SEPTIEMBRE

El año empieza en septiembre, como cuando en el colegio. Uno se va y a la vuelta hay novedades lo cual, claro, piensa uno que empieza algo nuevo. Cambia la clase, cambian los profesores si eres joven, cambian los camareros o el cartero o el cajero del banco si eres viejo. A mí este septiembre me han cambiado muchas cosas. La estanquera, una señora de pelo color nubecilla que caminaba con dos bastones y sonrisa encantadoramente gagá se ha jubilado. Con ella han desaparecido sus dos empleadas; la fanática religiosa que leía constantemente la biblia, una biblia de tapas de piel negra y papel biblia, y la cotilla que leía Los pilares de la tierra y La sombra del viento. Sin fundamento alguno quiero creer que en su larga vida tras el mostrador ha leído algo del agua y del fuego, porque sería un bonito e impremeditado homenaje a Empedocles y los presocráticos en general. Quizá lo está leyendo ahora mismo mientras trabaja para otro camello de mi droga. Ahora regenta el estanco una hippy auxiliada por su madre. Antes el estanco era un lugar moderno y pulcro pero elegantemente sobrio. Con su pequeña cava de puros, vitrinas con algún grabado original alusivo a la mercancía, cortapuros con fundas de cuero trabajado, pipas de varios modelos y ceniceros con pretensiones de lujo. Ahora parece un poco una farmacia de esas en las que también venden chicles. Un look falsamente aséptico y abigarrado. Todo cambia. Los estancos parecen farmacias, las farmacias naves espaciales y ya ni me imagino qué parecerán las naves espaciales, quizá estancos o administraciones de lotería. Esto se nota más en los aeropuertos. Antes uno cogía el avión en un aeropuerto y había tiendas. Ahora tiene uno la sensación que aprovechan para hacer pistas de aterrizaje los centros comerciales que quedan lejos del centro. La hippy lleva el pelo largo recogido en una coleta, tatuajes en los brazos y una de esas camisetas de sisa muy baja que deja ver el sujetador, que sorprende. Mucha puntilla. No sé qué se estila ahora en el ambiente hippy pero me imaginaba yo algo más liso, deportivo y funcional. Algo en consonancia con la camiseta falsamente andrajosa. A la hippy le ayuda su madre porque le pido Ducados rubio blando, cuatro treinta y cinco, y si le doy un billete de cinco y dos monedas de veinte, por sacarme la calderilla, duda al dar las vueltas. No usa los dedos pero va echando la cuenta dando leves cabezaditas, treinta y cinco, cuarenta. Quizá cuando aprenda las cuatro reglas, aire, agua, tierra y fuego, su madre le deje atender sola el negocio.

En el bar de siempre ahora se sientan en la terraza dos señoras muy arregladas, aunque quizá no tanto para la edad que tienen. Más de setenta y quizá más de ochenta. Pelo cardado de peluquería con mucha laca y labios muy rojos, rojísimos, y perfilados. Una lo lleva blanco blanquísimo, como si Papá Noel llevara el peinado de Barry Gibb, o más aún. La otra del color que cogen los zapatos marrones si los embetunas y brillas mucho, con los mismos brillos. Parecen dos judías ricas de Manhattan en una película de Woody Allen, con sus chaquetas blancas de punto sobre los hombros, fumando rubio y hablando de la operación de próstata de un tal Ricardo. Uno es muy fan de esas señoras coquetas hasta el último día, de esas señoras que son pura fuerza de voluntad opuesta a los estragos de tiempo, de la vida. Hace falta un optimismo rayano en el fanatismo para no dejarse caer en la nostalgia que como una sombra acompaña a toda decadencia. Es lo suyo tan inofensivo e ingenuo, tan estético y social que esa tozudez resulta enternecedora. Nunca nos han aclarado con qué cuerpo resucitaremos, el del instante de la muerte, el de los veinte años, el de la madurez. Ellas, por si acaso, caminan erguidas, se dejan ver maquilladas y elegantemente vestidas. Hablan las dos a la vez y se entienden, supongo. Quizá no queden para hablar la una con la otra sino para hablarse a sí mismas con la otra como testigo. Quizá son capaces de hacer ambas cosas a la vez, hablar y atender a lo que dice la otra, menyener dos hilos comunicativos al tiempo, como esas conversaciones de guasap que se bifurcan. Quizá son hermanas porque se dan un aire y llevan así toda la vida, desde niñas, hablando a la vez, compitiendo por la atención de papá o de mamá.

