Haggis Scotus y el Gatipedro

El gatipedro (un gato blanco con un cuerno negro) se reproduce por partenogénesis desde la noche de los tiempos, lo mismo que los biosbardos, los gozofellos y los gamusinos. Los haggis escoceses también se reproducen por partenogénesis no porque quieran sino porque no pueden follar. Viven en las montañas y para correr por las laderas tienen las patas de un lado más cortas que las otras, lo cual les proporciona una evidente ventaja. El problema surge porque las hembras tienen las patas derechas (las patas extrema derechas) más cortas y corren por las laderas en en sentido de las agujas del reloj y los machos, por contra, tienen las patas izquierdas más cortas y corretean por las laderas en sentido antihorario. Los haggis (haggis scotus) lo intentan pero se caen desequilibrados por las laderas y del calentón, y de la caída, les duelen las pelotas unos días. Los gatipedros son un poco cabrones y no se caen. Los gatipedros andan a cuatro patas y usan la lengua como una quinta para tener toda la estabilidad. Van arrastrándola y usándola para apoyarse. También puede ser que les pese el cuerno negro y brillante que llevan en el medio de la frente y se apoyen en la lengua para descansar la cabeza, como los vagos hacemos poniendo la palma bajo la barbilla. El gatipedro se cuela de noche en las casas en las que hay niños pequeños y hace ruiditos sin llegar a despertarlos y por el cuerno lanza chorritos de agua. Con todo esto se les cuela en los sueños y los niños se hacen pis en cama. La única solución es poner sal en el suelo al lado de las ventanas y las puertas para que cuando se acerque arrastrando la lengua se la encuentre, le sepa mal y se largue. Así no vuelve nunca más, hasta la vejez. El gatipedro, en cuanto se entera, supongo yo que mirando los archivos de los urólogos, de que andas mal de la próstata vuelve a rondar todas las noches por los dormitorios. Como ya casi no hay niños el gatipedro, ese gato blanco con un cuerno negro, es más un visitador de geriátricos que de guarderías, quién lo iba a decir.

EL TONTO INERTE

El tonto inerte. Los sabios que produce la ciencia y que a su vez producen la ciencia llaman tonto inerte a aquel que ni de suyo ni de resultas de provocación ad-hoc reacciona con la materia de su entorno. Los sabios más sabios de entre todos los sabios lo comparan con la materia oscura, ese enorme porcentaje del cosmos, casi el 90%, que sabemos que está pero ni idea de para qué o dónde. Antes las metáforas venían por el lado de los gases nobles también llamados gases inertes, pero la ciencia avanza que es una barbaridad aunque los tontos permanezcan y es mejor dejarlos atrás y obviarlos, los gases, porque han descubierto que en realidad en ciertas ocasiones sí reaccionan. El tonto inerte, antes sinónimo de tonto gaseoso, hoy ya no, nace, crece, se reproduce si las circunstancias se presentan idóneas y muere sin molestar mucho. Los tontos inertes podrían ser esa mitad de tontos oculta al ojo que se encarga de mencionar Don Francisco de Quevedo: “Son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”. Cómo el poeta en el cada vez más lejano siglo de oro se las arregló para detectar esa mitad de tontos no aparentes queda el misterio. (Vid. infra tonto inactivo.)

LA RUMBA DE GARCILASO

En este nuestro blog, EyB, se abusa sobremanera del registro culto obviando y en ocasiones despreciando el popular con acusaciones de vulgar. No seré yo quien hable contra la torre de marfil en la que ocultar el alma sensible y alejarla de la vulgaridad y el ruido, del reggatón, por ejemplo. Pero de ahí al total olvido cuando no desprecio de todo lo que no sea jazz o rock anglosajón de los 70 media un mundo. Uno ha intentado remediarlo con poco éxito poniendo links a grandes temas que lo son por sus letras, sus músicas y lo que llamo armónicos culturales, léase las connotaciones, referencias y resonancias con otras artes, otras culturas y otros medios de exprsión. Todo, tristemente, ha sido en vano. Opto ahora, por ello, por una vía inversa a la utilizada por Mrs. Mary Poppins: “A Spoonful of sugar helps the medicine go down.” Es decir, en este caso revestir de áridas referencias culturales, incluso culturetas, las letras aparentemente fáciles y las melodías pegadizas de los mejores clásicos populares.

Es buen lugar para empezar el hacerlo por el único producto cultural de mérito surgido en la comunidad autónoma catalana desde que Serrat le puso música a Machado. Pareciera que obvio aquí a los Hermanos Cubero; nada más lejos de mi intención; su aparición ha sido posterior al tema de este estudio y quizá serán objeto/sujetos de otro posterior. Curiosamente, o no tanto, ese tema de mérito es una rumba y cantada en castellano por unos charnegos. Esto dice poco de la sardana, esa especie de muiñeira funeral. Yo, a veces, cuando estoy triste pongo sardanas y no se me pasa; siento incluso que se me agrava. No así con la rumba que le levanta a uno el ánimo y la paletilla.

La rumba “Tu Calorro” de los hermanos Muñoz, conocidos como Estopa, pese a su apariencia de periferia y extrarradio es un producto especialmente refinado, un destilado de lo mejor de la poesía clásica española adecuadamente actualizada a los tiempos modernos, a los tiempos que corren.

Actualizar el pasado, respetar las raíces reciclando, creciendo lo nuevo sobre lo viejo es la esencia de la cultura. A eso dedica mi convecino Fdez. Mallo su ultimo libro, “Teoría general de la basura”, a la tesis de que la basura de una generación es la cultura de la siguiente. Esto, que parece transgresor y que él cuenta muy bien, ya es viejuno y lo decía Isidore Isou, ese rumano postdadaista tan pirado y coñazo. Antes de crear, decía Isidore, Dios no era Dios. No obstante la propia creación, ese acto glorioso propio de dioses, alcanza su máximo y comienza decaer. Pero vida se encoge y retorna al cieno, se hace mierda vaya. Pero esa basura en la que toda creación se convierte más pronto que tarde es el abono desde el cual una nueva creación ha de despuntar, alcanzar su máximo y volver a decaer, en un interminable ciclo. Como el Rey León.

Expuesto lo anterior, que considero suficiente introducción erudita y coñazo como para haber despertado el interés del público al que me dirijo, podemos entrar en materia. Es por ello llegado el momento de afirmar que la rumba “Tu Calorro” es el mejor Garcilaso en el siglo XX. Garcilaso, guerrero y poeta, nos trajo de Nápoles las modernidades de la época, que ya eran viejunas cuando escribía Ovidio, y las hizo canon en las letras españolas. Garcilaso nos enseñó el locus amoenus, caracterizado por tres elementos: árboles, prado y agua. Dicen los que saben que si falta alguno de ellos el tópico no existe. Y vemos que la nuestra rumbita cumple perfectamente el canon: “Fui a la orilla del río”, “Vi que crecían amapolas”, “Los árboles tienen sueño”. El “locus amoenus”, el escenario ribereño, es el lugar propicio para el encuentro, el descubrimiento y el amor, tanto cortés como carnal. No debería ser necesario insistir y transcribir, pero en aras de la claridad, procedemos: “Y vi que estabas muy sola / Vi que te habías dormido / Vi que crecían amapolas / En lo alto de tu pecho / Tu pecho hecho en la gloria / Yo me fui pa’ ti derecho / Y así entraste en mi memoria / Tú me vestiste los ojos / Yo te quitaba la ropa”. Y es que el locus amoenus es ese sitio alejado de la ciudad, fuera de la civilización, en el que explorar pasiones eróticas y juegos sexuales, no siempre explícitos pero siempre presentes.

