EL CABLE DE LA MENEGILDA

Tenía que arreglar unas lámparas y necesitaba de ese cable moderno de plástico transparente e hilos color acero que usan los diseñadores más vanguardistas para que de primeras se advierta incluso por el más neófito que la simplicidad de su diseño no es elemental candidez sino meditada destilación. Con ese mandado salí decidido a la calle y en la segunda ferretería, bazar eléctrico se intitula, conseguí encontrarlo. A la dependienta, que por edad, maquillaje y uñas debidamente manicuradas cualquier observador atento supondría propietaria del establecimiento, le pedí dos metros. Se retiró a la trastienda y volvió con un paquetito en el que se advertía el cable perfectamente adujado. Pagué sin chistar cinco euros, precio desorbitado que achaqué a la guerra de Putin, la subida de los carburantes, la disrupción de las cadenas de suministro post-pandemia y el sursuncorda.


Cual no sería mi sorpresa cuando hace un rato me puse a ejecutar las reparaciones previstas y al sacar de la bolsita el cable este no mide ni metro y medio. Ciento treinta y cinco centímetros, exactamente, o unas cincuenta y tres pulgadas en medidas imperiales.


Llegado este punto las preguntas que cabe formularse son: ¿Qué lleva a una asentada empresaria del ramo de la quincallería eléctrica a sisar 65 centímetros de cable a un individuo de mediana edad? ¿Por qué sisar 1,625€ a un desconocido que posiblemente por ese estúpido detalle no vuelva jamás al bazar eléctrico que regenta? ¿Tendrá la empresaria de tanto sisar seis trajes de seda y satén?


Es una regla no escrita que en la venta al menor o detall cuando alguien pide 100 gramos le ponen 10 más o así y no los cobran; si pide dos metros le ponen diez centímetros de exceso cuando no quince. Por las mermas y así. Las merceras lo hacen siempre con las blondas, las cintas que llevan las niñas para el pelo o los viejos para balduques, los entredoses y las telas de forro. Las boticarias y las peluqueras no venden al metro pero dan muestras gratis de cosas sin importancia. Al cliente hay que hacerle ver que quien le está sacando los cuartos no es un rata. La atención en el peso o la medida le hace ver al consumidor o usuario que el precio excesivo no es desmedida ansia de reprobable lucro capitalista achacable al comerciante sino desgracia de la que son responsables los desconocidos intermediarios. Cuando un comerciante sisa poniendo el dedo en la báscula, echando menos tornillos de los que le pides o menos metros de los que pagas es que algo va muy mal. Fatal.

Dos cosas pueden estar ocurriendo que lo expliquen y quizá ambas a la vez. La primera sospecha recae sobre la degradación general de lo público y con ello de las relaciones privadas. La Teoría de la Ventana Rota de Zimbardo. Este señor dejó un coche en la calle en el Bronx y en una semana estaba completamente vandalizado, sin ruedas ni ventanas ni asientos. El mismo coche en las mismas circunstancias se aparcó en un barrio bueno de LA y en una semana seguía exactamente como lo había dejado. Luego él mismo le rompió una ventanilla y, vaya, en una semana estaba como el del Bronx. A la vista de señales de degradación consentidas, aunque sean sutiles, nos sentimos con permiso para soltar los frenos que nos ponemos para no comportarnos como los hijos de puta que en el fondo somos. Podría ser, digo, que el ejemplo que estamos recibiendo en TV y radio y así es que ser un hijo de puta no sólo no tiene castigo evidente, ni relevante sino incluso un cierto reconocimiento social. 

La otra es que la sisa haya vuelto para quedarse. Y que detrás venga el estraperlo, el se cogen puntos a las medias, el tabaco de picadura, el robar la luz, el olor a col hervida en los cañones de las escaleras y los sastres que les daban la vuelta a los abrigos.

NO SEAS COÑAZO


Alvy Singer, el alter ego de Woody Allen en Annie Hall, divide a los hombres que vamos cumpliendo años en tres grupos, el calvo viril, el canoso distinguido y el baboso que entra en los bares con una bolsa de la compra y predica el socialismo. Entre A y B no es posible elegir, son los genes de tus padres los que te determinan. De la C sí se puede huir y caer en ese hoyo es siempre decisión personal, al igual que es responsabilidad de uno caer en una u otra de las muchas plantas del infierno. Ser un coñazo es imperdonable y estoy seguro de que en el más allá están muy mal vistos. Yo, el más allá, lo imagino como una enorme sala de espera con música ambiente amelódica y repetitiva, con revistas del corazón caducadas e inundado de luz parpadeante de fluorescentes. Una eterna espera por el juicio final, siempre aplazado por la falta de un testigo, una citación que no consta, una baja de un funcionario. Un compañero de infierno coñazo, en estas circunstancias, lo intuimos insoportable. No sea usted un socialista coñazo, con o sin bolsa de plástico, reciclada o reciclable, porque es el personaje que más merece el rechazo social aquí y más allá.

