UN BESO EN ORIHUELA

Para ir a Orihuela basta ir a Albacete y seguir las señales. Las señales que dicen Murcia. Yo de Albacete, del Nueva York de La Mancha, sé Algunas cosas, más o menos las cosas que sabe todo el mundo: que para allá están siempre in itinere una vieja y un viejo y que al llegar caga y vete. Me consta que Albacete está en llano y Chinchilla es todo cuestas y para bailar las manchegas necesitas, moza, una guitarra y unas postizas, sea eso lo que sea. También dicen, cosa que no he comprobado, que desde Chinchilla se ve Almansa y La Roda y Albacete y La Mancha toda. Por las cercanías paro a poner gasolina y el termómetro marca cuarenta y dos grados aunque un poco más allá refresca algo y baja a cuarenta y uno, lo que se hace más soportable. Todo es un poco exagerado en Albacete y creo yo que la razón es que para ser un pueblo es demasiado grande. En Albacete pasé el frío de mi vida y aparcaba el coche sin freno de mano. Si llegabas y el sitio era escaso arrimabas parachoques y empujabas un poco, lo justo para meterlo. De esto saqué yo la enseñanza de que con algo de educación y maneras suaves te dejan entrar en cualquier sitio. Y eso porque el coche, aún sin freno de mano, sabíamos que no se iba a ir a ningún lado. Diríamos que la gravedad, en Albacete, está en un punto de equilibrio, las cosas sólo caen hacia abajo y no garrean. Allí, se rumorea, no hay que nivelar las ruletas ni las mesas de billar, donde las pongas vale. Esto me suena a chiste de casino pero quién sabe. Cuentan también que en el de Albacete, en el Casino Primitivo que es el bueno, Calle de Tesifonte Gallego número 3, estaba Toribio Moreno leyendo el YA cuando lo abordó Eliseo Romero diciéndole, Tori, ven, que te voy a presentar a un amigo. Tori bajó el periódico y mirando a Eliseo pero no al amigo le dijo: Eliseo, te lo agradezco mucho pero ya conozco a demasiada gente; preséntaselo a alguien que tenga menos conocidos o mejor memoria porque me voy a olvidar de él enseguida y estoy seguro que no se lo merece. Seguramente esto no sucedió y no sea más que otra leyenda urbana, una leyenda de pueblo, pero desde siempre, desde que me lo contaron Toribio ha sido mi héroe secreto. Es que tengo el móvil lleno de nombres y números de gente que no sé quién es; gente que yo ya he olvidado pero el teléfono no. Ojalá tener la clarividencia de Toribio y la mitad de su arrojo para rechazar según qué cosas. A veces, pienso mientras en lo alto se reúnen nubes de tormenta, no ser esclavo de mi exquisita educación. En Orihuela han puesto en las aceras versos del poeta: Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene y así. Lo veo peligroso. Lo mismo te despistas y un buga tuneado te silencia el alma a lo tonto y del tirón. Lo digo porque delante del Teatro Circo casi me pasa. El Teatro Circo es redondo, como un circo, lo que vienen siendo dos teatros romanos opuestos y adyacentes. El Teatro Circo de Orihuela, me malicio, seguramente dio un sinnúmero de noches de éxito a Manolita Chen y su Teatro Chino, compañía de galas orientales con cincuenta artistas internacionales, quince atracciones, circo y variedades, además de veinte bellísimas bailarinas. Tiene toda la pinta, por el estilo de la edificación, que allí vibraba enardecido el respetable con aquel espectáculo setentero: paraíso sicalíptico a precios populares. Hoy en la plaza juegan niños mientras abuelas y mamás vigilan con esa visión periférica que tienen las mujeres, esa que me falta y hace que casi se me lleve por delante un Opel tuneado, con luces azules bajo la carrocería y sonido de pedo apretado, mientras leía acalorado y curioso los versos del poeta. Cuando se dice el poeta, si está uno en Orihuela capital, su huerta o su monte, se habla, claro, del poeta cabrero Miguel Hernández. Aclaro esto a los sólos efectos de poner en contexto el asunto y porque, aunque quizá no sea necesario, sabido es que lo que abunda aburre pero no daña. En Orihuela hasta el Casino, casino orcelitano, es un algo homenaje a Miguel Hernández, lo cual tiene un sentido pero no todo. Para mi que nada más lejos del poeta que un Casino de pueblo, un casino con butacones que aún huelen a puro y anís, con salones en los que aún resuenan murmuraciones y chismes de comerciantes burgueses. Orihuela, a simple vista se ve, es villa que ha tenido un pasado. Conventos, iglesias, casonas y palacetes de una piedra siena como los montes que la rodean salpican sus calles estrechas, calles como las que se gastaban antes, para ir y venir y no para aposentarse con coches o terrazas. Paseo algo errabundo mirando el río y echando de menos, traicionando a Toribio, alguien que me cuente, con mirada pícara, mucho cachondeo y quizá hasta bajando algo la voz, las mejores anécdotas del Casino Orcelitano. Aunque luego su nombre, anotado en el teléfono, no me dijera nada. El río, el Segura, pasa manso mirándose en los cristales que lo miran. Errando acierto a caer hambriento en Casa Pepe donde, como los beréberes ofrecen te, nada más llegar asaltan al viajero con ese gel hiroalcohólico que todos odiamos, ese que tiene el tacto de gomina para el pelo y deja las manos casi tan pringosas. Uno, antaño, tenía cabellera y usaba gomina y, hogaño, a la puerta de Casa Pepe con las manos asquerosas pero desinfectadas, con las manos sin saber qué hacer con ellas porque lo que uno toca lo empuerca, casi agradece al Divino Hacedor que le haya dado una vejez escasa de pelos ahí arriba. Hace dos meses no sabíamos lo que era lo hidroalcohólico, si acaso echarle agua al vino, y ahora todos entendemos más de eso que de mujeres. Cosas. Usan, en cambio, aceite muy verde y picante, como el portugués, lo cual que se agradece. Y es que el aceite bueno y una pizca de sal levantan el pan malo que se gastan. El pan y el café malos son una constante por España adelante, como el número de Avogrado, 6022140857, que llamas y comunica. Las verduras, no obstante, están como uno las espera en un sitio en el que presumen de ellas. A las diez o así anochece en Orihuela pero el calor no se va y el cielo, de un azul raro, sin una nube, parece artificial, el vinilo retroiluminado de una tienda de telefonía. Con esa luz difusa que no tiene origen claro pasea uno por donde el Palacio Episcopal que está enfrente de la Catedral la cual tiene un bonito claustro abierto en el que una pareja con las mascarillas al cuello se morrea con ansia contenida. Mirarlos, de reojo porque son leyes de la física y de la antropología que observar altera lo observado, es como ver burbujas trepando por la copa del champán. La nueva normalidad en algunas cosas es lo mismo que la normalidad vieja porque de otro modo el mundo no sería y Nos maliciamos que siempre será ese en el que la sangre que no se desborda y la juventud que no se atreve, ni es sangre, ni juventud, ni relucen, ni florecen. Con ese cielo azul de noche americana el beso, ese beso tan normal, parece de Hernández rodado por Truffaut, cinematográfico, huertano e intemporal. Será que la moza iluminada de azul lleva alpargatas. Quizá.

