EL SASTRE GEÓMETRA

Cunqueiro cuenta la historia de un sastre científico y geómetra que, razonando, razonando, llegó a la conclusión de que no habiendo en el cuerpo humano ninguna linea recta no había razón alguna para cortar los patrones de los trajes con regla y en ángulos. Así tomaba las medidas a la parroquia con compás y cortaba los paños atendiendo a los radios, las secantes y los arcos, todo ello, para mayor precisión, usando tres decimales de Pi. Sorprendentemente sentaban mal una vez puestos y no se ajustaban nada al cuerpo pese a sus muchos esfuerzos y los detallados cálculos con decimales.

A mi también es cosa que me deja perplejo porque mirándole el culo a una moza o la barriga a un cervecero la confección a base de curvas, el patronaje fundado en Pi, la razón del círculo, es asunto que a la vista se evidencia el camino correcto. Yo sigo pensando que a la ciencia sartoria se ha prestado poca atención por la parroquia científica y que, de haber sido el caso contrario, se podría haber descubierto una especie de razón áurea, de canon geométrico que reconociese el valor de la intuición del sastre de Cunqueiro. Es evidente que no iba a ser tarea fácil. Uno le mira el envés a una moza y ve la curva cóncava de la espalda y cómo se va deslizando y transformando en la del culo convexo y ha de reconocer que no es tarea fácil discernir dónde termina la una para empezar la otra. El raciocinio científico, planteado que le sea este dilema, yerrará cien veces de cien y cien eruditos que opinen nos darán cien distintas opiniones.

Otra cosa es la intuición, que en las cosas del corazón, y posiblemente en las del culo, es guía más fiable. Así, si uno cierra los ojos y desliza lentamente la mano por la espalda, dejando bajar las yemas de los dedos rozando apenas puede sentir Pi, el coseno, las hormonas y la madre que la parió. Se agolpan, digamos, toda una serie de emociones que la ciencia obvia y quizá, sólo quizá, son las que el sastre del que habla el de Mondoñedo andaba buscando. Esas sutilezas, pienso yo, posiblemente requieran muchos más de tres decimales y un simple compás a la luz de un candil.

Hoy se le ha dado una solución burda al problema, obviando el conocimiento, la fórmula y el decimal y optando por una aproximación practicona a base de tejidos que se estiran y ajustan solos. Al sastre, no obstante, le habría gustado ver la lycra de las bragas, el spandex de los bikinis y el látex de la parroquia prona a la escena BDSM. La solución de cómo cubrir con triángulos una superficie curva, objeto de sus preocupaciones, estudios y desvelos, la hemos aproximado, que no solucionado, con telas que se estiran. Yo estoy convencido que al sastre, como a cualquier varón sano, le habría gustado ver a las mozas en bikini en la playa y, posiblemente, a Cunqueiro contarlo.

LOS BICHOS TIENEN APELLIDO

Visité la semana pasada el Museo de Ciencias Naturales y lo primero que uno aprende es que las piedras tienen nombre y los bichos, y esto incluye a humanos y homínidos, nombre y apellido. También se advierte un enorme desprecio hacia las cosas que no tienen huesos. Las cosas sin huesos, los guisantes o los plátanos, por ejemplo, no salen en el museo que es un museo de huesos mayormente. Tienen esqueletos de todo tipo de pájaros, gatos y gacelas y peces pero no tienen pulpos, calamares o medusas. Tampoco tienen sardinas, mira tú. Yo las busqué un rato, peleándome con hordas de adolescentes haciéndose selfies poniendo caras a los que sus maestras intentaban conducir de sala en sala y aturaban con paciencia benedictina. Debían de estar hambrientos, por la hora que era y el nerviosismo que mostraban. Lo cierto es que esperé hasta que se fueron y con aplicación y calma remiré los anaqueles y expositores a la busca de la sardina que no apareció, lo cual me parece imperdonable. Para un pez que reconozco a simple vista resulta ser tan vulgar que no tiene lugar en el museo. También puede ser que, como cuando me envían al Mercadona a buscarlas en aceite, tanto producto en anaquel me confunde. Lo cierto es que los empleados de los museos tienen siempre cara de pocos amigos, como si cobrarán poco por el enorme esfuerzo que hacen o necesitarán ir al baño urgentemente y faltarán horas para el final de su turno. Si en el Mercadona uno pregunta le dicen, le llevan de la mano incluso. Aquí las sardinas, allí el atún. Son gente educada y servicial. En el museo, todos tan serios, no presta preguntar. También puede ser, por buscarles la disculpa a los museantes, que los unos están para que te lleves las cosas y los otros para que no te las lleves. Quizá con su rictus desincentivan el hurto, quizá ya alguien se llevó las sardinas y el pulpo y están moscas. Ví, eso sí, al pernis aviporus, uséase el abejero europeo, que es ave rapaz estival de áreas boscosas generalmente silenciosa, aunque emite un reclamo parecido a un fliiiu piiiu, claro y ligeramente melancólico, explican. Yo no sé muy bien cómo es un fliiiu piiiu melancólico, y menos uno que lo sea sólo ligeramente, pero para esto están los museos, para coleccionar las cosas extraordinarias de la naturaleza, siempre que tengan hueso. El abejero tiene huesos, por lo menos el europeo. Los minerales, como los llamábamos en el lejano tiempo de la infancia, sólo tiene un nombre, sin apellidos. Tienen, además, nombres ridículos. Allí vi una al lado de la otra a la Fluorita y la Apatita que, nomen, omen, tienen nombre de beatas de pueblo, de viudas camareras de la virgen y planchadoras de albas, amitos y estolas. Al lado el Olivino, cerrando el círculo conceptual, que tiene nombre de sacristán y campanero. Ir a los museos es entretenido y sólo algo más barato que ir al cine pero tiene la enorme ventaja de que se aprenden cosas la mar de educativas.

