Mr. Fott y San Cirilo de Jerusalen

Terrance Fott emigró a Australia tras servir de asistente a un teniente escocés en la segunda guerra de los boer, Tweede Boereoorlog, y en Melbourne puso tienda haciendo zapatos artesanos; unos zapatos elegantes, flexibles, brillantes sin llegar a ostentosos. Fott iba a Australia literalmente a limpiar aquellas tierras de alimañas, cosa que incluía tanto a animales como aborígenes, pero en el barco conoció a Károlyi Zrínyi, un húngaro que iba a Australia a abrir una zapatería exclusiva de calzado para caballeros en Melbourne. En las largas jornadas de aburrimiento en cubierta Károlyi le contó a Terrance, whisky va, wisky viene, los secretos del curtido de la piel; con mucha piel de abedul como hacían los rusos, para que durante toda la vida del zapato huela maravillosamente; cociéndola lentamente durante varios días en un horno para conseguir una extraordinaria flexibilidad; frotándola intensamente con piedra pómez y un engrudo hecho con cera de abeja, negro de humo y vinagre, para conseguir ese brillo casi de charol que nunca se agrieta. Contaba Camba en sus crónicas que los músicos húngaros le daban un gran ambiente a los bares americanos, esos locales que eran un invento parisino que arrasaba en Berlín. Pues los zapateros húngaros eran aún mejores en lo suyo, eran los ideólogos y artífices de los auténticos zapatos ingleses, ese calzado que triunfaba y aún triunfa en París, Berlín e incluso en Budapest. Y ahora también en Tokio. Esos zapatos, flexibles y cómodos pero resistentes y duraderos, son los zapatos de los colonizadores, frente a los de los aborígenes, los de la fauna local contra la que quería disparar el Fott recién licenciado, que o bien van descalzos, como los esclavos en Roma, o bien llevan chancletas o babuchas. Descalzo no se posee lo que se pisa, en chancletas la vida es un vaivén, no hay firmeza, seguridad o certeza. En chancletas vivían los moros norteafricanos que, intuitivos ellos, llamaban a los franceses pied noirs, por esos zapatos de jefe que gastaban los de la metrópoli; zapatos de pisar con contundencia, con propiedad, con autoridad. Hasta que los moros se calzaron no hubo nada que hacer y calzados ya sabemos cómo acabó la cosa. A Terrance Fott le fue muy bien y en 1900 ya estaba de vuelta en Londres, con zapatería propia, moldes propios y clientela propia entre lores, condes, vizcondes y algún político de la oposición. Un zapato de Fott jamás debe parecer nuevo. Un zapato de Fott jamás debe brillar como si fuera nuevo. Eso mismo pensaba Ignatius J. Reilly, que ciertos atuendos, cuando parecen lo bastante nuevos y lo bastante caros, pueden ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. En esa ordinariez no caían los clientes del Mr. Fott, que hacía brogues, semibrogues, oxfords y botas de todos los regimientos del Rey. También para los más exigentes lores escoceses hacía los brogs originales, con sus agujeros para dejar salir el agua, porque los escoceses lo mismo visten de tal modo que a sus partes pudendas las acaricia el aire que se calzan con zapatos a los que les entra y sale el agua. Mr. Fott te hacía casi cualquier tipo de calzado y si se los pedías fabricaba primorosos zapatos de lacayo, esos que llevan tacón francés con formas de mujer, busto, cintura y culo, y entre las dos suelas no se les pone cola para que chirríen por los pasillos de palacio y saber cuando llega Belvedere, Archibald, Carlisle o como quiera que se llame el lacayo de cada uno. Porque la presencia de los lacayos ha de hacerse notar pero sutilmente, no vaya a hacer o decir uno algo de lo que pueda arrepentirse. Los zapatos de Mr. Fott tienen dos ventajas, la primera ya se mencionó, es que nunca parecen nuevos, la segunda, que se menciona ahora por vez primera, es que nunca parecen viejos. Los zapatos de Fott envejecen mejor que sus dueños, como si en la trastienda tuviera otro par idéntico al que pasea el Mall en los pies de un conde y a cada paso el par guardado envejeciera un paso, un paso que no envejece el par que trota por la ciudad. Unos zapatos que hieren los pies son un infierno y un lord no viene a la tierra para sufrir razón por la cual Mr. Fott recomendaba a sus clientes que escogieran siempre un ayuda de cámara con su mismo número y que éste los calzara, sólo en palacio y no en el jardín, durante unas tres semanas para adaptarlos. Sufrir es un asunto serio y sufrir por los pies es de los asuntos más serios. Baste recordar que el león, la más fiera de las fieras, en el trance de comerse a un esclavo en la arena ante la sorpresa de todos lo perdona porque lo reconoce y era Androcles, el tipo que en el pasado le había quitado una espina de la pata. Por otro lado tenemos a Aquiles, el invencible que se murió por una herida en un pie y, si no recuerdo mal, Edipo significa “el de los pies hinchados” seguramente porque le apretaban las sandaliasPor los pies, ya se ve, no sólo se sufren grandes dolores sino que a su través entran o llegan grandes males. Ya decía San Cirilo de Jerusalem, Cyrillus Hierosolymitanus, santo por la iglesia católica y la ortodoxa, un poco como Enrique Líster, que era general por el ejercito republicano y por el soviético, que la cabeza significa la divinidad de Cristo y los pies su humanidad. De esto se concluye, véanse para ello “Los hechos apócrifos de Juan”, en el Corpus Naghammadi, que el dolor de los pies es sufrimiento del malo, porque hay sufrimientos que Dios no quiere, que son resultado del hacer y del pecado de los hombres, y otros que sí los quiere, como los muertos por un tsunami, que no dependen de nuestra conducta. En ocasiones algunos clientes no tienen la posibilidad de contratar un ayuda de cámara con su mismo número de pie que amanse los ejemplares confeccionados por Mr. Fott y evite dolores de esos que la patrística nos enseña que a Dios repugnan. Puede darse el caso, por ejemplo, que alguno de Vds. haya heredado recientemente título y hacienda y el ayuda de cámara viniera con el lote y tristemente este tenga el número de pie de su padre.   En ese caso Mr. Fott recomienda cogerlos con cuidado por el talón, los zapatos, no los lacayos, llenarlos con agua fría y mantenerlos con ella en su interior aproximadamente diez minutos; inmediatamente después de vaciados se rociarán en el interior con abundantes polvos de talco, preferiblemente sin perfume, y se vestirán durante el día completo. Mano de Santo Cirilo.

UN MANIFIESTO MÁS

Ha salido un nuevo manifiesto. Lo publica el digital Publico. Yo, harto de letras y literaturas melifluas, de medias tintas, medias raciones y cañas, decidí hace unos meses, en plena pandemia, coleccionar manifiestos. Así que no de esperanza falto volé tan alto que a los antifascistas di alcance total para nada.

Este de los intelectuales, artistas y sindicalistas animando a la expulsión de la extrema derecha del gobierno regional madrileño lo voy a bajar en un .pdf e imprimirlo. No lo voy a encuadernar como Viejecita con las cosas de su interés porque no lo merece, y no me refiero a Viejecita sino al manifiesto. No descarto que el día de mañana, en el invierno de mi vida, me dé por dejar ordenadas mis manías para menor molestia de las descendientes. Indiscutiblemente les será más fácil tirar a la basura diez manifiestos de esos que coleccionaba papá de una tacada, debidamente ordenados, foliados y encuadernados, que hacerlo de uno en uno. Creo que se llama economía de escala, por las anchoas que también vienen en latas con varias unidades perfectamente ordenadas, pero no me hagan mucho caso.