COSAS QUE HACER EN MONZÓN SI NO ESTÁS MUERTO


Monzón está más allá de Huesca, que está más allá de Zaragoza, lo cual es mucho más allá de lo que parece razonable conducir. A veces, por dinero, por amor o por cualquier otra tontería hacemos locuras. Sobre todo por amor. Esto se lo dije yo al cura de los cursillos prematrimoniales y aquello cayó, valga la figura, como un jarro de agua bendita en un aquelarre. A poco que no me caso. ¿Qué es el amor para vosotros? preguntó el pastor a su aborregado rebaño primero así en general y luego, señalando con el dedo, uno por uno. Las respuestas fueron todas propias de una Miss venezolana, claro, que era lo que el pastor de aquellas almas nuestras esperaba. Un don de Dios. La Gracia Divina. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Y así. Pongamos la cosa en perspectiva. A mi hoy cónyuge su cura de cabecera la había eximido de tan amargo trámite así que acudía solo a aquellas jornadas. Sin su ayuda, auxilio, asistencia, socorro o amparo que se reveló de pronto imprescindible. Un tipo sensato se casa, ademas de por la legítima ansia de monopolizar el objeto de su obsesión y lujuria, para tener alguien que le ponga caras o dé patadas por debajo de la mesa cuando está metiendo mucho la pata. Uno, que se las da de sensato, siempre supo que para un plan a largo plazo la lujuria no iba a ser bastante y necesitaba a alguien inteligente y con buen criterio que le diese patadas en el momento correcto. En algún sitio leí que Stevenson dijo que casarse es domesticar al ángel apuntador; domesticar, doy por supuesto, en el sentido de hacer doméstico. En aquel momento y lugar, aquella tarde triste y lluviosa, en aquel semisótano bañado con la poco favorecedora luz de unos fluorescentes temblorosos y zumbones, rodeado de aspirantes a Miss, con todo apalabrado pero todo por empezar, ya empecé a echarla a faltar. ¿Qué es para ti el amor? me preguntó en mi turno el mosén señalándome con el dedo. Una especie de enfermedad mental, le contesté, dejándome llevar por mi natural provocador al no sentir la patada. ¿Y cómo así? dijo el tipo que además era cursi. ¡Explícanos! Enamorado, uno hace cosas que estando sano no haría ni de coña, le dije, como por ejemplo venir aquí. Algo debió advertir en mi aquella tarde triste que, pese a ponerse colorado del enfado, cambió de inmediato de tema y pasó a alguna otra banalidad que por supuesto no recuerdo. La idea, claro, no es nueva. En El último boy scout Bruce Willis dice “Creo en el amor; creo en el cáncer” y su compañero le da la réplica: “¿Porque las dos son enfermedades?” Son éstas referencias postmodernas que mosén quizá no manejaba pero la Celestina y su mal de amores o a Ovidio debería haberlos leído. Los médicos de la época tenían al amor en su DSM-VI como enfermedad psiquiátrica, y quizá nunca deberían haberla sacado de ahí. También es verdad que como enfermedad el tratamiento es simple: las embrocaciones frecuentes en las partes íntimas producen alivio inmediato si bien sólo sintomático. Valga esto para recordar que por buenos motivos hacemos cosas impensables, doblegamos disciplinados pero reacios nuestra voluntad y, por poner un ejemplo, va uno a Monzón. Aunque también es cierto que, como decía alguien que no recuerdo, todos los motivos son buenos, lo cual quiere decir que no valen para nada. Si sabe uno ir a Tolosa el camino es el mismo hasta Pancorbo -Astorga, Leon, Burgos y tal- y allí se toma un ramalito a la derecha en dirección a Logroño. Mi abuela era muy amiga de ramalitos y en todas partes veía la oportunidad de uno. Si aquí hicieran un ramalito nos ahorrábamos toda la vuelta por O Cadaval, decía. La gente amiga de los ramalitos, de los nuevos y de anchear los viejos, he podido observar, es gente sin tierras, lo cual coincide en el caso de mi abuela F. Quien tiene tierras repudia la obra pública porque sabe que siempre se hace a su costa a precio de saldo. Si circula uno por el ramalito que sale de Pancorbo simplemente ha de ir atento a ver el cartel que anuncia la llegada a Cuzcurrita del Río Tirón, pueblo al que fiando del nombre le supone uno encantos que posiblemente no tenga. Quizá se agolpen en Cuzcurritilla que está a tiro de piedra. En ese momento está próximo el fin del atajo y el nuevo comienzo de la autopista. Cerca, Tudela, villa y comarca que sin haber visitado nunca llevo en mi corazón. Cuando en la EGB ya nos sabíamos de memoria y de corrido los confines de España, los ríos y sus afluentes y los cabos más salientes, cuando ya nos habían quedado claros conceptos enrevesados como llanura, montaña, cordillera, monocultivo, latifundio, minifundio y regadío nos entregaron un libro que no era, en principio, para estudiar sino para consultar: El Consultor 3. El concepto era distinto de todos los libros anteriores. Tapa dura, temas largos y desarrollados, sin colores en el texto, con fotos y mapas en lugar de ilustraciones. Me enamoré inmediatamente; un libro de mayores. El Consultor, que me leí entero en las primeras semanas, trataba especialmente de Tudela y Frankfurt am Main. Tudela era el ejemplo de ciudad agrícola, en una llanura aluvial del Ebro, río que la atraviesa y riega, con clima suave y húmedo, productora de una gran variedad de cultivos de huerta que