PIZZA DE REGALIZ

Licorice Pizza sin duda es la mejor película del año que acaba de empezar y es posible que de la década que está empezando. Paul Thomas-Anderson nos cuenta una historia preciosa sobre el sentido de la vida tomando como personaje a un adolescente, igual que antes lo hizo Sorrentino con La Grande Bellezza usando a un anciano. Alana Kane y Gary Valentine (Alana Haim y Cooper Hoffman, hijo de Phillip Seymour Hoffman) son los protagonistas de una historia que en apariencia no consiste más que en dos horas y pico de anécdotas un tanto disparatadas e inconexas en la ciudad de Los Ángeles en el ’73. El amor de un chaval de 14 por una moza de 25. Un amor adolescente, dicen las críticas, que alaban a los actores, la fotografía, el vestuario, la ambientación y demás detalles técnicos. Todo el elenco está muy bien y todo lo anterior es cierto, con el añadido de que los Kane, Alana, sus dos hermanas, su padre y su madre, lo son en la realidad y que los niños de la pandilla que acompaña a Gary son los hijos del director y además su esposa tiene un papel secundario.

Si hay que ver Licorice Pizza hay que hacerlo como el exacto reverso de Peter Pan. Barrie, en el inicio de la novela, escribe que un día, con dos años, jugando en el jardín la madre de Wendy le dijo: “­–¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!” Desde ese día, dice el escocés, Wendy supo que tenía que crecer, que los dos años son el principio del fin. Wendy crece y se junta con Peter que se niega a hacerlo y viaja libre con unos niños perdidos y con Campanilla que es la suerte que lo salva, esa estrella que tienen los niños. En Licorice Pizza Anderson lo invierte todo y Peter/Gary es un chaval de 14, prematura estrella de cine, gordo, sudoroso cuando no grasiento, plagado de granos, de caderas y culo ancho y cuasi femenino, sonriente siempre, positivo y proactivo. Gary Valentine es el antihéroe sonriente de nuestra época triste plagada de ofendidos; un chaval de 14 que trabaja, cuida a su hermano pequeño, tiene empleada como su representante a su madre, se cuela en los bares de adultos en los que se reúne la industria, da propinas a los camareros y bebe cocacolas. Gary lo tiene todo para ser visto como el auténtico antihéroe, el adolescente repelente en un mundo poblado de Peter Panes querulantes, que en la película son todos y cada uno de los adultos que le van dado la réplica. Una anciana hace en escena de madre de niños de seis años y se comporta caprichosamente; el dueño de un restaurante oriental habla inglés con un absurdo acento japonés; un viejo actor en decadencia intentga ligar repitiendo diálogos de películas de serie B de los años 40; un director de cine igualmente obsoleto vestido de uniforme de colegio inglés, como un Angus Young californiano; un productor de cine sexualmente hiperactivo y completamente ridículo; un político gay que no se asume como tal y mantiene su relación en secreto. En definitiva, los adultos son sólo ejemplos de lo que es ser un inmaduro, adolescentes que deberían abandonar manierismos, hedonismos, imitaciones y asumir su edad y sus circunstancias.

Gary, gordo, ridículo, físicamente deforme en esa terrible fase que pasa el cuerpo en la dura transición de niño a adulto, no sólo asume con dignidad y sin lamentaciones el fin de su carrera como estrella infantil sino que se lanza al mundo de los negocios asumiendo todo lo moderno que viene: vende camas de agua primero y explota locales de máquinas de pinball. Mientras, arrastra tras de si a su hermano menor y los amigos de éste, cuidándolos e involucrándolos en toda esa actividad un poco frenética, en todos sus negocios. Al tiempo corteja de cerca y de lejos a Alana a la cual, además, da empleo. Ella se acerca y se aleja porque está en el límite de edad en el que ya podría ser considerada una adulta y por tanto enferma de inmadurez irrecuperable, condenada a ser ya para siempre un ser disfuncional, viviendo en un estadío infantil de hedonismo a corto plazo, falta de compromiso con los demás y en el fondo consigo misma.

La película, creo yo que al contrario de lo que todos dicen, no va de un amor adolescente sino de cómo Alana va descubriendo el amor adulto, cómo aprende a ser adulta. Alana hace el camino contrario al de Wendy, demasiado responsable para su edad, que aprendía a ser una niña. Gary por el contrario es capaz de amar y comprometerse sin perder la capacidad de emocionarse, de sorprenderse o de reír. Cyril Connolly dejó escrito en su ensayo El sepulcro sin sosiego que “El objeto del Amar es librarse del Amor. Y ello se consigue a través de una serie de amores infortunados o, sin un estertor, a través de un amor feliz.” Alana se perdía por el camino de los muchos amores desgraciados, que lo son siempre por falta de compromiso, mientras Gary sabe desde siempre, quizá desde los dos años, que hay que amar conscientemente, que hay que querer y ocuparse de los demás: de su hermano, de los amigos de su hermano, de su madre, de Alana.