Dos portales más allá ha aparecido una placa, Elena tal y tal, psicoanalista. Esto a mi me parece una extraña novedad del pasado. Yo no sabía que había psicoanalistas nuevos. Lo del psicoanálisis me parece tan del siglo XX que esta novedad rancia me dejó un poco descolocado. Los psicoanalistas, para mí, son un poco como las cofradías de penitentes de semana santa. Hay las que hay, vestigios de un tiempo pretérito con fe, pero no aparecen otras nuevas. Conservamos como curiosidad a las hermandades del Cristo de la Buena Muerte, o de la Verónica, pero no se nos ocurre fundar ahora una cofradía de disciplinantes para que caminen descalzos flagelándose con zurriagos recién comprados en Amazon. Los psicoanalistas son un poco así, como esos coches de caballos que te pasean por la ciudad, un empeño en mantener el pasado, curiosidades a extinguir. Esto lo cuento aquí porque cualquiera de las caras nuevas que conmigo y las judías neoyorquinas toman café en la terraza podría ser la discípula de Freud y no es plan.

Septiembre, la vuelta al cole, es tiempo de novedades aunque a veces algunas suenan a rancio, un rancio tierno y cordial porque estos días tibios y luminosos en los que se va disolviendo el verano, camino de vuelta al fresco y la lluvia, no permiten otra cosa.

CARTAS INQUIETANTES

Es imposible no admirar a quienes escriben cartas inquietantes, llenas de dolores precisos, sufrimientos concretos. A los que describen padecimientos de contornos perfectos y formas que son las fórmulas matemáticas de la desdicha. Los que nos quejamos de malestares imprecisos caemos presas de la envidia, del pasmo que produce el adjetivo exacto apareándose con el sustantivo perfecto. A los que dibujaríamos acuarelas para describir las dolencias que nos afligen nos aturden los polígonos que delimitan con coordenadas precisas.

Es imposible no admirar a quienes escriben cartas inquietantes, llenas de pasillos largos, anchos, iluminados por barras fluorescentes, en los que las ideas caminan rectas, tiesas, secas, solas. Pasillos en los que no obstante, cada tanto, se abren puertas laterales, derivadas apenas apuntadas, apenas iluminadas. Los que sentimos caos al pensar ideas, los que con ellas hacemos ovillos, tortillas, flanes que no cuajan, parpadeamos de asombro ante las certezas que dibujan como puentes sólidos sobre abismos que nos aterran.

Es imposible no admirar a quienes escriben cartas inquietantes, llenas de verbos, muchos más que adjetivos, en tiempo futuro. A los que escriben cartas en gerundios que suenan como motores en marcha y huelen a sudor de operario, a laboriosa humanidad. Los que padecemos del mal de la procrastinación, del pesimismo de los arrepentidos, de la inacción de los ángeles y los percebes, temblamos deslumbrados ante esas frases que son muelles en tensión, catapultas dispuestas al disparo hacia a un futuro que intuímos pésimo.