por su situación estratégica distribuye a las ciudades que la rodean. Y así. Tudela, donde nunca he estado, aparecía en un mapa serio, un mapa como de la Guía Michelin, con distancias y todo, y las carreteras o caminos salían de ella en todas direcciones como rayos de una estrella, y a mí Tudela me encantaba. Me imaginaba a los tudelanos saliendo de sus casas por la mañana en sus tractores a cultivar sus campos de regadío productores de toda clase de hortalizas en sus terrenos fértiles a las afueras, especialmente espárragos y pimientos. El Consultor 3 tenía tapas color mostaza de Dijon, papel grueso y una encuadernación que a las claras renegaba de la caducidad anual, propia de malas hierbas, y apostaba por lo perenne, por quedarse toda la vida en la estantería de casa, por si a lo largo de tu vida en algún momento te entraba la duda sobre algún detalle de Tudela y sus gentes. Luego hablaba de la conurbación industrial de Frankfurt, sus autopistas y carreteras, su situación estratégica en el corazón de Europa, sus muchas industrias mecánicas y así, y siendo el asunto también interesante ya me gustaba menos. Diríamos que era yo, a la edad de El Consultor 3, un poco rusoniano y veía en Tudela un paraíso agrario e idílico y en Francoforte del Meno a la civilización que si bien trae el progreso material lo acompaña inevitablemente de cielos grises y otros males, difusos e inconcretos pero ciertos. Yo a Tudela la llevo, nostálgicamente, en el corazón como una primera novia y quizá a Frankfurt como a la segunda. Creo que incluso tengo mejor recuerdo de Tudela que de la primera novia, la verdad, y pienso que un día debería ir a ver qué tal les va a los tudelanos en sus campos ubérrimos, pero si lo hago quizá debería también llamar a mi primera novia, también por ver qué tal, y paso. Después de Tudela viene Logroño y luego Zaragoza, Huesca y allá al frente, Monzón. Es, como Tolosa, un pueblo apretado entre la carretera, el río y la vía del tren, pero con holguras, sin mucho agobio. Allí se junta el Cinca con el Sosa, o viceversa, que baja con color blanquecino como si de verdad le hubieran echado sosa. NaOH. Tienen castillo allá en lo alto, macizo, sólido, ferruginoso; parece hecho con un cubo de aquellos que llevábamos a la playa. En Monzón hay mocitas circulando en bandadas o posándose en los bancos del parque para comer pipas, como pajaritos en primavera, todas vestidas iguales, con shorts y camisetas sacadas del mismo estante, con mascarillas fabricadas por el mismo chino. En las esquinas, casi en cada esquina, mucho afroaragonés en grupos pequeños, de tres en tres o de cuatro en cuatro, oyendo un transistor, charlando de quién sabe qué en idiomas que no entiendo. Hay revuelo a la puerta del tanatorio y es una tarde tan soleada, tan dulce luego de una tormenta de verano, que parece improcedente el dolor de un entierro. Un tipo con acento andaluz me pregunta que cómo se hace para ir al Castillo y le contesto con mi acento gallego que ni idea. He dado con el único que no es de aquí, me dice riendo. Marcha contento de su mala suerte y yo sigo perdiéndome por esas pocas calles, entre esas pocas gentes, sonriendo bajo la mascarilla, manteniendo la adecuada distancia social.

EL HIATO – Diecisiete

Hoy me miré en el espejo y advertí sorprendido que inconscientemente he dejado de recortarme la barba desde el inicio del hiato. Parezco ahora el Mandy Patinkin desastrado de algunos episodios de Homeland, pero deslizándome peligrosamente en dirección a los ZZTop más pordioseros. Hay cosas que son así, que están ocurriendo y uno mismo no lo sabe, lo cual es un evidente contratiempo. “¿Y cómo ocurrió?” preguntaba un personaje en un corto que un día ya lejanísimo osé escribir, producir y dirigir. “Primero poco a poco, luego de repente.” Así son las cosas, algunas cosas. Leí, o quizá imaginé, la historia de una mujer que, de pronto, fue consciente de que quería divorciarse entrando en el coche con su marido, saliendo de vacaciones. En ese instante en el que el conductor arregla el espejo retrovisor con los bultos ya en el maletero, el destino grabado en el navegador y una botella de agua entre los asientos supo con absoluta certeza que quería el divorcio. Un inesperado instante de lucidez en el que fue consciente de que desde hacía más de un año cuando iba en coche con su esposo, y sólo con su esposo, no se ponía el cinturón; que en esos trayectos su mente caprichosa jugueteaba con accidentes mortales, y daba por buena la suya. No sé qué puede ser lo de la barba más larga, que me pone cara de sospechoso, de más sospechoso de lo habitual. Lo cierto es que estos días leo y releo y me encuentro fabulando sobre cuál es la dosis exacta de rencor, el punto correcto e inteligente de odio, las razones morales de la venganza. Sobre la ausencia absoluta de referencias en este hiato en el que sólo llegan ecos de la desgracia. Dice Enzensberger que al fracasado le queda la resignación, a la víctima exigir reparación, al derrotado levantarse para la próxima. El caso es saber dónde estamos, quienes somos, cosa difícil estando encerrados, con referencias confusas, relatos inciertos y el tiempo alargándose cada día más. Todo entre esta niebla va tan poco a poco que temo algo ocurra de repente.