FLANEAR

Estoy en puerta de hierro sin Xandra y , debidamente pertrechado con la Fisiología del flâneur de Huart, no me queda otra que sentarme en una terraza al sol. A ese sol flojo, a ese sol anémico y tuberculoso de los marzos sin nubes que no calienta si no es tras una cristalera. La cervecería jamonería Los Granaínos IV, embutidos granaínos, pescaíto frito, raciones, comidas caseras, en las mañanas de los días fríos dobla de cafetería-desayunos y sirve cortados, tostadas y corisanes todo ello en medio de vapores de aceite refrito, como las iglesias que huelen a incienso, que es olor a muerto, también los días de bautizo. En el interior el jefe, que quizá sólo es empleado, nos cuenta que se va a un crucero del amor, una semana embarcado con salida desde Barcelona. ¿Y ustedes sabéis qué es un crucero del amor? nos pregunta retórico, retador y patricio con su mandil negro ribeteado de blanco y la jarra inoxidable de la leche en la mano izquierda. Antes de que nadie pueda contestar se gira y retorciendo una perilla de la máquina cafetera la hace gritar escaldándola con vapor ardiente. Hay que reconocerle que domina los tiempos del espectáculo, de la stand up comedy.

En la terraza, estirado al sol inseguro de este inicio de primavera, revuelvo el café y a mi lado se sienta un gorrión que no me quita ojo, ora uno ora el otro en rápida sucesión. El pájaro, lustroso y minúsculo, con el plumaje de los tonos exactos de una chaqueta de tweed Harris que guardo en el armario, me mira a mi pero su interés son los churros. Grasa y azúcar son el universal culinario, pienso, y mi amigo me da la razón moviendo la cabeza, agitando las alas y cambiando el peso de una patita a la otra. Le lanzo un trocito al otro extremo de la mesa que pilla al vuelo y se lleva a quien sabe donde.

El flâneur, leo, de accidente en accidente, de empujón en empujón, va, viene, vuelve otra vez y puede acabar encontrándose o muy cerca o muy lejos de su casa, según los designios del azar. Asiento como si supiera yo del asunto, como si pudiera yo enmendarle la plana al tal Huart, y melancólicamente echo de menos un cigarrillo cuando, de pronto, a mi espalda suenan unos gritos. A la puerta del banco un tipo de unos ochenta, por lo menos, moreno, flaco, calvo en la cúspide y cano por los aladares, ha tropezado y se ha dado un batacazo de padre y muy señor mío. Sangraba por la rodilla, por el labio, por la nariz y una mano. Desde que “Baby Dinamita” Márquez se dejó tundir los lomos a los 67 años a cambio de cinco mil dólares por “Kid Panamá” Meléndrez en Asunción, Paraguay, pocos viejos sangraron tanto delante de tanta gente. Los bancarios, enfundados en trajes slim fit y corbatas de Massimo Dutti, se desvivieron los primeros dos minutos, mirando mucho que no les salpicara; las criadas filipinas, de sonrisas de plástico, todas adquiridas a plazos en un protésico dental, nunca se detienen en asuntos como este, al contrario de las sudamericanas, parte por bondad de corazón, parte por el gozo que proporcionan al alma cotilla; la farmacéutica llama al SAMUR y marcha a rebuscar en sus archivos el teléfono de la esposa del herido.