Aunque toda la película es una delicia hay varias escenas que son puntos de inflexión, además de la inicial en la que Gary se ve en un espejo en un baño e inmediatamente se vuelve a ver en un espejo que sostiene Alana. En un maravilloso plano secuencia Gary se ve primero a sí mismo y de inmediato se ve en el otro, en los ojos una Alana que camina por el patio del instituto mientras a su paso se van encendiendo los aspersores. Si cómo nos vemos es importante lo es más el reflejo que nos devuelven los que nos aman. En su primera cita Alana le dice a Gary que él en unos años será rico y ella seguirá sin haber cambiado de trabajo, en una exposición inicial del poco control que siente que tiene sobre su vida. En otra escena Alana, seducida por Sean Penn, se cae de la moto en la que él se aleja en la noche, rugiendo con las luces encendidas, sin ser siquiera consciente de que ella se ha caído y se cruza con Gary que corre a auxiliarla. Más adelante, tras una noche absurda en la que arruinan la casa de Bárbara Streisand, Alana es acosada por un productor erotómano al que destrozan su Ferrari tras lo cual se quedan tirados sin gasolina. Alana, al amanecer, decide que su vida es un desastre y en un ejercicio de autodistracción muy de actualidad se involucra en la política para mejorar el mundo en lugar de intentar tomar las riendas de su vida. La escena de la epifanía es aquella en la que advierte la importancia del amor y del compromiso y de cuidar a quien amas al verse envuelta en la hipocresía de su jefe, el gay candidato a la alcaldía que hace infeliz a su novio negándolo en público.

Paul Thomas Anderson está en peligro de ser cancelado por el chiste racista del dueño del restaurante que habla con ridículo acento japonés, algo que ya está ocurriendo con Desayuno en Tiffany’s por idéntica razón. El personaje oriental de Mickey Rooney va a ser borrado de la cinta. Y con certeza será cancelado, y para siempre, si se advierte por la crítica que con Licorice Pizza ha puesto imágenes al libro de Jordan Peterson, esos doce mandamientos de la post-post-modernidad para los hombres jóvenes del siglo XXI. Que la vida es dura pero vale la pena y sólo cobra pleno sentido si asumimos las responsabilidades que nos tocan, buscamos a quien amar, nos comprometemos con esa persona y la cuidamos; que el sacrificio de amar compensa porque orienta y da sentido a la vida.

Que nadie les engañe, Licorice Pizza no es una película sobre un amor adolescente, es una película sobre el amor adulto, sobre el verdadero sentido de la vida.

EL TONTO AXIOMÁTICO

No debe ser confundido con el tonto infalible. El diagnóstico diferencial, importante en este caso, consiste en confrontarlos a ambos con la realidad. El tonto axiomático contiene en sí la semilla de la cual se puede derivar con sucesivos pasos lógicos toda la estupidez humana. Es por ello perfecto en su tontería.  Pitagóricamente esférico. El tonto infalible por su parte es siempre y en todo momento completamente tonto pero sin reglas o criterios a priori. Puesto en el disparadero de elegir me quedo sin dudarlo un instante con el tonto infalible porque desde Gödel sabemos que todo sistema axiomático recursivo y autoconsistente lo suficientemente poderoso como para describir la realidad es por naturaleza incompleto. Por contra el tonto infalible, como predicamos del Papa, no se sujeta a límite lógico alguno sino que responde sólo a la intuición para acertar en todas sus decisiones y serlo siempre y en todo momento. Como aventurada explicación diremos que muy probablemente “intuición” es uno de los 72 nombres de Dios, de lo que se deduciría que su explicación es cosa que atañe más a la teología que a la biología.

Braga, la ciudad de los pequeños prodigios.