En un manifiesto uno sólo busca un lenguaje exaltado, adjetivos rotundos pareados con sustantivos esdrújulos. Ecos del Apocalipsis del Libro, atisbos de un Génesis. Lo cierto es que sólo en ocasiones encuentra uno fugaces chispazos de esa rabia que precede a la verdadera locura y que tan tendentes somos a confundir con genio. Generalmente, he descubierto, son decepcionantes. Ello supone que de los muchos escritores de manifiestos sólo una minoría merecen tal nombre y las públicas alabanzas sus carismas merecen. En mi opinión sólo a los escritores de las letras de los tangos dejarán entrar las musas en el Parnaso antes que a los verdaderos autores de Manifiestos. Esta tontería me ha llevado a revolver, otra vez, en mi escueta colección que espero ir aumentando. 

Uno puede leer, por ejemplo, en el “Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana

“Se declara fundada por el presente manifiesto la Comuna Antinacionalista Zamorana (C.A.Z.), que proclama como su función esencial combatir de hecho y de palabra (y tanto mejor si en tanto los hechos y las palabras vienen a confundirse) por la desaparición del Estado Español y del Estado en general -entidades ambas suficientemente definidas en su realidad abstracta y administrativa- y por la liberación de la ciudad y comarca de Zamora, sobre cuya indefinición ha de volverse en el curso del presente manifiesto.”

                  No se puede negar que hay intención y ganas (combatir de hecho y de palabra). Pero de inmediato advertimos que se pierde en explicaciones. Un manifiesto no es un estudio, un ensayo, una lección. ¿Qué coño ese eso de “una realidad abstracta y administrativa”? Un manifiesto ha de ser una llamada a la acción. Paradigma de ese pecado es el “Manifiesto Hedonista” que, por ejemplo, nos dice:

“Hay quienes van de rebajas y saldos y se ufanan de sus economías. A la larga siempre los veréis desaliñados, cuando no sucios y raídos, cosiendo y zurciendo rotos. Otros prefieren invertir con generosidad y conservan su vestimenta pulcra y tersa durante muchos días de su vida.”

Este párrafo quizá no desmereciera en el inicio de una de esas deliciosas columnas que enviaba el más diletante Camba desde Berlín, o en una crónica parlamentaria de Fernández Flórez, tan justito él siempre, hablando de un diputado socialista, pero, convengamos, no es el tono de un manifiesto. Uno espera un tono tonante. 

Los tigres se perfuman con dinamita” no es un manifiesto al uso. Es una “colección de textos” del colectivo Estrujenbank y la coloco en el estante de los manifiestos por eso de que parecen estar algo pirados y porque se autoeditan/ban. Lo cierto es que el libro este, “Los tigres etc.”, es una cosa bastante cercana a un manifiesto; a un manifiesto dadaísta o daliniano, aclaro. Un texto fundacional absurdo bajo el cual, o tras el cual, podría ampararse cualquier cosa. Un manifiesto que quizá ni él mismo sabe que se trata de un manifiesto.

“El pesimismo es siempre obsceno, el optimismo una cobardía, y la nostalgia debilita nuestro poder de reacción ante los acontecimientos actuales; pero pretender que todo va bien, que vivimos el mejor momento de nuestra historia, sería creer en un espejismo estúpido. En realidad, las cosas no nos van tan mal, pero tampoco van muy bien.”

Uno empieza a leer esto y se anima, siente cómo se le encrespan los pelos de los antebrazos, se revuelve en la silla. Avanza uno en la lectura y el ritmo es bueno, le va faltando el aire, anticipando el esfuerzo de la acción a la que le de seguro de inmediato llamarán. Hasta llegar a la última frase. ¡Pero qué mierda es esta! piensa. “En realidad, las cosas no nos van tan mal, pero tampoco van muy bien”. Qué es eso de bajarse a la realidad. Qué es eso de que las cosas no están tan mal. Qué es eso de usar un “pero”. Esas dudas, ese sí pero no, ese no posicionarse podría entenderse escrito por un gallego. Manifesto da galeguidade, quizáis. Toda la aparente llamada a la acción se disuelve, de inmediato y para siempre, en una llamada a la reflexión, a la consideración, a contemporizar. A la contemporizacionalización que diría Satur.  Puede que sí, o quizá no. Eso, es evidente, no es un manifiesto. 

“Las clases medias por todas partes están expoliadas. A pesar de que constituyen la fuerza más dinámica de la Humanidad, nunca han sido reconocidas, siempre han sido combatidas por enemigos poderosos que las han estigmatizado y vilipendiado como fuerzas reaccionarias y pragmáticas, sin valorar la fuerte carga idealista que han sabido desplegar. Se las ha perseguido, torturado, asesinado, hasta intentar exterminarlas. Ahora se ven expoliadas por las castas que han hecho del parasitismo fiscal su modo de vida. Es hora de que las clases medias se organicen y levanten para defender una civilización que se tambalea, cegada y desarmada por sus autoproclamados lideres morales.”

Este párrafo de “El manifiesto de las clases medias” lo traigo como ejemplo de cómo escribir manifiestos. Hay que buscar un tono tonante, eso ya se dijo, un ritmo perentorio y palabras grandes y resonantes, aunque estén vacías, o quizá palabras vacías porque son las que resuenan. Expolio, la Humanidad (con mayúsculas), los enemigos poderosos, los intetos de exterminio, las castas, el parasitismo fiscal. Todo perfecto hasta aquí y luego, lógicamente, como debe ser, la llamada a la acción: Es hora de la organización y el levantamiento para defender la civilización. Os tempos son chegados &c.

A mi me parece una pena que Cioran no haya dejado, al menos formalmente, algún manifiesto. Yo le tengo pillado alguno pero seguro que fueron despistes. Ciorán, el aburrido, el vago, llamando a la acción sólo podría ser un error de traducción. No obstante sí hay párrafos que si bien no son técnicamente manifiestos sí se confunden con ellos.

“Los pueblos que no tienen el gusto de la frivolidad y de lo aproximado, que viven sus exageraciones verbales, son una catástrofe para los demás y para ellos mismos. Se obstinan en lo trivial, toman en serio lo accesorio y hacen una tragedia de lo nimio. Si a eso añaden una pasión por la fidelidad y una detestable repugnancia a traicionar, no se puede esperar de ellos más que su ruina. Para corregir sus méritos, para remediar su profundidad, es necesario convertirles al Sur, inocularles el virus de la farsa.”

El manifiesto “Ahora sí” dejé de leerlo en el tercer párrafo ante la falta de concordancia de tiempo verbal así que sobre su calidad como manifiesto sólo tengo una opinión limitada, sesgada y negativa, claro. Pasé entonces a curiosear, porque uno es humano, el listado de suscribientes, que no escribientes, y encontré la firma de David Araujo, “Estudiante, ecologista, vegano y futuro promisor para intentar cambiar el mundo” y, la verdad, todo cobró sentido. No voy a dar cuenta de todas mis investigaciones y de cómo llegué a esta conclusión pero creo que quizá la autora del texto sea una mujer que se identifica como “Catedrática de Lengua y Literatura, poetisa (jubilada)”. En general los amantes de la literatura con cargo de funcionario se suelen jubilar de sus empleos y seguir ejerciendo de poetas, pero en este caso, como uno esperaría de un autor de manifiestos, esta señora va contracorriente.