Cuando el revuelo se calma con el lesionado, en la banda, se queda, quién si no, el flâneur aprendiz, que de accidente en accidente quién sabe dónde acabará. El anciano malherido es, o fue, abogado y llevó especialmente pleitos de arrendamientos de la Ley del 64. Convenimos en que los peores eran las denegaciones de prórroga por necesidad, sin quitarle mérito alguno a las obras inconsentidas. También, mira tú, hizo las milicias en Marín, de teniente de infantería de marina, y cruzaba la ría a remo hasta Combarro a comer marisco, como Fernando Fernán Gómez en Botón de ancla, botón de ancla, tira la bota, tira la chancla. Todos unidos, unidos todos, nos salvaremos de todos modos. A Ramón, el abogado, no le cae bien Fernando Fernán Gómez, asunto en el que también coincidimos. En lo que no coincidimos es en el lugar común del marisco barato. En Galicia los castellanos siempre cuentan que han encontrado marisco barato, cosa que a los gallegos no nos ocurre, y se ve que o somos demasiado jóvenes, que puede ser, o no conocemos nuestra tierra, que también. Ramón se hinchó, a la sombra de los hórreos de Combarro, a percebes en algún momento inconcreto a mediados el siglo pasado, antes de acabar la carrera y empezar con los arrendamientos.

Cuando llegan los del SAMUR y su mujer, más o menos al mismo tiempo, “Baby Dinamita” está más calmado y orientado pero se me derrumba de nuevo al ver llorar a su mujer. La verdad es que la sangre le cubre la jeta y así de primeras uno piensa, de ésta no sale. La esposa, que saca pinta de ser de la edad pero, me aclara ella, es once años más joven, se mueve como el gorrión. Aletea, agita la cabeza, cambia el peso de pie y parece que hace, en la acera, un baile de apareamiento. ¡Ay, Papá! ¡Ay, Papá! Dice una y otra vez, mientras se abrazan y besan. El sol tuberculoso hace brillar los chalecos fluorescentes de los hombretones del SAMUR y su furgoneta medicalizada, que parece nueva del trinque, en la que desaparece el abogado. En la acera quedamos su esposa y el flâneur, su seguro servidor, ella con su baile que le lleva del bordillo de la acera a las puertas de la furgoneta, dividiendo su atención entre el cómo pasó y el cómo está. Intenta repetir para entenderlo, o quizá para sufrirlo también ella, el posible tropezón, los movimientos de la caída. La reconstrucción de los hechos buscando culpables.

El flâneur, en puerta de hierro sin Xandra, se está marchando cuando de pronto la esposa, en la enésima repetición, trastabillea a su lado y poco le falta para matarse en el mismo sitio. Es mejor que no le digamos nada, le digo señalando a la furgoneta, y ella entiende y se calma.

¿Usted sabe lo que es un crucero del amor? le pregunto a la esposa. La esposa no lo sabe y le explico la razón de mi pregunta. La esposa sigue sin saber pero ha estado en un crucero, viaje que me cuenta sin quitarle ojo a la furgoneta de colores, con los colores de un Fórmula 1. Ser flâneur, aunque en ocasiones pueda parecer una sinecura, tiene su aquel. Marcho de allí sin rumbo, quizá a la busca de otro accidente pero sin muchas esperanzas, lejos de casa y echando de menos a Xandra, un cigarrillo y mi chaqueta de tweed color gorrión.

OPORTO

En Oporto, una ciudad que, dicen siempre, es dos, hay que ver algunas cosas sí o sí. Otras, las mejores, es mejor encontrarlas por causalidad, uséase perdiéndose por las calles o callejuelas mientras buscas algo que recomienda una guía.

Empezar por los Cais es lo mejor. Visitar lo muy turístico primero, aunque sea corriendo, apresurado, te asegura poder intervenir en una conversación sobre la ciudad y demostrar que has estado. Esto, conveniente siempre, es imprescindible si el viaje te lo pagan tus padres o la empresa. Estando allí, en los Cais, todo bares y restaurantes, puedes admirar Vilanova de Gaia, la otra mitad de Oporto. No tiene pérdida, es lo que está al otro lado del río que es, claro, el Douro, al que río arriba llaman Duero. Ya que estás allí puedes, si es invierno y la gente no es mucha, tomarte un gintónic en alguna terraza, al frío y la humedad, esperando que salga uno de esos rabelos que hacen la ruta de los seis puentes. Desde esa terraza vas a admirar, sí o sí, a Ponte de Dom Luiz I y pensarás nada más verlo que es de Gustav Eiffel porque parece un andamio, como todas las cosas que construía. Pero no, no es de Eiffel, aunque lo parezca mucho.

