FUMAR EN EL PATIO

Voltaire dejó dicho que no hay sectas o facciones en la geometría. Qué nadie va por ahí diciendo ¡Mira, un Euclidiano! Creía que cuando una verdad es evidente resulta imposible dividir a gente en partidos, que nadie tiene los santos cojones de afirmar que es de día a media noche.
Voltaire, ya se ve, tan listo él, tan ilustrado, tan Diccionario Filosófico, tan era un puto pardillo. Un cándido de manual, podría decirse.

El mundo se parece más a otra cosa. A una cantidad ingente de estupidez, mentiras interesadas y autoengaño. El mundo es difícilmente comprensible por las limitaciones de los supuestos geómetras, que ni entienden ni quieren entender y cuando lo hacen quizá, a pesar de todo, afirmen que es mediodía a gritos en plena noche.

Se critica la sentencia. Que si saben que sabían, que si dijeron que no pero sí o que sí pero en realidad no. Orwell cuenta una anécdota interesante. Sir Walter Raleigh, ese hijoputa, el pirata del tabaco, estaba preso en la Torre de Londres y aprovechando el tiempo libre se decidió a escribir una Historia de la Humanidad. Iba el tipo ya por el tomo dos, embalado contando la verdad de los hechos a sus compatriotas y el mundo cuando un día, en el patio, justo debajo de su ventana, dos presos pelearon y uno acabó muerto. Había visto el desarrollo de los acontecimientos y se interesó en averiguar el porqué y los detalles que le faltaban. Preguntó a carceleros, a los otros prisioneros, a los que estaban en el patio y al superviviente para completar lo que ya sabía de primera mano y, aún así, se vio incapaz de  averiguar por qué aquellos dos se habían peleado. Sir Walter Raleigh, asesino y corsario, advirtió la inutilidad de sus esfuerzos, tiró al fuego el primer tomo y lo que llevaba del segundo y se dedicó a consumir el tiempo de su condena fumando en el patio, como todos los presos.

Creemos que sabemos qué fué lo que pasó porque somos volterianos, uséase, unos pardillos. No seamos volterianos. Esa pretensión absurda se la dejamos a los jueces que no pueden, va en el sueldo, no escribir la historia triste de la humanidad. Yo quiero ser raleighiano, que no raeliano, y creer en la imposibilidad de saber qué pasó más allá de una leve aproximación. Porque todos mienten, unos habiendo entendido qué pasó y otros sin haber entendido nada. Hubo una pelea y uno murió y al otro lo castigaron por ello. A otra cosa mariposa.

 