NAVIDAD

Amaro el falso nació hijo de soltera como Serafín Báez en Villarino de los Aires, provincia de Salamanca, y muerta su madre al parirlo lo crio su abuelo. A los veinte días de empezar la guerra una mañana cogió la escopeta y el zurrón, oyó misa y se fue a Portugal dejando una nota: “Yo en esta guerra no conozco a nadie.” Amaro Mella era de A Tarroeira, parroquia de Santa Eufemia do Monte, término de Toques, provincia de A Coruña, y ya llevaba un tiempo en Portugal dicen que escapado de la justicia por matar a uno de Axurbide un 15 de mayo, día de San Cidre. Dicen también que lo merecía. Acabaron los dos embarcados en el Inhaca, un mercante de cabotaje que daba cada año la vuelta a África parando en las colonias y recayendo en Lisboa por Navidad. Un día de verano, en Ciudad del Cabo, Amaro Mella conoció a una moza rubia y bóer de la que se encaprichó y acabó en el muelle viendo al Inhaca humear rumbo sur hacia el cabo Agulhas con el petate de Serafín al hombro y en él su documentación. De ahí en adelante Serafín tuvo que empezar a usar la de Amaro pensando en que en la siguiente vuelta al continente se reembarcaría o, al menos, podría recuperar su identidad, cosa que no llegó a pasar nunca. A Serafín lo de la moza rubia no le cuajó porque estaba de Dios que no cuajara visto cómo eran y sudafricanos y lo siguen siendo.Karen de Vries era de una vieja familia y se rebelaba junto a sus amigos tonteando con la chusma en barrios de negros, emigrantes y marineros; rebeldías de juventud que muchas veces suelen ser sólo afirmación de quién eres.Serafín, ahora Amaro, en la Navidad de 1941 acabó enrolado en la Marina de los USA con un nombre inventado, un nombre un poco de esclavo negro, AugustSummer, con el que hizo la guerra en China y recibió una medalla. Amaro, puede que resignado con su nuevo nombre y quizá algo poseído por él, en una de esas vueltas de Lisboa a Mozambique pasando por Cabo Verde y Angola, conoció a la que fue su esposa en una escala en Port Said. “Morena, en tus ojos verdes me quedaba yo a vivir”, piropeó a una muchacha como nunca había visto otra ni en España ni en ningún puerto. Amaro, confesaba, se amparó en el idioma para esa osadía pero ella, Irene Benhamú, le contestó en un castellano arcaico pero preciso algo así como que se fuera a tomar viento fresco.Amaro enseña una foto vieja que saca con cuidado de la cartera en el que se ve a Irene con pantalones de hombre, camisa blanca, unas gafas RayBan de aviador y una sonrisa que se le extiende con arruguitas por toda la cara. En aquella guerra en la que Irene andaba metida, en la guerra de montar un país nuevo en Palestina sí se quedó, porque allí conocía a alguien. Serafín Báez, ahora AugustSummer, antes Amaro Mella, acabó comiendo arena en una trinchera de un atolón del pacífico mientras la metralla le volaba por encima de la cabeza y en cuanto pudo se presentó voluntario para lo primero que salió porque nada podía ser peor. Lo mandaron a la India y de allí en avión a China, donde le dieron una radio y lo pusieron al mando de un teniente novato. Cruzaron el paíshasta el norte donde la frontera mongola, primero en jeep, luego en burro y montaron en un páramo perdido de la mano de Dios una estación meteorológica que debía enviar los datos necesarios para planificar todas las operaciones navales en el Pacífico. Serafín hizo tres guerras con las IDF, tuvo tres hijos y vivió en tres países, en cada uno de ellos con un nombre distinto. Luego, viudo, volvió a España buscando al dueño de su verdadero nombre, quizá con intención de recuperarlo, quizá sólo por curiosidad de saber en qué habían estado metidos sus apellidos. Serafín, nacido Amaro, conoció a Antonio Conde en la calle, a la puerta de un veterinario. Serafín lloraba abrazado a Karen quien ya tenía la mirada de las mil yardas, esa expresión que se les ponía en los atolones a quienes no soportaban el horror de la guerra. Se les había muerto el perro, un animal que, por aquel entonces, era su única compañía. Irene Benhamú murió de un cáncer de pecho, otra maldición de las judías, e Irene su hija mayor también. La pequeña, Miriam, vive en Tel Aviv y le envía cartas que Serafín les lee a Amaro y Antonio, con esfuerzo, traduciendo con cuidado esas letras que parecen taquigrafía, intentando ser preciso. Amaro volvió de China, ya se dijo, con una medalla y malaria pero dejando allí a una hija que prometió a su madre iría a buscar y se dedicó a lo que muchos, recorrer el país en una moto excedente del ejército con un enfado y un desarraigo que todos quisieron ver como rebeldía de juventud. Karen de Vries tenía dos hijos y vivía en un suburbio de Ciudad del Cabo cuando un día se volvió negra. Esto es exageración porque fue cosa de unos meses. En Sudáfrica la ley discriminaba a los negros pero ninguna ley decía quién eranegro y quien no. Primero las otras madres del colegio fueron dejando de hablarle, luego los conocidos, más tarde los amigos y la familia política y finalmente su marido pidió el divorcio. Acabó en el barrio del puerto rodeada y acogida por los amigos más golfos de su juventud, la morralla negra, india y latina. A Karen de Vries, bóer de las primeras familias, las suprarrenales, Addison mediante, la hicieron negra y su mundo dio un vuelco. Un día triste escribió a la consignataria del Inhaca y le contestó muy amable y ceremonioso don Armindo Pinto Basto en un perfecto inglés comercial dándole una ultima dirección de Serafín en Port Said. Amaro recibió carta de Karen y, estando ya en el oficio de los secretos, averiguó el paradero de Serafín y la reenvió a San Diego, California. Karen ya no está para entenderlo pero desde hace unos años en Navidades le llega una postal sin firma desde un pueblo en Sudáfrica deseándole Feliz Navidad. Mientras Serafín cruzaba la frontera a de España a Portugal Antonio la cruzaba también pero en distinto sentido, volvía de vacaciones de su segundo año de medicina en Coimbra, sólo para descubrir que habían paseado a su padre y que a él lo buscaban. El día del Apostol llegaron de Compostela unos uniformados y de casualidad lo encontraron en la calle y le preguntaron si no sabría dónde vivía Antonio Conde. En lugar de callar dijo no busquen más, soy yo mismo. Antonio pasó once horas en la caja de un camión al ralentí con otros siete tipos tristes mientras su tío, falangista de uniforme, entre ordenes contradictorias, llamadas de teléfono y gritos de usted no sabe quién soy yo hacía las gestiones posibles para que lo soltaran. Amaro volvió a recorrer América del Norte con Karen, ahora en una roulotte, mientras Serafín vivió en Roma, en Madrid y en Berlín, dejando entender cuando lo cuenta que haciendo de espía. A Irene le confesó con pesar la falsedad de su nombre cuando ya estaba muy enferma; Irene, judía sefardí de Estambul llevaba en la sangre el respeto a la tradición y la identidady guardaba en una caja doscientos años de ketubot de la familia. Antonio nunca pudo volver a Coimbra porque tardó diez años en conseguir que le devolvieran el pasaporte y con la carrera de medicina se le escapó el amor de su vida; una portuguesa modosa que estudiaba letras y cuyo afecto por Antonio no resistió la separación a pesar de las muchas cartas. Cuando está entre amigos toca la mandolina y canta fados en voz baja, con timidez pero con emoción y una vez, ya viejo, fue a la clausura del curso escolar, a la Serenata la Queima das Fitas en la plaza da Sé Velha pero volvió con una tristeza que le duró meses y se prometió no repetir. En Navidades los tres se juntan y cenan en casa de Antonio. Serafín se afana cocinando alguna de las cuarenta recetas con berenjena del libro manuscrito que a Irene le dejó su abuela y abren una botella de vino de jerez. Hablan poco porque aunque no se lo saben todo los unos de los otros lo que falta se lo pueden imaginar y en todo caso ya irá saliendo. Después de cenar se acercan al fuego y Antonio canta algo mientras en una vieja filloeira asan las ultimas castañas, removiéndolas de vez en cuando con las palmas de las manos, con el mismo movimiento con el que se barajan las fichas del dominó. Este es el momento en el que Serafín lee las cartas de su hija y Amaro le muestra a Karen, comida por dentro por el Alzheimer, las postales que llegan, sin firma, de Sudáfrica. Al final, quieras que no, tus hijos, son tus hijos y se acuerdan de ti, coinciden todos en voz alta sabiendo que el tiempo de conmoverse se le ha pasado. Amaro piensa en su hija china a la que durante mucho tiempo quiso conocer y sabe que nunca conocerá. Antonio mete en la boca media castaña y con ella un buchito de anís porque así mezclado sabe un poco a marrón glasé. Serafín come despacio mandarinas partiendo los gajos y poniéndoles una pizca muy medida de sal. Antonio deshace los Ideales y los lía de nuevo con papel bueno, Bambú, el más fino y aromático, y va tirando a las llamas las colillas que desaparecen en un santiamén. Junto al fuego en una olla grande hierve agua. Los tres coinciden en que pasar la vida solo es terrible, pero también lo es estar casado y ver cómo se muere la persona que mas quieres. En realidad no hay mucha alternativa, quedan sólo esos pequeños detalles. A las once y media Amaro rellena con un cazo una bolsa de goma con el agua hirviendo y se la pone a Karen bajo los pies, le coloca bien la manta sobre las piernas y el chal sobre los hombros, la repeina un poco y salen los tres empujando la silla de ruedas a oír la misa del gallo. Uno quiere ser quien es, todos lo queremos, pero uno de cierto nunca lo sabeporque quienes somos lo dicen los otros, la familia, los amigos y, en muchas ocasiones, el azar.

