan planeando y cambiando de dirección como las golondrinas, como aviones de entrenamiento, pequeños, ágiles, ligeros. A veces, creo yo, pasa algún ángel. Los ángeles, contra lo que se lleva diciendo de siempre, tienen seis alas, al menos los serafines. Los serafines forman el primer coro de espíritus celestiales. Ellos, en unión de los querubines y los tronos, forman la primera jerarquía, lo cual quiere decir que son los únicos que ven directamente a Dios. Los demás nos conformamos con metáforas y cosas así. Con las pinturas de Fray Angélico, del Greco y otros visionarios. Los Serafines los pinta todo el mundo con dos alas y calmados, seráficos y miríficos, pero eso está mal. Los Serafines tienen seis alas y esto lo dice Isaias 6-2. Con dos alas cubren el rostro, con otras dos cubren sus pies y con las otras dos vuelan. Esta verdad se silencia y no encuentro así de primeras razón que lo justifique. Podría ser porque las arañas tienen seis patas y, en general, dan mucho asco. Pero si bien pensamos es quedarse en la superficie, porque los ángeles, lo dice Isaías, tienen pies así que contarían con ocho extremidades, como los pulpos. Soy aquí prudente y dado que el profeta no lo menciona no doy por hecho que tengan manos o brazos. Echando mano de otras fuentes podría entenderse que sí. Cunqueiro cuenta la historia de una monja bávara, de la que no da nombre, que repartía caridad a los pobres a la puerta de su convento y que, ya mayor y cansada, era auxiliada por su ángel guardián. El ángel, según Cunqueiro, que no aclara lo del número de alas, le ayudaba entregando a los menesterosos que hacían cola sin respetar el distanciamiento social sopa caliente, pan (que supongo negro y duro), vino, mantas y ropas que aliviaran su sufrimiento. Eso, creo yo, presupone tener manos. El ángel de la monja bávara, que isisto no sabemos si era un serafín de esos que ven a Dios, o un ángel menor, de segunda o tercera categoría, a lo único que se negaba en redondo era a entregar dinero a los pobres. Esto, si no lo sabes, choca. Los ángeles no tocan el dinero porque aún andan por el mundo, de mano en mano, las treinta monedas de Judas y corren el riesgo de cogerlas inadvertidamente. Las treinta monedas y todos los intereses desde entonces, que son una burrada porque dónde va eso. A los ángeles no es que el dinero les repugne en sí mismo, sino que lo mismo dan con el que no es, que quién sabe. Es precaución. Los ángeles son también los encargados de dar los mensajes de Dios. A veces jodidos. Cuenta Voltaire en su Diccionario Filosófico que los sirios, de los que habla constantemente, -es un pesao-, creían que el Hombre y la Mujer fueron creados en el cuarto cielo y comían ambrosía. Un día les dio por comer galletas y, si los residuos de la ambrosía los exhalaban por los poros de la piel, la galleta hubieron de cagarla. El Hombre y la Mujer preguntaron a un ángel que pasaba por allí que por favor, disculpe, que dónde están los baños y el ángel, oliéndose la tostada, les indicó un planeta azul y lejano, la Tierra. Aquel, dijo, es el retrete del Universo, corred. Desde entonces la Tierra, nuestro mundo, es así.