De los Cais uno puede ir, caminando cuesta arriba, hacia la Praça do Infante Dom Henrique en la que, si dispone de numerario en cantidad suficiente, debería comer o cenar en el restaurante O Comercial en el Palacio de la Bolsa. Más que nada porque el edificio es impresionante. Los ricos ahora son esquivos y huidizos pero antes, en los buenos tiempos, gastaban la pasta en ostentaciones que tenían su aquel y la bolsa siempre fue un lugar de gente con un pasar. De ahí, subiendo algo más, llega uno a la Praça da Liberdade, indistinguible de la Avenida dos Aliados. Allá arriba, en lo alto, está la Igreja da Trindade, pero uno no la ve porque la tapa la mole del Ayuntamiento. Si uno, según mira y no ve la Igreja, tuerce a la derecha llega a la estación de tren, a donde llegan y de dónde sale los comboios. La visita es imprescindible puesto que todos hablan de los azulejos del hall. Quedaría uno fatal si en una reunión social le hablaran de esos paneles en los que los portugueses han resumido la historia de su patria y tuviera que disimular su ignorancia improvisando una gracieta. Inmediatamente hay que seguir subiendo por la Rua 31 de Janeiro hasta llegar a la Praça da Batalha. Ahí empieza, un poquito bajando, la Rua Santa Catarina, antes llena de tiendas y ahora de franquicias. Si uno, por una casualidad, desconoce el grupo Inditex y sus muchas marcas puede hacer un cursillo acelerado. Como para eso uno no viaja a Oporto sino que le sirve cualquier ciudad con más de cien mil habitantes, es mejor concentrarse en tomar un café, u otro gintónic, en el Café Majestic, una de esas reliquias que les encantan a los portugueses y que es, más o menos, lo que buscamos cuando viajamos. Cosas extranjeras, sobadas pero en uso, que nos recuerden a lo nuestro. A partir de ahí uno puede ir a la derecha, pero no vale la pena, o a la derecha y ver el mercado do Bolhao, que tiene la coña de que es un mercado de verdad, para luego bajar la Rua Sá da Bandeira hasta el Café a Brasileira, donde la calle hace curva. Ahora está definitivamente cerrado, y vaya por Dios. En nada se va a encontrar de nuevo con la Avenida dos Aliados. Yo, desde ahí, haría por pasar de nuevo frente a la estación para acercarme a ver la Muralla Fernandina, que tiene unas vistas estupendas y la imprescindible Igreja de Santa Clara para aprender, de verdad, qué significa la palabra recargado. Los inyriores chinos, que tienen fama de recargados, puestos al lado de Santa Clara parecen japoneses. Al lado de la muralla pasa la plancha superior del puente Dom Luis, y al lado de esta el funicular, y un poco más allá las doscientas y pico escaleras que llevan desde el río hasta el alto. Allí mismo, en la Rua de Arnaldo Gama, está la sede del Guindalense Futebol Clube, que tiene un bar cutre, con manteles de hule, platos de duralex y futbolín. Lo que tiene también son dos o tres terrazas con la mejor vista de Porto, del río, del puente, de Vilanova, y adornadas con bombillas de colores. Es el sitio más chachi de la ciudad para una cena romántica, como las de las trattorias de las películas, Vacaciones en Roma o una de esas en las que Sofía Loren hace spaguetti. Por el puente, antes, pasaba el tren; ahora el tranvía lo comparte con los peatones y puedes, después de cenar, llegar paseando hasta Vilanova de Gaia. En Porto hay que ver, también, esta vez al otro lado de la Avenida dos Aliados, a Torre dos Clérigos, la Universidad, que está al lado y, ya que estamos, la librería Lelo que está allí mismo. Aunque lo cierto es que desde que ha puesto de moda ya no hay bibliófilos y son hordas de cinéfilos los que vagan entre los libros arrastrando los pies como zombies. Allí mismo está la Calle Galería de París, llena de sitios a los que ir a tomar copas, con la ventaja, al menos la última vez que lo miré, de que dejan fumar. Es muy conveniente ver a Casa da Música, en la plaza de Mousinho de Albuquerque, en medio de la Avenida Boavista. Si un edificio es cubista es este y vale la pena recorrerlo por dentro. Siguiendo la Avenida, a medio camino de Matosinhos, donde acaba contra la playa y el mar, está la Fundación Serralves, con unos jardines preciosos, arte por un tubo y una mansión, la del señor Serralves, de color rosa y que por el estilo podría estar en la playa de Miami. En las casas de las calles que la rodean podría uno acostumbrarse a vivir sin demasiados esfuerzos. En Matosinhos además de la playa es la zona industrial, y en ella están las discotecas de moda, si acaso alguien tuviera  ganas de bailar.