PAMPLONA Y EL TERREMOTO

Pamplona tiene parte nueva y parte vieja como la mayoría de las ciudades porque las ciudades son pueblos que han crecido, pueblos viejos con parte nueva. Eso aquí, que en los USA, por ejemplo, las ciudades son todas nuevas del trinque, aunque a veces esté todo viejo y ajado. Pamplona la nueva, la parte de Pamplona que la sacó de pueblo, es ordenada, amplia, ventilada, limpia y con zonas verdes. Un poco inhabitable la verdad, como las cosas que pergeñaba Le Corbusier, como Brasilia. Esos ejemplos de planificación siempre me han producido una instintiva repugnancia y, creo yo, a los pamplonetas un poco también. Nadie por la calle a las cinco de la tarde de un día laborable salvo runners y repartidores porque las calles, esas calles nuevas, no son para estar, son sólo para ir del punto A al punto B y mejor si es en coche. Y esa única utilidad tan utilitaria de la calle ocurre más cuanto más las mentes pensantes de las calles nuevas las planean para que se disfruten más que las viejas. No se debe reinventar lo que ya lleva tiempo inventado y funciona fetén, no se debe reinventar la calle o la empanada o el libro porque la cagas fijo. Pamplona la vieja, el pueblo crecido en ciudad, es más para la gente, más de cosas inventadas hace tiempo y que funcionan, aunque desprecia un poco al Arga sobre el cual se encarama, allá subida a un risco. Al río dan las traseras de las casas, feas y deslucidas, oscuras, y el río responde con recíproco desdén: aguas estancadas de un verde feo, verde OTAN diría yo, zarzas en las riberas y un revuelto de piedras y plásticos que forman isletas tristes. El GPS, hábilmente interrogado, me guía con su voz de locutora de continuidad a un aparcamiento perfectamente situado para visitar el casco antiguo pero, por mi torpeza, acabo metiendo el coche en los toriles, o corrales, de donde salen los morlacos para los encierros de San Fermín. Me advierte del error una pareja de pamplonetas muy delgados con dos niñas, una de las cuales empujan dormida en su carrito. La verdad es que, si estás atento, lo del corral es evidente por las maderas que lo cierran, tal cual el coso de un rodeo texano. Queda finalmente en un descampado al otro lado del río y subo el desnivel en un funicular camuflado de ascensor que me deja, como un señor, al nivel de la ciudad. Allí desconecto, dejo de intentar saber dónde estoy, y empiezo a flanear, que es lo que me gusta y lo que busco. Deliberada y conscientemente desorientado camino siguiendo impulsos mínimos y efímeros. Aquí a la derecha porque el color de aquella marquesina es precioso, allá a la izquierda porque suena al fondo de la calle un molinillo de café o una melodía que no reconozco o el chiflo de un afilador. Los pamplonetas también parecen moverse por sus calles errabundos, con un similar confuso vagar que me extraña porque cómo una ciudad llena de flanéurs. Quizá son esas calles estrechas, un poco oscuras, esas calles viejas que lo mismo sirven para ir que para estar. En general, y en las grandes ciudades más, los peatones saben a dónde van y se alinean en sus ámbitos de circulación de modo natural en dos corrientes, la que va y la que vuelve. En una calle peatonal concurrida cualquiera que se detenga a observar verá que los que van lo hacen orillándose a su derecha y los que vuelven, a su vez, a la suya, de tal modo que la cosa se ordena naturalmente y el mundo, la sociedad, tienen sentido. Los pamplonetas caminan colisionando pero sin un rumbo, piensa uno que por el placer de hacerlo. Si el gallego estático que no se sabe si sube o baja es un ejemplo del experimento de Schrodinger el pamploneta es el ejemplo del movimiento browniano. Cruzan de lado a lado, se paran, circulan y retroceden. Poseen, poéticamente, las calles y las hacen suyas pisando cada baldosa como pisa el caballo las del tablero; con un sentido que no es evidente para el extraño. Las calles por las que me pierdo tienen el encanto de un pueblo grande y cuidado, de un pueblo peatonal y tranquilo, de casas de vecinos con mercerías en los bajos, y colmados y zapaterías y estancos. De vecinos que se conocen y charlan en la puerta de la panadería. En los balcones, esa tarde de temperatura agradable, hay mucha gente asomada, mirando el tráfico peatonal, como esperando que pase algo, quizá que vengan los toros del encierro y con su bravura orienten a sus vecinos que caminan sin sentido. Entre dos locales de tatuajes una peluquería en la que advierto que las tres clientas llevan el pelo cortísimo y con el canoso natural de su edad y a qué van, pienso mientras sigo perdiéndome. Ese pelo tan corto, algo más que a la garçon, algo menos que a la colaboracionista en posguerra, no parece muy necesitado de grandes atenciones pero, pienso, qué sabré yo. En la plaza del Castillo están montadas unas casetas de libreros por las que hay que pasar, y pasamos todos, en fila ordenada lavándonos las manos con el hidrogel antes y después, encerrados en unos imaginarios pasillos aeroportuarios de cinta plástica roja y blanca. Parejas de novios, parejas con niños, parejas de ancianos circulando entre casetas blancas en filas ordenadas, parece un triste reparto de alimentos en un campo de refugiados. En un campo de refugiados mansos vestidos de tarde de domingo. Los libros, al menos en mi caso, relajan y quitan hierro a la situación un poco absurda; es hasta agradable hacer la cola y, alineado con otros, bajar un poco la cabeza al mostrador saludando a la letra impresa, como ganado abrevando cultura. La plaza es grande y en tres de sus cuatro lados está ocupada de bares y cafeterías con enormes terrazas. Desde la distancia llega un rumor de conversaciones que llena la plaza de esa animación, quizá perdida para siempre, del foyer en un estreno. Que ese murmullo tan agradable se escuche en el centro de la plaza supone que las conversaciones de las terrazas son a gritos, pienso, y un poco sí; los pamplonetas son españoles y el noventa por ciento del énfasis se nos va en volumen. Hay alguna caseta de libro viejo que en realidad para un viejo flaneur son las únicas interesantes. Las de novedades parecen todas ya un poco obsoletas, tiendas de bisutería y complementos pasados de moda. Las librerías de viejo se dividen, pienso mientras paseo curioseando embozado y guardando distancias, entre aquellas que tienen un ejemplar de Bella del Señor y las que no. Por algún motivo hay libreros de viejo que se empeñan en tener un ejemplar del libro de Cohen siempre a la vista del público, como reclamo de algo. En esas, manías mías, no me paro, como tampoco lo hago en las que tienen El lobo estepario. Quizá tenga yo algo de manía a los suizos, pienso tomando un café bastante malo en una de esas concurridas terrazas, quién sabe. Creo que soy el único que no grito pero porque estoy solo. En esta tarde tan agradable gritaría como los demás si estuviese en buena compañía. Ya en el hotel un terremoto de 4,6 en la famosa escala de Richter sacude la ciudad ya dormida y a mí en la cama, hojeando mis compras: El sentimentalismo tóxico de Dalrymple. Quizá el terremoto, pienso, es a la ciudad lo que el grito en las buenas conversaciones, un modo de enfatizar el sentido de todo este día.