EL HIATO – Ocho

Mantengo la autoimpuesta costumbre de salir a dar vueltas intentando ejercitarme un poco por el perímetro del que ahora es todo nuestro mundo. Hoy el día es frío y desapacible, ventoso; no llama al ejercicio y aún así consumí parte de la mañana girando a paso vivo. A lo lejos ladran unos perros y pienso que, en realidad, como hacen ellos, vigilo el perímetro en el que nos encerramos atento a las amenazas que en nuestro caso son invisibles. Los perros ladran pero yo ni eso, quizá porque no hay a quién ni a qué, quizá porque en el fondo un miedo que no me reconozco paraliza. Se me metió una china en un zapato, una de esas que molesta sin llegar a causar dolor, de las que con el movimiento aparece y desaparece. Una de esas que se mueve y durante los treinta o cuarenta pasos siguientes causa molestia pero de pronto falta y su ausencia te deja sin el feedback del apoyo del pie derecho. Luego, un poco más allá, antes de que de verdad la empieces a echar de menos, reaparece en otro punto de la planta, o entre dos dedos, para recordarte que sigue ahí, que no se va a ir. Pienso en que mi abuela, en las circunstancias de dolor, pena o molestias inútiles, ante el sufrimiento sin sentido, secreta y silenciosamente se lo ofrecía a Dios. No sé muy bien qué podría querer decir eso, ofrecerle un sufrimiento a Dios, dudo incluso de que tenga algún sentido y de entrada sólo me trae a le memoria el chiste. Los vecinos de una parroquia se ofrecieron a ir de romería al Corpiño si salían con bien de una epidemia, quizá el justaflú del 18. Irían andando y, como añadido dolor innecesario ofrecido a Dios o a la Virgen llevarían un garbanzo en la zueca. Salidos con bien del andacio el día de la partida se juntaron todos a la puerta de la iglesia y comenzaron el camino, rezando. Desde el inicio todos advirtieron que la familia de los Guillín iban como muy sueltos, animados y con paso vivo, y al cabo de unas horas alguien les preguntó si estaban cumpliendo con la promesa, si llevaban los garbanzos en sus zuecas. Los Gullín contestaron que sí, que por supuesto, pero cocidos; el ofrecimiento a Dios no especificaba que tenían que ser crudos. Camino y pienso que, encerrados, sin nada a qué ladrar, sin un mal sufrimiento que soportar, no tenemos ni idea de la magnitud de la tragedia. Todos los días intento dar ocho mil pasos, los que recomienda la OMS, y me aburro antes. A muerto por paso me aburro antes, pienso. A muerto por paso es una hora caminando y yo me aburro antes. A mi me faltan las imágenes de todo ese dolor que nos ocultan y que, dicen algunos, no sirven para nada. A mi me faltan las imágenes que me quiten el miedo que paraliza y se va dejando heridas sin cara que no se ven; me faltan imágenes e historias que me traigan el dolor de todas las vidas, el de toda esa gente que se ha muerto, que se le han muerto. Porque sin caras e historias ese dolor enorme que todos estamos sintiendo y callamos no tiene sentido alguno. Nos quitan los garbanzos y nos dan humus y nada tiene sentido. Cuando me entran ganas de llorar dejo de contar pasos y me meto en casa. Ellas hablan y hacen ruido y me distraigo; y con ellas delante es más fácil hacerse el fuerte. Arriba los corazones, también hoy.

EL HIATO – Siete

Me chiva quien de esto sabe que la novia de Froilán, ese mismo, que no hay otro, se saltó la cuarentena para irse a casa de una amiga a celebrar un cumpleaños. La moza, ejerciendo de su edad, se entretuvo en emitir el video del asunto en directo por alguna de esas plataformas –lo que viene siendo hacer un estrimin con el esmárfono– para solaz de  amigos y conocidos. Lo mollar es que Victoria Federica, esa misma, suponemos que desde su casa, llamó a su cuñada wannabe “borderline” en el chat en directo. Esto no es más que una anécdota pero creo yo que lo de llamarse Victoria Federica tiene mucho que ver. Es sabido que el nombre, si  no nos condiciona la vida con tanta contundencia como lo hace el signo del zodíaco o haber nacido en el año de la rata, sí que manifiesta de modo evidente las expectativas de los papás. Y los papás condicionan. Yo creo que si te llamas Victoria Federica, quieraslo o no, acabas siendo una persona de orden. Victoria Federica es un nombre que impone y, si lo repite uno cerrando los ojos, se imagina uno a una seria y seca princesa austrohúngara, con uno de esos moños que encima llevan otro moño o, en el mejor de los casos, a la abuela de Dowton Abbey. Llamándose Victoria Federica la niña, la muchacha, ha de salir protocolaria y diplomática, aunque hasta cierto punto, porque todos tenemos un límite a partir del cual te dejas ir y te sale un pronto. Creo que fue Zita, emperatriz, quien en una entrevista al ser preguntada sobre las enormes ventajas de hablar diez idiomas contestó que eso conlleva la responsabilidad de saber callarte en diez idiomas. Asunto que, ya vemos en este caso, es cuestión compleja. Victoria Federica supo callarse la indignación en castellano y posiblemente también en francés pero no en inglés. Se le escapó porque el nombre que lleva conlleva ciertas obligaciones y en ocasiones, por supuesto, el derecho a ciertos exabruptos que, si bien colocados, no quitan sino añaden. Redondean.