BARAKALDO

Barakaldo despierta un poco tarde pero animoso. O animosa, eso ya según quién piense que es pueblo o ciudad. Aunque también habrá quien considere que el conjunto de espacios, edificios y habitantes de un área urbana tiene género y procede deconstruir bla bla. Barakaldo no parece preocuparse del asunto. Tampoco del cielo gris y su velada amenaza de lluvia, ni del vientecillo fresco que acecha tras algunas esquinas que parecen elegidas al azar pero seguramente obedecen a meditadas razones climáticas. Después de varias vueltas sin rumbo ya no sé dónde el mar y dónde la montaña ni, de consecuencia, por donde sopla el viento. La gente de Barakaldo sale a sus cosas primero poco a poco y luego ya de repente. Llena las calles y los bares con un cierto apresuramiento, con una diligencia que parece impostada. Gente mayor y con pinta de jubilada. Gente de mediana edad con pinta de prejubilada, gente joven con pinta de parada o pensionada. Barakaldo tiene un aire de burguesía ociosa diligentemente, responsablemente ocupada en sus cosas de burguesía ociosa. Pasan muchos coches que, evidentemente, van a otro sitio y de las bocas del metro ni entra ni sale nadie. En Barakaldo me he cruzado en un ratito con al menos con seis mujeres en silla de ruedas diligentemente empujadas por sus esposos o, en su caso, sus análoga relación de afectividad. Me parece un porcentaje sorprendente. Quizá en Barakaldo, pienso, la mujeres fallan por las piernas. O quizá no y en ese esforzado empujar a tu dama trasluce la caballerosidad del vasco, aunque también podría ser una manifestación sutil del famoso matriarcado. Escruto las caras de los esforzados estibadores y no llego a conclusión alguna. En el centro exacto de la plazoleta de Bide-Onera se cruzan dos señoras en sus respectivas sillas empujadas por sus respectivos caballeros, canosos y añosos, y al paso y sin detenerse se saludan apenas y se alejan. Quizá el Bombay imperial era así, señoras que iban a sus cosas en rickshaw y que se saludaban educadas pero displicentes. Las unas con las otras y con los chóferes de sus cabify. Barakaldo para el flaneur no tiene mucho interés más allá de la gente. Pasan con muchas bolsas de plástico casi vacías, dos o tres en cada mano, y ocioso y curioso me pregunto qué llevarán en ellas. Un breve recuento arroja el resultado de tres a uno a favor de las bolsas de plástico contra los omnipresentes móviles. Es un porcentaje, creo yo, tan sorprendente como el de sillas de ruedas. En la China comunista todos vestían igual para igualarse pero los chinos son tan iguales a todos los demás pobladores de la tierra que en medio de su igualdad indumentaria encontraron el modo de distinguirse. El chino que mandaba llevaba en el bolsillo de la guerrera un bolígrafo. Si mandaba más, dos; y hasta tres llevaba algún chino que mandaba muchísimo. Esto se ve aún en los hospitales. Quién en el bolsillo de la bata lleva muchos bolis manda mucho y es médico, no como los curritos empujadores de sillas y camillas que no llevan nada. Pienso si lo de las bolsas irá por ahí. Si en Barakaldo, ciudad antes trabajadora y activa, hoy ociosa y burguesa, la bolsa de plástico funcionará de modo parecido. Las bolsas de plástico como alamares, caireles, insignias y condecoraciones. A más diligencia, a más laboriosidad, más bolsas de plástico. Pasa el tiempo y llega la hora de trabajar, aunque sea poco, y dejo a los barakaldeses haciendo sus cosas inespecíficas con sus bolsas.