UN BESO EN ORIHUELA

Para ir a Orihuela basta ir a Albacete y seguir las señales. Las señales que dicen Murcia. Yo de Albacete, del Nueva York de La Mancha, sé Algunas cosas, más o menos las cosas que sabe todo el mundo: que para allá están siempre in itinere una vieja y un viejo y que al llegar caga y vete. Me consta que Albacete está en llano y Chinchilla es todo cuestas y para bailar las manchegas necesitas, moza, una guitarra y unas postizas, sea eso lo que sea. También dicen, cosa que no he comprobado, que desde Chinchilla se ve Almansa y La Roda y Albacete y La Mancha toda. Por las cercanías paro a poner gasolina y el termómetro marca cuarenta y dos grados aunque un poco más allá refresca algo y baja a cuarenta y uno, lo que se hace más soportable. Todo es un poco exagerado en Albacete y creo yo que la razón es que para ser un pueblo es demasiado grande. En Albacete pasé el frío de mi vida y aparcaba el coche sin freno de mano. Si llegabas y el sitio era escaso arrimabas parachoques y empujabas un poco, lo justo para meterlo. De esto saqué yo la enseñanza de que con algo de educación y maneras suaves te dejan entrar en cualquier sitio. Y eso porque el coche, aún sin freno de mano, sabíamos que no se iba a ir a ningún lado. Diríamos que la gravedad, en Albacete, está en un punto de equilibrio, las cosas sólo caen hacia abajo y no garrean. Allí, se rumorea, no hay que nivelar las ruletas ni las mesas de billar, donde las pongas vale. Esto me suena a chiste de casino pero quién sabe. Cuentan también que en el de Albacete, en el Casino Primitivo que es el bueno, Calle de Tesifonte Gallego número 3, estaba Toribio Moreno leyendo el YA cuando lo abordó Eliseo Romero diciéndole, Tori, ven, que te voy a presentar a un amigo. Tori bajó el periódico y mirando a Eliseo pero no al amigo le dijo: Eliseo, te lo agradezco mucho pero ya conozco a demasiada gente; preséntaselo a alguien que tenga menos conocidos o mejor memoria porque me voy a olvidar de él enseguida y estoy seguro que no se lo merece. Seguramente esto no sucedió y no sea más que otra leyenda urbana, una leyenda de pueblo, pero desde siempre, desde que me lo contaron Toribio ha sido mi héroe secreto. Es que tengo el móvil lleno de nombres y números de gente que no sé quién es; gente que yo ya he olvidado pero el teléfono no. Ojalá tener la clarividencia de Toribio y la mitad de su arrojo para rechazar según qué cosas. A veces, pienso mientras en lo alto se reúnen nubes de tormenta, no ser esclavo de mi exquisita educación. En Orihuela han puesto en las aceras versos del poeta: Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene y así. Lo veo peligroso. Lo mismo te despistas y un buga tuneado te silencia el alma a lo tonto y del tirón. Lo digo porque delante del Teatro Circo casi me pasa. El Teatro Circo es redondo, como un circo, lo que vienen siendo dos teatros romanos opuestos y adyacentes. El Teatro Circo de Orihuela, me malicio, seguramente dio un sinnúmero de noches de éxito a Manolita Chen y su Teatro Chino, compañía de galas orientales con cincuenta artistas internacionales, quince atracciones, circo y variedades, además de veinte bellísimas bailarinas. Tiene toda la pinta, por el estilo de la edificación, que allí vibraba enardecido el respetable con aquel espectáculo setentero: paraíso sicalíptico a precios populares. Hoy en la plaza juegan niños mientras abuelas y mamás vigilan con esa visión periférica que tienen las mujeres, esa que me falta y hace que casi se me lleve por delante un Opel tuneado, con luces azules bajo la carrocería y sonido de pedo apretado, mientras leía acalorado y curioso los versos del poeta. Cuando se dice el poeta, si está uno en Orihuela capital, su huerta o su monte, se habla, claro, del poeta cabrero Miguel Hernández. Aclaro esto a los sólos efectos de poner en contexto el asunto y porque, aunque quizá no sea necesario, sabido es que lo que abunda aburre pero no daña. En Orihuela hasta el Casino, casino orcelitano, es un algo homenaje a Miguel Hernández, lo cual tiene un sentido pero no todo. Para mi que nada más lejos del poeta que un Casino de pueblo, un casino con butacones que aún huelen a puro y anís, con salones en los que aún resuenan murmuraciones y chismes de comerciantes burgueses. Orihuela, a simple vista se ve, es villa que ha tenido un pasado. Conventos, iglesias, casonas y palacetes de una piedra siena como los montes que la rodean salpican sus calles estrechas, calles como las que se gastaban antes, para ir y venir y no para aposentarse con coches o terrazas. Paseo algo errabundo mirando el río y echando de menos, traicionando a Toribio, alguien que me cuente, con mirada pícara, mucho cachondeo y quizá hasta bajando algo la voz, las mejores anécdotas del Casino Orcelitano. Aunque luego su nombre, anotado en el teléfono, no me dijera nada. El río, el Segura, pasa manso mirándose en los cristales que lo miran. Errando acierto a caer hambriento en Casa Pepe donde, como los beréberes ofrecen te, nada más llegar asaltan al viajero con ese gel hiroalcohólico que todos odiamos, ese que tiene el tacto de gomina para el pelo y deja las manos casi tan pringosas. Uno, antaño, tenía cabellera y usaba gomina y, hogaño, a la puerta de Casa Pepe con las manos asquerosas pero desinfectadas, con las manos sin saber qué hacer con ellas porque lo que uno toca lo empuerca, casi agradece al Divino Hacedor que le haya dado una vejez escasa de pelos ahí arriba. Hace dos meses no sabíamos lo que era lo hidroalcohólico, si acaso echarle agua al vino, y ahora todos entendemos más de eso que de mujeres. Cosas. Usan, en cambio, aceite muy verde y picante, como el portugués, lo cual que se agradece. Y es que el aceite bueno y una pizca de sal levantan el pan malo que se gastan. El pan y el café malos son una constante por España adelante, como el número de Avogrado, 6022140857, que llamas y comunica. Las verduras, no obstante, están como uno las espera en un sitio en el que presumen de ellas. A las diez o así anochece en Orihuela pero el calor no se va y el cielo, de un azul raro, sin una nube, parece artificial, el vinilo retroiluminado de una tienda de telefonía. Con esa luz difusa que no tiene origen claro pasea uno por donde el Palacio Episcopal que está enfrente de la Catedral la cual tiene un bonito claustro abierto en el que una pareja con las mascarillas al cuello se morrea con ansia contenida. Mirarlos, de reojo porque son leyes de la física y de la antropología que observar altera lo observado, es como ver burbujas trepando por la copa del champán. La nueva normalidad en algunas cosas es lo mismo que la normalidad vieja porque de otro modo el mundo no sería y Nos maliciamos que siempre será ese en el que la sangre que no se desborda y la juventud que no se atreve, ni es sangre, ni juventud, ni relucen, ni florecen. Con ese cielo azul de noche americana el beso, ese beso tan normal, parece de Hernández rodado por Truffaut, cinematográfico, huertano e intemporal. Será que la moza iluminada de azul lleva alpargatas. Quizá.