El nombre, sostengo, es relevante y hay quienes, algunos, se empeñan en marcar a sus hijos con nombres que pesan como losas, que son poco menos que un tatuaje en la cara que de nacimiento te define como de la Salvatrucha o la Dieciocho. Sin caer los extremos de Cojonciano Alba, que además llevaba ese nombre por una apuesta, Pito Tiñoso o Tesifonte Ovejero, sí es cierto que hay gente con nombres tan pesados que su vida es un esfuerzo por rellenarlo. Llamarse, por ejemplo, Porfirio Rubirosa o Tello Zurro o Ada Colau o Espartaco Santoni, es un peso que los padres, inconscientes o malvados, echaron a cuestas de los pobres críos. Me recuerdan, esos pobres desdichados, al caballero Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, quien de puro exceso de nombre existía buscando una razón de hacerlo Creyó encontrarla en Sofronia, pero no. Y dejó de hacerlo. En todos los que tienen un nombre excesivo veo yo un ansia especial por rellenar la cáscara vacía que somos, un relleno que, como el de los cojines, da un poco igual porque los demás verán siempre sólo la funda, como sólo veían el yelmo los compañeros de Agilulfo. Espartaco Santoni es un poco nombre de cantamañanas, Porfirio Rubirosa de pijo canijo jugador de polo y Tello Zurro de hombre triste, Y así los recordamos, pese a sus logros o hazañas. Si hago un esfuerzo y evoco la voz de Tello en el telediario siento que el mundo a mi alrededor se vuelve blanco y negro, y además llueve.

En estas iba cavilando cuando volví a pasar por los membrillos y recordé que dije yo el otro día que “Lo imagina uno jugoso, tierno y leve, con la blandura de un pecho, y en realidad es sólido y pesado”. Le he dado vueltas al asunto y merodeando por internet he llegado al convencimiento de que hay un algo cultural, y aún diría más, sensorial, en el asunto del membrillo que me distancia de los griegos y de los filólogos traductores que los traen a los que no entendemos ni papa. Con la inestimable ayuda de Google he descubierto que en la poesía galante, la erótica y la directamente guarra de los griegos clásicos a las tetas las llaman membrillos – μηλα κυδώνια-. Y que al castellano esos membrillos se traducen de ordinario, más veces de las que quisiéramos, como manzanas. No sé yo. Membrillos, a la vista, vale; manzanas, me cae muy lejos.

Pasados los membrillos llego al manzano que está al lado del pozo. El manzano está viejo y cansado. Da en grandes cantidades unos frutos pequeños y tristes, ácidos; ni los gusanos los muerden. El manzano, este manzano, tiene una tendencia a abalanzarse contra el cierre, una querencia al sol del sur, un dejarse caer al sol. No es, quiero aclararlo, a costa de despreciar la verticalidad, que en todo tiempo mantiene, como una princesa húngara. Ese movimiento leve pero contínuo de sus ramas mayores lleva a pensar que huye de algo al incomprensiblemente lento ritmo vegetal, ese ajetreo imperceptible al humano, que pasa una y otra vez ante él dando vueltas inútiles. Los árboles tienen deseos más simples que nosotros, pero nos exceden en empeño y perseverancia. Bajo el manzano crecen desde hace unos años, también obstinadamente, ajetes. La razón de ello se me escapa. Nadie, que yo sepa, ha plantado cebollinos, ni cerca en el tiempo ni en el más remoto pasado. Nacen en manojillos densos separados un metro o dos entre ellos. Cuando pasas la segadora queda en el ambiento un olor a revuelto que, si no sopla el aire, persiste durante horas. Los topos, esos bichos subterráneos de pelo finísimo y denso y manitas lampiñas de bebé, nunca visitan esa zona, y me gusta pensar que el ajo les repite, y más por las noches, que es cuando ellos cavan. Al menos a mi me pasa. Me han dicho que seguramente es por las vibraciones del motor que sube el agua, a las que son especialmente sensibles, pero prefiero mi prosopopeya e imaginarlos torciendo su nariz larga al percibir el olor a revuelto.

A todos nos llega un instante en la vida en el que, de pronto, tomamos conciencia del nombre. Por arbitrario y previo uno no nace siendo su nombre, sino que a partir de un instante de consciencia, intenta serlo. Lo vistes como puedes, intentado llenarlo, sabiendo que cargarás con él, como los perros con su chapa, hasta el día que te mueras y aun después lo pintarán en la lápida de tu tumba.