COSAS QUE JAMÁS HARÍA

A mi los entierros no terminan de gustarme, más que nada por la gente que va, y no se entienda de esto que albergo rencores o mantengo rencillas con los muertos. En absoluto. Descansen en paz. De los entierros me desagradan la muerte como concepto y los cursis, que suelen acudir en manada. A los entierros, creo yo, sólo van los muertos, cada uno al suyo, sus deudos a llorar y los cursis a lucirse exponiendo su dominio de los lugares comunes. Y en ocasiones algunos despistados que mantenemos costumbres del siglo pasado, de un tiempo que fue y ya no es. En los entierros los cursis son los que te dicen: Es ley de vida. No somos nadie. A todos nos llega la hora. Pero los más cursis, los cursis fetén, los pata negra son los que se permiten decir: La muerte nos iguala a todos, ricos y pobres. Y a uno, que la muerte cercana lo desazona y descoloca y anima a decir tonterías, una y otra vez le asaltan las ganas de contestar con las estrofas de aquella romanza escatológica que aprendió de niño. Caga el rico, caga el pobre, cagan el Rey y el Papa, caga hasta la mujer más guapa y de cagar nadie se escapa. Uno, en estos casos, se aguanta las ganas porque advierte la improcedencia de lanzarse a declamar, y más esos versos, en un entierro. Uno, mal que le pese, acepta sumiso la esclavitud de una esmerada educación que no solicitó sino que le fue impuesta. Siendo completamente cierto que cagar, como la muerte, a todos iguala no siempre la verdad es bien recibida. En el fondo todos sabemos que, al final, todos morimos y que en este tiempo de espera entretenemos las horas asistiendo a funerales y cagando. Pero en ocasiones es apropiado callar ciertas cosas porque, intuyo, la mayoría de nosotros lo de la igualdad de boquilla sí pero llegado el caso pecamos de soberbia y nos sabemos más. En vida seguro y de muertos ya se verá. La cursilería no está igual de extendida pero comparte con las actividades ya mencionadas que ataca con homogénea fiereza a ricos, pobres, nobles, clérigos, mujeres y, en casos graves, incluso a niños. La cursilería, como las enfermedades infectocontagiosas, la gripe, un suponer, no tiene respeto por nadie e iguala en el lugar común. Cualquiera, gente que parece normal, incluso normalísima, puede revelarse un cursi. Yo creo que no puedes decir que conoces de verdad a alguien hasta que no has estado con él en un entierro y ves cómo reacciona sometido a la tentación de dar un pésame profundo y filosófico. A otros ya se les ve venir. Otros, los cursis desvergonzados, se permiten ir por la vida como si estuvieran siempre en un entierro. Esos son los cursis que han salido del armario, habitan felices todos los días del año en el lugar común y no hace falta un radar o un entierro para detectarlos. Yo vivo con el temor de que un día no podré aguantarme porque ni todos los días son iguales ni todos los días tiene uno el mismo ánimo y en ocasiones le flaquea la voluntad. Ese día, a un cursi, en un entierro, caeré en dar respuesta a la sesuda a la par que manida consideración sobre lo igualadora que es la muerte; no podré resistirme. Un día, quizá harto, quizá desengañado, quizá yo mismo desahuciado y sintiendo próximo mi óbito, me daré el gustazo de recitarle a la cara, rimbombante, campanudo, la romanza de la caca, que iguala a los vivos como a los muertos la parca. Viene el perro la husmea, viene el gato la entierra, en este mundo de caca, de cagar nadie se escapa. Temo que llegue ese día porque uno, sin necesidad de anotarlo en ningún sitio, mantiene una lista inconsciente de cosas que jamás haría. Uno, en realidad, es el tipo de persona que jamás haría un montón de cosas que no ha explicitado pero están ahí, catalogadas en alguno de los recovecos freudianos de la mente. E intuyo que verse haciendo algo que uno lleva toda la vida prohibiéndose sería una alteración de grandes proporciones. Y estoy seguro de que una vez uno ha caído en la tentación de pronto descubre no sólo que ahora es otra persona, sino que siempre ha sido esa otra persona, precisamente la que pensaba que no era. Que llevaba todos esos años haciendo una vida normal, comportándose como quien creía ser, cagando, yendo a entierros, pero en realidad todo era falso, y lo cierto es que ha vivido engañado, engañándose. Que en realidad uno es otro, que es esa clase de persona que, por ejemplo, a la mínima provocación de un cursi se lanza a declamar, rimbombante y campanudo, el romance de la caca en un entierro. Con ese temor vivo y por esa razón los entierros no acaban de gustarme, porque le enfrentan a uno a la posibilidad cierta de tener que reconocerse quién es en realidad, cosa que, junto con la muerte, es una de las más incómodas verdades.