COMO ES EL CASO

Eladio Nogueira murió cagando el 28 de febrero de 1969 en el 29 Flamborough Rd, Ruislip, HA4 0DJ, Reino Unido, y desde entonces la causa exacta permanece rodeada de misterio. Eladio Nogueira era natural de San Miguel de O Couso, Coristanco, casado y con un hijo, y trabajaba en la construción como oficial. El día de autos, ya la madrugada del 29, salió al jardín trasero de la pequeña casa que ocupaba con su familia supuestamente a hacer de vientre. Las casas de Flamborough Rd son de esas que tienen un callejón trasero por que el que retiran la basura y corre el alcantarillado y las menos arregladas, cual era el caso, seguían teniendo el retrete en un chamizo al fondo del jardín. Unas casas más allá, en el 1A, vivía con su familia Charles “Charlie” McGighan, ingeniero mecánico y técnico de radar retirado de la cercana base de Northolt de la RAF. Charlie también falleció esa misma noche y, presumiblemente, por la misma causa que acabó con la vida de Eladio. La investigación policial desveló que Charlie trabajaba por su cuenta en un mecanismo antigravitatorio, un ingenio que posibilitaría, según las notas intervenidas por el Coroner, el desplazamiento sin propulsión de naves tripuladas. Lo que los sajones vienen llamando reactionless drive, uséase la maquinaria que equipa, según todos los indicios, a los platillos volantes. La esposa de Charlie, Margaret McGighan, de soltera Moray, era una escocesa alta, fea, con los dientes descalabrados y el pelo cardado a lo Jackie Kennedy o Brigitte Bardot, que no supo dar explicación alguna del incidente. Quizá, era escocesa, tampoco supieron entenderla bien, porque es extraño que una esposa no sepa en qué anda metido su marido a las tres de la mañana en el jardín. Y ello aunque esa esposa sea escocesa, gente tradicionalmente de pocas luces. No obstante quedó claro que Charlie era especialmente reservado con los experimentos que llevaba a cabo en el galpón que había construído donde Eladio tenía el retrete. No había comentado nada de sus maquinaciones ni a la familia, ni a los amigos, ni a los compañeros de trabajo.
La investigación sentó como ciertos algunos hechos pero sembró varios cientos de folios de muchas más incógnitas. Mr. McGighan estaba fabricando un ingenio electromecánico que por medio de complicadas palancas y pesadas ruedas que actuaban como giroscopios conseguía un empuje vertical modesto aunque claramente perceptible. Seis pulgadas y tres cuartos, según la última medición registrada en sus cuadernos de laboratorio. Esto no es una coña, son 17 centímetros al cambio. Las sospechas apuntan, si hacemos caso a la intuición de Ernesto Nogueira, hijo de Eladio, a que Charlie tuvo una revelación que lo llevó a levantarse de la cama donde dormía plácidamente con su esposa y a probar algo nuevo en la maquinaria que tenía montada en su pequeño taller. Del cobertizo del 1A, he visto las fotos borrosas en blanco y negro, fotocopias de fotocopias, salio propulsado en dirección EES un objeto de un tamaño y peso que se estimó igual o levemente superior a una máquina de coser. Dicho objeto llevaba una energía que no se llegó a precisar pero ciertamente enorme puesto que mató a Mr. McGighan en el interior del cobertizo destrozándolo a la altura del pecho. Atravesó luego la pared saliendo al exterior y a continuación otras dieciséis construcciones parecidas, algunas llenas de cachivaches, hasta alcanzar la letrina de Eladio donde acabó con su vida. Eladio, afirmó el forense, falleció por heridas incompatibles con la vida, mira tú qué listo, producidas por un objeto solido, pesado, moviéndose a alta velocidad que lo alcanzó de derecha a izquierda. Ese misterioso objeto destruyó a continuación otros seis cobertizos en las propiedades colindantes, la chimenea del 136 Dartmouth Rd. y descabezó un roble del cercano parque de Yeading Brook. Hasta ahí los datos inicialmente recopilados por la policía. No obstante Ernesto me muestra un combinado de noticias periodísticas, teletipos de agencias e informes civiles y militares que recogen avistamientos esa misma noche de un objeto luminoso, incandescente, moviéndose a una gran velocidad sobre las localidades de Brentford, Morden, Purley, Holtye y Crowborough. Ese mismo objeto, presumiblemente, fue visto cruzando el canal a la altura de la localidad costera de Normans Bay y los radadres franceses lo detectaron entrando en el continente entre Étalondes y Criel-sur-mer. Ernesto pasea por la vida con un expediente en varios tomos con todo tipo de documentación relativa al desgraciado incidente que lo dejó huérfano. Relata, de corrido casi, los diversos procedimientos que en su día se abrieron y casi de inmediato se cerraron, pretendiendo instilarme sutilmente, o quiza no tanto, la posibilidad cierta de una conspiración a todos los niveles para ocultar la verdad. En ocasiones, y no son pocas, los intereses de la Corona no se alinean perfectamente con los de sus súbditos. O sí, pero el bien de todos exige sacrificios individuales. El asunto penal murió como murieron Charlie y Eladio, rápida y misteriosamente. Y, es de señalar, nunca se llevó a cabo una reconstrucción de los hechos que, afirma Ernesto, habría resultado tremendamente esclarecedora. Ernesto quiere resucitar la investigación judicial y que se sepa la verdad, que se desvele la conspiración que sin duda enterró el asunto y que paguen los culpables. Todos ellos. Ernesto, me dice, vive de estas cosas, de desvelar oscuros secretos, y es consciente de las dificultades. Trabaja ahora para un texano que le ha encargado localizar a Elvis y se está acercando mucho, me dice bajando la voz. A Elvis, aclara, no al texano, con el que comparte muchos intereses pero no van por ahí las cosas. He encontrado el rastro bueno, dice y sonríe, misterioso como el expediente de su padre. También, pero no profesionalmente sino por afición, ha recopilado numerosa información relevante sobre la bala mágica de Dallas, el avión estrellado de Sa Carneiro y el asesinato de Olof Palme. Yo le digo, cariñosamente, que quizá buscar los cuarenta kilos de oro que faltan desde que unos polis corruptos le dieron matarile a Santiago Corella, El Nani, preste más por la parte económica. Pero Ernesto está más por las conspiraciones con un componente internacional, ya se ve, porque revuelve el café con leche sin lactosa y me mira como si hubiera dicho yo una locura. Su amigo, que no dice el nombre, me mira cómplice y hace un gesto que pretende natural, como estirándose o bostezando con mucho aspaviento, y aprovecha para llevarse disimulado un dedo a la sien y atornillarse un perno imaginario. Pues yo creo que cuarenta kilos de oro daban para un pasar, tapar huecos y ayudar a la familia y todo eso, insisto siguiéndole el rollo al amigo misterioso. Ernesto está de vuelta de esto y de mucho más, de que se burlen de él, de que lo ninguneen y de que lo tomen por loco y como tal lo traten así que nuestra burla inocente, que se repite a menudo, se la trae el pairo. Sale los martes y miércoles y pasea con su amigo por las rúas de Compostela. Los jueves también pero es día del espectador y se van a ver los estrenos. Les dejan salir juntos porque se llevan bien y se vigilan mutuamente. A las ocho están de vuelta en el psiquiátrico de Conxo clavaos como relojes, siempre con algún dato nuevo, algún detalle que abre las puertas a una nueva vía de investigación. En los locos delirantes, cuando salen inofensivos e ingenuos, habita una ternura especial, la de la poesía en su sentido etimológico, de creación de un mundo en el que los efectos tienen una causa, quizá oculta pero cierta, y el hombre, hijo de los dioses, encuentra su sentido desvelándolas. En los locos delirantes, cuando salen mansos y joviales, se topa uno con la imaginación del escritor, que no ve lo que hay sino lo que quiere ver, y lo cuenta con minucioso detalle e impostado aplomo, como es el caso.