EL HIATO – Seis

Recuerdo haber leído que a Darwin le pillaron unas notas manuscritas en los márgenes de un libro en las que valoraba pros y contras de casarse. “No poder leer por las tardes. Menos dinero para libros.” Igual esas son las cuentas que hay que echar si te casas con una prima, mayor que tú y tirando a fea, pero en mi opinión enfoca fatal la cuestión. En el matrimonio, quieras o no, acabas viviendo la mitad de la vida por persona interpuesta, y puesto eso en perspectiva no caben cálculos en tomos encuadernados y horas en soledad. Ciorán decía algo así como que en el matrimonio “Todo está involucrado, desde la eternidad hasta el bidet”, y cito de memoria así que podría variar levemente la forma aunque espero que no la idea. El rumano, que era tan pesimista que leerlo cura la depresión por la simple razón de que no es en absoluto empático, de esa verdad extrae el rechazo al matrimonio. Si en ciertas cosas era maravillosamente intuitivo todas sus conclusiones han de ponerse en remojo porque todo aboca al suicidio. El matrimonio, la primavera, las flores, el futuro, los armarios y todo lo que hay dentro. Connolly, un tipo gordito y dado a los placeres, enfoca mejor la cuestión. Llama al matrimonio duologio, palabro que, otra vez más, la RAE olvida, omite y desprecia. Duology es un conjunto de dos obras, libros mayormente, que pueden ser vistas como una sola obra o, individualmente consideradas, como dos distintas. Machiño, ahí lo clava. Y el castellano, tristemente, adolece de la palabra. Dos vidas que individualmente tienen sentido y juntas también: con distintas luces, con otras sombras, con diferentes matices. Nietzsche, que era otro cenizo y murió loco, sin haber llegado a casarse nunca habla del matrimonio y lo clava: “…en el momento de internarnos en el matrimonio, debemos hacernos esta pregunta: ¿crees poder conversar con tu mujer hasta que seas viejo? Todo lo demás del matrimonio es transitorio, pues la mayor parte de la vida en común está dedicada a la conversación.” Empezamos pelando la pava a uno y otro lado de una reja y para decir el sí hay que verse muriendo en ello.

Ayer fue nuestro aniversario; ya muchos años. Por ello esta mañana me permití salir del perímetro actual de nuestro mundo, de esas cuatro líneas arbitrarias dibujadas en la tierra, porque al fondo del camino floreció una mata de malas hierbas que, a falta de otro suministro, me sirvió de modesto regalo para X. Unas florecillas moradas, deslavazadas, flores de cuneta; flores que si uno fuera abejorro visitaría en último lugar. Flores tristes, me decía, del morado color de la desdicha, en consonancia con la situación exterior y disonancia con la interior. Con esas ha habido que conformarse porque eran las únicas disponibles. Y ni tan mal.

Nos falta la palabra por temerario descuido de la RAE, pero tenemos la idea. Hay que seguir hablando, más de lo que hablamos, falta de la que me culpo. Arriba los corazones.

EL HIATO – Cinco

Otro obsesivo es Peter Greenaway, sólo que este, que yo sepa, sólo hace cine. Greenaway enumera y ordena las cosas y a sus películas les pone música de Nyman que es igualmente un obsesivo; del orden, de la repetición, de la minúscula variación. Son un poco tal para cual: dos neuróticos. Para escuchar a Nyman tienes que estar de humor, ese humor especial que hace que algunos días te guste el techno de Kraftwerk. Si no estás en esas mejor te dedicas a otras cosas, limpiar el baño o algo. 

Greenaway tiene un pequeño corto titulado “H is for House”en el que se cuenta, levemente, por encima, la historia de un naturalista, un hombre de costumbres que todos los días seguía al sol alrededor de su casa, como hace un girasol. Todos los días, nada más amanecer, se sentaba a desayunar con su familia en el porche que miraba al este. A las once en punto se volvía a juntar la familia en la veranda orientada el sureste a charlar y tomar un café. La comida la hacían, siempre todos juntos, en la terraza que miraba al jardín, en la fachada sur de la casa. A las 7 en punto cenaban en el invernadero situado al oeste mirando al sol caer y tan pronto como éste se ocultaba el naturalista se metía en la cama. Cuando la tierra empezó a girar en sentido antihorario el naturalista fue incapaz de cambiar sus hábitos, de adaptarse. Así vivió el resto de su vida a la sombra de su casa y nunca más se sentó a desayunar, tomar café, comer o cenar con su familia. El naturalista, no recuerdo que Greenaway lo haya dicho pero a los efectos que interesan lo doy por supuesto, fue para siempre un tipo triste, más triste de lo que ya era, alejado de su familia y de lo que más quería.