LLUEVE

El gato lustroso y bien alimentado, el gato ahíto, te mira lejano, callado y como ausente. El gato bien nutrido padece el nihilismo de la plétora, concepto brillante y lustroso, luminoso, que debemos a E.M. Cioran que en ocasiones, y ustedes me perdonarán, se comportaba como un gato, asocial y pasivo rozando lo sociópata. El gato debería ser metáfora de algo y no de la sensualidad porque el gato, si satisfecho en sus apetitos, es más vago que la chaqueta de un guardia, o de un guarda si es Ud. un purista. Los gatos, en su mundanal indiferencia, y por esa chepa que les sale cuando sentados, son poco sensuales y transmiten una tristeza que conecta directamente con unas penas que sólo podemos imaginar. Los gatos cuando no están pasivos y tristes están ansiosos y enfadados, incluso cuando juegan, razón por la cual lo sensual, que es todo matiz, no sé de dónde coño lo sacan quienes afirman verlo. El gato es, contra todo lo que dicen, claramente masculino, evidentemente asperger, impepinablemente egoísta. Al gato la femineidad se la ven quienes no ven tres en un burro, quienes no perciben que chorrea chulería y arrogancia y dandismo mal entendido. El perro, por el contrario, es sociable y gregario, y la indiferencia le es por completo ajena. Dice Satur que hoy llueve en Madrid, lo cual que bien, que ya hay de qué hablar además de los problemas que inventan los catalanes. También aquí llueve, y ya vamos llegando, con la indiferencia de los gatos sanos y bien alimentados que pasan a tu lado, atentos a sus cosas de gato, y ni te ven. Incluso más. Hoy llueve con esa indiferencia que la naturaleza pone en las cosas de los hombres y de las portavozas, que son cosas siempre menores, nimias, son cosas por las que no llega ni a manifestar desprecio. Hoy pasan las nubes y descargan a la buena de dios gotas gordas y frías y parece que llevan cayendo desde siempre y que van a seguir cayendo para siempre y hoy los gatos y los camaleones, reyes del desinterés, parecen meros aprendices. La madre naturaleza tiene un aquel de madre ausente, distante e inaccesible, de madre fría y desleal, que en días de lluvia monótona se acrecienta y desaparece, mira tú, cuando la tempestad y el aguacero.