CON EL DEDO GORDO

«Y si lo queréis ver, leed a Plinio, que trata de muchos; y así dice por autoridad de Crates Pergameno, que en el Helesponto hay unos hombres que llaman Ofrogenes, que sólo con tocar a los heridos de las serpientes los sanaban, y poniendo la mano encima de la herida echaban fuera la ponzoña. Y Varrón dice que en la mesma región hay hombres que con saliva sanaban las mordeduras de las serpientes, y podría ser que fuesen todos unos. Isígono y Nimfodoro afirman que en Africa hay ciertas gentes que aojan de tal manera, que todo lo que miraban y loaban con afición, perecía, y los árboles se secaban, y los niños se morían.
Y el mesmo Isígono dice que en los Tríbalos e Ilíricos hay cierto género de gente que en mirando a algunos con ojos airados, si se detienen mucho, los mataban, y que estos tenían en cada ojo dos niñetas;  y Solino cuenta lo mesmo de unas mujeres que había entre los Scitas.  De Pirro, rey de los epirotas, dice Plutarco en su vida, que tenía tal propiedad o gracia en el dedo pulgar del pie derecho, que a quien quiera que tuviese mal de bazo, tocándole con él, sanaba luego, y otros autores  dice que también sanaba de otras enfermedades.»
–Antonio de Torquemada. Jardín de flores curiosas.