EL HIATO – Dieciéis

Ayer se corrió la especie de que hoy nos dejarían empezar a trabajar, lo que habría de concretarse en que los juzgados empezarían a aceptar esos papeles abstrusos en cuya redacción consumimos las horas de nuestros días. No iban a hacer nada con ellos, eso ya lo sabemos, pero algo es algo. Un pequeño cambio que sería de agradecer. Eso es bueno, creo yo, aunque siempre aparecen emociones encontradas. No es lo mismo hacer que hacer como qué; lo que viene siendo un paripé. Al final nada. Protestas de sindicatos y asociaciones de funcionarios y secretarios parece que han parado el asunto. Contagio. Peligro. Prudencia. Recibir por mail un pdf sin mascarilla quizá supone un riesgo. Veremos mañana. Paciencia, me digo, y recuerdo de pronto que desde tiempos lejanos descansa paciente en su estante un librito titulado “La paciencia. Pasión de la duración consentida.” Parece el momento, encerrados en esta bartolina doméstica, de releerlo. “¿Paciencia e impaciencia no son sino pasiones inútiles, que evidencian la ilusión de quien todavía espera algo de la vida cuando no tiene ya nada que esperar?” “La paciencia es duplicidad, sufrimiento, que neutraliza la desesperanza por su integración con la esperanza, su reconversión en el tiempo.” “Los sabios de tradición judía han prevenido a su pueblo contra la tentación de la impaciencia. Querer que se produzcan actos que se supone harán venir al Mesías más rápidamente, deriva de la fronda contra el tiempo de paciencia que Dios impone a los hombres. Pero este tiempo de paciencia ¿no es pura pasividad?” Sigue así durante bastantes páginas y se acaba mi paciencia. Son varios sus autores y es traducción del francés, así que quizá es por eso que uno confunde la paciencia con la resignación, el otro con la esperanza y el tercero la opone a la impaciencia, con la que, creo yo, nada tiene que ver. La impaciencia es un sentimiento de irritación por la espera y la paciencia -copio una nota de mi mano que dice “J. A. Marina”- no es un sentimiento sino “un sabio adueñamiento de la propia alma.” Bierce la define como “Forma menor de la desesperación, disfrazada de virtud” y Perroantonio como “Capacidad para padecer sin inmutarse propia de bóvidos dóciles e individuos serviles.” Me recuerdan a Camús que se sorprendía, o se regocijaba, ya qué sé yo, del aspecto de pobres animales de los enfermos en las salas de espera de los doctores. Estamos jodidos. En otro de los márgenes encuentro anotado «S. Agustín» y ¿a qué coño se referirá? Busco en la web y me vale esto que aparece en nada: «llamamos paciente no al que huye, sino al que se comporta dignamente en el sufrimiento de los daños presentes para que no sobrevenga una tristeza desordenada.” Quizá dignamente sea la palabra. Quizá lo del sabio adueñamiento sea otro modo de decir comportarse dignamente. Arriba los corazones.

EL HIATO – Quince

Hay un cuento de Sergi Pámies que empieza con una frase estupenda: Cuando el ñu entró en el bar, el portero creyó que era cosa del dueño, y lo dejó pasar. Sé que aparece en el librito titulado Infección porque siempre pienso que es en Debería caérsete la cara de vergüenza y ya he aprendido que es en el otro. Yo creo que es un comienzo estupendo, pese a que para mi gusto las comas sobran; yo, el que esparce comas, criticando el exceso. Cosas veredes. Luego ya nada. Luego ya sólo cosas sin importancia ni mucha gracia. Al ñu le apagan un cigarrillo en el ojo y, claro, se enfada y se marcha y embiste en la Diagonal a un Porsche rojo en el que iba el dueño del bar, que en realidad era un pub pero la frase inicial con pub perdería mucho. Unos lo pronunciarían bien, pav, y otros muchos, yo incluído, dirían pub, así como se escribe. Léase en voz alta la referida frase al inicio a la letra transcrita en las tres variantes que se apuntan y se advertirá la pérdida de sonoridad y poder de evocación. Desaparece el cincuenta por ciento, cómo mínimo, de la sorpresa y la extrañeza. Como si la aparición en un pub, o en un pav, un ñu fuese menos sorprendente que en un bar. El cerebro funciona así. El ñu enfadado, y quién no, y con el ojo enrojecido embiste el coche del dueño que era rojo, como ya se dijo. En la Diagonal, detalle que no tengo yo nada claro pero, a estos efectos, doy por bueno porque sitúa la acción en BCN y allí hay pubs y Porsches. Ñus no se sabe o yo no tengo noticia aunque si con el hiato hay delfines en Venecia a ver por qué no vamos a encontrarlos en la Diagonal o en el Paseo de Gracia o pastando en el Parque Guell. Un ñu, para quien visite Barcelona lo digo, es como una vaca despeinada con cara la larga de un bull terrier. Por si paseando por la Ciudad Condal cree ver uno sepa que tienen cara alargada y pasmada con ojillos que de diminutos parece que no sirven. Por ese tamaño y porque los tienen un poco a los lados de la cabeza, como todos los animales que son presas y no cazadores, sabemos que los ñus, o los ñues, son bichos de natural tímidos y huidizos, que hay que putearlos mucho para que le embistan a uno, cono por ejemplo apagarles un cigarrillo en uno de esos ojillos. El caso es que en la Diagonal, afirmación que ha de entenderse con las limitaciones ya expuestas, el ñu de Pámies embiste a un Porsche rojo aparcado en un semáforo. El rojo, aquí, se explica porque el Sergi, creo yo, asume que todos los bichos con cuernos tienen un algo de toro bravo. El asunto es que el rojo, con esas farolas de vapores de mercurio que ponen en las avenidas no se ve rojo y, que se sepa, un ñu no es un toro de lidia. El conductor del Porsche era, como se dijo, el dueño del bar/pav acompañado por una golfilla, un ligue de una noche de esas que se levantan solas, que ellas solas se ponen a tiro y aprietan el gatillo. El asunto es que en la Diagonal, en un semáforo en rojo, el ñu con laceraciones en la córnea, el Porsche rojo, el conductor dueño del pub y la moza tan fácilmente prendada de este, arden en una pira que lo mismo los castiga a todos purificando el pecado como ensucia el aire de hollín y peste a carne quemada. Quién sabe. Yo le quitaría las comas y volvería a empezar, a ver qué pasa. Cuando el ñu entró en el bar el portero creyó que era cosa del dueño y lo dejó pasar.

