COMO ES EL CASO

Eladio Nogueira murió cagando el 28 de febrero de 1969 en el 29 Flamborough Rd, Ruislip, HA4 0DJ, Reino Unido, y desde entonces la causa exacta permanece rodeada de misterio. Eladio Nogueira era natural de San Miguel de O Couso, Coristanco, casado y con un hijo, y trabajaba en la construción como oficial. El día de autos, ya la madrugada del 29, salió al jardín trasero de la pequeña casa que ocupaba con su familia supuestamente a hacer de vientre. Las casas de Flamborough Rd son de esas que tienen un callejón trasero por que el que retiran la basura y corre el alcantarillado y las menos arregladas, cual era el caso, seguían teniendo el retrete en un chamizo al fondo del jardín. Unas casas más allá, en el 1A, vivía con su familia Charles “Charlie” McGighan, ingeniero mecánico y técnico de radar retirado de la cercana base de Northolt de la RAF. Charlie también falleció esa misma noche y, presumiblemente, por la misma causa que acabó con la vida de Eladio. La investigación policial desveló que Charlie trabajaba por su cuenta en un mecanismo antigravitatorio, un ingenio que posibilitaría, según las notas intervenidas por el Coroner, el desplazamiento sin propulsión de naves tripuladas. Lo que los sajones vienen llamando reactionless drive, uséase la maquinaria que equipa, según todos los indicios, a los platillos volantes. La esposa de Charlie, Margaret McGighan, de soltera Moray, era una escocesa alta, fea, con los dientes descalabrados y el pelo cardado a lo Jackie Kennedy o Brigitte Bardot, que no supo dar explicación alguna del incidente. Quizá, era escocesa, tampoco supieron entenderla bien, porque es extraño que una esposa no sepa en qué anda metido su marido a las tres de la mañana en el jardín. Y ello aunque esa esposa sea escocesa, gente tradicionalmente de pocas luces. No obstante quedó claro que Charlie era especialmente reservado con los experimentos que llevaba a cabo en el galpón que había construído donde Eladio tenía el retrete. No había comentado nada de sus maquinaciones ni a la familia, ni a los amigos, ni a los compañeros de trabajo.
La investigación sentó como ciertos algunos hechos pero sembró varios cientos de folios de muchas más incógnitas. Mr. McGighan estaba fabricando un ingenio electromecánico que por medio de complicadas palancas y pesadas ruedas que actuaban como giroscopios conseguía un empuje vertical modesto aunque claramente perceptible. Seis pulgadas y tres cuartos, según la última medición registrada en sus cuadernos de laboratorio. Esto no es una coña, son 17 centímetros al cambio. Las sospechas apuntan, si hacemos caso a la intuición de Ernesto Nogueira, hijo de Eladio, a que Charlie tuvo una revelación que lo llevó a levantarse de la cama donde dormía plácidamente con su esposa y a probar algo nuevo en la maquinaria que tenía montada en su pequeño taller. Del cobertizo del 1A, he visto las fotos borrosas en blanco y negro, fotocopias de fotocopias, salio propulsado en dirección EES un objeto de un tamaño y peso que se estimó igual o levemente superior a una máquina de coser. Dicho objeto llevaba una energía que no se llegó a precisar pero ciertamente enorme puesto que mató a Mr. McGighan en el interior del cobertizo destrozándolo a la altura del pecho. Atravesó luego la pared saliendo al exterior y a continuación otras dieciséis construcciones parecidas, algunas llenas de cachivaches, hasta alcanzar la letrina de Eladio donde acabó con su vida. Eladio, afirmó el forense, falleció por heridas incompatibles con la vida, mira tú qué listo, producidas por un objeto solido, pesado, moviéndose a alta velocidad que lo alcanzó de derecha a izquierda. Ese misterioso objeto destruyó a continuación otros seis cobertizos en las propiedades colindantes, la chimenea del 136 Dartmouth Rd. y descabezó un roble del cercano parque de Yeading Brook. Hasta ahí los datos inicialmente recopilados por la policía. No obstante Ernesto me muestra un