TIRANDO AL MONTE

En Cabañas, frente a la Villa de Pontedeume, hay una playa preciosa con enorme arenal blanco y amplio pinar. Hace ya unos cuantos años, para que los bañistas no pecaran en modo alguno, se instalaba una larga cuerda, flojamente sostenida por estacas, dividiendo el arenal desde los pinos hasta el agua mansa. A un lado hombres, al otro mujeres. Eran otros tiempos y no había confusiones de género y cada uno, más o menos, sabía a qué lado debía ponerse y tenía impulsos claros sobre dónde, en realidad, le gustaría hacerlo. Los trajes de baño eran trajes de baño, lo cual quiere decir que cubrían desde la rodilla hasta el cuello y tenían mangas y eran holgados. Aún así el pecado de la carne flotaba en el ambiente y cruzaba la cuerda, en forma de miradas y gestos, con la rapidez y la potencia de una pelota de volley en la final de un mundial. Un día la cuerda, sin que mediará directa intervención de nadie, cosas que pasan, se cayó. No habiendo nadie presente con voluntad por guardar a los bañistas de los devastadores efectos de la lujuria y con ánimo para levantar de nuevo las estacas, el público se mezcló. Los hombres con las mujeres se juntaron y los jóvenes, ellos y ellas, tuvieron más contacto que el de las miradas de siempre; reprobadoras, inquisitivas, coquetas y, qué suerte algunos, cómplices. Es decir, hablaron entre ellos estando vestidos en un atuendo equivalente a la ropa interior. Por la desidia de las autoridades competentes y para gozo de los asiduos la cuerda estuvo tirada durante un par de semanas y, consecuentemente, los malos pensamientos quizá anduvieron algo más desatados que en un verano ordinario. El asunto llegó a oídos del ordinario del lugar, el cura párroco Don Senén, el cual, de inmediato, dio órdenes de reponer las cosas a su ser y estado anterior y natural, levantando las estacas y tendiendo de nuevo la floja cuerda que nada separaba. El sermón del domingo siguiente lo dio subido al púlpito y revestido con todos los ornamentos litúrgicos, en señal de que el mensaje era importante. Lo dirigió específicamente a las mujeres, guardianas de los valores cristianos de la honestidad, la modestia, el recato, el pudor, la discreción y la decencia. Después de ponerlas de putas para arriba, que de acuerdo con el canon vigente era lo que procedía, acabó el sermón elevando paulatinamente la la voz hasta acabar en lo más próximo a un grito que es permisible en un templo: «Cuando el Señor me llame a su seno, como a todos llamará, y me pida cuentas y pregunte ¿Qué has hecho de tu rebaño, Senén? ¿Qué has hecho de tus ovejas? Yo habré de contestarle ¡Ay! ¡Señor! ¡TODAS SE ME HAN VUELTO CABRAS!»

UNA ISLA

Amanece en el mar de la Sonda, hierve el té y, con poco trapo y proa al viento, reflexionamos sobre cosas que nos la traen al pairo. Saludamos por última vez desde la cubierta a esa Isla del Tesoro, encopetada de nieblas, territorio de mil aventuras, que se hundirá en la mar. A mi lado se despereza una morena, reina de un paraíso en decadencia, y sus gestos que traen aroma de flores se reflejan en la cubierta recién baldeada. La teca vieja tiene pisar suave y olor a sal y oporto y ginebra de caneca, y cruje como maúllan los gatos tristes. Pronto, en bares sucios de puertos lejanos, contaremos aventuras borrosas y exageradas, relataremos cómo un día el farero dejó de encender su luz y nunca jamás nadie volvió a encontrar aquella isla perdida en la mar. Partimos espiados por las sirenas, ángeles mendicantes a la puerta del paraíso; sabemos a dónde ir porque en la mar no hay encrucijadas.