Hay gente así, gente para quien su casa y su familia es el centro de su vida pero que la pierden por tonterías como no adaptarse a los pequeños cambios; que la tierra empiece a girar a contrasentido, por poner un ejemplo sencillo. Yo, en casa, doy vueltas a la finca porque en estos tiempos es necesario tener hábitos, y si son saludables pues mucho mejor. Giro, para que no me pase lo que al naturalista, cinco o seis vueltas en sentido horario y otras tantas en el contrario. Siempre el mismo número en cada dirección, no vaya a quedar pillado. Esto, lo de dar vueltas, es un propósito de año nuevo trasladado al hiato que en conciliábulo familiar nos hemos marcado y que por ahora he cumplido. Comer a las horas y sólo a las horas, trabajar algo, dar esas vueltas diarias al que ahora es todo nuestro mundo, cada día llamar a alguien que queremos para interesarnos por él, escribir unos párrafos, fumar únicamente en el porche. Y así. El hombre es un animal de costumbres, como el naturalista, pero es una buena costumbre ir variando de costumbres.

Yo empiezo girando en sentido antihorario, saliendo desde el porche orientado al SO (238º), en el que tomamos café a media mañana y a media tarde. Si trazásemos una línea perpendicular al porche esta sería también perpendicular al cierre. El primer tramo es atravesar el césped hasta el lindero en el que una pequeña valla nos separa del resto del mundo, de la naturaleza y la barbarie, de la enfermedad. Alcanzada la valla, por fuera de la cual corre una trocha abierta por los jabalíes, giro en dirección SE (154º) afrontando la recta de salida. Primero camino el largo de la piscina, sorprendentemente limpia a estas alturas del año. El hiato permite atender adecuadamente, buscando actividad, a cosas que normalmente uno desatiende y quedan a la buena de dios. A continuación me encuentro con el primero de los membrillos, seguido a inmediatamente del segundo, con el que junta la copa. Los membrillos son, me lo enseñó Ciryl Connolly, la fruta del amor. “El quince, coing, membrillo, marmelata, pyrus cydonia o portugalensis; emblema del amor y la felicidad para los antiguos, era la fruta dorada de las Hespérides y la manzana del amor que las doncellas griegas daban a sus novios. Era también símbolo chino de una larga vida y de la pasión.”. Ahora mismo están floreciendo, quizá un poco prematuramente. Advierto, así en general, un apresuramiento en la cosa primaveral, una urgencia, una ola que se viene arrollándolo todo. Las hojas del membrillo, aún no todas en su sitio, tienen un brillo especial. Son anodinas y hasta tristes, pero su anverso es de un tono blanquecino que las noches de luna brilla con una luz extraña, como de tenue luciérnaga, esos saltamontes con un LED en el culo. Llevan ahí toda la vida, o casi toda, y recuerdo perfectamente cuando se plantaron. Recuerdo, al estilo Perec, que cavé yo los hoyos con una de esas palas planas de jardinero que aquí llamamos palote, acepción que la RAE desprecia y omite como tantas otras cosas. Esas hojas fascinan a X. y le encanta sentarse en el porche en la noche a contemplar ese brillo extraño. Las flores del membrillo, pequeñas y humildes, en modo alguno presagian el fruto, enorme, dorado, compacto, pesado. Su carne tiene una consistencia inesperada, un poco como el jabalí, que en foto parece un cerdo pero de cerca produce la impresión de estar hecho de madera maciza. El membrillo, peludo, cerúleo, y de un amarillo maravilloso produce esa misma sensación. Lo imagina uno jugoso, tierno y leve, con la blandura de un pecho, y en realidad es sólido y pesado. El membrillo es la fruta que elegiría un niño para comérsela para inmediatamente llevarse un chasco.