Los lusos son muy de poner sus ciudades a la ribera de un rio, cosa que siempre tuve yo por un poco de bárbaros. Por no mencionar los ejemplos de Oporto o Lisboa se señala aquí que Ponte de Lima está a la ribera del Limia al igual que Viana do Castelo y que Amarante, ese pueblo que es una postal, a la del Támega. Braga, entre medias de una y otra, pasa completamente de situarse en una ribera porque fue fundada por los civilizados romanos que nunca se cortaron un pelo. Si necesitaban agua corriente la llevaban desde donde estaba a donde les convenía, sin ajustarse a los cursos de la naturaleza, que es, como se dijo, cosa bárbara y poco civilizada. Los romanos, en esto y en alguna otra cosa más, eran un poco como los americanos. Si les conviene una enorme ciudad en el desierto, como podría ser Las Vegas, embalsan ríos, construyen acueductos de centenares de kilómetros y colocan fuentes gigantescas y llenan miles de piscinas y se quedan tan pichis. Hay quien piensa que la naturaleza lo sabe todo y siempre acierta y hay quien, como los romanos y los americanos, que tal apriorismo no siempre es cierto, que lo que a la naturaleza le conviene no siempre le conviene al hombre. Yo que soy mucho de pensar así también soy mucho de ir a Braga que está en un alto, el rio le cae lejos y es romana y portuguesa y agradablemente civilizada desde su fundación. Uno, por todas esas razones y porque ya ha estado muchas veces, no va a Braga a ver nada en concreto, que lo que hay ya lo conoce aunque no siempre lo recuerde. Uno va a Braga a perderse y recordar o a caminar sin rumbo y redescubrir plazas, plazuelas y plazoletas con recoletos rincones, cafés con terrazas y restaurantes con encanto. Braga tiene catedral y palacio episcopal y universidad y termas romanas. Tiene palacios barrocos con y sin azulejos y sobre todo tiene una enorme calma en medio del bullicio, ese detalle indefinible que es la quintaesencia de lo portugués. Al anochecer, buscando no encontrar nada más que esa atmósfera inefable si no es en portugués, entramos en el jardín de la Capela dos Coimbrasen donde hay una agradable terraza entre viejos árboles. Allí unas autoconceptuadas operárias da cultura sentadas en una gran mesa iban recitando por orden sus poesías feministas y reivindicativas en la variedad de sotaques del portugués: el portuense, el lisboeta, el brasileiro y el para mí inaccesible azoriano. “O poeta e un profeta do seu tempo”, dice alguien y corre entre las mesas del jardín un rumor suave, elegante, asintiendo. La noche es templada, agradable; suave como los murmullos de las mesas. Entre los árboles centenarios, iluminados con luces igualmente suaves, no corre el aire y las palabras resuenan. En este remanso parecería que lo que uno dice tiene importancia, que las palabras importan. Que palabras escogidas dichas con intención de belleza por gente civilizada cambian el mundo para mejor, aunque sea levemente y por tiempo escaso. Unos niños juegan al pilla-pilla entre las mesas en completo silencio, pasando completamente del ritual de sus mayores pero respetándolo. Esto sólo pasa en Portugal, donde los niños se comportan mejor que los adultos españoles. La brasileira recita e interpreta moviendo los brazos, alzando la voz, como una auténtica rapsoda poseída por las musas o quizá por la ginjinha que trasiegan todas ellas despacio pero sin pausa. Así se llenan los embalses, pienso yo, con un chorro constante y no con avalanchas, que son una ordinariez. Operárias da cultura suena a mecánicos del swing, a obreros del amor o a oficina de sabores. Algo a priori cursi pero que en este contexto, en este bosquecillo urbano y levemente mágico, cobra todo el sentido, quién sabe por qué. “As minhocas da minha cabeça me tornar Medusa.“  Todas las rapsodas leen sus textos del móvil o en el iPad y eso, en la oscuridad del jardín, les da a sus rostros una palidez levemente fantasmal y les dibuja en la cara unas sombras extrañas. Quiérese decir que la nariz les hace sombras en la frente, algo de lo que hemos perdido la memoria pero que con certeza les ocurrió durante siglos a quienes recitaban historias alrededor de la lumbre; como le sucedía al tal Homero, un suponer. Lee una rubia un poema escrito cando era grávida, dedicado a una madre por una hija que va a serlo. Al final de cada pieza, antes de sentarse, la poetisa de turno eleva la voz y grita “¡A poesía é livre!” y todos los parroquianos reunidos en este jardín de la Capela dos Coimbras contestamos la letanía con un “¡Livre é o Poeta!”. Esto le da al aquelarre un aire muy S. XIX, muy de contemporáneos de Pessoa, de sociedad de culturetas con levita y sombrero trasegando en un palacio en Sintra. Entre el quinto y sexto una poetisa transmuta temporalmente de sacerdotisa a sacristana y pasa un gorro entre las mesas solicitando un óbolo que con gusto ofrecemos a las Vestales de este nuestro Parnaso. Se puede pagar con el móvil pero estamos hechos a los monaguillos de toda la vida y le descargamos la calderilla. A la segunda copa de vinho verde branco dejamos de entender las palabras pero nos dejamos llevar y empezamos a comprender. También las poetisas van entrando en trance y a la segunda botella de ginjinha el asunto se torna para todos levemente dionisíaco, educadamente dionisíaco. ¡Nengum home como unha mulher ama! Esto, posiblemente, ya lo leí yo en algún sitio; esto, posiblemente, ya lo escribió una señorita de buena familia en algún momento del pasado; esto, posiblemente, lo dejó escrito una muchachita usando el seudónimo de Myosotis, la flor humilde del amor eterno y desesperado. “¡A poesía é livre!” A veces me preguntan por qué me gusta tanto Portugal y nunca sé qué decir porque nunca sé muy bien por dónde empezar.“¡Livre é o Poeta!”