Quisiera recordarles que, como herencia de la literatura griega, la poesía amorosa, pastoril y bucólica abusó constantemente de la metáfora del amor como persecución y caza; el varón cazador y la hembra presa. Eso, en ocasiones, acerca la anécdota de las composiciones poéticas a la violación.  A la consumación violenta del deseo. La flecha del amor que une y mata. Aquí, no obstante, y de ahí gran parte de la modernidad del texto, el autor sin renegar de la tradición se aparta claramente de la interpretación más brutal: “Yo te quitaba la ropa / Todas las palomas que cojo / Vuelan a la pata coja”. Léase que aquí la presa, la paloma, vuela a la pata coja; y que todas lo hacen. Es decir, que “se dejan” cazar, que simulan debilidad siguiendo el juego para los meros efectos erotizantes. Se añade a ello que, si de ordinario es el varón quien abandona y la hembra la abandonada, en este caso, en una evidente inversión de roles, es el varón el abandonado. “Después me quedo dormido / Y en una cama más dura que una roca / Soñando que aún no te has ido / Soñando que aún me tocas”. Corresponde esta inversión al hecho evidente de que en el Siglo XXI el control de lo amoroso y sexual ha cambiado de orilla. Evidente la metáfora del sueño como tregua de la pasión y los sueños como aspiraciones, no quedan sin mencionar en nuestra rumbita todas las demás metáforas más tópicas de la lírica griega clásica, recibidas luego por la literatura romana y rescatadas en renacimiento, del amor/fuego, –fuego que agosta el corazón del hombre–, la del amor/locura, –la shakesperiana Romeo y Julieta–, y la que asimila la insensibilidad o el rechazo con la oscuridad/negrura.

Destaca especialmente, por popular y bien tirado, el doble sentido en el uso del término calorro –soy el calorro que te arropa– ya que sus dos significados son el de piel de oveja que sirve de abrigo y el de gitano joven y alegre. El calorro representa de un lado el cariño y el cuidado del enamorado y del otro el deseo carnal y la consumación apasionada del amante pastoril. Es imprescindible el uso de ese término, dado el origen de extrarradio de los compositores e intérpretes y del público objetivo al que va dirigida la rumba, también periférico y periurbano. Si uno presta atención es el único que, además de servirle de título, hace de espejuelo brillante que nos distrae del evidente clasicismo formal y de contenido de la letra. Es decir, sólo el uso de la palabra calorro chirría y nos distrae de lo que es una evidente composición renacentista. Pero háganla sonar a todo volumen y vayan resiguiendo la letra con el dedo y pregúntense luego si Garcilaso, Cervantes o Lope no la aprobarían y aún bailarían su música.

Entiendo que con todo lo anterior quedaría justificado, sirviendo este caso como un simple ejemplo, que es necesario abrirse a lo más popular prestándole la debida atención y evitando el inicial rechazo cultureta.

El bozo del membrillo

Las cosas más difíciles sobre las cuales escribir, dejando aparte a Dios, son la comida y el sexo. De Dios ya tenemos asimilado que sólo se pueden decir metáforas enloquecidas o tonterías sin fundamento pero sobre lo otro, sobre lo de comer y follar, la idea de callar no termina de calar. Así en las bibliotecas viejas los más de los metros los ocupaba la teología, y con el tiempo llegó el momento en el que los libros eran sólo vehículo de tórridas escenas de erotismo o directamente sexo. Luego el vídeo, que sabemos que mató también a la estrella de la radio, mató completa y definitivamente a la literatura erótica. De ella quedan una docena de clásicos para nostálgicos y un par de epígonos despistados como el ex ministro González-Pons; gente que sigue mentalmente en el XIX e insiste en escribir turgente, violáceo, bálano y ebúrneo. Es por ello que los inasequibles, los que insistimos en hablar de los temas inefables, aquellos de los que mejor callar, nos vemos reducidos a la comida o, los más osados y que más han vivido, a las experiencias con las drogas.

Don Alvaro Cunqueiro, obispo lego de Mondoñedo, no hablaba mucho de sexo, ni en alabanza ni en execración. Si acaso, así levemente y de pasada, podía comentar los amores de un Caballero con una Sirena. Pero al Sr Obispo de la Literatura le gustaba comer y de la comida sí hablaba. Es más, cuando Cunqueiro hablaba, estuviese donde estuviese, el mundo a su alrededor se convertía en una sobremesa; en una agradabilísima sobremesa de esas en las que saciados los apetitos se habla de cosas, casos y gentes lejanas, se evocan instantes vividos, leídos o simplemente imaginados y se recuerdan amigos perdidos y conjuntas hazañas pasadas.

El otro día, alargando una sobremesa comiendo pipas, acabamos viendo en el móvil un fragmento de entrevista a Don Alvaro en la que contaba lo mucho más sabrosa que resulta la nécora si sabe uno que su linneano nombre es portunus puberPortunus por el dios romano protector de puertas y puertos, representado siempre con una llave en la mano; y puber porque la nécora viene recubierta de un pelillo que recuerda el bozo de los mozos púberes. Efectivamente saber ese tipo de cosas inútiles pero bellas añade el misterio de lo antiguo y de lo siempre repetido al sabor marinero, portuario, de esos por otra parte anodinos cangrejos peludos de las rías. 

Añadía Cunqueiro en esa entrevista de sobremesa la historia del melocotón y del libro sobre los conocimientos inútiles del señor Russell y lo mucho más sabrosos que resultan todos los alimentos si sabe uno sus sorprendentes historias. Contaba el mindoniense con esa voz ilusionada de prosodia pausada cómo tras una batalla contra los muchos chinos el rey Janyska de la India mandó plantar los huesos que llevaban en el zurrón unos prisioneros; huesos que andando el tiempo dieron en madurar melocotones. Y cómo de la India pasaron al Oriente Medio, al pérsico, desde donde llegaron a Grecia, es decir a Europa, y que por eso acabamos llamándolos albérchigos o pejigos, del griego persikon, los pérsicos. Hay quien dice que la palabra melocotón viene del latín malum cotoneum, manzana algodonosa, pero esto más bien parece un goropismo porque cotoneum es el membrillo. Quince, coing, membrillo, la fruta del amor que las muchachitas griegas, con esas insinuantes túnicas pegadas al cuerpo, entregaban a los mozos púberes que marchaban a la guerra medio en pelotas. El melocotón sería así para los romanos algo como un híbrido de membrillo y manzana, parecido que tiene sentido porque el membrillo y el melocotón, y ya puestos también la nécora, comparten el bozo de los púberes enamorados que marchan animosos a las Termópilas, a sitiar Troya o a conquistar el mundo con Alejandro el Magno. Como el membrillo en griego es melimelón o manzana dulce eso nos deja, tras el típico ir y volver de las palabras más bellas, en que el melocotón sería la manzana-manzana-dulce.