Si levanto la vista de la pantalla, por donde el mundo durante el hiato entra en casa, ese sitio en donde toda desgracia tiene acomodo, y miro por la ventana, veo los membrillos. Estos días que salen soleados no hay cristiano que los distinga de los buenos de septiembre. Son días quedos, de tardes sin viento ni zozobra, en los que el cuerpo pide beberse despacio un oporto y la vista pasmarse en esos eucaliptos lejanos que a la mínima tiemblan. Son pequeños regalos que a los gallegos, que le tenemos nombre a todas las modalidades de la humedad, nos pillan siempre por sorpresa sin haberlos bautizado. Yo, mirando a los membrillos sé perfectamente si es mayo o septiembre porque ahora están cubiertos de unas flores blancas y pequeñas, humildes, con sólo cuatro o cinco pétalos y sé que en unas horas brillarán con la luna como si tuvieran un algo fosforescente. En septiembre colgarán los frutos de las ramas, venciéndolas, puntuando de amarillo el fin del verano. Fabulo ahora planes para septiembre, ese tiempo tan lejano, pensando en pelarlos y cocerlos con apenas agua, como los mejillones, con otro tanto peso de azúcar para hacer el dulce. Saldrá como siempre un dulce sólido, carnoso, oscuro, exactamente del color que tomarán las hojas del árbol un par de semanas después, justo antes de caer sin ruido.

EL HIATO – Cuatro

He leído con retraso imperdonable a Procuro en su blog. Habló antes que yo de Perec. Esa coincidencia no puede ser casualidad, tiene que significar algo: que ambos somos de un signo de fuego, del mismo año chino del dragón o que tenemos el mismo modelo de router wifi y los chakras se nos han alineado por influjo de las ondas magnéticas. A las cosas hay que buscarles sentido porque de otro modo se te atrofian los miolos. Hay quien acepta el mundo tal y como parece ser, absurdo, caótico y sin sentido y hay quien, por el contrario le busca sentido. El sentido es músculo y la aceptación del azar, el encomendarse a la divina providencia, sólo grasa que pesa, entorpece y abotarga. Así que algo habrá en ese caer casi al unísono en el recuerdo del francés, ese hombre grande de barba desgarbada y sonrisa adolescente.

Perec ponía mucha atención en los detalles y la exhaustividad, pero no como un naturalista decimonónico, no como Blasco Ibáñez, que lo dejabas suelto y te largaba doce páginas sobre cómo el sol se filtra entre las hojas de los plátanos que bordean el camino, el trino de los pájaros a tempo con el trote del caballo y el sonido de las ruedas de la calesa y el baile de los granos de polen en el aire leve de una tarde de verano. Estoy seguro de que los alemanes, más prácticos, tienen para esas doce páginas una palabra con sólo dos vocales y casi todas las consonantes. Perec trabajó durante años como bibliotecario en un centro de investigación médica y, aunque seguramente ya nació obsesivo y minucioso y posiblemente algo neurótico, con certeza esa manía de describir, clasificar, catalogar casi linneana le viene de poner orden en los papeles de los médicos. Perec describe, identifica, cuenta y ordena, en su escritorio y en sus textos, las grapas, las gomas de borrar, los lapiceros y los clips. Ordena la vida rebuscando en las casas, en las habitaciones de las casas, en los cajones de los escritorios y en las cajas que hay en los cajones. A eso le llama La Vida: Instrucciones de Uso y se queda más ancho que un ocho porque si no sabe intuye que tiene razón.

Otro que se recrea en los silencios, los detalles, las minucias, el movimiento levísimo de las cosas y el tiempo detenido es Nicholson Baker. Su primer libro transcurre en el tiempo de un viaje en ascensor. NB podría hablar durante horas, si necesario fuera, de la temperatura de una habitación, la de un biberón, el sonido de una cerilla al encenderse o el encaje de unas bragas. NB sufre, ay, de la misma bibliotecomanía de Perec. NB lidera una cruzada en la que, pienso yo, además de ser paladín es el único miembro activo cuyo fin es preservar los millones de libros que las bibliotecas americanas destruyen cada año a favor del microfilm. NB no cree en los píxeles parpadeantes en las pantallas de los pecés sino en los dibujillos de tinta en la pasta de árbol astutamente elaborada que forma los libros. Libros ordenados por materias, temas, autores en largos estantes. En Perec y MB a las cosas no hay que ponerles mucha poesía, la tienen si las identificas y ordenas, si te detienes a mirar, escuchar, oler. 