COSAS QUE HACER EN MONZÓN SI NO ESTÁS MUERTO


Monzón está más allá de Huesca, que está más allá de Zaragoza, lo cual es mucho más allá de lo que parece razonable conducir. A veces, por dinero, por amor o por cualquier otra tontería hacemos locuras. Sobre todo por amor. Esto se lo dije yo al cura de los cursillos prematrimoniales y aquello cayó, valga la figura, como un jarro de agua bendita en un aquelarre. A poco que no me caso. ¿Qué es el amor para vosotros? preguntó el pastor a su aborregado rebaño primero así en general y luego, señalando con el dedo, uno por uno. Las respuestas fueron todas propias de una Miss venezolana, claro, que era lo que el pastor de aquellas almas nuestras esperaba. Un don de Dios. La Gracia Divina. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Y así. Pongamos la cosa en perspectiva. A mi hoy cónyuge su cura de cabecera la había eximido de tan amargo trámite así que acudía solo a aquellas jornadas. Sin su ayuda, auxilio, asistencia, socorro o amparo que se reveló de pronto imprescindible. Un tipo sensato se casa, ademas de por la legítima ansia de monopolizar el objeto de su obsesión y lujuria, para tener alguien que le ponga caras o dé patadas por debajo de la mesa cuando está metiendo mucho la pata. Uno, que se las da de sensato, siempre supo que para un plan a largo plazo la lujuria no iba a ser bastante y necesitaba a alguien inteligente y con buen criterio que le diese patadas en el momento correcto. En algún sitio leí que Stevenson dijo que casarse es domesticar al ángel apuntador; domesticar, doy por supuesto, en el sentido de hacer doméstico. En aquel momento y lugar, aquella tarde triste y lluviosa, en aquel semisótano bañado con la poco favorecedora luz de unos fluorescentes temblorosos y zumbones, rodeado de aspirantes a Miss, con todo apalabrado pero todo por empezar, ya empecé a echarla a faltar. ¿Qué es para ti el amor? me preguntó en mi turno el mosén señalándome con el dedo. Una especie de enfermedad mental, le contesté, dejándome llevar por mi natural provocador al no sentir la patada. ¿Y cómo así? dijo el tipo que además era cursi. ¡Explícanos! Enamorado, uno hace cosas que estando sano no haría ni de coña, le dije, como por ejemplo venir aquí. Algo debió advertir en mi aquella tarde triste que, pese a ponerse colorado del enfado, cambió de inmediato de tema y pasó a alguna otra banalidad que por supuesto no recuerdo. La idea, claro, no es nueva. En El último boy scout Bruce Willis dice “Creo en el amor; creo en el cáncer” y su compañero le da la réplica: “¿Porque las dos son enfermedades?” Son éstas referencias postmodernas que mosén quizá no manejaba pero la Celestina y su mal de amores o a Ovidio debería haberlos leído. Los médicos de la época tenían al amor en su DSM-VI como enfermedad psiquiátrica, y quizá nunca deberían haberla sacado de ahí. También es verdad que como enfermedad el tratamiento es simple: las embrocaciones frecuentes en las partes íntimas producen alivio inmediato si bien sólo sintomático. Valga esto para recordar que por buenos motivos hacemos cosas impensables, doblegamos disciplinados pero reacios nuestra voluntad y, por poner un ejemplo, va uno a Monzón. Aunque también es cierto que, como decía alguien que no recuerdo, todos los motivos son buenos, lo cual quiere decir que no valen para nada. Si sabe uno ir a Tolosa el camino es el mismo hasta Pancorbo -Astorga, Leon, Burgos y tal- y allí se toma un ramalito a la derecha en dirección a Logroño. Mi abuela era muy amiga de ramalitos y en todas partes veía la oportunidad de uno. Si aquí hicieran un ramalito nos ahorrábamos toda la vuelta por O Cadaval, decía. La gente amiga de los ramalitos, de los nuevos y de anchear los viejos, he podido observar, es gente sin tierras, lo cual coincide en el caso de mi abuela F. Quien tiene tierras repudia la obra pública porque sabe que siempre se hace a su costa a precio de saldo. Si circula uno por el ramalito que sale de Pancorbo simplemente ha de ir atento a ver el cartel que anuncia la llegada a Cuzcurrita del Río Tirón, pueblo al que fiando del nombre le supone uno encantos que posiblemente no tenga. Quizá se agolpen en Cuzcurritilla que está a tiro de piedra. En ese momento está próximo el fin del atajo y el nuevo comienzo de la autopista. Cerca, Tudela, villa y comarca que sin haber visitado nunca llevo en mi corazón. Cuando en la EGB ya nos sabíamos de memoria y de corrido los confines de España, los ríos y sus afluentes y los cabos más salientes, cuando ya nos habían quedado claros conceptos enrevesados como llanura, montaña, cordillera, monocultivo, latifundio, minifundio y regadío nos entregaron un libro que no era, en principio, para estudiar sino para consultar: El Consultor 3. El concepto era distinto de todos los libros anteriores. Tapa dura, temas largos y desarrollados, sin colores en el texto, con fotos y mapas en lugar de ilustraciones. Me enamoré inmediatamente; un libro de mayores. El Consultor, que me leí entero en las primeras semanas, trataba especialmente de Tudela y Frankfurt am Main. Tudela era el ejemplo de ciudad agrícola, en una llanura aluvial del Ebro, río que la atraviesa y riega, con clima suave y húmedo, productora de una gran variedad de cultivos de huerta que por su situación estratégica distribuye a las ciudades que la rodean. Y así. Tudela, donde nunca he estado, aparecía en un mapa serio, un mapa como de la Guía Michelin, con distancias y todo, y las carreteras o caminos salían de ella en todas direcciones como rayos de una estrella, y a mí Tudela me encantaba. Me imaginaba a los tudelanos saliendo de sus casas por la mañana en sus tractores a cultivar sus campos de regadío productores de toda clase de hortalizas en sus terrenos fértiles a las afueras, especialmente espárragos y pimientos. El Consultor 3 tenía tapas color mostaza de Dijon, papel grueso y una encuadernación que a las claras renegaba de la caducidad anual, propia de malas hierbas, y apostaba por lo perenne, por quedarse toda la vida en la estantería de casa, por si a lo largo de tu vida en algún momento te entraba la duda sobre algún detalle de Tudela y sus gentes. Luego hablaba de la conurbación industrial de Frankfurt, sus autopistas y carreteras, su situación estratégica en el corazón de Europa, sus muchas industrias mecánicas y así, y siendo el asunto también interesante ya me gustaba menos. Diríamos que era yo, a la edad de El Consultor 3, un poco rusoniano y veía en Tudela un paraíso agrario e idílico y en Francoforte del Meno a la civilización que si bien trae el progreso material lo acompaña inevitablemente de cielos grises y otros males, difusos e inconcretos pero ciertos. Yo a Tudela la llevo, nostálgicamente, en el corazón como una primera novia y quizá a Frankfurt como a la segunda. Creo que incluso tengo mejor recuerdo de Tudela que de la primera novia, la verdad, y pienso que un día debería ir a ver qué tal les va a los tudelanos en sus campos ubérrimos, pero si lo hago quizá debería también llamar a mi primera novia, también por ver qué tal, y paso. Después de Tudela viene Logroño y luego Zaragoza, Huesca y allá al frente, Monzón. Es, como Tolosa, un pueblo apretado entre la carretera, el río y la vía del tren, pero con holguras, sin mucho agobio. Allí se junta el Cinca con el Sosa, o viceversa, que baja con color blanquecino como si de verdad le hubieran echado sosa. NaOH. Tienen castillo allá en lo alto, macizo, sólido, ferruginoso; parece hecho con un cubo de aquellos que llevábamos a la playa. En Monzón hay mocitas circulando en bandadas o posándose en los bancos del parque para comer pipas, como pajaritos en primavera, todas vestidas iguales, con shorts y camisetas sacadas del mismo estante, con mascarillas fabricadas por el mismo chino. En las esquinas, casi en cada esquina, mucho afroaragonés en grupos pequeños, de tres en tres o de cuatro en cuatro, oyendo un transistor, charlando de quién sabe qué en idiomas que no entiendo. Hay revuelo a la puerta del tanatorio y es una tarde tan soleada, tan dulce luego de una tormenta de verano, que parece improcedente el dolor de un entierro. Un tipo con acento andaluz me pregunta que cómo se hace para ir al Castillo y le contesto con mi acento gallego que ni idea. He dado con el único que no es de aquí, me dice riendo. Marcha contento de su mala suerte y yo sigo perdiéndome por esas pocas calles, entre esas pocas gentes, sonriendo bajo la mascarilla, manteniendo la adecuada distancia social.