EL TONTO INTRÉPIDO

El tonto adolescente deriva en no pocas ocasiones en un tonto intrépido, osado o atrevido. Va en moto sin casco, salta desde los trampolines más altos, conduce sin cinturón de seguridad y bebe más de la cuenta. Por su vocación al peligro y ceguera al riesgo suele morir joven, aunque sólo en contadas ocasiones deja un bonito cadáver. El tonto intrépido es mayormente un tonto masculino con pretensiones varoniles, elevado nivel de testosterona y que sitúa el concepto de vida en una estrecha franja adyacente a la muerte. Si en lugar de ejercer de aplicados científicos padeciéramos la enfermedad de los poetas diríamos que el tonto intrépido vive haciendo castillos de arena en las playas de la laguna Estigia. Muchos la cruzan con bozo de membrillo y sin haber echado un polvo, lo cual es triste porque se presume que todas sus tonterías traen causa en una exhibición con intenciones de apareamiento.

Haggis Scotus y el Gatipedro

El gatipedro (un gato blanco con un cuerno negro) se reproduce por partenogénesis desde la noche de los tiempos, lo mismo que los biosbardos, los gozofellos y los gamusinos. Los haggis escoceses también se reproducen por partenogénesis no porque quieran sino porque no pueden follar. Viven en las montañas y para correr por las laderas tienen las patas de un lado más cortas que las otras, lo cual les proporciona una evidente ventaja. El problema surge porque las hembras tienen las patas derechas (las patas extrema derechas) más cortas y corren por las laderas en en sentido de las agujas del reloj y los machos, por contra, tienen las patas izquierdas más cortas y corretean por las laderas en sentido antihorario. Los haggis (haggis scotus) lo intentan pero se caen desequilibrados por las laderas y del calentón, y de la caída, les duelen las pelotas unos días. Los gatipedros son un poco cabrones y no se caen. Los gatipedros andan a cuatro patas y usan la lengua como una quinta para tener toda la estabilidad. Van arrastrándola y usándola para apoyarse. También puede ser que les pese el cuerno negro y brillante que llevan en el medio de la frente y se apoyen en la lengua para descansar la cabeza, como los vagos hacemos poniendo la palma bajo la barbilla. El gatipedro se cuela de noche en las casas en las que hay niños pequeños y hace ruiditos sin llegar a despertarlos y por el cuerno lanza chorritos de agua. Con todo esto se les cuela en los sueños y los niños se hacen pis en cama. La única solución es poner sal en el suelo al lado de las ventanas y las puertas para que cuando se acerque arrastrando la lengua se la encuentre, le sepa mal y se largue. Así no vuelve nunca más, hasta la vejez. El gatipedro, en cuanto se entera, supongo yo que mirando los archivos de los urólogos, de que andas mal de la próstata vuelve a rondar todas las noches por los dormitorios. Como ya casi no hay niños el gatipedro, ese gato blanco con un cuerno negro, es más un visitador de geriátricos que de guarderías, quién lo iba a decir.

EL TONTO INERTE

El tonto inerte. Los sabios que produce la ciencia y que a su vez producen la ciencia llaman tonto inerte a aquel que ni de suyo ni de resultas de provocación ad-hoc reacciona con la materia de su entorno. Los sabios más sabios de entre todos los sabios lo comparan con la materia oscura, ese enorme porcentaje del cosmos, casi el 90%, que sabemos que está pero ni idea de para qué o dónde. Antes las metáforas venían por el lado de los gases nobles también llamados gases inertes, pero la ciencia avanza que es una barbaridad aunque los tontos permanezcan y es mejor dejarlos atrás y obviarlos, los gases, porque han descubierto que en realidad en ciertas ocasiones sí reaccionan. El tonto inerte, antes sinónimo de tonto gaseoso, hoy ya no, nace, crece, se reproduce si las circunstancias se presentan idóneas y muere sin molestar mucho. Los tontos inertes podrían ser esa mitad de tontos oculta al ojo que se encarga de mencionar Don Francisco de Quevedo: “Son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”. Cómo el poeta en el cada vez más lejano siglo de oro se las arregló para detectar esa mitad de tontos no aparentes queda el misterio. (Vid. infra tonto inactivo.)