Después, en nuestra alargada sobremesa de pipas, saqué yo a colación la historia del parentesco entre el melocotón y la almendra, frutos distintos pero prácticamente hermanos, quién lo iba a decir, y el misterio de la domesticación de almendra por otro nombre la amígdala. Dicen los de la ciencia que el Himalaya, en su imperceptible pero continua elevación, separó una población de arbustos asiáticos que evolucionaron a un lado de esos altivos montes en almendras y en el otro a melocotones. Si uno bien lo mira la almendra encerrada en su cáscara y el hueso del melocotón son idénticos y con los ojos cerrados, sólo al tacto, sería difícil distinguirlos, como mutatis mutandis sucede con los garbanzos y las avellanas. Las almendras cuando son amargas llevan algo llamado amigdalina que, llegado al estómago, produce un compuesto de cianuro que es venenoso y que en las novelas de Agatha Christie nos asegura un cadáver amoratado y un caso interesante y misterioso, por ejemplo en Matar es fácil. El almendro, un día cualquiera, un día ya olvidado, varió un solo gen y dejó de ser venenoso y empezamos con sus semillas a hacer turrón y tartas. Y hasta hoy.

Luego la mayor trajo a cuento la película Call me by your name, una historia de verano, piscina y descubrimiento del sexo, en este caso homosexual, por parte de un púber con bermudas, bicicleta y bozo de nécora, en la cual el melocotón y los albaricoques tienen una evidente función simbólica. El protagonista, excitado sexualmente por un discípulo de su padre, fantasea con un melocotón, su parecido con un culo y su leve vello que se hace visible brillando al sol de la Toscana. El discípulo, a su vez, obtiene la aprobación del padre-maestro al no caer en una trampa y saberse la correcta etimología del albaricoque, otra fruta deliciosa con cianuro en el hueso. El púber de está historia es tentado por mozas que le ofrecen sus membrillos pero se decanta, cada uno es como es, por los albaricoques del joven guerrero. El nombre del albaricoque, nos explica como si nada, proviene del latín pruna praecocia, ciruela precoz o temprana, que se ve que las había serótinas. Este nombre pasó luego al griego como praikókion, que en su forma tardía y bizantina, berikokkíā, pasa al árabe como al-barquq y de ahí al castellano, albaricoque, desde donde salta al francés aubercot-abricot, para hacerlo luego al inglés como apricot. Esta erudición de quien llega como discípulo en asuntos de libros y acaba siendo maestro en asuntos de emociones y experiencias sensuales-sexuales es un poco el meollito del asunto: cuánto mejor se saborea todo sabiendo que ignorando y qué bello un maestro que te guíe. Todo ello muy griego. 

Como se ve por culpa de Don Alvaro acabamos hablando de comida y sexo, de melocotones y almendras, de membrillos y manzanas, del bozo de las nécoras y el vello de las ciruelas precozmente púberes. Dejamos pasar así despacio el tiempo sintiéndonos un poco cunquerianos de absurdos conocimientos, que es un modo, creo yo, sabio y hermoso de estar en el mundo y saborearlo.

Saint Andeol-de-Eireux

JM escribe reseñas y noticias falsas con nombre supuesto en revistas de viaje y turismo. Esto, dicho así, a algunos les parecerá censurable o poco ético pero a mi me parece el summum de lo literario. A JM le dan el nombre de un hotel en la Riviera Maya, un suponer, y desde su cuarto escribe en un portátil sobre la llegada, el recibimiento, la experiencia en el resort, la playa anexa, los restaurantes de los alrededores y alguna escapada de un día a puntos de interés en las proximidades. JM se documenta para todo ello mirando en Google, Goggle Maps y con la imaginación de quien ha leído mucho. JM hace por pocas pesetas, como Salgari, lo que hacía Salgari por pocas liras; hablar de los sonidos de la selva, de la amabilidad y las sonrisas de los nativos, de los atardeceres ecuatoriales, el olor del mar y las arenas blanquísimas que al sol de mediodía hieren la vista. JM, yo que lo conozco un poco lo sé de cierto, preferiría fabular en el tono de Conrad en El Corazón de las tinieblas, darle a todo un aire algo más tenebroso, ominoso. Yo lo imagino imaginándose a sí mismo cínico y algo perverso, como el sudoroso y alcohólico Reverendo Dr. T. Lawrence Shannon de Tennesee Williams, guía turístico pufo para ingenuas e incautas maestras de mediana edad.

 

Lo cierto es que recrear realidades es más difícil que inventarlas desde cero, sin cortapisas o limitaciones. No es lo mismo sentarte y fabular sobre Laputa, isla asentada sobre un diamante que flota en el aire por la influencia de un gigantesco imán, que sobre la Casa Iguana Hotel, Avenida Cinco de Mayo No. 455, Mismaloya, Jalisco, tres estrellas, dos piscinas, vistas a la bahía, y conseguir darleal relato un toque cálido y personal. Te reciben Isaías y Belmira, los propietarios, una pareja encantadora que hace cinco años abandonaron sus respectivas carreras en las finanzas y el derecho corporativo en México DF para darle a sus vidas un nuevo rumbo. La felicidad de esa nueva vida, que se advierte en sus miradas, tiene directo reflejo en el trato cercano que dan a sus huéspedes: de amigos. Ya se advierte que la libertad absoluta en un caso trueca en prisión en el otro, lo cual, si se asume, no es tan grave. Sujetar la creatividad desbocada con el arnés del soneto siempre ha producido mejor cosecha que el verso libre.

Los viajes falsos, empezando con la Odisea y continuando con lo de Marco Polo, son un género de larga tradición. Aún diría más, lo de ir a los sitios para contarlos es una modernidad a la que nos han acostumbrado pero tan inútil y ridícula como la supuesta necesidad de ser mujer joven y negra para hacer la traducción de una poetisa joven y negra. A un buen libro de viajes no le quita nada el no haber viajado ni, por supuesto, le añade nada el haber vivido realmente las penalidades que se relatan. ¿serían mejores los libros de Kapuscinski si realmente hubiera vivido todo lo que cuenta? Mi respuesta es, por supuesto, un no rotundo. Que los ojos de polaco no hayan visto una masacre o que un enano de la corte del Negus no haya existido o, de haberlo hecho, no fuera exactamente un enano no suponen alteración alguna del texto.

En el XVII y XVIII los jóvenes europeos de buena familia hacían en Grand Tour, un viaje iniciático por los lugares supuestamente más importantes de Europa. París, Ginebra, Génova, Milán, Venecia, Florencia, Roma y Nápoles eran paradas obligatorias. Algunos libros relatando las maravillas del viaje por ejemplo el “Viaje a Italia” de Montaigne contribuyeron a poner de moda entre la nobleza lo que ya era una costumbre de intelectuales, artistas y filósofos desde el Renacimiento. Eso desencadenó una avalancha de libros llamados “Viaje a Italia”, hasta el punto de constituir un subgénero en sí mismos. Para qué ir si no te puedes chulear. Charles de Brosses, Chateaubriand, Goethe, Moratín y varios centenares de jóvenes lords ingleses escribieron a su vuelta un Viaje a Italia en el que relataban en un par de tomos las maravillas vistas y vividas y en ocasiones incluso recuento y explicación de las baratijas y antigüedades compradas en cada lugar. Esto, como ha venido a demostrar el erudito Boscoe Pertwee en su libro “Imaginary geography in Grand Tour literature”*, dio lugar a un floreciente negocio de escritores en la sombra, lo que diríamos negros, que ponían en literatura las experiencias casi únicamente alcohólicas y cortesanas de jovenzuelos abúlicos y desinteresados tergiversándolas todo lo necesario hasta hacerlas pasar por sublimes. Esto, hoy, en tiempos del turismo en masa, sin presupuesto para negro literario, lo hacemos nosotros mismos tomando selfies sonrientes en lugares insalubremente calurosos, insoportablemente fríos o desagradablemente ruidosos y masificados porque para qué ir si no te puedes chulear.