LA CEREMONIA

Mi amigo Luis Ventoso, al que llamábamos Marzo por putear, fue de invitado a una boda en Santa María de Ois, en Aranga. Un compromiso de esos en los que conoces al padre de la chiquilla por trabajo y a nadie más. Sólo la ceremonia y me largo rapidito era su plan. Llegó a Ois y buscó la iglesia y descubrió que ya había numeroso grupo de asistentes esperando a los protagonistas, charlando animados, arreglados de domingo. Ya no había dónde aparcar y tuvo que dejar el coche casi a un kilómetro. Se acercó con calma, paseando, al grupo de asistentes y bajo unos robles estuvo hablando de nada casi media hora con un tipo que le pidió fuego y pegó la hebra. La gente, aquella tarde soleada, contaba chistes, anécdotas, alababa el tiempo primaveral. Con despreocupación festiva. De pronto todos se pusieron algo serios y tiesos, como si algo malo fuera a pasar, y se santiguaron. Por la cuestecilla, despacio y con cuidado de no tropezar con los retrovisores de los aparcados en las cunetas, se acercaba un coche fúnebre cargado de coronas. Tu familia y amigos no te olvidan, Autolavados Sánchez, Peña Automovilista Espenuca. Mensajes escuetos como tuits despedían a un tal Fulgencio con respeto. Preguntó a su único amigo en aquel acto, el compadre fumador, si aquella era la iglesia de Ois. Esta es Santiago de Ois, Santa María de Ois está a tres minutos. Marzo compuso cara de velorio, se persignó torpe y ostentosamente, dio el pésame a los que le quedaban más cercanos, le ruego que presente mis respetos a la familia, un tipo estupendo, se van los mejores, y salió a paso vivo corrido y temeroso de llegar tarde al enlace. Por supuesto llegó a tiempo. Las novias te hacen esperar a la puerta de las iglesias más que los muertos, que suelen ser puntuales, precisos. Empresariales. La pena es lo que tiene, horarios germanos. A las puertas de Santa María de Ois se encontró a un numeroso grupo de asistentes arreglados de domingo, esperando por los protagonistas, charlando animados. Se acercó con calma, paseando y en un campo recién segado estuvo hablando de nada casi media hora con un tipo al que pidió fuego y con el que pegó la hebra. El ambiente y los asistentes eran indistinguibles. Juraría incluso que a algunos acababa de darles el pésame. Llegó el novio con traje oscuro y una azucena en el ojal de la solapa, el mismo atuendo que el chófer de la funeraria, y se repartieron abrazos y se hicieron chistes y contaron anécdotas. Al cabo llegó un Mercedes color azul diplomático idéntico al del último viaje de Fulgencio, ex empleado de los Autolavados Sánchez y aficionado al deporte del motor, si obviamos el detalle de que este no era el modelo familiar. De él bajó la novia, armada con un ramo de flores que bien podrían venir directas de la iglesia de Santiago, acompañada de su amigo ejerciendo de padrino. Hay sitios, en Ois, por ejemplo, en los que se celebra la vida del mismo modo en que se celebra la muerte, sin grandes alharacas ni teatrillos. Hay sitios en los que una y otra están hechas de la misma materia, indistinguibles desde una cierta distancia si no pones atención.

MAGARIÑOS

Yo no sé qué es eso de vender subjuntivos ni lo de las prótasis irreales condicionales pero conocí a un tal Magariños que componía poesía basada en los principios del isomorfismo y la antisintaxis y la catálisis del discurso por medio de la elipsis. Dejé de verlo porque, pobre como una rata, como todos los poetas, con las últimas mil pesetas que le quedaban se dio una panzada a comer en el Palacio Oriental, un restaurante chino de esos con falsos arcos de plástico formados por dragones de colores, cuadros tridimensionales y animados de cascadas y sillas doradas y pesadísimas con mucho torneado. Se sentó en aquella penumbra con el ánimo oscuro de quien piensa que esa puede ser su última cena y agarrando el menú pidió.