TRUTH OR CONSEQUENCES

Si vas a Nuevo México y te acercas al Río Grande, como hacía John Wayne en sus películas, quizás puedas acercarte a Truth or Consequences, al que de ordinario llaman T or C, por abreviar un poco. Hay pueblos que quizá no vale la pena visitar y esos son los mejores para visitar, porque ir contracorriente tiene su cosa y eso lo saben los habitantes, 6411 en el último censo, de la capital de Sierra County, New México. Aquello se llamaba Hot Springs, NM, nombre anodino por descriptivo dado que hay manantiales de aguas termales, hasta el día 31 de Marzo de 1950, fecha en la que para ganar un concurso de la radio votaron por abrumadora mayoría, 1294 síes contra 295 noes, cambiarle el nombre a T or C. La publicidad, la estrategia de comunicación, lo es todo dicen los que saben, y esta es cosa que ya sabían la inmensa mayoría de los habitantes de Hot Springs, NM, en marzo de 1950. Hot Springs era un pueblo anodino y aburrido y T or C también pero tiene su aquel, el aquel de llamarse Truth or Consequences, el nombre de un programa de radio que luego saltó a la televisión. Uno podría decir, mirando el mapa, que T or C está a la vera, en la ribera, del Rio Grande pero sería mentir. T or C, antes Hot Springs, está a al lado del río como podría estar en otro sitio cualquiera. Ni las casas ni las gentes lo miran ni al rio parece preocuparle que a su vera, en su ribera, se haya instalado una comunidad tan voluble e inestable que le cambia de nombre al pueblo por un calentón. Los de T or C son, creo yo, los típicos americanos que se casan en Las Vegas con una stripper que acaban de conocer, por una apuesta. El Río Grande, cuando deja T or C, se deja remansar en Caballo Reservoir, se pasea por las afueras de Las Cruces y se deja caer hasta esa ciudad partida que es El Paso-Ciudad Juárez, dividiéndola al hacer frontera. El Río Grande, ese que viene desde T or C, es el de los emigrantes ilegales, los alijos de mota y coca y los cadáveres balaceados en las orillas. En el pueblo antes conocido como Hot Springs hay, al menos, dos museos y varios spas de aguas calientes con sus respectivos hoteles que la gente valora positivamente en las webs de viajes. Están el Museo de los Apaches y del Indio Gerónimo y el Museo Militar. Si vas a Tiorsí papá, cuidado con los apaches, no comas foiegras de pato ni vayas a un cabaret si quieres pasar el rato. En Tiorsí, Níu Mécsico, te puedes dejar caer por la calle Camino del Cielo, por ver qué tal. Allí vive Margaret Primrose, que fue telefonista del Proyecto Manhattan en el mismo Condado de Sierra, cuando en el año 45 detonaron una bomba en Arenas Blancas, la primera de la historia. Margaret es pequeña, flaca y reseca, como la tierra en NM y específicamente en Hot Springs, y tiene carita pequeña y de mofletes colgantes, dados de si, como una ardilla o un trompetista de jazz. Ella no votó en el referéndum para cambiarle el nombre al pueblo porque estaba en San Diego, casada con un militar de la cosa atómica y criando tres hijos. A ella estas cosas más o menos le dan igual y su preocupación ahora es ir a misa los domingos, asunto para el cual viene su sobrino Richard a recogerla con puntualidad militar. Después de recorrerlas todas, la Fellowship Alliance Church, la Church of Christ y la Desert Springs Lutheran Church ahora va a la New Hope Revival Church, porque el Pastor González es el que más claramente predica a favor de la resurrección de los cuerpos; prácticamente te la asegura. A cierta edad, en ciertos sitios, si uno encuentra algo que proporciona la más mínima esperanza, se ha de aferrar a ello.

INDULGENCIAS

Por la presente concedemos cuarenta días de indulgencia, en la forma acostumbrada, al lector o lectora que leyere el libro llamado “La línea imaginaria“, del autor Mortimer Gaussage, con atención, piedad y devoción cristiana y, al tiempo, pida a Dios por las almas del Purgatorio en general y la del autor en particular, por considerarlo los doctores de esta Curia de recta moral, ajustado a la doctrina y de utilidad para el alma de la feligresía y damos nuestra licencia para que a la concesión de esta gracia pueda darse publicidad por medio de la imprenta. Nihil Obstat.

 

CHOPSUEY FANZINE ON THE ROCKS

ERLE P. MATTHIS

El 18 de febrero de 1945, en el Meadowbrook Ballroom en Cedar Groove, New Jersey, la orquesta de Woody Herman grabó en directo su versión de “Red Top”. Woody Herman dirigía la banda y tocaba el clarinete solista. El resto de la orquesta la formaban Ray Wetzel, trompeta solista; Saul “Sonny” Berman, Walter “Pete” Candoli, Carl “Bama” Warwick y Charles Frankhauser, trompetas; Willar P. “Bill” Harris, Ralph Pfeffner y Ed Kiefer, trombones; Sam Marowitz, saxo solista; John La Porta, saxo; Joseph E. Filipelli (“Flip” Phillips) y Pete Mondello, saxo tenor; Skippy DeSair, saxo barítono; Margie Hyams, vibráfono; Ralph Burns, piano; Billy Bauer, guitarra; Greig Stewart “Chubby” Jackson, bajo y Dave Tough, a la batería. Lo recuerdo perfectamente porque aquella noche, sobre las 21:45 PM, Erle P. Matthis se enzarzó con Jackson McKenzie en la barra porque le habló a su mujer y pensó que estaba intentando flirtear con ella. A resultas de la pelea, nunca boxees con un boxeador, aunque en el ring sea un fracasado, Erle perdió un ojo y con él su trabajo de conductor del metro y empezó a beber más de la cuenta. Ocho o nueve meses más tarde su mujer lo dejó llevándose a los niños y luego de dar tumbos por la costa este como empleado precario en trabajos culturales, creativos y académicos contemporáneos en el marco de la agenda neoliberal y el mundo en red, obviamente desesperado y ya muy enfermo, a mediados del 47 marchó a Seattle a casa de su hermano Edward. Él no sabía que Edward, desde su vuelta de la IIGM, junto con otros tres compañeros marines de 23th regimiento con los que había desembarcado en Iwo Jima, se dedicaba a atracar sucursales del North Pacific Consolidated Bank. Erle pensaba que era perito agrimensor y se movía por todo el estado de Washington con esas cajas en las que llevan los teodolitos midiendo terrenos para empresas madereras. La misma noche en la que llegó a la casa de su hermano, en la Avenida Morgan con la 38, entre Fairmount Park y Gatewood, la policía la asaltó para detener a la banda de atracadores y durante el tiroteo una esquirla de madera lo dejó sin vista del otro ojo. Completamente ciego, sin dinero para pagar la fianza o una defensa decente, temblando por el síndrome de abstinencia, se suicidó en la penitenciaría federal de la Isla McNeill colgándose con una cuerda hecha con retales de las sábanas. Eran las 21:45 PM del 18 de febrero de 1948 y habían pasado tres años exactos desde que la orquesta de Woody Herman, “The Band that Plays the Blues”, grabara el “Red Top” y Jackson “Hurricane” McKenzie le volara el primer ojo de un crochet envenenado. Y mañana se cumplirán 70 años de la muerte de Erle P. Matthis. Hay quien dice que suicidio no viene de sui caedere, matar a uno mismo, sino de sus, suis, cerdo. El suicidio en ese caso sería, literalmente, matar a un cerdo. Eso, siendo ingenioso y divertido, no es más que echar sal a la herida, cosa que quizá no procede. El asunto todo es muy triste pero por lo menos la canción es buena.