LA RUMBA DE GARCILASO

En este nuestro blog, EyB, se abusa sobremanera del registro culto obviando y en ocasiones despreciando el popular con acusaciones de vulgar. No seré yo quien hable contra la torre de marfil en la que ocultar el alma sensible y alejarla de la vulgaridad y el ruido, del reggatón, por ejemplo. Pero de ahí al total olvido cuando no desprecio de todo lo que no sea jazz o rock anglosajón de los 70 media un mundo. Uno ha intentado remediarlo con poco éxito poniendo links a grandes temas que lo son por sus letras, sus músicas y lo que llamo armónicos culturales, léase las connotaciones, referencias y resonancias con otras artes, otras culturas y otros medios de exprsión. Todo, tristemente, ha sido en vano. Opto ahora, por ello, por una vía inversa a la utilizada por Mrs. Mary Poppins: “A Spoonful of sugar helps the medicine go down.” Es decir, en este caso revestir de áridas referencias culturales, incluso culturetas, las letras aparentemente fáciles y las melodías pegadizas de los mejores clásicos populares.

Es buen lugar para empezar el hacerlo por el único producto cultural de mérito surgido en la comunidad autónoma catalana desde que Serrat le puso música a Machado. Pareciera que obvio aquí a los Hermanos Cubero; nada más lejos de mi intención; su aparición ha sido posterior al tema de este estudio y quizá serán objeto/sujetos de otro posterior. Curiosamente, o no tanto, ese tema de mérito es una rumba y cantada en castellano por unos charnegos. Esto dice poco de la sardana, esa especie de muiñeira funeral. Yo, a veces, cuando estoy triste pongo sardanas y no se me pasa; siento incluso que se me agrava. No así con la rumba que le levanta a uno el ánimo y la paletilla.

La rumba “Tu Calorro” de los hermanos Muñoz, conocidos como Estopa, pese a su apariencia de periferia y extrarradio es un producto especialmente refinado, un destilado de lo mejor de la poesía clásica española adecuadamente actualizada a los tiempos modernos, a los tiempos que corren.

Actualizar el pasado, respetar las raíces reciclando, creciendo lo nuevo sobre lo viejo es la esencia de la cultura. A eso dedica mi convecino Fdez. Mallo su ultimo libro, “Teoría general de la basura”, a la tesis de que la basura de una generación es la cultura de la siguiente. Esto, que parece transgresor y que él cuenta muy bien, ya es viejuno y lo decía Isidore Isou, ese rumano postdadaista tan pirado y coñazo. Antes de crear, decía Isidore, Dios no era Dios. No obstante la propia creación, ese acto glorioso propio de dioses, alcanza su máximo y comienza decaer. Pero vida se encoge y retorna al cieno, se hace mierda vaya. Pero esa basura en la que toda creación se convierte más pronto que tarde es el abono desde el cual una nueva creación ha de despuntar, alcanzar su máximo y volver a decaer, en un interminable ciclo. Como el Rey León.

Expuesto lo anterior, que considero suficiente introducción erudita y coñazo como para haber despertado el interés del público al que me dirijo, podemos entrar en materia. Es por ello llegado el momento de afirmar que la rumba “Tu Calorro” es el mejor Garcilaso en el siglo XX. Garcilaso, guerrero y poeta, nos trajo de Nápoles las modernidades de la época, que ya eran viejunas cuando escribía Ovidio, y las hizo canon en las letras españolas. Garcilaso nos enseñó el locus amoenus, caracterizado por tres elementos: árboles, prado y agua. Dicen los que saben que si falta alguno de ellos el tópico no existe. Y vemos que la nuestra rumbita cumple perfectamente el canon: “Fui a la orilla del río”, “Vi que crecían amapolas”, “Los árboles tienen sueño”. El “locus amoenus”, el escenario ribereño, es el lugar propicio para el encuentro, el descubrimiento y el amor, tanto cortés como carnal. No debería ser necesario insistir y transcribir, pero en aras de la claridad, procedemos: “Y vi que estabas muy sola / Vi que te habías dormido / Vi que crecían amapolas / En lo alto de tu pecho / Tu pecho hecho en la gloria / Yo me fui pa’ ti derecho / Y así entraste en mi memoria / Tú me vestiste los ojos / Yo te quitaba la ropa”. Y es que el locus amoenus es ese sitio alejado de la ciudad, fuera de la civilización, en el que explorar pasiones eróticas y juegos sexuales, no siempre explícitos pero siempre presentes.