Mentir sobre la felicidad o, si me apuran, sobre la infelicidad, carece de interés; todos lo hacemos. Lo curioso, y así lo demuestra Pertwee, es que no habiendo viajado los negros a Italia y teniendo poca o ninguna ayuda de los cansados viajeros, tomaban todas sus referencias, descripciones, distancias y paisajes de otros libros anteriores o de los clásicos romanos. Y en ocasiones fantaseaban sin arnés ni remordimiento. Ello llevaba a enormes errores y tergiversaciones que, en muchas ocasiones, parecen deliberadas. Caso paradigmático que cita Pertwee es la descripción que se hace hasta en 23 distintos relatos de viaje y diarios publicados de la Villa de Saint Andeol-de-Eyrieux. Se situaría a unas veinte leguas en el camino de Lyon a Valénce y todos la describen como fuertemente amurallada y de planta octogonal, con una capilla medieval en cada vértice y una bellísima basílica casi en el centro desde cuya torre, también octogonal, se divisa todo el ameno Val de Glandage y sobre el horizonte, al oeste, se recorta un enorme farallón de roca llamado Treschenu-Creyers. Saint Andeol-de-Eyreux, tristemente, no existe. Tristemente, decimos, porque las sucesivas elaboraciones de su privilegiada situación, idílico paisaje, armoniosa arquitectura y la bonhomía de sus habitantes la convertirían en un lugar en el que hacer una parada aún hoy en día.

Boscoe Pertwee, después de un ingente trabajo de búsqueda y cotejo, propone una genealogía De la Villa inexistente y rastrea sus orígenes hasta las falsas memorias de viaje de Henry Scott, tercer duque de Buccleuch, encargadas a un tal Walter Bower, reputado escritor de sermones por encargo para clérigos de la iglesia de Escocia. Bower se sacó de la manga un mundo que, a diferencia de la Laputa de Swift, la Vetusta de Clarín o la Utopía de Moro, mil viajeros juraron haber visitado después, haber comido en sus figones y dormido en sus posadas. Hasta la llegada de Disney y sus parques de plástico nadie había conseguido que la gente viviese, de verdad, en un lugar imaginado.

JM, por ahora, escribe sobre lugares que existen y sólo les añade un brillo especial, el brillo que tuvo Saint Andeol-de-Eyreux y Boscoe Pertwee ayudó a robarle, ese brillo que sólo tienen las cosas que no se conocen, las cosas que se imaginan. Espero que un día se deje llevar por su lado oscuro y empiece a llenar las revistas de hoteles, cascadas, playas y paisajes maravillosos e inexistentes y la gente llame a sus agencias de viajes haciendo reservas en hoteles puramente literarios.

 

*University of Strathclyde Publications Services, Glasgow, 2011.

 

HESITANDO

I used to think I was indecisive, but now I’m not so sure.

-Doubtful authorship.

Las citas las carga el diablo que es un desconsiderado además de un hijoputa. No hablo de las citas románticas o las de trabajo, hablo de las otras citas, de esos pequeños argumentos de autoridad que resultan de la mención de las palabras de otros. Las citas son un poco como los refranes de la gente leída, de los que nos las damos de intelectuales. Si lo miras así es siempre mucho mejor llenar un texto de las palabras que nos llegan rebotadas de, verbigracia, un sabio griego que de refranes salidos de la boca de sabe dios qué arriero, qué sacristán, qué jugador de brisca con boina roscada. Usando y abusando de lo primero podríamos, a ver por qué no, acabar garabateando los Ensayos del Sr. de la Montaña porque si bien se mira poco puso de lo suyo más que un tono agradable y quizá demasiado optimista de erudito superficial. Si abusamos de lo segundo, por contra, acabaremos indefectiblemente en el Calendario Zaragozano o Juicio Universal meteorológico, calendario con los pronósticos del tiempo, santoral completo y ferias y mercados de España”de Don Mariano Castillo y Ocsiero, que no fue señor de nada y no escribía para estreñidos culturetas sino para los otros españoles, los Sancho Panza que fueron y son. 

Sin lanzarse a uno u otro extremo cabe el uso moderado de las palabras de otro porque es cierto y es verdad que las ideas son limitadas, las historias pocas y los modos de expresarlas, aún siendo muchos, quizá no son tantos como pensamos. Esto justifica usar palabras ajenas cuando ya vas tú viendo que no te alcanza para decirlo mejor, más condensado o con más gracia. Si caemos en los refranes, sabiduría popular, diríamos que son como copyletf, public domain, etc.; queda uno excusado de citar origen, fuente, contexto. Los refranes, como las piedras del camino, ahí están para que todos tropecemos libremente en ellas sin pagar peaje ni portazgo las veces que sea menester. Y tienen la ventaja añadida, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todas son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas.

En su día escribí mi admiración por Ennio Flaiano, un señor italiano, bajito y con bigote que estudió para ingeniero pero se ganó los ceci escribiendo guiones para el cine. Flaiano, que parece un Vazquez Montalban en elegante y con pelo, es recordado por las muchas frases ingeniosas que nos dejó; tantas que pareciera que no se comunicaba sino por medio de chascarrillos con moraleja. Una de ellas, supuestamente, sería la aguda respuesta a la pregunta sobre la situación de la política italiana: La situación es grave pero no seria.”En su día busqué dónde y cuándo dijo esa frase, a preguntas de quién, aludiendo a qué situación y no conseguí averiguar nada.  Lo cierto es que todos los que hablan de Flaiano la mencionan y la repiten como summum de su estilo cínico y desencantado y, claro, yo lo mismo hice. El caso es que unos meses después revisité, como dicen los cursis, la película One, Two, Three de Billy Wilder, esa en la que la hija del presidente de la Coca-Cola se enamora de un comunista en el Berlín anterior a la construcción del muro. En ella se pronuncia exactamente esa misma frase. Wendell P. Hazeltine recién llegado desde Atlanta pregunta al prometido de su hija, Otto Ludwig Piffl, antes comunista sin calzoncillos por convicción revolucionaria y ahora conde por simonía, que cómo ve él la situación política en el Berlín ocupado. El prometido contesta Actually, the situation is hopeless, but not serious.” 