LUBINA ROBÁLOVA

Una vez tuve una novia rusa o ucraniana o así. Una novia eslava que nadie sabe de dónde salió ni a dónde, después, marchó con su prosodia siberiana, sus ojos grises y sus piernas largas. Lubina Robálova, o Robalova, que de todo la llamaban, apareció por aquí como las crebas en las playas, por capricho de las olas y los vientos. A Lubina Robálova mi abuela siempre y yo en la intimidad, entre edredones y mantas, cariñosamente, le decíamos robaliza, como otros llaman a la suya palomita o ruliña. A Lubina esto le daba igual, porque las rusas o ucranianas, las eslavas en general, son de natural agradecidas. Las eslavas, siempre según mi experiencia, hacen buenas novias y malas esposas, quién sabe por qué, son cosas que pasan. También hay pescados que hacen buen caldo y mala comida y nadie se espanta o escandaliza, y eso por no traer el lugar común de la gallina vieja. Lubina era teóloga y llegó aquí por el Camino de Santiago, que nos trae cosas de la tierra como la corriente del golfo nos trae cosas de la mar, cosas que quizá allá, donde empiezan viaje, no son raras pero aquí un poco sí. Lubina tenía los ojos clarísimos, del gris de una mañana de niebla, de un gris glauco como los besugos que compras poco frescos o los que sacas del horno bien asados. Uno nunca había tenido una novia teóloga, ni rusa, o eslava, y, si me apuran, casi ni novia había tenido, así que uno, en aquella circunstancia, se encontraba despistado. En este rincón, no obstante, estas cosas las solucionamos con el natural cosmopolitismo que nos caracteriza. Unos acceden a ese status viajando, marchando de casa con intención de nunca más volver y los otros, menos valientes, observando lo que las corrientes y el Camino nos traen. Para ser de verdad cosmopolita solo hay que ser un poco paleto, asombrarse por lo asombroso, preguntar lo que no se sabe y, sobre todo, tener claros un par de principios morales. El resto va solo. Lubina, en bikini, te hacía creer en Dios con mayúsculas y sus caderas alejándose refutaban descreídos sin aparente esfuerzo, con un swing siberiano que, como no lo tengo grabado, pervive sólo en mi recuerdo. La teología tiene la gran ventaja de que es ciencia irrefutable y Lubina contaba con carismas que hacían que ni te planteases la duda. La Dra. Robálova, teóloga, hablaba con convicción de los falsos dioses, las falsas creencias y los falsos profetas y uno sólo era capaz de asentir, cosmopolitamente enamorado o enamoradamente cosmopolita, asentía con una sonrisa bobalicona y murmuraba robaliza mía, y se hundía en la niebla de sus ojos grises. Robaliza mía escribió un tratado farragoso, en esas letras que usan las eslavas que parecen garabatos y podrían ser cualquier cosa, sobre los que adoran a Elvis Presley como Dios, las facciones en las que se dividen y sus peleas y controversias. Los Elvitas, escisión extremista de la First Presleyterian Church of Elvis The Divine, odian a los Presleyterianos por razones tan obvias que nunca han sido, que se sepa, explicitadas. En estas cosas andaba Lubina, en averiguar por qué los Elvitas se persignan como los católicos y los Presleyterianos como los ortodoxos, es decir de izquierda a derecha los primeros y de derecha a izquierda los segundos. Eso sí, los unos y los otros, me explicaba mi Robaliza entre edredones y revolcones, todos, los unos y los otros, dicen LOVEME-TENDER-LOVEME-TRUE mientras hacen el gesto y yo, para aprenderlo, se lo hacía a ella, de la frente al ombligo, de una teta a la otra. Las rusas, las eslavas en general, hacen buenas novias. Quién sabe por qué.