Quisiera recordarles que, como herencia de la literatura griega, la poesía amorosa, pastoril y bucólica abusó constantemente de la metáfora del amor como persecución y caza; el varón cazador y la hembra presa. Eso, en ocasiones, acerca la anécdota de las composiciones poéticas a la violación.  A la consumación violenta del deseo. La flecha del amor que une y mata. Aquí, no obstante, y de ahí gran parte de la modernidad del texto, el autor sin renegar de la tradición se aparta claramente de la interpretación más brutal: “Yo te quitaba la ropa / Todas las palomas que cojo / Vuelan a la pata coja”. Léase que aquí la presa, la paloma, vuela a la pata coja; y que todas lo hacen. Es decir, que “se dejan” cazar, que simulan debilidad siguiendo el juego para los meros efectos erotizantes. Se añade a ello que, si de ordinario es el varón quien abandona y la hembra la abandonada, en este caso, en una evidente inversión de roles, es el varón el abandonado. “Después me quedo dormido / Y en una cama más dura que una roca / Soñando que aún no te has ido / Soñando que aún me tocas”. Corresponde esta inversión al hecho evidente de que en el Siglo XXI el control de lo amoroso y sexual ha cambiado de orilla. Evidente la metáfora del sueño como tregua de la pasión y los sueños como aspiraciones, no quedan sin mencionar en nuestra rumbita todas las demás metáforas más tópicas de la lírica griega clásica, recibidas luego por la literatura romana y rescatadas en renacimiento, del amor/fuego, –fuego que agosta el corazón del hombre–, la del amor/locura, –la shakesperiana Romeo y Julieta–, y la que asimila la insensibilidad o el rechazo con la oscuridad/negrura.

Destaca especialmente, por popular y bien tirado, el doble sentido en el uso del término calorro –soy el calorro que te arropa– ya que sus dos significados son el de piel de oveja que sirve de abrigo y el de gitano joven y alegre. El calorro representa de un lado el cariño y el cuidado del enamorado y del otro el deseo carnal y la consumación apasionada del amante pastoril. Es imprescindible el uso de ese término, dado el origen de extrarradio de los compositores e intérpretes y del público objetivo al que va dirigida la rumba, también periférico y periurbano. Si uno presta atención es el único que, además de servirle de título, hace de espejuelo brillante que nos distrae del evidente clasicismo formal y de contenido de la letra. Es decir, sólo el uso de la palabra calorro chirría y nos distrae de lo que es una evidente composición renacentista. Pero háganla sonar a todo volumen y vayan resiguiendo la letra con el dedo y pregúntense luego si Garcilaso, Cervantes o Lope no la aprobarían y aún bailarían su música.

Entiendo que con todo lo anterior quedaría justificado, sirviendo este caso como un simple ejemplo, que es necesario abrirse a lo más popular prestándole la debida atención y evitando el inicial rechazo cultureta.

El bozo del membrillo

Las cosas más difíciles sobre las cuales escribir, dejando aparte a Dios, son la comida y el sexo. De Dios ya tenemos asimilado que sólo se pueden decir metáforas enloquecidas o tonterías sin fundamento pero sobre lo otro, sobre lo de comer y follar, la idea de callar no termina de calar. Así en las bibliotecas viejas los más de los metros los ocupaba la teología, y con el tiempo llegó el momento en el que los libros eran sólo vehículo de tórridas escenas de erotismo o directamente sexo. Luego el vídeo, que sabemos que mató también a la estrella de la radio, mató completa y definitivamente a la literatura erótica. De ella quedan una docena de clásicos para nostálgicos y un par de epígonos despistados como el ex ministro González-Pons; gente que sigue mentalmente en el XIX e insiste en escribir turgente, violáceo, bálano y ebúrneo. Es por ello que los inasequibles, los que insistimos en hablar de los temas inefables, aquellos de los que mejor callar, nos vemos reducidos a la comida o, los más osados y que más han vivido, a las experiencias con las drogas.

Don Alvaro Cunqueiro, obispo lego de Mondoñedo, no hablaba mucho de sexo, ni en alabanza ni en execración. Si acaso, así levemente y de pasada, podía comentar los amores de un Caballero con una Sirena. Pero al Sr Obispo de la Literatura le gustaba comer y de la comida sí hablaba. Es más, cuando Cunqueiro hablaba, estuviese donde estuviese, el mundo a su alrededor se convertía en una sobremesa; en una agradabilísima sobremesa de esas en las que saciados los apetitos se habla de cosas, casos y gentes lejanas, se evocan instantes vividos, leídos o simplemente imaginados y se recuerdan amigos perdidos y conjuntas hazañas pasadas.

El otro día, alargando una sobremesa comiendo pipas, acabamos viendo en el móvil un fragmento de entrevista a Don Alvaro en la que contaba lo mucho más sabrosa que resulta la nécora si sabe uno que su linneano nombre es portunus puberPortunus por el dios romano protector de puertas y puertos, representado siempre con una llave en la mano; y puber porque la nécora viene recubierta de un pelillo que recuerda el bozo de los mozos púberes. Efectivamente saber ese tipo de cosas inútiles pero bellas añade el misterio de lo antiguo y de lo siempre repetido al sabor marinero, portuario, de esos por otra parte anodinos cangrejos peludos de las rías. 