Llegado este punto podría parecer que la cuestión es saber si Flaiano habló antes del estreno de la película, en 1961, por confirmar o descartar que Wilder y Diamond, guionistas, le hubieran plagiado. Pero resulta que Wilder &co escribieron el guión basándose en una obra teatral llamada «Egy, kettö, három» de un húngaro llamado Ferenc Molnar, y había sido mil veces representada por toda Europa desde los años 30. Y quién sabe si esa frase no se pronuncia ya allí. Y digo más, quién sabe húngaro. Se vende en Iberlibro una copia del guión donde se podría consultar per ver de salir de dudas pero yo hasta aquí llego.

Umberto Eco, el universalmente reconocido rey de la semiótica, la referencia culta y la cita erudita, comienza su libro “Kant y el ornitorrinco” (1997) con una cita preciosa, la misma que encabeza este texto: “Hace tiempo estaba indeciso pero ahora ya no estoy tan seguro”. Se la atribuye a un oscuro autor del XVIII, Boscoe Pertwee, y manifiesta haberla tomado de un tal Gregory. Un tal Nigel Rees, periodista, tiene en la BBC4 un programa llamado “Quote… Unquote”, un concurso consistente en contestar con acierto de quién es una determinada cita. Se ve que el asunto les gusta a los brits porque empezó en el 1976 y en 2021 sigue en antena. La cita fue emitida en un programa en 1977, remitida por un oyente quien afirmó en su carta que el autor era un tal Bosco Pertwee, desconocido y minoritario escritor del XVIII. Como se ve la cita hizo fortuna porque se replicó hasta el infinito. Lo que viene siendo un meme. Si se busca en Google sobre “Kant y el Ornitorinco” todo el mundo, en todos los periódicos, en todos los blogs, menciona a Bosco Pertwee y su frase sobre la duda y lo muy leído y muy estudiado que era Eco, un monstruo que manejaba referencias desconocidas para los simples mortales. La vueltita de esta historia, lo que llamaríamos el plot twist, se produce cuando en el 2005 desde el programa de Rees, después de casi 40 años sin ser capaces de acreditar la veracidad de la atribución, se puso en contacto con el oyente que les remitió la cita y este, sin cortarse un pelo, les explicó que era una coña. El tipo usaba el nombre de Bosco Pertwee para burlarse de los culturetas que lo saben todo. Bosco servía para lanzar el anzuelo diciendo ¿Sabéis que el trompetista de jazz de culto Bosco Pertwee toca el jueves en el Paradise? Y luego esperar las reacciones; quienes dicen tener grabaciones de Pertwee, en qué club minoritario lo escucharon hace ya muchos años. Si Eco, el grande Eco, cayó en el hoyo de Bosco siento que es menor el ridículo por haber caído yo en el de Flaiano. 

¿Hay enseñanza o moraleja? ¿Hay una regla sobre qué hacer con todos estos malentendidos, estas malatribuciones, estas trampas para culturetas? Los intelectuales, esa gente que sabe quién es Bosco Pertwee, nos consuelan algo recordándonos que Alessandro Manzoni escribió que “Es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error” y nos afligen con las palabras de Benjamín Franklin: “La peor decisión es la indecisión”. Yo, llegado este punto, confieso que ya no sé si vale la pena creer ciegamente o dudar sistemáticamente y pienso “Que desasosiego cuando, inseguros de nuestras dudas, nos preguntamos. ¿serán verdaderamente dudas?

Del libro de Brema

Pensamos que los libros empiezan de repente, pimpam, pimpam, una palabra, otra, una frase, la siguiente, y en realidad no es así. Los libros empiezan antes, mucho antes de la primera palabra, con un malestar, una ansiedad, un rumor lejano que un día de pronto se concreta en melodía no se sabe bien cómo. Las cosas interesantes son así, no suceden de pronto, suceden porque venían sucediendo imperceptiblemente desde mucho antes, algunas de toda la vida. Una vez imaginé una película de la cual sólo rodé el tráiler, cosa que tiene su justificación que ahora no voy a dar, y uno de los personajes, asesino de niñas, contestaba a la pregunta de cómo se llega a eso: “Al principio, poco a poco; después, de repente”. Esa es la única explicación de lo inevitable, de la repentina manifestación de lo que lleva ahí desde siempre y quizá estará ahí para siempre. Matar niñas o ir al baño, que igualmente empieza con un malestar difuso y de improviso se encuentra uno en un apuro, girando la cabeza en busca de una puerta rotulada. Quizá escribir, cagar o matar no tengan similitudes aparentes, quizá tampoco la cara de preocupación de Charlton Heston en Cuando ruge la marabunta, pero a todas las preceden signos imperceptibles de que algo inminente e inevitable va a ocurrir. Un runrún, un tamtam, un tictac.

Yo, que conozco un poco al Brema, he leído su libro En el muro de Berlín y aventuro y no yerro que esas cuartillas llevaban años por ahí, por algún sitio que quizá ni él sabía; sin poner en un papel pero ya escritas. Uno, cuando lee En el muro, el escritor, ese señor tan serio y estudioso, se le presenta como un visillo que transparenta al Brema que hay detrás. Un visillo que más que velar desvela, como los trapos húmedos ¿paños mojados? del tal Fidias et al. A Brema, como a toda la tropa del ChopSuey, lo sigo de cerca y al leer su libro creo oír el runrún de algo que empezó a escribirse hace muchos años. Veinte dizque lleva en el Berlín que conoce mejor que Camba y quizá esos veinte llevaba cociéndose.

Han de saber todos que si yo tuviera lo que es necesario escribiría, al rebufo de Arroyo-Stephens, un “Contra los alemanes”. Los alemanes, así en abstracto, no me caen bien. Si descendemos al caso concreto, por el contrario, nada malo puedo decir de ninguno de ellos. Si lo cortes no quita lo valiente lo concreto no impide lo general: los alemanes, como pueblo, hace mucho que me parecen el origen de todo el mal de este mundo quitando, quizá, el islamismo radical. Suena terrible esto que digo, pero allí se originaron el protestantismo, el comunismo, el nazismo, el ecologismo, el psicoanálisis, la ortorexia, lo antinuclear, la homeopatía, el nudismo, el orgón de Wilheim Reich. Y podría seguir hasta cansarme; y perder la vida juntando evidencias de esta terrible afirmación. 

El tamtam de Brema puesto en libro, esa historia ordenada de villanías, y heroicidades, cobardías y tristezas, asesinatos y accidentes todos alrededor, debajo y encima de una vergüenza, todos con nombres y apellidos y fechas, si no me ha convencido de amar a los alemanes sí ha hecho que los vea con otra luz. Esa gente ha pasado en cuarenta años de tener que tragarse la absoluta vergüenza de haber sido nazis a digerir la absoluta vergüenza de haber sido comunistas. En los muertos, ordenados, que cuelgan del muro, he creído ver una pauta. Si los primeros huidos y causa de su construcción eran jóvenes obreros especializados, gente con esperanzas, a partir de un cierto momento quienes empiezan a morir como estampados contra un cristal son caracteres asociales, rebeldes patológicos, fracasados bebidos; gente ya desesperanzada que quizá más que huir se arrojaba a morir contra el muro. La vergüenza de los alemanes es, curiosamente, su neurótica eficacia; la pasión desmedida por el exterminio industrial en un caso y por el minucioso control de las vidas en el otro. La eficacia, tan grata en lo industrial, es mortal en lo social, porque en nos es completamente ajena. La eficacia no permite resquicios por los cuales pudiera entrar la luz, el aire, la vida.