combinado de noticias periodísticas, teletipos de agencias e informes civiles y militares que recogen avistamientos esa misma noche de un objeto luminoso, incandescente, moviéndose a una gran velocidad sobre las localidades de Brentford, Morden, Purley, Holtye y Crowborough. Ese mismo objeto, presumiblemente, fue visto cruzando el canal a la altura de la localidad costera de Normans Bay y los radadres franceses lo detectaron entrando en el continente entre Étalondes y Criel-sur-mer. Ernesto pasea por la vida con un expediente en varios tomos con todo tipo de documentación relativa al desgraciado incidente que lo dejó huérfano. Relata, de corrido casi, los diversos procedimientos que en su día se abrieron y casi de inmediato se cerraron, pretendiendo instilarme sutilmente, o quiza no tanto, la posibilidad cierta de una conspiración a todos los niveles para ocultar la verdad. En ocasiones, y no son pocas, los intereses de la Corona no se alinean perfectamente con los de sus súbditos. O sí, pero el bien de todos exige sacrificios individuales. El asunto penal murió como murieron Charlie y Eladio, rápida y misteriosamente. Y, es de señalar, nunca se llevó a cabo una reconstrucción de los hechos que, afirma Ernesto, habría resultado tremendamente esclarecedora. Ernesto quiere resucitar la investigación judicial y que se sepa la verdad, que se desvele la conspiración que sin duda enterró el asunto y que paguen los culpables. Todos ellos. Ernesto, me dice, vive de estas cosas, de desvelar oscuros secretos, y es consciente de las dificultades. Trabaja ahora para un texano que le ha encargado localizar a Elvis y se está acercando mucho, me dice bajando la voz. A Elvis, aclara, no al texano, con el que comparte muchos intereses pero no van por ahí las cosas. He encontrado el rastro bueno, dice y sonríe, misterioso como el expediente de su padre. También, pero no profesionalmente sino por afición, ha recopilado numerosa información relevante sobre la bala mágica de Dallas, el avión estrellado de Sa Carneiro y el asesinato de Olof Palme. Yo le digo, cariñosamente, que quizá buscar los cuarenta kilos de oro que faltan desde que unos polis corruptos le dieron matarile a Santiago Corella, El Nani, preste más por la parte económica. Pero Ernesto está más por las conspiraciones con un componente internacional, ya se ve, porque revuelve el café con leche sin lactosa y me mira como si hubiera dicho yo una locura. Su amigo, que no dice el nombre, me mira cómplice y hace un gesto que pretende natural, como estirándose o bostezando con mucho aspaviento, y aprovecha para llevarse disimulado un dedo a la sien y atornillarse un perno imaginario. Pues yo creo que cuarenta kilos de oro daban para un pasar, tapar huecos y ayudar a la familia y todo eso, insisto siguiéndole el rollo al amigo misterioso. Ernesto está de vuelta de esto y de mucho más, de que se burlen de él, de que lo ninguneen y de que lo tomen por loco y como tal lo traten así que nuestra burla inocente, que se repite a menudo, se la trae el pairo. Sale los martes y miércoles y pasea con su amigo por las rúas de Compostela. Los jueves también pero es día del espectador y se van a ver los estrenos. Les dejan salir juntos porque se llevan bien y se vigilan mutuamente. A las ocho están de vuelta en el psiquiátrico de Conxo clavaos como relojes, siempre con algún dato nuevo, algún detalle que abre las puertas a una nueva vía de investigación. En los locos delirantes, cuando salen inofensivos e ingenuos, habita una ternura especial, la de la poesía en su sentido etimológico, de creación de un mundo en el que los efectos tienen una causa, quizá oculta pero cierta, y el hombre, hijo de los dioses, encuentra su sentido desvelándolas. En los locos delirantes, cuando salen mansos y joviales, se topa uno con la imaginación del escritor, que no ve lo que hay sino lo que quiere ver, y lo cuenta con minucioso detalle e impostado aplomo, como es el caso.