EL HIATO – Catorce

Nuestro amigo Eco, es un decir, tiene una bonita conferencia publicada al menos en un volumen llamado “Entre mentira e ironía” dedicado a Manzoni, concretamente a su novela “Los Novios.” Confieso no haberla acabado porque, empezada, me pareció un coñazo. De lo que discurre Eco es del concepto de semiótica que en esa obra de Manzoni éste sugiere. “una oposición entre lenguaje verbal, vehículo de mentira y tropelías, y signos naturales, a través de los cales los humildes comprenden, incluso cuando los poderosos los engañan con latinorum.”

Eco habla de los capítulos de Manzoni sobre la peste con el epígrafe “El delirio y la pública demencia” y nos explica las claves literarias de Manzoni al relatar las acciones y pensamientos de los personajes cuando llega la peque y se difunde el contagio y la sociedad entera cancela la idea y cómo, cuando ya es innegable, fantasea sobre una causa humana y se construye la figura del “untador”.

Aparecido un cadáver éste no tiene señales que remitan a una causa conocida y sólo el médico que ha vivido la peste anterior da la voz de alarma, que es desoída. Llegan noticias de lejos, de Lecco, pero son mentiras: se atribuyen las muertes a emanaciones de pantanos que allí hay y aquí no o a privaciones y penalidades que allí sí y aquí no. Llegan nuevas noticias, por escrito, varios escritos, que el Gobernador desoye, estando más ocupado en asuntos próximos y de despacho ordinario. El pueblo, por su parte, atribuye los síntomas cada vez mayores de una epidemia a las causas más fantásticas, en un intento de cancelar el temor, de alejarlo con palabras. Alguien ve un bubón y habla, pero sólo éste lo ha visto y los demás no terminan de creérselo. Se multiplican los edictos, todos con intención de poner fin al temor más que a la propia peste porque “lo poco numeroso de los casos alejaba la sospecha de la verdad”. 

Hay individuos, no obstante, que ven llegar la epidemia y de inmediato se los marca con el nombre de enemigos de la patria; por ejemplo el médico viejo que recordaba los síntomas, quien corre el riesgo del linchamiento. Los médicos más jóvenes, quizá ignorantes, quizá temerosos del populacho o del gobierno, quizá fieles a la patria, tardan pero acaban hablando de “fiebres pestilentes”, pero no directamente de peste. Hasta que una familia conocida es llevada en carro, desnuda, a la hora en que las calles estaban más concurridas nadie “ve” claramente la peste: sin bubones y marcas el relato que los enfrenta el miedo no es creíble.

Una vez imposible negar la epidemia la mala conciencia retrocede una línea de trincheras y se refugia en la negación de las razones el contagio: el contacto humano, y se actúa en sentido completamente contrario: obligando, por ejemplo, al obispo a convocar una pública y solemne procesión propiciatoria en la que se hacinan, convocados por las autoridades, todos los ciudadanos que se ven, luego, víctimas de la peste. A partir de ahí comienza la construcción del mito de los “untadores”, individuos que se dedicarían voluntaria y conscientemente a esparcir la enfermedad.

Más allá de la anécdota, que parece hemos copiado a la letra, Eco se interesa y detiene en la semiótica. Los doctos de Manzoni usan la palabra para alejarse del mal construyendo muros defensivos de palabras que más que describir ocultan la realidad, palabras que no significan. Muchos de los simples caen en la trampa de aceptar esas palabras, que ayudan a alejar el temor. La semiótica popular del signo físico del bubón y la muerte, se enmascara con palabrería y sólo algunos son capaces de verlos por debajo de las palabras.

“Al principio, pues, peste no, absolutamente no: prohibido hasta pronunciar la palabra.”

“Luego, fiebres pestilenciales: la idea se admite de refilón con un adjetivo.”

“Luego, verdadera peste no: o sea, peste sí, pero en cierto sentido.”

«Finalmente, peste sin duda, y sin discusión: pero ya se le ha unido otra idea, la idea del veneno y del maleficio, la cual altera y confunde la idea expresada por la palabra.”