Nº 5 Rollitos de Primavera
Nº 12 Sopa agriopicante
Nº 21 Arroz tres delicias
Nº 36 Hormigas saliendo del nido
Nº 40 Ternera con bambú y setas chinas
Nº 51 Cerdo agridulce
Nº 63 Helado frito

Ochocientas setenta y cinco pesetas. Lo invitaron a un chupito de licor de esos que en la botella llevan un lagarto muerto, triste y un poco rechumido, como si el bicho ya hubiera sufrido allí dentro varios rellenos, con la mirada de quien añora una jubilación que teme no llegará. Magariños, hombre de ordinario frugal y tirando a ascético, salió de allí levemente mareado, de muy buen humor y con la visión borrosa. Más, creo yo, por el exceso de glutamato, que hay a quien le produce una especie de aura de migraña, que por el alcohol revenido de los chinos. Dejó de propina veinticinco pesetas y caminaba por la acera con ese ánimo levemente triunfador del saciado cuando vio una administración de lotería y se jugó las últimas doscientas pesetas a la Bonoloto con los números del menú. 5,12,21,36,40,51 y complementario el 63. Le tocaron cincuenta millones de pesetas del bote que era una pasta y ahora camina todos los días ufano y harto por alguna playa en Canarias, donde compró un apartamento en segunda línea, ajeno completamente de la catálisis, la elipsis e incluso de la antisintaxis. Todas las mañanas saluda al astro sol haciendo taichi en la arena con wambas y una especie de pijama negro y es un tipo feliz. Magariños tenía la mirada triste del lagarto encerrado en la botella y ahogado una y otra vez en alcohol barato y ahora le brillan los ojillos. No se siente plenamente realizado, claro, ya sabemos que un ex-poeta es como un ex-drogadicto, pero sí feliz, reinsertado.

UN INTENTO FALLIDO

Al escribir imaginaba sus escenas en lugares en los que siempre hace calor. Playas soleadas, saunas, hospitales, desiertos, cocinas. Esta extraña incapacidad para imaginar nada en un lugar gélido, nevado o simplemente frío lastra mi prosa, me decía. Sus personajes sudan acalorados o simplemente disfrutan de un ambiente agradable, siempre en manga corta, en bañador, bermudas y así. La ausencia de un abrigo, por ejemplo, de una manta, de una fogata en el bosque, de escalofríos en una noche invernal, parece tontería pero es un hándicap insuperable. Decía Confucio, o quizá Descartes, que la miseria con calor es menos miseria, y basta mirar el mapa de la distribución del GDP (siglas de Gross Domestic Product) para advertir correlación, que no es causalidad pero a veces se parecen como un cojón a otro cojón. Pues lo predicado por el sabio indefinido respecto de la miseria lo es igualmente de las penas. Sonreía triste al decirlo, desanimado. Las penas al calor se derriten, como la manteca al horno. El dónde hay calor cabe desesperación, cabe angustia, cabe exasperación, miedo y envidia y cabe también odio, pero pena, lo que se dice pena, esa pena negra, larga, oscura, que transita las almas de los personajes que recordamos, eso no cabe. Ni cabe ni se imagina. En definitiva que le estaba vedado, sostenía, por siempre y para siempre, la novela porque una historia sin el penar de los personajes no es nada, un folletín, un cuento, un intento fallido a lo sumo. Quién trasciende en bermudas, en bikini, con un pareo o una guayabera, decía moviendo los brazos. La respuesta es nadie porque los desesperados son personajes siempre incompletos, a la busca de algo, como los envidiosos. Pueden dar pena pero no la sienten, matiz de importancia. Son gente que ni puta idea de sí mismos ni esperanza de tenerla, muy al contrario de los pesarosos dolientes que, sabiendo y sabiéndose, resultan redondos a la pluma y han dado siempre páginas de gloria a la literatura. En fin, que esa limitación, tonta, diríamos a priori, le impedía no ya culminar sino comenzar a pergeñar una historia que mereciese la pena. Una pena.