Añadía Cunqueiro en esa entrevista de sobremesa la historia del melocotón y del libro sobre los conocimientos inútiles del señor Russell y lo mucho más sabrosos que resultan todos los alimentos si sabe uno sus sorprendentes historias. Contaba el mindoniense con esa voz ilusionada de prosodia pausada cómo tras una batalla contra los muchos chinos el rey Janyska de la India mandó plantar los huesos que llevaban en el zurrón unos prisioneros; huesos que andando el tiempo dieron en madurar melocotones. Y cómo de la India pasaron al Oriente Medio, al pérsico, desde donde llegaron a Grecia, es decir a Europa, y que por eso acabamos llamándolos albérchigos o pejigos, del griego persikon, los pérsicos. Hay quien dice que la palabra melocotón viene del latín malum cotoneum, manzana algodonosa, pero esto más bien parece un goropismo porque cotoneum es el membrillo. Quince, coing, membrillo, la fruta del amor que las muchachitas griegas, con esas insinuantes túnicas pegadas al cuerpo, entregaban a los mozos púberes que marchaban a la guerra medio en pelotas. El melocotón sería así para los romanos algo como un híbrido de membrillo y manzana, parecido que tiene sentido porque el membrillo y el melocotón, y ya puestos también la nécora, comparten el bozo de los púberes enamorados que marchan animosos a las Termópilas, a sitiar Troya o a conquistar el mundo con Alejandro el Magno. Como el membrillo en griego es melimelón o manzana dulce eso nos deja, tras el típico ir y volver de las palabras más bellas, en que el melocotón sería la manzana-manzana-dulce.

Después, en nuestra alargada sobremesa de pipas, saqué yo a colación la historia del parentesco entre el melocotón y la almendra, frutos distintos pero prácticamente hermanos, quién lo iba a decir, y el misterio de la domesticación de almendra por otro nombre la amígdala. Dicen los de la ciencia que el Himalaya, en su imperceptible pero continua elevación, separó una población de arbustos asiáticos que evolucionaron a un lado de esos altivos montes en almendras y en el otro a melocotones. Si uno bien lo mira la almendra encerrada en su cáscara y el hueso del melocotón son idénticos y con los ojos cerrados, sólo al tacto, sería difícil distinguirlos, como mutatis mutandis sucede con los garbanzos y las avellanas. Las almendras cuando son amargas llevan algo llamado amigdalina que, llegado al estómago, produce un compuesto de cianuro que es venenoso y que en las novelas de Agatha Christie nos asegura un cadáver amoratado y un caso interesante y misterioso, por ejemplo en Matar es fácil. El almendro, un día cualquiera, un día ya olvidado, varió un solo gen y dejó de ser venenoso y empezamos con sus semillas a hacer turrón y tartas. Y hasta hoy.

Luego la mayor trajo a cuento la película Call me by your name, una historia de verano, piscina y descubrimiento del sexo, en este caso homosexual, por parte de un púber con bermudas, bicicleta y bozo de nécora, en la cual el melocotón y los albaricoques tienen una evidente función simbólica. El protagonista, excitado sexualmente por un discípulo de su padre, fantasea con un melocotón, su parecido con un culo y su leve vello que se hace visible brillando al sol de la Toscana. El discípulo, a su vez, obtiene la aprobación del padre-maestro al no caer en una trampa y saberse la correcta etimología del albaricoque, otra fruta deliciosa con cianuro en el hueso. El púber de está historia es tentado por mozas que le ofrecen sus membrillos pero se decanta, cada uno es como es, por los albaricoques del joven guerrero. El nombre del albaricoque, nos explica como si nada, proviene del latín pruna praecocia, ciruela precoz o temprana, que se ve que las había serótinas. Este nombre pasó luego al griego como praikókion, que en su forma tardía y bizantina, berikokkíā, pasa al árabe como al-barquq y de ahí al castellano, albaricoque, desde donde salta al francés aubercot-abricot, para hacerlo luego al inglés como apricot. Esta erudición de quien llega como discípulo en asuntos de libros y acaba siendo maestro en asuntos de emociones y experiencias sensuales-sexuales es un poco el meollito del asunto: cuánto mejor se saborea todo sabiendo que ignorando y qué bello un maestro que te guíe. Todo ello muy griego. 

Como se ve por culpa de Don Alvaro acabamos hablando de comida y sexo, de melocotones y almendras, de membrillos y manzanas, del bozo de las nécoras y el vello de las ciruelas precozmente púberes. Dejamos pasar así despacio el tiempo sintiéndonos un poco cunquerianos de absurdos conocimientos, que es un modo, creo yo, sabio y hermoso de estar en el mundo y saborearlo.