SEPTIEMBRE

El año empieza en septiembre, como cuando en el colegio. Uno se va y a la vuelta hay novedades lo cual, claro, piensa uno que empieza algo nuevo. Cambia la clase, cambian los profesores si eres joven, cambian los camareros o el cartero o el cajero del banco si eres viejo. A mí este septiembre me han cambiado muchas cosas. La estanquera, una señora de pelo color nubecilla que caminaba con dos bastones y sonrisa encantadoramente gagá se ha jubilado. Con ella han desaparecido sus dos empleadas; la fanática religiosa que leía constantemente la biblia, una biblia de tapas de piel negra y papel biblia, y la cotilla que leía Los pilares de la tierra y La sombra del viento. Sin fundamento alguno quiero creer que en su larga vida tras el mostrador ha leído algo del agua y del fuego, porque sería un bonito e impremeditado homenaje a Empedocles y los presocráticos en general. Quizá lo está leyendo ahora mismo mientras trabaja para otro camello de mi droga. Ahora regenta el estanco una hippy auxiliada por su madre. Antes el estanco era un lugar moderno y pulcro pero elegantemente sobrio. Con su pequeña cava de puros, vitrinas con algún grabado original alusivo a la mercancía, cortapuros con fundas de cuero trabajado, pipas de varios modelos y ceniceros con pretensiones de lujo. Ahora parece un poco una farmacia de esas en las que también venden chicles. Un look falsamente aséptico y abigarrado. Todo cambia. Los estancos parecen farmacias, las farmacias naves espaciales y ya ni me imagino qué parecerán las naves espaciales, quizá estancos o administraciones de lotería. Esto se nota más en los aeropuertos. Antes uno cogía el avión en un aeropuerto y había tiendas. Ahora tiene uno la sensación que aprovechan para hacer pistas de aterrizaje los centros comerciales que quedan lejos del centro. La hippy lleva el pelo largo recogido en una coleta, tatuajes en los brazos y una de esas camisetas de sisa muy baja que deja ver el sujetador, que sorprende. Mucha puntilla. No sé qué se estila ahora en el ambiente hippy pero me imaginaba yo algo más liso, deportivo y funcional. Algo en consonancia con la camiseta falsamente andrajosa. A la hippy le ayuda su madre porque le pido Ducados rubio blando, cuatro treinta y cinco, y si le doy un billete de cinco y dos monedas de veinte, por sacarme la calderilla, duda al dar las vueltas. No usa los dedos pero va echando la cuenta dando leves cabezaditas, treinta y cinco, cuarenta. Quizá cuando aprenda las cuatro reglas, aire, agua, tierra y fuego, su madre le deje atender sola el negocio.

En el bar de siempre ahora se sientan en la terraza dos señoras muy arregladas, aunque quizá no tanto para la edad que tienen. Más de setenta y quizá más de ochenta. Pelo cardado de peluquería con mucha laca y labios muy rojos, rojísimos, y perfilados. Una lo lleva blanco blanquísimo, como si Papá Noel llevara el peinado de Barry Gibb, o más aún. La otra del color que cogen los zapatos marrones si los embetunas y brillas mucho, con los mismos brillos. Parecen dos judías ricas de Manhattan en una película de Woody Allen, con sus chaquetas blancas de punto sobre los hombros, fumando rubio y hablando de la operación de próstata de un tal Ricardo. Uno es muy fan de esas señoras coquetas hasta el último día, de esas señoras que son pura fuerza de voluntad opuesta a los estragos de tiempo, de la vida. Hace falta un optimismo rayano en el fanatismo para no dejarse caer en la nostalgia que como una sombra acompaña a toda decadencia. Es lo suyo tan inofensivo e ingenuo, tan estético y social que esa tozudez resulta enternecedora. Nunca nos han aclarado con qué cuerpo resucitaremos, el del instante de la muerte, el de los veinte años, el de la madurez. Ellas, por si acaso, caminan erguidas, se dejan ver maquilladas y elegantemente vestidas. Hablan las dos a la vez y se entienden, supongo. Quizá no queden para hablar la una con la otra sino para hablarse a sí mismas con la otra como testigo. Quizá son capaces de hacer ambas cosas a la vez, hablar y atender a lo que dice la otra, menyener dos hilos comunicativos al tiempo, como esas conversaciones de guasap que se bifurcan. Quizá son hermanas porque se dan un aire y llevan así toda la vida, desde niñas, hablando a la vez, compitiendo por la atención de papá o de mamá.