Brema apila minuciosamente muertos, uno, y otro, y otro, y otro, con sus nombres, circunstancias, historias, y el relato abruma como abruma el de las muertas en el capítulo La parte de los crímenes de 2666, la novela de Roberto Bolaño. El detalle y el número, que siente uno cercano al infinito, crean un clima, el del horror y la convivencia con el horror; las historias de la Santa Teresa inventada y la del Berlín del muro son como esas iglesias en las que de pronto adviertes que el pavimento son lápidas; pisas muertos con normalidad impuesta por las circunstancias. Ni en el de Bolaño ni en el de Brema esos muertos permiten la más mínima esperanza; son muertos casi anónimos pese a ponerles nombre y circunstancias porque el protagonismo es siempre del mal, un mal esencialmente inexplicable que en ambos casos es un ente abstracto, y del lugar, el muro y el desierto.

Se adivina el interés de poner en orden el horror, los muertos, las mentiras, las esperanzas frustradas, pero se intuye la ineficacia a largo plazo. El recuento del horror, incluso como en este el caso el recuento brillante del horror, nunca lo ha evitado. Su utilidad es la de la memoria, la de evitar, al menos, el olvido que el criminal y sus secuaces pretenderían. El olvido, la bruma del tiempo, la confusión, son en sus efectos similares al perdón porque dejan el juicio a la conciencia del criminal, y no a la valoración del otro. Ahí la utilidad de este libro; leer y contar una y otra vez los horrores quizá no logre evitar su repetición pero sirva al menos para juzgar todos los días, y cada vez más duramente, a quienes los cometieron y a quienes los cometerán.

Me ha gustado el libro porque me ha conmovido. Porque bajo esos mil datos precisos, como ladrillos de un muro, hay empatía en el modo de presentarlos, de colocarlos, de explicarlos. Me ha gustado porque el poco Berlín que conozco es ese moderno en el que la arquitectura es lo más parecido a un impersonal concesionario de automóviles y aquí la geografía es otra, la de una ciudad descompuesta, rota, traumatizada. Sólo espero que ese runrun del libro inevitable guarde el germen de muchos más. El de Bolaño comienza con una cita de Baudelaire que, creo yo, le viene al pelo al Berlín del muro, rodeado de la mediocridad comunista: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”. La culpa de Brema es haberlo hecho interesante y ameno.

Fabeiro

Los de A Pobra le dicen A Puebla, o le decían, hasta que empezaron a normalizar el gallego, que era un idioma muy anormal. El gallego sin normalizar suena en cada casa, en cada pueblo, un poco distinto; como el pan, diría yo. Nada mas simple que harina agua y sal y al final en cada sitio cambia el sabor, la textura, el aroma, el color y la forma. Cambia todo y sigue siendo pan; qué reto para la IA de Chatbot. El gallego normalizado es como el pan de las hamburguesas. Es igual en todas partes, sabe igual en todas partes y los que nos gusta el pan, si un día nos levantamos algo críticos con el sistema, algo pesimistas, dudamos de que sea pan. De A Puebla do Caramiñal tuve un amigo, R, que tenía una conservera, una casa enorme en la playa do Areal con la consabida pareja de palmera y araucaria añosas y un hórreo pufo, un hórreo hecho de nuevas para darle sabor enxebre al jardín. En A Pobra, me entero hoy por un obituario de la La Voz de Galicia, murió Fabeiro, el hombre que nunca hizo ruido. Fabeiro se llamaba en realidad José Manuel Abal Vilas pero nadie le llamaba así. La necrológica la escribe Neftalí Abal, a quien supongo sobrino del hombre silencioso y corresponsal de La Voz. Neftalí, sexto hijo de Jacob, fundador del pueblo de Israel, es para muchos nombre con reminiscencias poéticas. Neftalí quiere decir “mi lucha” lo que los alemanes dirían “mein kampf” y, oh misterios de la vida, es el segundo niño nacido por gestación subrogada después de su hermano Dan. Casi todo está en la Biblia. Neftalí ejerce en la ría de Arousa lo que el abuelo de Jabois en la de Pontevedra, la corresponsalía de un diario con la misión de dar cuenta de esos detalles de la vida de los pueblos que merecen trascender efímeramente en la letra impresa del periódico del día. Lo cierto es que la Ría de Arousa es prolífica en escritores de mérito. Si empezamos de dentro hacia afuera tenemos a Rosalía y Cela en Iria, a Castelao en Rianxo, a Valle-Inclán y Camba en Vilanova. Da un poco la impresión de que es más una cosa de la banda de Pontevedra, más que la de A Coruña, pero ya se irá viendo; no está todo escrito y no tenemos ninguna prisa. Neftalí hace, presumimos que de su tío, una ternísima necrológica que parecería hasta desapegada si no supiéramos leer entre líneas. Fabeiro, que no se llamaba Fabeiro, fue de todo y estuvo en todo lo que se cocía y organizaba en A Puebla pero siempre de ayudante, de acólito, siempre el hombre en la sombra, el indispensable que rehúye el protagonismo. Fabeiro fue la clase media, la sal de la tierra, el aire que uno respira y echa en falta cuando no lo encuentra. Fabeiro, podríamos apostar, se fue sin dar la lata, sin algarabías, sin aspavientos. Si Neftalí no hubiera remitido a la central de La Voz en A Coruña esa breve nota, esa nota aparentemente burocrática, quizá todos en A Pobra tardarían en darse cuenta de que faltaba. ¿Qué es de Fabeiro que hará un mes que no lo veo? Fabeiro trabajó en una imprenta, de camarero en bares y en una conocida discoteca, de cocinero, de panadero y de sacristán. Fabeiro anduvo embarcado, como casi todos los que son alguien en esa ría y ofició de cocinero en los atuneros del índico, esos que descargan el pescado congelado en las Maldivas o las Seychelles, esos que paran en Capetón a la ida y a la vuelta. Fabeiro, además, echaba silenciosamente una mano en las cosas del deporte, las de la cultura y las de la religión. Ofició, como se dijo, de sacristán en la de Santiago do Dean do Castelo, que es de donde sale a Procesión das Mortallas. Esta no es tan de espectacular como la de Santa Marta de Ribarteme, en la que los ofrecidos procesionan en su propio ataúd, llevado a hombros por parientes y amigos, del que por intercesión de la Santa libraron temporalmente. En la de Santiago do Dean los ofrecidos transitan amortajados de morado, el color de la desdicha y de Podemos, y detrás llevan el ataúd familiares y amigos. Digamos que la diferencia es si vas delante o dentro de la caja. Lo curioso es que en A Puebla se vaya fuera cuando es un pueblo conservero, una villa que hace vida metiendo cosas en cajas. Fabeiros hay en todos los pueblos y son todos parecidos pero un poco distintos, gente que está ahí diríamos que siempre y para casi todo, gente un poco anormal de tan normal que es. Hombres que nunca hacen ruido pero si faltan, de pronto, queda como un silencio.