EDDY

A Eddy Merckx le llamaban El Caníbal porque era un poco cabrón, que no le llegaba ganar las vueltas, los giros, las etapas y los premios de la montaña con sus ramos de flores y sus bellas señoritas, que además tenía que ganar todas las metas volantes y quedarse con los jamones, los lotes de productos típicos, los vales descuento y los televisores en color. Todo eso no lo repartía con los gregarios de su equipo y seguramente lo que no podía llevarse a Bélgica, en aquella Europa entreverada de fronteras, se lo comía antes de cruzar la aduana o lo vendía en un mercadillo. Por esa misma época, y en parecidas circunstancias, Sofía Loren tuvo que zamparse una mortadella del tamaño de un bebé en el aeropuerto de Nueva York lo cual también tiene algo de caníbal. Eddy Merckx iba siempre de amarillo aunque no ganara, creo yo que por joder, y se creía el mejor y seguramente lo era, pero caía muy mal y a mi, de la rabia que le tengo, hasta se me da un aire a El Chicle, el asesino de Rianxo. Este también andaba en competiciones de maratón y cosas así de largas y esforzadas. Puede ser que esa manía que le tengo, la misma que le tienen los profesores de matemáticas a sus alumnos y en general a todo el mundo, hasta a los de lengua y literatura, me haga verlo peor de lo que es, pero quizá no, quizá tengo razón siguiendo el corazón. Si pienso tarde en ciertas cosas, por ejemplo en Eddy Merckx, el Caníbal, esprintando para quitarle a uno de sus subalternos en la Vuelta del 73 el lote de turrones de la meta volante de Jijona, hoy Xixona, a las once de la noche o así, pueden quedarse en mi cabeza dando vueltas, como una melodía pegadiza, y quitarme de dormir. Pocas cosas hay más rastreras que esa codicia mezquina de las cosas pequeñas, esa que, a lo que se ve, llenaba el alma o el corazón de Eddy, o ambos. Imagino a Eddy, el Caníbal, vencedor de la vuelta, líder de la general, levantándose antes que su compañero de habitación, una mañana de junio en un hotel de dos estrellas en Albacete para meter en la maleta sin ser descubierto los jaboncillos del baño. Birlándoselos a la dirección del establecimiento y al compañero de habitación. Así era Eddy, que esprintaba a dolor en las metas volantes que en primavera nacían como flores por las cunetas de Europa y trincaba los jaboncillos de todos los hoteles y pensiones del camino. Creo que la diferencia entre un ladrón profesional y uno aficionado, un amateur de lo ajeno, un diletante del robo, es que el segundo no robaría cosas feas, cosas que no le gustan. Un profesional, por el contrario, sabe que hay una ética, un código, según el cual no debe uno discriminar a los nuevos ricos, a los horteras sin gusto, a los paletos con dinero. Estos merecen la atención del profesional al igual que los pobres, los que aparentan no serlo y los que no siéndolo lo parecen. El profesional, y se ve que Merckx lo era, gana todo lo que hay para ganar o roba todo lo que hay para robar, sin distingos, sin disquisiciones, sin caer en arbitrarias discriminaciones o inaceptables caprichos. Estamos a lo que estamos, que es a ganar, y si en la meta volante de O Carballiño toca pulpo y en Las Pedroñeras tocan ajos, ya vendrá donde toquen vino o queso o jamón o el televisor en color. Yo, a pesar de todo este argumento tan racional, a Eddy le tengo la manía sorda y rencorosa que le tiene el profesor de matemáticas al alumno que saca notas en todo menos en lo suyo, porque piensa que si se esforzara sólo un poco podría hacerlo bien. Todos somos conscientes de que el camino al triunfo se lo va pavimentando uno mismo a base de metas volantes, y que así es la vida, pero creo yo que si dejaras pasar algunas, Eddy, demostrarías saber ganar como un caballero, pero por algo te llaman El Caníbal, Eddy, aunque seas el mejor y vistas siempre de amarillo, Eddy, como un gofre, ese dulce cutre con forma de baldosa.