EL HIATO – Diecisiete

Hoy me miré en el espejo y advertí sorprendido que inconscientemente he dejado de recortarme la barba desde el inicio del hiato. Parezco ahora el Mandy Patinkin desastrado de algunos episodios de Homeland, pero deslizándome peligrosamente en dirección a los ZZTop más pordioseros. Hay cosas que son así, que están ocurriendo y uno mismo no lo sabe, lo cual es un evidente contratiempo. “¿Y cómo ocurrió?” preguntaba un personaje en un corto que un día ya lejanísimo osé escribir, producir y dirigir. “Primero poco a poco, luego de repente.” Así son las cosas, algunas cosas. Leí, o quizá imaginé, la historia de una mujer que, de pronto, fue consciente de que quería divorciarse entrando en el coche con su marido, saliendo de vacaciones. En ese instante en el que el conductor arregla el espejo retrovisor con los bultos ya en el maletero, el destino grabado en el navegador y una botella de agua entre los asientos supo con absoluta certeza que quería el divorcio. Un inesperado instante de lucidez en el que fue consciente de que desde hacía más de un año cuando iba en coche con su esposo, y sólo con su esposo, no se ponía el cinturón; que en esos trayectos su mente caprichosa jugueteaba con accidentes mortales, y daba por buena la suya. No sé qué puede ser lo de la barba más larga, que me pone cara de sospechoso, de más sospechoso de lo habitual. Lo cierto es que estos días leo y releo y me encuentro fabulando sobre cuál es la dosis exacta de rencor, el punto correcto e inteligente de odio, las razones morales de la venganza. Sobre la ausencia absoluta de referencias en este hiato en el que sólo llegan ecos de la desgracia. Dice Enzensberger que al fracasado le queda la resignación, a la víctima exigir reparación, al derrotado levantarse para la próxima. El caso es saber dónde estamos, quienes somos, cosa difícil estando encerrados, con referencias confusas, relatos inciertos y el tiempo alargándose cada día más. Todo entre esta niebla va tan poco a poco que temo algo ocurra de repente.

EL HIATO – Dieciéis

Ayer se corrió la especie de que hoy nos dejarían empezar a trabajar, lo que habría de concretarse en que los juzgados empezarían a aceptar esos papeles abstrusos en cuya redacción consumimos las horas de nuestros días. No iban a hacer nada con ellos, eso ya lo sabemos, pero algo es algo. Un pequeño cambio que sería de agradecer. Eso es bueno, creo yo, aunque siempre aparecen emociones encontradas. No es lo mismo hacer que hacer como qué; lo que viene siendo un paripé. Al final nada. Protestas de sindicatos y asociaciones de funcionarios y secretarios parece que han parado el asunto. Contagio. Peligro. Prudencia. Recibir por mail un pdf sin mascarilla quizá supone un riesgo. Veremos mañana. Paciencia, me digo, y recuerdo de pronto que desde tiempos lejanos descansa paciente en su estante un librito titulado “La paciencia. Pasión de la duración consentida.” Parece el momento, encerrados en esta bartolina doméstica, de releerlo. “¿Paciencia e impaciencia no son sino pasiones inútiles, que evidencian la ilusión de quien todavía espera algo de la vida cuando no tiene ya nada que esperar?” “La paciencia es duplicidad, sufrimiento, que neutraliza la desesperanza por su integración con la esperanza, su reconversión en el tiempo.” “Los sabios de tradición judía han prevenido a su pueblo contra la tentación de la impaciencia. Querer que se produzcan actos que se supone harán venir al Mesías más rápidamente, deriva de la fronda contra el tiempo de paciencia que Dios impone a los hombres. Pero este tiempo de paciencia ¿no es pura pasividad?” Sigue así durante bastantes páginas y se acaba mi paciencia. Son varios sus autores y es traducción del francés, así que quizá es por eso que uno confunde la paciencia con la resignación, el otro con la esperanza y el tercero la opone a la impaciencia, con la que, creo yo, nada tiene que ver. La impaciencia es un sentimiento de irritación por la espera y la paciencia -copio una nota de mi mano que dice “J. A. Marina”- no es un sentimiento sino “un sabio adueñamiento de la propia alma.” Bierce la define como “Forma menor de la desesperación, disfrazada de virtud” y Perroantonio como “Capacidad para padecer sin inmutarse propia de bóvidos dóciles e individuos serviles.” Me recuerdan a Camús que se sorprendía, o se regocijaba, ya qué sé yo, del aspecto de pobres animales de los enfermos en las salas de espera de los doctores. Estamos jodidos. En otro de los márgenes encuentro anotado «S. Agustín» y ¿a qué coño se referirá? Busco en la web y me vale esto que aparece en nada: «llamamos paciente no al que huye, sino al que se comporta dignamente en el sufrimiento de los daños presentes para que no sobrevenga una tristeza desordenada.” Quizá dignamente sea la palabra. Quizá lo del sabio adueñamiento sea otro modo de decir comportarse dignamente. Arriba los corazones.