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/obituarios/2021/06/12/hombre-nunca-hizo-ruido/0003_202106B12C2994.htm

LA INFINITA VARIEDAD DE LO BANAL

Finlandia queda, mirando desde aquí, a tomar por culo; es decir, en el quinto pino o donde Cristo dio las tres voces, lo que caiga más lejos. Lo que ocurre es que como todo es relativo y depende de la situación del observador, si se observa el mundo desde Finlandia, fin de la tierra, es Finisterre, el fin de la tierra, lo que queda a tomar por culo, etc. Aclarado lo anterior es asunto de interés constatar que Karelia y Savo son, a groso modo, más o menos lo mismo. Habrá quien me diga que no y quizá lleve razón. Karelia es tierra de lagos, al menos la parte finlandesa, que hay en este momento de la historia una Karelia que es rusa. Finlandia, ya sabemos, es ese país helado lleno de lagos que llevan siglos disputándose los suecos y los rusos. Actualmente no es ni de los unos ni de los otros pero como no ha sido siempre así no va quedar así forever. Estos asuntos siempre tienen una vueltita, como Polonia, que lleva siglos en siendo sin forma definida. En Karelia, país de lagos hoy Finlandia, a finales del siglo XIX, los antropólogos se negaron a recoger en sus estudios la canción Savitaipaleen polka precisamente porque era una tonadilla que reputaban rusa y por ello foránea y quizá hasta enemiga. Las cosas suelen ser así. Lo cierto es que si uno busca la Savitaipaleen polka en el Youtube y la compara con la cancioncilla rusa Смоленский гусачок, pues tienen un aire. La Ievan Polkka, Polka de Eva, sería una tercera versión a la que el finlandés Eino Kettunen puso letra en dialecto savonio en los años 30 de este siglo. Desconozco todo sobre el finlandés y el dialecto savonio que sería un poco el carelio, pero apostaría un huevo de Eino a que en Finlandia suena agrario y paleto. La Polka de Eva cuenta la historieta de Eva, una jovencita que no hace más que bailar polka ante el disgusto de su madre, que canta salmos. O algo así de banal; la juventud alocada, los deseos desatados de las jóvenas que se aburren y tal. Hormonas. En los 80, década prodigiosa también en Finlandia según parece, un grupo llamado Loituma hizo una versión a capella de la tonadilla que le dio nueva vida y efímera fama incluso en los USA. Vista la pinta de los Loituma, híbrido entre Los Happyness y Flos Mariae, y la letra, que aún desconociendo el finlandés suena a trabalenguas, no es descartable que su éxito más que estrictamente musical fuera humorístico. En el 2005 o 2006 en un blog de LiveJournal, esa plataforma rusa de blogs, alguien hizo una animación flash con un par de estrofas y un segundo en loop de unos dibujos animados japoneses en los que sale una chica girando un puerro. Las razones de la popularidad de ciertas mezclas (ron con cocacola, pongo un ejemplo) se me escaparán siempre, pero algo tendrán cuando las bendicen. Algo así ocurrió, que el meme ridículo todo el mundo lo bendijo y se volvió viral y hoy es un clásico de internet. Leekspin es el absurdo elevado a categoría, la tontería hija del aburrimiento. Desde el 2006 han ocurrido muchas cosas. Flash, que era el futuro de las animaciones, ya no se usa y LiveJournal, donde se cocía la mitad del bacalao, lleva años en total decadencia. Lo que sobrevivió fue la Ievan Polka en versiones vocaloid de personajes de manga. Vocaloid es un software que trocea, procesa y une secuencias de voces humanas de tal modo que si se le facilitan una letra y una partitura las canta imitando a una persona. Esta trapallada la inventó un japonés en Barcelona, estudiando en la Pompeu Fabra, no se sabe bien para qué. Quizá vino a ver la Sagrada Familia y se aburría, que ya vamos viendo que es malísimo. El caso es que finalmente Yamaha compró el asunto y ha venido comercializando sucesivas versiones, cada una, claro, mejor que la anterior. En Japón, otro de los extremos del mundo, son pronos a caer en vicios inconfesables, reírse de cosas que no tienen puñetera gracia, elevar banalidades al rango de fetiches y entrar en misteriosos bucles de comportamiento. Quizá eso explica lo inexplicable, que todas y cada una de las voces femeninas que se comercializaron para Vocaloid tiene su propia versión de la Ievan Polka interpretada por todas y cada una de las heroínas de los videojuegos y del manga. Fue en el reservorio japonés donde se mantuvo durante todos estos años la infección de la polka de Eva, quizá la canción finlandesa más conocida, detalle que, piensa uno, de ser finlandés consideraría vergonzante hasta que cae en la cuenta de que muy posiblemente la canción española más conocida sea La Macarena. El Japón, ya ves, son éxitos hasta los playback del manga cantando con vocaloid, en un escalofriante ejercicio de ida y vuelta en el que lo digital imita a lo humano para ser a su vez imitado por lo humano. En el 2018 el percusionista Bilal Göregen, turco y ciego, le birló el protagonismo a toda una industria y una sociedad aburrida y quizá enferma, haciendo una versión callejera de la polka que nos ocupa. Lo cierto es que Bilal consigue una fusión molona, algo sorprendente porque de primeras parece un retrasado. Quizá sea un idiot savant, quien sabe. La Polka como género es una cosa checa y relativamente reciente, que según todos los indicios hizo un salto al norte finlandés a través de Rusia y que Bilal se ha traído ahora al mediterráneo oriental, diríamos a su pueblo, pero con evidentes influencias del tecno más discotequero de los 2000. Esto no termina de ser una sorpresa, siempre nos enseñaron en el colegio que la península anatólica era lugar de cruce de culturas, puente entre Europa, Asia y Africa. La ruta de la seda, Marco Polo, etc. Quizá también influye que los ciegos, dicen, no tienen vergüenza y se aburren, un poco como los japoneses. En Diciembre de 2020 esta versión tuvo cumplida respuesta desde el extremo sur de Sudáfrica que es otro de los varios culos del mundo. The Kiffness, un grupo de Ciudad del Cabo, Capetón en las cartas de la marinería gallega, montó sobre el la versión de Göregen, a quien hay que reconocerle el mérito de un pase perfecto, un “Club Remix” que convierte la Ievan Polkka en un clásico instantáneo, en el éxito discotequero del 2020, el año de las discotecas cerradas, lo cual tiene más mérito. Hay en el toque de trompeta un par de notas, unos adornos, que varían la melodía original y definitivamente acaban de bajarla del círculo polar a las costas del Egeo. Dizque en Sudáfrica hay mucho musulmán, quizá por eso los de Kiffness le pillaron el puntito a Bilal, quizá por eso se llaman Kiffness, que en Capetón es el relajo de buen rollo que deja la hierba esa a la que en castellano decíamos grifa, ambas palabras del árabe kif, el placer de la intoxicación. En casa se ríen un poco de mi cuando les cuento estas cosas que recuerdo. Savonia, Carelia, Loituma, Vocaloid y tal. Para darme ánimos y no sentirme tan mal busco el texto exacto de una cita que también recuerdo del gran Umberto Eco. Una cita que venía a decir que toda información es importante si está conectada a otra, aunque sean tonterías, añado yo. Conectar mi Finisterre con Finlandia, pasando por Chequia y Rusia, y estos con Japón, Turquía y Sudáfrica, el pasado con el presente, tiene un punto, pienso. El punto es, posiblemente, el Demonio Meridiano, el demonio que me hace pecar cada vez que me tienta. El Demonio Meridiano le gusta a Procuro, lo menciona mucho Eco y Ciorán lo eleva a categoría: el aburrimiento como estadio superior del alma. La biblia, por el contrario, dice algo así como que los ociosos, por aburrimiento, van de casa en casa, charlatanes y entremetidos, hablando de cosas que no son dignas. Quizá también. Internet, ese monstruo devorador de aburrimientos y ansiedades que alimentamos con mierda y en ocasiones devuelve una flor, me devuelve, como si supiera algo, una patada en el culo con otra cita de Umberto sobre la infinita, la deslumbrante variedad de lo banal.