Dos portales más allá ha aparecido una placa, Elena tal y tal, psicoanalista. Esto a mi me parece una extraña novedad del pasado. Yo no sabía que había psicoanalistas nuevos. Lo del psicoanálisis me parece tan del siglo XX que esta novedad rancia me dejó un poco descolocado. Los psicoanalistas, para mí, son un poco como las cofradías de penitentes de semana santa. Hay las que hay, vestigios de un tiempo pretérito con fe, pero no aparecen otras nuevas. Conservamos como curiosidad a las hermandades del Cristo de la Buena Muerte, o de la Verónica, pero no se nos ocurre fundar ahora una cofradía de disciplinantes para que caminen descalzos flagelándose con zurriagos recién comprados en Amazon. Los psicoanalistas son un poco así, como esos coches de caballos que te pasean por la ciudad, un empeño en mantener el pasado, curiosidades a extinguir. Esto lo cuento aquí porque cualquiera de las caras nuevas que conmigo y las judías neoyorquinas toman café en la terraza podría ser la discípula de Freud y no es plan.

Septiembre, la vuelta al cole, es tiempo de novedades aunque a veces algunas suenan a rancio, un rancio tierno y cordial porque estos días tibios y luminosos en los que se va disolviendo el verano, camino de vuelta al fresco y la lluvia, no permiten otra cosa.

CARTAS INQUIETANTES

Es imposible no admirar a quienes escriben cartas inquietantes, llenas de dolores precisos, sufrimientos concretos. A los que describen padecimientos de contornos perfectos y formas que son las fórmulas matemáticas de la desdicha. Los que nos quejamos de malestares imprecisos caemos presas de la envidia, del pasmo que produce el adjetivo exacto apareándose con el sustantivo perfecto. A los que dibujaríamos acuarelas para describir las dolencias que nos afligen nos aturden los polígonos que delimitan con coordenadas precisas.

Es imposible no admirar a quienes escriben cartas inquietantes, llenas de pasillos largos, anchos, iluminados por barras fluorescentes, en los que las ideas caminan rectas, tiesas, secas, solas. Pasillos en los que no obstante, cada tanto, se abren puertas laterales, derivadas apenas apuntadas, apenas iluminadas. Los que sentimos caos al pensar ideas, los que con ellas hacemos ovillos, tortillas, flanes que no cuajan, parpadeamos de asombro ante las certezas que dibujan como puentes sólidos sobre abismos que nos aterran.

Es imposible no admirar a quienes escriben cartas inquietantes, llenas de verbos, muchos más que adjetivos, en tiempo futuro. A los que escriben cartas en gerundios que suenan como motores en marcha y huelen a sudor de operario, a laboriosa humanidad. Los que padecemos del mal de la procrastinación, del pesimismo de los arrepentidos, de la inacción de los ángeles y los percebes, temblamos deslumbrados ante esas frases que son muelles en tensión, catapultas dispuestas al disparo hacia a un futuro que intuímos pésimo.