PEDRAMOL

Estos días ha aparecido en casa, en la cocina, un cacharro maravilloso. En realidad es un bote de Fairy con pistón dosificador, una de esas banalidades que me maravillan. En su época cuando aparecieron esos mecanismos los bauticé como eyaculator, pronunciado eyaculeitor, mayormente porque la novedad podía encontrarse en la relativa intimidad de los baños y el jabón que entrecortadamente proveía a chorretones era blancuzco. Tener hijos, claro, le cambia a uno la vida la vida y han de abandonarse ciertas malas costumbres y vicios y consecuentemente el palabro cayó en el olvido. Hasta ahora. Sustituían a la típica pastilla de jabón de toda la vida, peligrosamente escurridiza. También el Pedramol, limpiador pulidor del pasado cayó en el mismo olvido. Pedramol es el único producto, hasta hoy, que elimina radicalmente el hollín de las cocinas, ollas, cacerolas, sartenes, etc. Sobre un paño o estropajo seco o humedecido, según convenga, agréguese Pedramol, con o sin jabón. Las instrucciones obviavan el molesto detalle de frotar hasta que brille. Mi abuela rascaba la cocina bilbaína con eso y partiendo del oscuro color de una sentina acababa refulgiendo como el escudo de un caballero cruzado, Pedramol de Esplandián, un suponer. Una maravilla. Luego llegó aquello que llamaban Vim Clorex, un bote de plástico con agujeros a través de los cuales se espolvoreaba un producto granulado blanco con pintas azul bebé que se avivaba con la humedad. Aquello era solo arenas con jabón, lo que venía siendo el mentado Pedramol con detergente añadido y presentado en un conveniente envase similar a un salero con atractiva etiqueta de colorines. Más adelante la moda fue algo que promocionaban como polvo líquido, evidente contradictio in terminis, figura retórica que sabemos propia de la poesía mística. ¿Cómo expresar lo inefable si no es por medio de imágenes imposibles? Cleanliness is next to godliness, dijo John Wesley y quizá por ahí van los tiros. Así como con certeza el Pedramol era Pedramol de este último producto dudo sobre el nombre con el que lo vendían, pero apostaría que era Cif Amoniacal. Con la edad lo reciente se fija con menor intensidad y se olvida antes. Ahora el Fairy, líquido espeso de brillante color verde, por algún misterioso efecto químico-físico que se manifiesta al pasar el producto por la astutamente diseñada boquilla del eyaculeitor, se convierte en una espuma blanca y espesa, consistente, como la de afeitar en aerosol que en su día usé y ya no uso. Por todo ello no he podido dejar de advertir, quizá mejor intuir, que en el asunto de la limpieza y el consecuente o asociado acercamiento a dios se ha producido una gracilización que corre pareja a la de la moral imperante. Contra lo robusto de fregar rascando hierros con poco más que arenas de río acabamos en lo grácil, eliminando la suciedad de las sartenes de teflón con una espuma hace nada sólo apropiada para pieles delicadas. La transubstanciación del Fairy, que se opera ante nuestros propios ojos, es una evidente moralización y gracilización del producto que unos dirán es el último paso antes del derrumbe de occidente y otros, como yo, que nada tiene que ver. Nada que ver con el derrumbe, aclaremos. Que todo sea paulatinamente más flojo, más suave, menos violento y que requiera menos esfuerzo no es indicativo de nada, sólo una puta casualidad, pura estocástica sin valor predictivo. No es un avance, no es un retroceso, es aleatorio. Por muy gráciles que nos estemos volviendo acabaremos otra vez a majarnos a palos, a buscarle sentido a cosas que no lo tienen, a fregar hierros con arenas y a buscar a dios entre los pucheros pero no por la espuma del Fairy, sino porque somos así. Amen.