Mr. Fott y San Cirilo de Jerusalen

Terrance Fott emigró a Australia tras servir de asistente a un teniente escocés en la segunda guerra de los boer, Tweede Boereoorlog, y en Melbourne puso tienda haciendo zapatos artesanos; unos zapatos elegantes, flexibles, brillantes sin llegar a ostentosos. Fott iba a Australia literalmente a limpiar aquellas tierras de alimañas, cosa que incluía tanto a animales como aborígenes, pero en el barco conoció a Károlyi Zrínyi, un húngaro que iba a Australia a abrir una zapatería exclusiva de calzado para caballeros en Melbourne. En las largas jornadas de aburrimiento en cubierta Károlyi le contó a Terrance, whisky va, wisky viene, los secretos del curtido de la piel; con mucha piel de abedul como hacían los rusos, para que durante toda la vida del zapato huela maravillosamente; cociéndola lentamente durante varios días en un horno para conseguir una extraordinaria flexibilidad; frotándola intensamente con piedra pómez y un engrudo hecho con cera de abeja, negro de humo y vinagre, para conseguir ese brillo casi de charol que nunca se agrieta. Contaba Camba en sus crónicas que los músicos húngaros le daban un gran ambiente a los bares americanos, esos locales que eran un invento parisino que arrasaba en Berlín. Pues los zapateros húngaros eran aún mejores en lo suyo, eran los ideólogos y artífices de los auténticos zapatos ingleses, ese calzado que triunfaba y aún triunfa en París, Berlín e incluso en Budapest. Y ahora también en Tokio. Esos zapatos, flexibles y cómodos pero resistentes y duraderos, son los zapatos de los colonizadores, frente a los de los aborígenes, los de la fauna local contra la que quería disparar el Fott recién licenciado, que o bien van descalzos, como los esclavos en Roma, o bien llevan chancletas o babuchas. Descalzo no se posee lo que se pisa, en chancletas la vida es un vaivén, no hay firmeza, seguridad o certeza. En chancletas vivían los moros norteafricanos que, intuitivos ellos, llamaban a los franceses pied noirs, por esos zapatos de jefe que gastaban los de la metrópoli; zapatos de pisar con contundencia, con propiedad, con autoridad. Hasta que los moros se calzaron no hubo nada que hacer y calzados ya sabemos cómo acabó la cosa. A Terrance Fott le fue muy bien y en 1900 ya estaba de vuelta en Londres, con zapatería propia, moldes propios y clientela propia entre lores, condes, vizcondes y algún político de la oposición. Un zapato de Fott jamás debe parecer nuevo. Un zapato de Fott jamás debe brillar como si fuera nuevo. Eso mismo pensaba Ignatius J. Reilly, que ciertos atuendos, cuando parecen lo bastante nuevos y lo bastante caros, pueden ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. En esa ordinariez no caían los clientes del Mr. Fott, que hacía brogues, semibrogues, oxfords y botas de todos los regimientos del Rey. También para los más exigentes lores escoceses hacía los brogs originales, con sus agujeros para dejar salir el agua, porque los escoceses lo mismo visten de tal modo que a sus partes pudendas las acaricia el aire que se calzan con zapatos a los que les entra y sale el agua. Mr. Fott te hacía casi cualquier tipo de calzado y si se los pedías fabricaba primorosos zapatos de lacayo, esos que llevan tacón francés con formas de mujer, busto, cintura y culo, y entre las dos suelas no se les pone cola para que chirríen por los pasillos de palacio y saber cuando llega Belvedere, Archibald, Carlisle o como quiera que se llame el lacayo de cada uno. Porque la presencia de los lacayos ha de hacerse notar pero sutilmente, no vaya a hacer o decir uno algo de lo que pueda arrepentirse. Los zapatos de Mr. Fott tienen dos ventajas, la primera ya se mencionó, es que nunca parecen nuevos, la segunda, que se menciona ahora por vez primera, es que nunca parecen viejos. Los zapatos de Fott envejecen mejor que sus dueños, como si en la trastienda tuviera otro par idéntico al que pasea el Mall en los pies de un conde y a cada paso el par guardado envejeciera un paso, un paso que no envejece el par que trota por la ciudad. Unos zapatos que hieren los pies son un infierno y un lord no viene a la tierra para sufrir razón por la cual Mr. Fott recomendaba a sus clientes que escogieran siempre un ayuda de cámara con su mismo número y que éste los calzara, sólo en palacio y no en el jardín, durante unas tres semanas para adaptarlos. Sufrir es un asunto serio y sufrir por los pies es de los asuntos más serios. Baste recordar que el león, la más fiera de las fieras, en el trance de comerse a un esclavo en la arena ante la sorpresa de todos lo perdona porque lo reconoce y era Androcles, el tipo que en el pasado le había quitado una espina de la pata. Por otro lado tenemos a Aquiles, el invencible que se murió por una herida en un pie y, si no recuerdo mal, Edipo significa “el de los pies hinchados” seguramente porque le apretaban las sandaliasPor los pies, ya se ve, no sólo se sufren grandes dolores sino que a su través entran o llegan grandes males. Ya decía San Cirilo de Jerusalem, Cyrillus Hierosolymitanus, santo por la iglesia católica y la ortodoxa, un poco como Enrique Líster, que era general por el ejercito republicano y por el soviético, que la cabeza significa la divinidad de Cristo y los pies su humanidad. De esto se concluye, véanse para ello “Los hechos apócrifos de Juan”, en el Corpus Naghammadi, que el dolor de los pies es sufrimiento del malo, porque hay sufrimientos que Dios no quiere, que son resultado del hacer y del pecado de los hombres, y otros que sí los quiere, como los muertos por un tsunami, que no dependen de nuestra conducta. En ocasiones algunos clientes no tienen la posibilidad de contratar un ayuda de cámara con su mismo número de pie que amanse los ejemplares confeccionados por Mr. Fott y evite dolores de esos que la patrística nos enseña que a Dios repugnan. Puede darse el caso, por ejemplo, que alguno de Vds. haya heredado recientemente título y hacienda y el ayuda de cámara viniera con el lote y tristemente este tenga el número de pie de su padre.   En ese caso Mr. Fott recomienda cogerlos con cuidado por el talón, los zapatos, no los lacayos, llenarlos con agua fría y mantenerlos con ella en su interior aproximadamente diez minutos; inmediatamente después de vaciados se rociarán en el interior con abundantes polvos de talco, preferiblemente sin perfume, y se vestirán durante el día completo. Mano de Santo Cirilo.