A partir de cierto momento todo es causa de la peste. Los “untadores” –untori– son todos los que el populacho advierte como extraños. Un tipo que limpia un banco antes de sentarse, otro que toca con la mano la fachada el Duomo, otro que llama a una puerta, a quien se quita raro el sombrero. La búsqueda de culpables se dispara en todas las direcciones. Eso los disculpa a todos, a quienes ocultaron la verdad y a quienes por miedo se creyeron lo que les contaban los mentirosos. Los que prefirieron escuchar en lugar de mirar.

Arriba los corazones.

EL HIATO – Trece

Sacks, el inefable Oliver, cuenta en una de esas historias clínicas con las que llenaba libros que son como cordiales bestiarios medievales, llenas de monstruos maravillosos encerrados en territorios inaccesibles, la algarabía en la sala de los afásicos que se descojonaban con un discurso de Ronald Reagan. Los afásicos sobrecompensan, según recuerdo de aquella lejana lectura, y la incapacidad de entender las palabras la suplen con minuciosa atención a los detalles del discurso. La expresión facial, gestual, el tono, la entonación, los énfasis en la voz y el ademán. Es así que en muchas ocasiones casi, casi, entienden el mensaje sin entender el lenguaje. Supongo que la comprensión de los bebés y los perros va por ahí.


Los afásicos de Sacks se descojonaban de Reagan porque advertían la falsedad, la mentira en el discurso. Las palabras que no entendían más que parcialmente no se correspondían con las expresiones colaterales, las que a nosotros nos pasan desapercibidas pero ellos pillaban perfectamente. El presidente mentía como un perro.


Sánchez, el Sánchez Presidente, sale a la palestra, Aló, Presidente y yo, algo afásico quizá, veo a un tipo que pronuncia palabras con seguridades y acciones decididas pero poniendo cara dar pena. Pone la cara del gato de Shrek cuando lo han pillado en falta. Miro en internet y advierto que la historia de Sacks se ha convertido en un pequeño subgénero periodístico. Hay artículos sobre qué opinan los afásicos del discurso de Clinton en el asunto Lewinski, de los Bush y, si buscásemos a conciencia, seguramente de la opinión del colectivo respecto de alguna intervención del Gobernador de Nebraska. Los periodistas se abalanzan sobre la verdad como los poetas sobre las metáforas: sin pudor ni precaución.

Como no conozco ningún afásico a quien consultar me tengo que conformar con la porción que pueda yo llevar en mi interior que, advierto, en el caso de Sánchez es bastante. Sánchez es mal actor y pone cara de dar pena donde debería haber un gesto de decidida preocupación. Esto es, creo yo, algo que define mucho al perverso narcisista: hacerte sentir culpable del daño que te está haciendo. Hay gente, por ejemplo esa gente, que me da alergia y no sólo mental, no sólo me pican las circunvoluciones cerebrales, sino literalmente física. Una especie rara de sinestesia o aunque quizá sea más apropiado llamarle somatización, extremo sobre el cual consultaré a Sacks que seguramente ya habló del tema. El caso es que a Sánchez lo miro y no soy capaz de escucharlo, lo que sería una especie de afasia selectiva, creo yo, tan válida a los efectos de probar mis interesados postulados como el papel tornasol la acidez. Pitigrilli, en el exergo de Dolicocefala Bionda, dejó escrito “Comprendo que se bese a un leproso, pero no admito dar la mano a un imbécil.” Por ahí van los tiros.


Pitigrilli era un poco bastante snob y Eco, que le hace un traje en “El superhombre de masas”, lo llama anarco-conservador y lo acusa de presentar como un “ejercicio de sensatez lo que no es más que un ejercicio de destrucción.” A mi me parece que ni tan mal, oiga. Esto en realidad no es más que la tesis de Marina en su “Elogio y refutación del ingenio”. El ingenio, la agudeza, el esprit, el witz, no es más que la inteligencia destruyendo, porque jugueteando no se construye. Tampoco mintiendo y ya ves tú.


El caso es que Pitigrilli, quien preguntado sobre por qué ese seudónimo contestó que le gustaba poner los puntos sobre las íes, es lectura adecuada en este momento porque, convengámoslo, además de juguetear con ingenio, titulaba cojonudamente: Dolicocefala bionda, Il pollo non si mangia con le mani, Sacrosanto diritto di fregarsene, Dizionario antiballistico, Mammiferi di lusso. A la hora de titular sólo Jardiel lo supera.


Sánchez, entretanto, a lo suyo que es, entiéndase en los dos posibles sentidos, dar pena. Arriba los corazones.

EL HIATO – Doce

En el hiato retumban, fuera, lejos, fogonazos de idiocia perfectamente esperables cuyo eco resuena sordo entre estas cuatro paredes. Hay, por ejemplo, gente que increpa duramente desde sus balcones a quienes, a ojo de pájaro, salen de casa sin una razón poderosa. Gente que celosa del cumplimiento de la ley, muy conscientes de la importancia del confinamiento y que se sienten íntimamente llamados a jugar su pequeño papel ciudadano en esta tragedia. Gente que llega al insulto y la descalificación personal. Yo creo que todos ellos son imbéciles malintencionados pero me gustaría saber la que tendría hoy WFF que en su libro “El hombre que compró un automóvil” a uno de los personajes más impresentables nos lo presenta asomado a un balcón.

—¿Quién es Revilla? —indagué.

—Aquél que está asomado a la ventana.

—¿Uno que hace señas a alguien?

—No; es que de cuando en cuando escupe a los transeúntes. Es un misántropo.