Creo que estos días de encierro, por buscarle sentido a algo que seguramente no lo tiene, nos han hecho, no están haciendo, más sensibles a las minucias, a las costumbres de los caracoles, al ruido de las cerillas al prenderse, al color exacto de las gomas de borrar, a la importancia de una flor o el número de folios que quedan en el montón vecino a la impresora. Yo hace unos días que he advertido que una de las minucias de este hiato es que paseo por casa con los bolsillos vacíos. Normalmente llevo en los bolsillos muchas cosas y no era plenamente consciente de ello. 

Siempre iba conmigo, ahora en el hiato ya no, un llavero de bronce con forma de elipse, esa figura geométrica con dos focos, que lleva grabado en el anverso la leyenda “OWNER” y el logo de Rolls con dos RR mayúsculas. Mide 6,5 cms su eje mayor y 3,5 cms el menor. De su anilla, que no es la original porque en algún momento se me quedó pequeña, cuelgan once llaves, tres de ellas de seguridad, de esas con muchas acanaladuras y avellanados, que abren las puertas de la casa de mi padre, de la de mi hermano y del despacho. Una de las otras destaca por tener un largo extra y restos de pintura de color morado, amarillo y naranja y que abre la puerta de mi casa por la que nunca entro. Hay otra, exactamente igual pero sin rastros de color, que abre exactamente la misma puerta. Efectivamente, como los viejos que llevan en la cartera el DNI y una fotocopia llevo en el bolsillo dos ejemplares de las llaves de casa en el mismo llavero. No tengo ni idea de por qué. Otra destaca por ser mucho menor que las demás y abre el buzón del trabajo; tiene la cabeza redonda y sólo otras dos comparten esa característica, la del portal del despacho y otra, muy vieja y con rastros de óxido a la cual llevo mirando un rato y no consigo recordar qué puerta abre ni porqué está ahí. Las demás tienen todas ellas la cabeza poligonal. De las  once llaves cinco abren puertas a la calle, cuatro abren puertas que dan a un descansillo o zaguán, una al buzón y otra ns/nc. La más vieja pero una de las que mejor se conservan, es la de la casa de mi hermano y la más moderna de la casa de mi padre, que cambiamos la cerradura no hace mucho, menos de un año. Esta, que es la menos ajada, tiene un brillo de novedad que tras su muerte me resulta un poco desagradable y es la única que abre a un sitio al que no me apetece ir, lleno aún de sus recuerdos y los míos. Todo el conjunto, salvo las excepciones mencionadas, tiene un aire desgastado, usado, con muchas rayaduras, como esas herramientas de los carpinteros que a simple vista se advierte que llevan años y años de trabajo y aún son útiles. Mirándolo, aquí sobre la mesa a mi lado, puedo evocar perfectamente el peso y el sonido de cada una de las puertas que abren esas llaves, si lo hacen a izquierda o derecha, hacia adentro o hacia fuera, la sensación y el olor de cada uno de los espacios privados a los que con ellas accedo, la luz y los colores de los portales, zaguanes y recibidores y a quienes viven o ya no viven en ellos. El llavero lo compré en 1980 en Carnaby Street y nunca he dejado de usarlo así que puedo presumir que en cuarenta años no he perdido nunca las llaves. Cuando alguien insinúa que soy descuidado u olvidadizo meto la mano en el bolsillo, el dedo índice por la anilla y acaricio el conjunto con el pulgar. Hoy, encerrado en la intimidad del hiato no me siento tan encerrado porque puedo viajar por todos esos otros espacios también íntimos simplemente mirando el manojo de llaves.

Quedo cavilando, porque descuidar el sentido y abandonarse al azar es grasa, qué dice de mí lo de llevar una llave que no sé que abre y dos de casa, de una puerta por la que nunca entro. Arriba los corazones.

EL HIATO – Tres

Estos días de pandemia muchos se han puesto a escribir Diarios de la Pandemia, Diarios de la Peste y así. Remar es un coñazo, esto es una evidencia. Remar con todos, por cojones amarrado al duro banco de una galera turquesca, ambas manos en el remo ambos ojos en la tele, además de un coñazo es una condena. No obstante me he propuesto remar, como todos, condenándome a escribir algo diariamente, a ser posible por libre, sin seguir el ritmo del grupo. Ser voluntariamente como todos y al tiempo distinto es, ya lo sé, un imposible metafísico. Me lo tomo pues como un reto gozosamente abocado al fracaso.