BARAKALDO

Barakaldo despierta un poco tarde pero animoso. O animosa, eso ya según quién piense que es pueblo o ciudad. Aunque también habrá quien considere que el conjunto de espacios, edificios y habitantes de un área urbana tiene género y procede deconstruir bla bla. Barakaldo no parece preocuparse del asunto. Tampoco del cielo gris y su velada amenaza de lluvia, ni del vientecillo fresco que acecha tras algunas esquinas que parecen elegidas al azar pero seguramente obedecen a meditadas razones climáticas. Después de varias vueltas sin rumbo ya no sé dónde el mar y dónde la montaña ni, de consecuencia, por donde sopla el viento. La gente de Barakaldo sale a sus cosas primero poco a poco y luego ya de repente. Llena las calles y los bares con un cierto apresuramiento, con una diligencia que parece impostada. Gente mayor y con pinta de jubilada. Gente de mediana edad con pinta de prejubilada, gente joven con pinta de parada o pensionada. Barakaldo tiene un aire de burguesía ociosa diligentemente, responsablemente ocupada en sus cosas de burguesía ociosa. Pasan muchos coches que, evidentemente, van a otro sitio y de las bocas del metro ni entra ni sale nadie. En Barakaldo me he cruzado en un ratito con al menos con seis mujeres en silla de ruedas diligentemente empujadas por sus esposos o, en su caso, sus análoga relación de afectividad. Me parece un porcentaje sorprendente. Quizá en Barakaldo, pienso, la mujeres fallan por las piernas. O quizá no y en ese esforzado empujar a tu dama trasluce la caballerosidad del vasco, aunque también podría ser una manifestación sutil del famoso matriarcado. Escruto las caras de los esforzados estibadores y no llego a conclusión alguna. En el centro exacto de la plazoleta de Bide-Onera se cruzan dos señoras en sus respectivas sillas empujadas por sus respectivos caballeros, canosos y añosos, y al paso y sin detenerse se saludan apenas y se alejan. Quizá el Bombay imperial era así, señoras que iban a sus cosas en rickshaw y que se saludaban educadas pero displicentes. Las unas con las otras y con los chóferes de sus cabify. Barakaldo para el flaneur no tiene mucho interés más allá de la gente. Pasan con muchas bolsas de plástico casi vacías, dos o tres en cada mano, y ocioso y curioso me pregunto qué llevarán en ellas. Un breve recuento arroja el resultado de tres a uno a favor de las bolsas de plástico contra los omnipresentes móviles. Es un porcentaje, creo yo, tan sorprendente como el de sillas de ruedas. En la China comunista todos vestían igual para igualarse pero los chinos son tan iguales a todos los demás pobladores de la tierra que en medio de su igualdad indumentaria encontraron el modo de distinguirse. El chino que mandaba llevaba en el bolsillo de la guerrera un bolígrafo. Si mandaba más, dos; y hasta tres llevaba algún chino que mandaba muchísimo. Esto se ve aún en los hospitales. Quién en el bolsillo de la bata lleva muchos bolis manda mucho y es médico, no como los curritos empujadores de sillas y camillas que no llevan nada. Pienso si lo de las bolsas irá por ahí. Si en Barakaldo, ciudad antes trabajadora y activa, hoy ociosa y burguesa, la bolsa de plástico funcionará de modo parecido. Las bolsas de plástico como alamares, caireles, insignias y condecoraciones. A más diligencia, a más laboriosidad, más bolsas de plástico. Pasa el tiempo y llega la hora de trabajar, aunque sea poco, y dejo a los barakaldeses haciendo sus cosas inespecíficas con sus bolsas.