Está España, a lo que se ve, llena de misántropos si aceptamos el criterio de Wenceslao, que era un tipo cordial que aborrecía a los adjetivos gruesos. Me gustaría saber si hoy, espectador asomado al balcón de su casa en Alberto Aguilera, mantendría la misantropía como causa de esas efusiones o estaría conmigo en que en ellos hierve un caldo espeso de imbecilidad en el que flotan La Vieja del Visillo y el Gerd Wiesser de La vida de los otros.

He advertido un detalle menor en estos días caseros: la lavadora pita cuando acaba. Esto, claro, ya lo sabía. El pitido de la lavadora, en un tono agudo y con una cadencia precisas, es un sonido que alerta y exige un preciso actuar, como el llanto de un bebé. En la vida diríamos normal, antes y esperemos que también después de esta fermata, el pitido de la lavadora, en un automatismo aprendido me impulsa a levantarme del mullido sofá en el que mato las horas en casa para proceder a tenderla. Hoy, que era lunes en horario de trabajo y ando desorientado, ha pitado la lavadora y me he levantado, automatismo aprendido, a añadir folios a la impresora. A medio camino he sido consciente de que la lavadora en casa y la impresora en el trabajo hacen exactamente el mismo sonido, agudo, chillón, perentorio, exigiendo atención. Este enlace sencillo y preciso, por la identidad del sonido, de la cadencia y la causa, nunca se había producido en la parte consciente de mi cerebro. Ha tenido que ocurrir un desastre de proporciones bíblicas, de ámbito mundial, para que, encerrado todo mi yo en casa, saliera a la luz este detalle encerrado en la parte más reptiliana de mi cerebro, para que se mezclaran dos respuestas distintas al mismo estímulo. De esto algo debería hablar el Profesor Skinner. Explicarme si esto –el mismo estímulo, distintos contextos, distintas respuestas– es un éxito del condicionamiento operante  o por el contrario demuestra un fracaso que echa por tierra años de investigaciones. Pensando en los pitidos, y haciendo memoria, los sonidos de alerta de la lavadora AEG y la impresora KonikaMinolta son el mismo, a menor volumen, que los de la retroexcavadora Caterpillar 428c. Ese pitido, como apasionante digresión lo menciono, viene regulado en el Real Decreto 1215/1997, de 18 de julio, BOE 188 de 7 de agosto, Anexo I, Sección 1ª-2- g): “Los equipos de trabajo que por su movilidad o por la de las cargas que desplacen puedan suponer un riesgo, en las condiciones de uso previstas, para la seguridad de los trabajadores situados en sus proximidades, deberán ir provistos de una señalización acústica de advertencia.” El horno, por su parte, también pita cuando ha terminado de hacer las lubinas, un suponer, pero su cadencia es otra y el sonido no es un pitido, sino más bien un tintineo que advirtiendo no alerta. Su campanilleo tiene una textura mucho más alegre, sin llegar, por supuesto, al desenfadado cascabeleo de un trineo navideño. No tiene tampoco la perentoria gravedad de las furiosas campanillas de la consagración eucarística, aunque anuncien ambas la proximidad de la ingestión del alimento. Las campanillas del horno son mansas, tilín, tilín, tilín. Las campanillas del horno, tilín, tilín, tilín, suenan ingenuas y si cierras los ojos puedes imaginar perfectamente a una cocinera gorda y sonrosada, vieja y sonriente, una de esas cocineras de toda la vida en casa, sacando un besugo o unas galletas de nata. El horno al contrario que las fotocopiadoras, las lavadoras y, por supuesto, las retroexcavadoras, no tiene un sonido industrial y sintético sino, tilín, tilín, tilín, un ruidito apacible, doméstico y levemente bucólico. Arriba los corazones.

EL HIATO – ONCE

Amanece nublado, amenaza lluvia y amaga tristeza. ‪Quizá, pienso, ya es hora de empezar a llamarle hostias al pan de la gestión y zumo de uva astutamente elaborado al vino de la comunicación. ‬Amanece y con estos pensamientos me levanto un domingo más.

Temo a esos domingos que incluso a De Quincey le costaba soportar, sentado en su sillón, en su casa aislada, con un litro de láudano rojo en un decantador al alcance de la mano. Lo imagino de levita cayendo en el cliché. Puedo hacer el esfuerzo de zapatillas y un batín pero se me van las imágenes al retrato del Holmes de Sherlock. Mi abuela usaba dos redomas de cristal tallado y ya muy desportilladas para guardar la lejía. Manías, sin duda. Venían las botellas amarillas del colmado, les quitaba su pequeño tapón azul y las decantaba a aquellos frascos enormes, pesadísimos para un niño. Frascos que parecían más antiguos que mi abuela, que la propia casa. El láudano rojo rubí de De Quincey lo imagino así, llenando una redoma muy usada, como la que sacaba mi abuela de una alacena grande al fondo de la cocina. Un frasco pesado y transparente, de culo gordo y boca estrecha, realza lo que le metas, ya sea veneno o poción.

Echo una mirada a retratos del mancuniano de joven y de pronto su rostro se me da un aire a Alvaro Quinn; mirada inteligente, impostadamente despistado, hedonista en sus justos términos. Ambos, creo yo, diletantes, bienhumorados y de mirada compasiva; ambos con un poso de tristeza. Alvaro tiene, además, su porrón, que no es más que una redoma con picha.
Llueve ya y no habrá paseo giratorio, no habrá salida de casa con la disculpa de la salud. Cuenta el comedor de opio que un día llamó a la puerta de su aislada casa un malayo. Un malayo auténtico y verdadero, con turbante, calzones anchos, correajes y espada. Ojalá llamase, en este domingo que se viene largo y triste, un malayo a la puerta de mi casa. El tipo no hablaba inglés y el escritor no hablaba malayo pero para no quedar de ignorante frente a la servidumbre, que miraba a ambos con sorpresa y atención, le dijo en alto y con aplomo de drogadicto las cuatro palabras que conocía de árabe, pese a ser consciente de que entre Arabia y Malasia media medio mundo. El malayo soltó a su vez una parrafada en lo que supone el autor y nosotros con él que era un perfecto malayo y ambos, el señor de la casa y el visitante hicieron gestos de respeto y reconocimiento. De Quincey le dio una piedra gorda de opio y lo acompañó a la puerta, donde se la zampó de un bocado y contento y agradecido siguió su marcha.