Me he dado cuenta de que vivo en un hiato, en un tiempo vacío a la espera de que la vida, el discurso, se reanude. Vivo en un domingo, ese día extraño y vacío desde que dejamos de cumplir el precepto que lo llenaba. Ese día en el que la mejor opción es dejar pasar el tiempo a la espera de que llegue el lunes. Los protestantes llegaron antes al vacío del domingo, quizá porque llegaron antes al ateísmo, que no es más que una variante asintomática del cristianismo. Un cristianismo leve, aceremonial. Así los domingos vacíos, si cito bien a Ciorán, llevan al aburrimiento que es malísimo: el aburrimiento de las tardes de domingo llevó a De Quincey a probar el láudano y a los muchachitos indolentes a inventarse el surrealismo. Son horas propicias para fabricar bombas. El hiato tienta al diligente a caer en la molicie del ocio, tan acertadamente denostada en las escrituras. En todo trabajo hay ganancia pero el vano hablar aboca sólo a la pobreza.

Advierto, no obstante, que es mejor que, como desiderátum, no se abandone uno al ejercicio del puro ingenio. Eso sería, admitámoslo, muy parecido a fabricar bombas si no lo mismo. Tengo a mi lado una pequeña pila de libros –Las gafas del diablo, Sobre casi nada, El sepulcro sin sosiego– y en él un ejemplar muy ajado, en papel ya marrón, como de envolver los clavos en las ferreterías, de la revista “LA NOVELA UNIVERSAL”. Este número contiene cinco novelas cortas. La primera se titula “Los dos soles de Toledo – Novela Primera escrita sin la letra A”. Le siguen “La carroza con las damas”, “La perla de Portugal”, “La Peregrina Hermitaña” y “La Serrana de Cintía”, escritas sin las correspondientes siguientes vocales, e, i, o, u. Escribir una novela, aunque sea mala, sin una determinada letra es un poco una gamberrada, una trastada infantil sin grandes consecuencias pero que denota un estado de aburrimiento y la búsqueda de emociones. Tengo también en algún sitio “El secuestro” de Perec,  otro que era prono a estos juegos y escribió en su francés natal “La disparition”, novela sin la letra E que tradujeron al castellano sin usar la letra A. Perec hacía lipogramas, listas imposibles, novelas en las que los personajes se movían como el caballo del ajedrez y cosas así. Se ve que no fue el primero y tampoco lo fue un tal Wright que escribió la novela “Gadsby” sin la letra E. 

Anterior a estos fue el autor de los dos soles, un tal Alonso Alcalá, según me informa el Cervantes Virtual, que las publicó en 1641 en Lisboa. Si a “Los dos soles de Toledo” que tienen en su web les pasas en el navegador una búsqueda de la letra A va y resulta que aparece una vez. “Y porque se divirtiese de sus tristes suspensiones e inquietudes -que muchos dijeron ser hechizos, siendo sólo un intrínseco y vehemente incendio, procedido de lo refino de un bien querer, desentendiólo de su objeto y sin ánimode recíproco tributo- le trujo don Pedro, su tío, por eminente doctor un egipcio de éstos que sin serlo con invenciones y embelecos y con título de pobres corren todo el mundo.” Hay que joderse, el mejor escribano echa un borrón. En mi edición, que siendo tan pobre y hasta cutre ni autor ni referencia al mismo contiene, este borrón, este baldón, no aparece, gracias a Dios. La frase es bastante distinta en su forma más no en su inteligencia y llegado el punto del yerro dice: “…procedido de lo refino de un bien querer, desentendiendo de su objeto, y sin logro de recíproco tributo”. Un parche, vaya, de alguien con tiempo y ganas.

Pienso que Alonso, Georges, el anónimo corrector, los ignotos traductores así como en su día el autor del Gadsby, se aislaron en un tiempo tontorrón, un poco al margen de los que corrían, en un hiato buscado de propósito en el que consumieron el tiempo porfiando contra las palabras y los sentidos para lograr su pequeña gamberrada, su venganza quizá contra todo, poniéndolo patas arriba con lipogramas. Haciendo la revolución en una cisura entre dos jirones de vida, una revolución con palabras vanas que, ya se escribió, aboca a la pobreza. Arriba los corazones.