EL HIATO – Quince

Hay un cuento de Sergi Pámies que empieza con una frase estupenda: Cuando el ñu entró en el bar, el portero creyó que era cosa del dueño, y lo dejó pasar. Sé que aparece en el librito titulado Infección porque siempre pienso que es en Debería caérsete la cara de vergüenza y ya he aprendido que es en el otro. Yo creo que es un comienzo estupendo, pese a que para mi gusto las comas sobran; yo, el que esparce comas, criticando el exceso. Cosas veredes. Luego ya nada. Luego ya sólo cosas sin importancia ni mucha gracia. Al ñu le apagan un cigarrillo en el ojo y, claro, se enfada y se marcha y embiste en la Diagonal a un Porsche rojo en el que iba el dueño del bar, que en realidad era un pub pero la frase inicial con pub perdería mucho. Unos lo pronunciarían bien, pav, y otros muchos, yo incluído, dirían pub, así como se escribe. Léase en voz alta la referida frase al inicio a la letra transcrita en las tres variantes que se apuntan y se advertirá la pérdida de sonoridad y poder de evocación. Desaparece el cincuenta por ciento, cómo mínimo, de la sorpresa y la extrañeza. Como si la aparición en un pub, o en un pav, un ñu fuese menos sorprendente que en un bar. El cerebro funciona así. El ñu enfadado, y quién no, y con el ojo enrojecido embiste el coche del dueño que era rojo, como ya se dijo. En la Diagonal, detalle que no tengo yo nada claro pero, a estos efectos, doy por bueno porque sitúa la acción en BCN y allí hay pubs y Porsches. Ñus no se sabe o yo no tengo noticia aunque si con el hiato hay delfines en Venecia a ver por qué no vamos a encontrarlos en la Diagonal o en el Paseo de Gracia o pastando en el Parque Guell. Un ñu, para quien visite Barcelona lo digo, es como una vaca despeinada con cara la larga de un bull terrier. Por si paseando por la Ciudad Condal cree ver uno sepa que tienen cara alargada y pasmada con ojillos que de diminutos parece que no sirven. Por ese tamaño y porque los tienen un poco a los lados de la cabeza, como todos los animales que son presas y no cazadores, sabemos que los ñus, o los ñues, son bichos de natural tímidos y huidizos, que hay que putearlos mucho para que le embistan a uno, cono por ejemplo apagarles un cigarrillo en uno de esos ojillos. El caso es que en la Diagonal, afirmación que ha de entenderse con las limitaciones ya expuestas, el ñu de Pámies embiste a un Porsche rojo aparcado en un semáforo. El rojo, aquí, se explica porque el Sergi, creo yo, asume que todos los bichos con cuernos tienen un algo de toro bravo. El asunto es que el rojo, con esas farolas de vapores de mercurio que ponen en las avenidas no se ve rojo y, que se sepa, un ñu no es un toro de lidia. El conductor del Porsche era, como se dijo, el dueño del bar/pav acompañado por una golfilla, un ligue de una noche de esas que se levantan solas, que ellas solas se ponen a tiro y aprietan el gatillo. El asunto es que en la Diagonal, en un semáforo en rojo, el ñu con laceraciones en la córnea, el Porsche rojo, el conductor dueño del pub y la moza tan fácilmente prendada de este, arden en una pira que lo mismo los castiga a todos purificando el pecado como ensucia el aire de hollín y peste a carne quemada. Quién sabe. Yo le quitaría las comas y volvería a empezar, a ver qué pasa. Cuando el ñu entró en el bar el portero creyó que era cosa del dueño y lo dejó pasar.

EL HIATO – Catorce

Nuestro amigo Eco, es un decir, tiene una bonita conferencia publicada al menos en un volumen llamado “Entre mentira e ironía” dedicado a Manzoni, concretamente a su novela “Los Novios.” Confieso no haberla acabado porque, empezada, me pareció un coñazo. De lo que discurre Eco es del concepto de semiótica que en esa obra de Manzoni éste sugiere. “una oposición entre lenguaje verbal, vehículo de mentira y tropelías, y signos naturales, a través de los cales los humildes comprenden, incluso cuando los poderosos los engañan con latinorum.”

Eco habla de los capítulos de Manzoni sobre la peste con el epígrafe “El delirio y la pública demencia” y nos explica las claves literarias de Manzoni al relatar las acciones y pensamientos de los personajes cuando llega la peque y se difunde el contagio y la sociedad entera cancela la idea y cómo, cuando ya es innegable, fantasea sobre una causa humana y se construye la figura del “untador”.

Aparecido un cadáver éste no tiene señales que remitan a una causa conocida y sólo el médico que ha vivido la peste anterior da la voz de alarma, que es desoída. Llegan noticias de lejos, de Lecco, pero son mentiras: se atribuyen las muertes a emanaciones de pantanos que allí hay y aquí no o a privaciones y penalidades que allí sí y aquí no. Llegan nuevas noticias, por escrito, varios escritos, que el Gobernador desoye, estando más ocupado en asuntos próximos y de despacho ordinario. El pueblo, por su parte, atribuye los síntomas cada vez mayores de una epidemia a las causas más fantásticas, en un intento de cancelar el temor, de alejarlo con palabras. Alguien ve un bubón y habla, pero sólo éste lo ha visto y los demás no terminan de creérselo. Se multiplican los edictos, todos con intención de poner fin al temor más que a la propia peste porque “lo poco numeroso de los casos alejaba la sospecha de la verdad”. 

Hay individuos, no obstante, que ven llegar la epidemia y de inmediato se los marca con el nombre de enemigos de la patria; por ejemplo el médico viejo que recordaba los síntomas, quien corre el riesgo del linchamiento. Los médicos más jóvenes, quizá ignorantes, quizá temerosos del populacho o del gobierno, quizá fieles a la patria, tardan pero acaban hablando de “fiebres pestilentes”, pero no directamente de peste. Hasta que una familia conocida es llevada en carro, desnuda, a la hora en que las calles estaban más concurridas nadie “ve” claramente la peste: sin bubones y marcas el relato que los enfrenta el miedo no es creíble.

Una vez imposible negar la epidemia la mala conciencia retrocede una línea de trincheras y se refugia en la negación de las razones el contagio: el contacto humano, y se actúa en sentido completamente contrario: obligando, por ejemplo, al obispo a convocar una pública y solemne procesión propiciatoria en la que se hacinan, convocados por las autoridades, todos los ciudadanos que se ven, luego, víctimas de la peste. A partir de ahí comienza la construcción del mito de los “untadores”, individuos que se dedicarían voluntaria y conscientemente a esparcir la enfermedad.

Más allá de la anécdota, que parece hemos copiado a la letra, Eco se interesa y detiene en la semiótica. Los doctos de Manzoni usan la palabra para alejarse del mal construyendo muros defensivos de palabras que más que describir ocultan la realidad, palabras que no significan. Muchos de los simples caen en la trampa de aceptar esas palabras, que ayudan a alejar el temor. La semiótica popular del signo físico del bubón y la muerte, se enmascara con palabrería y sólo algunos son capaces de verlos por debajo de las palabras.

“Al principio, pues, peste no, absolutamente no: prohibido hasta pronunciar la palabra.”

“Luego, fiebres pestilenciales: la idea se admite de refilón con un adjetivo.”

“Luego, verdadera peste no: o sea, peste sí, pero en cierto sentido.”

«Finalmente, peste sin duda, y sin discusión: pero ya se le ha unido otra idea, la idea del veneno y del maleficio, la cual altera y confunde la idea expresada por la palabra.”

A partir de cierto momento todo es causa de la peste. Los “untadores” –untori– son todos los que el populacho advierte como extraños. Un tipo que limpia un banco antes de sentarse, otro que toca con la mano la fachada el Duomo, otro que llama a una puerta, a quien se quita raro el sombrero. La búsqueda de culpables se dispara en todas las direcciones. Eso los disculpa a todos, a quienes ocultaron la verdad y a quienes por miedo se creyeron lo que les contaban los mentirosos. Los que prefirieron escuchar en lugar de mirar.

Arriba los corazones.