La hospitalidad es así: se agradecen las visitas, el visitante agradece el recibimiento pero pronto empiezan a oler, como el pescado. Ojalá llamase a la puerta un malayo y me pillase ya duchado y arreglado, vestido de traje blanco como Yáñez el Portugués, como se merecen los malayos ser recibidos. Le diría phrao, kampilong, kriss, Tremal-Naik. Y quizá Kammamuri. Que son las palabras que de leer a Salgari recuerdo del malayo. Le ofrecería una copa de oporto, eso también, que le pega al personaje que me adjudico.

Hay que ser hospitalario, incluso con los malayos, o sobre todo con ellos. Dice la biblia que algunos, por ser hospitalarios, y sin ser conscientes de ello, acogieron en su casa a ángeles.

EL HIATO – Diez

EL HIATO – Diez

Hoy me asomé a la ventana y de inmediato me acordé del abuelo de Josep Pla que también, y quizá no casualmente, se llamaba Josep Pla. El tipo, cuenta el nieto, murió joven alcanzado por un rayo mientras, asomado a una ventana, contemplaba una tempestad. No soy capaz de imaginar la escena y quizá eso fue lo que me produjo un escalofrío que me subió por la espalda, del culo a la nuca. A un tipo que, te cuentan, está en su casa mirando por una ventana no se le supone nada. Ni una osadía extraordinaria, ni una salud otra cosa que normal, ni unos rasgos físicos más que los de un tipo ordinario. Asomarse a la ventana es una actividad que suponíamos segura y anodina, diríamos incluso que cautelosa. Imaginar a gente normal haciendo cosas normales es mucho más difícil que hacerlo con individuos extraños o insólitos haciendo cosas infrecuentes y peligrosas. Me aparté de inmediato porque la gente normal, ya se ve, no debe tentar a la suerte porque corre el riesgo de morirse sin más, sin heroicidad ni épica, de un modo que puede ser desusada pero en nada memorable. Un tipo cualquiera se muere en su casa haciendo algo tan inocente y poco aventurado, o eso nos parece, como asomarse a la ventana y, por lo que recuerdo, que puede no ser todo, su nieto literato y verborreico despacha el asunto en dos líneas. El pobre Josep Pla murió en dos líneas porque murió en su casa. Yo no quiero morirme y menos en casa, pensé.

            De ordinario en aquellas muertes en las que encontramos involucrada una ventana interviene también la gravedad, lo cual al asunto de los Pla le da un carácter infrecuente. Esto porque los que caen por una ventana no mueren en casa, sino en la calle. Mueren por salir rápido de casa, podríamos decir. Peter Greenaway, otra vez él por aquí, tiene un corto en el que cataloga y sistematiza de acuerdo con distintos y múltiples criterios todas las muertes ocurridas en un año en el condado de W por caídas desde la ventana. Mucha gente, muy variada. No todos caen, hay muchos que son arrojados o se arrojan por ventanas; y caen en la calle o sobre árboles o cobertizos aunque uno, sería invierno, cayó en la nieve. El 14 de abril de 1973, al atardecer, una costurera y un estudiante de ingeniería aeronáutica que tocaba el clavecín saltaron sobre un ciruelo. Ciruelo que estaba en la calle y el resultado fue la muerte de ambos, quizá aquejados de aun amor imposible. Folié a deux le dicen los franceses a estas cosas locas por parejas. Greenaway y Perec no son los únicos obsesivos que ha dado la humanidad del orden y la catalogación de banalidades. Jean Tixier, un francés del XVI, escribió un tal Officinae en el que entre otras muchas cosas hay listas de personajes famosos ordenados de acuerdo con la forma de su muerte. Por ahogamiento en agua, en humo, en vapor, por caída de caballo, de escalera, tragado por la tierra; aplastados por una roca, por una pared que traicionera se desploma, por la caída de un árbol; de mordedura de serpiente, picadura de avispa, devorados por leones, perros y otros animales variados; de hambre, de sed, por comer en exceso, ídem de beber; carbonizados, crucificados, estrangulados, decapitados, apuñalados, envenenados, flechados; durante la cópula, de fiebres, de peste, de gota, de disentería, por infestación de piojos; en prisión, en casa, en cama, en la letrina. Tixier menciona también casos de gente muerta de risa y alcanzada por el rayo aunque no me consta que ninguno estuviese en su casa, o asomado a otra cualquiera ventana aunque no fuese de su casa, en ese momento.

            Encerrados en casa estamos razonablemente seguros y nos sentimos por ello protegidos de animales peligrosos, de insectos y humanos envenenadores, de enemigos crueles y despiadados, así como de, crucemos los dedos, pestes y otras epidemias. Se recomienda no obstante evitar excesos con la comida, la bebida, el sexo y eludir el peligro cierto que supone acercarse a las ventanas. Y ello a pesar de lo mucho que imprudentemente nos animen a ello gobiernos y movimientos ciudadanos, ya sea por el riesgo de caída o por la traicionera chispa del rayo, que subrepticia acecha y nada respeta. De risa doy por cierto que es extremadamente improbable que en esta época de tristeza e hiato muera nadie. Arriba los corazones.