PENITENCIAGITE

Greta, la niña Greta, me da algo de pena. La sueca niña Greta de pelo trenzado y cara de pan con mucha miga vive contra sus congéneres que ensucian y contaminan. Antes los niños obedecían a sus papás, escuchaban a los mayores y esperaban su turno. Ahora los niños, la sueca niña Greta y otros, dan instrucciones y los mayores que son como niños, volubles e irresponsables, escuchan embelesados. La niña Greta lleva el pelo trenzado y tabardos gruesos, perfectos para los fríos inviernos suecos, y nos advierte, abrigada y arrebozada, sobre el calentamiento global. Greta, la niña sueca con cara de pan de bolla, pone gesto de sufrimiento, de penitente nórdica, quizá porque de verdad sufre. La niña Greta saca pinta de cofrade procesionante penitencial, esos que se manifiestan así llueva, truene o caiga pedrisco como pelotas de golf. En plan Hermandad Penitencial de Nuestro Señor Jesús Padre de Luz y Vida y así. La niña sueca Greta tiene mirada torva y desconfíada, la mirada de quien se teme que mucho blablabla y luego nada. La mirada de esos a los que ya dieron carrete y luego ni les cogen el teléfono, de los que al que hay de lo mío ya les contestaron muchas veces vuelva usted mañana. A la gente le gusta hacerse fotos con la dulce niña Greta con cara de pan sueco porque la gente es así y le gustan las cosas enormes e inalcanzables, pedir lo imposible, por ejemplo, y también las vírgenes vestales, puras, rubias y exigentes. Las sacerdotisas con un mensaje son una moda que va y viene pero siempre han estado ahí, para ayudarnos a discernir lo que es virtuoso del vicio. Las nórdicas, como la niña Greta, sacan gesto malhumorado, como de llevar los pies fríos. Las cosas enormes mueven peña porque te sacan de tus cosas pequeñas y cutres. Nos vamos a morir todos, dice la la dulce niña Greta, adalid de la nueva vanguardia malthusiana, y a vosotros ya no os queda nada pero y yo qué. Las cosas globales, universales, son objetivos con mucho fundamento, como la destrucción mutua asegurada, invierno nuclear y el mismísimo apocalipsis. La niña Greta, santurrona que exuda mojigatería como exudaban antes las beatas de pueblo con rosario y mantilla, llama a una cruzada en la que el enemigo somos nosotros mismos. El enemigo interior es siempre el peor, porque supone que porta uno en su propia mismidad el pecado original, baldón del que sólo cabe huir renaciendo. La niña Greta llevó al Papa, como antes los pastorcillos de Fátima, ese mensaje ya viejuno del Agente Smith: Los humanos somos una enfermedad, un cáncer para este planeta, una plaga. Los humanos somos un virus.

CINCO LUSTROS

Yo quería ser pirata malayo. Quería ser Yáñez el Portugués, secuaz de las correrías del Tigre de Mompracem, acodado en la proa con botas altas, traje blanco de lino y sombrero panamá. Dirigir en combate a fieros y aguerridos guerreros armados con kampilongs y sedientos de sangre inglesa. Navegar en un phrao el Mar de la Sonda, el Selat Sunda, viendo el amanecer, con poco trapo y viento de través, sorbiendo té y fumando el último cigarro. En la mar no hay encrucijadas. En la mar no hay caminos por los que dejarte ir. La mar exige saber quién eres y a dónde vas. También exige mear a sotavento, cagar en un balde, comer lo que hay y dormir en un coy. Andar húmedo de mar y sudor, hablar a gritos y quemarte de sol. Yo quería ser pirata malayo, pero se me cruzó una morena bella y cambiante y exigente como la mar. Una mujer de las de verdad, de las que te exigen saber quién eres y a dónde vas, y se me olvidaron de golpe todas esas tonterías. Ayer se cumplieron 25 años de nuestro juramento pirata y llevo medio siglo viviendo de las ganancias de esa mano.