COSAS QUE JAMÁS HARÍA

A mi los entierros no terminan de gustarme, más que nada por la gente que va, y no se entienda de esto que albergo rencores o mantengo rencillas con los muertos. En absoluto. Descansen en paz. De los entierros me desagradan la muerte como concepto y los cursis, que suelen acudir en manada. A los entierros, creo yo, sólo van los muertos, cada uno al suyo, sus deudos a llorar y los cursis a lucirse exponiendo su dominio de los lugares comunes. Y en ocasiones algunos despistados que mantenemos costumbres del siglo pasado, de un tiempo que fue y ya no es. En los entierros los cursis son los que te dicen: Es ley de vida. No somos nadie. A todos nos llega la hora. Pero los más cursis, los cursis fetén, los pata negra son los que se permiten decir: La muerte nos iguala a todos, ricos y pobres. Y a uno, que la muerte cercana lo desazona y descoloca y anima a decir tonterías, una y otra vez le asaltan las ganas de contestar con las estrofas de aquella romanza escatológica que aprendió de niño. Caga el rico, caga el pobre, cagan el Rey y el Papa, caga hasta la mujer más guapa y de cagar nadie se escapa. Uno, en estos casos, se aguanta las ganas porque advierte la improcedencia de lanzarse a declamar, y más esos versos, en un entierro. Uno, mal que le pese, acepta sumiso la esclavitud de una esmerada educación que no solicitó sino que le fue impuesta. Siendo completamente cierto que cagar, como la muerte, a todos iguala no siempre la verdad es bien recibida. En el fondo todos sabemos que, al final, todos morimos y que en este tiempo de espera entretenemos las horas asistiendo a funerales y cagando. Pero en ocasiones es apropiado callar ciertas cosas porque, intuyo, la mayoría de nosotros lo de la igualdad de boquilla sí pero llegado el caso pecamos de soberbia y nos sabemos más. En vida seguro y de muertos ya se verá. La cursilería no está igual de extendida pero comparte con las actividades ya mencionadas que ataca con homogénea fiereza a ricos, pobres, nobles, clérigos, mujeres y, en casos graves, incluso a niños. La cursilería, como las enfermedades infectocontagiosas, la gripe, un suponer, no tiene respeto por nadie e iguala en el lugar común. Cualquiera, gente que parece normal, incluso normalísima, puede revelarse un cursi. Yo creo que no puedes decir que conoces de verdad a alguien hasta que no has estado con él en un entierro y ves cómo reacciona sometido a la tentación de dar un pésame profundo y filosófico. A otros ya se les ve venir. Otros, los cursis desvergonzados, se permiten ir por la vida como si estuvieran siempre en un entierro. Esos son los cursis que han salido del armario, habitan felices todos los días del año en el lugar común y no hace falta un radar o un entierro para detectarlos. Yo vivo con el temor de que un día no podré aguantarme porque ni todos los días son iguales ni todos los días tiene uno el mismo ánimo y en ocasiones le flaquea la voluntad. Ese día, a un cursi, en un entierro, caeré en dar respuesta a la sesuda a la par que manida consideración sobre lo igualadora que es la muerte; no podré resistirme. Un día, quizá harto, quizá desengañado, quizá yo mismo desahuciado y sintiendo próximo mi óbito, me daré el gustazo de recitarle a la cara, rimbombante, campanudo, la romanza de la caca, que iguala a los vivos como a los muertos la parca. Viene el perro la husmea, viene el gato la entierra, en este mundo de caca, de cagar nadie se escapa. Temo que llegue ese día porque uno, sin necesidad de anotarlo en ningún sitio, mantiene una lista inconsciente de cosas que jamás haría. Uno, en realidad, es el tipo de persona que jamás haría un montón de cosas que no ha explicitado pero están ahí, catalogadas en alguno de los recovecos freudianos de la mente. E intuyo que verse haciendo algo que uno lleva toda la vida prohibiéndose sería una alteración de grandes proporciones. Y estoy seguro de que una vez uno ha caído en la tentación de pronto descubre no sólo que ahora es otra persona, sino que siempre ha sido esa otra persona, precisamente la que pensaba que no era. Que llevaba todos esos años haciendo una vida normal, comportándose como quien creía ser, cagando, yendo a entierros, pero en realidad todo era falso, y lo cierto es que ha vivido engañado, engañándose. Que en realidad uno es otro, que es esa clase de persona que, por ejemplo, a la mínima provocación de un cursi se lanza a declamar, rimbombante y campanudo, el romance de la caca en un entierro. Con ese temor vivo y por esa razón los entierros no acaban de gustarme, porque le enfrentan a uno a la posibilidad cierta de tener que reconocerse quién es en realidad, cosa que, junto con la muerte, es una de las más incómodas verdades.