NAVIDAD

Amaro el falso nació hijo de soltera como Serafín Báez en Villarino de los Aires, provincia de Salamanca, y muerta su madre al parirlo lo crio su abuelo. A los veinte días de empezar la guerra una mañana cogió la escopeta y el zurrón, oyó misa y se fue a Portugal dejando una nota: “Yo en esta guerra no conozco a nadie.” Amaro Mella era de A Tarroeira, parroquia de Santa Eufemia do Monte, término de Toques, provincia de A Coruña, y ya llevaba un tiempo en Portugal dicen que escapado de la justicia por matar a uno de Axurbide un 15 de mayo, día de San Cidre. Dicen también que lo merecía. Acabaron los dos embarcados en el Inhaca, un mercante de cabotaje que daba cada año la vuelta a África parando en las colonias y recayendo en Lisboa por Navidad. Un día de verano, en Ciudad del Cabo, Amaro Mella conoció a una moza rubia y bóer de la que se encaprichó y acabó en el muelle viendo al Inhaca humear rumbo sur hacia el cabo Agulhas con el petate de Serafín al hombro y en él su documentación. De ahí en adelante Serafín tuvo que empezar a usar la de Amaro pensando en que en la siguiente vuelta al continente se reembarcaría o, al menos, podría recuperar su identidad, cosa que no llegó a pasar nunca. A Serafín lo de la moza rubia no le cuajó porque estaba de Dios que no cuajara visto cómo eran y sudafricanos y lo siguen siendo.Karen de Vries era de una vieja familia y se rebelaba junto a sus amigos tonteando con la chusma en barrios de negros, emigrantes y marineros; rebeldías de juventud que muchas veces suelen ser sólo afirmación de quién eres.Serafín, ahora Amaro, en la Navidad de 1941 acabó enrolado en la Marina de los USA con un nombre inventado, un nombre un poco de esclavo negro, AugustSummer, con el que hizo la guerra en China y recibió una medalla. Amaro, puede que resignado con su nuevo nombre y quizá algo poseído por él, en una de esas vueltas de Lisboa a Mozambique pasando por Cabo Verde y Angola, conoció a la que fue su esposa en una escala en Port Said. “Morena, en tus ojos verdes me quedaba yo a vivir”, piropeó a una muchacha como nunca había visto otra ni en España ni en ningún puerto. Amaro, confesaba, se amparó en el idioma para esa osadía pero ella, Irene Benhamú, le contestó en un castellano arcaico pero preciso algo así como que se fuera a tomar viento fresco.Amaro enseña una foto vieja que saca con cuidado de la cartera en el que se ve a Irene con pantalones de hombre, camisa blanca, unas gafas RayBan de aviador y una sonrisa que se le extiende con arruguitas por toda la cara. En aquella guerra en la que Irene andaba metida, en la guerra de montar un país nuevo en Palestina sí se quedó, porque allí conocía a alguien. Serafín Báez, ahora AugustSummer, antes Amaro Mella, acabó comiendo arena en una trinchera de un atolón del pacífico mientras la metralla le volaba por encima de la cabeza y en cuanto pudo se presentó voluntario para lo primero que salió porque nada podía ser peor. Lo mandaron a la India y de allí en avión a China, donde le dieron una radio y lo pusieron al mando de un teniente novato. Cruzaron el paíshasta el norte donde la frontera mongola, primero en jeep, luego en burro y montaron en un páramo perdido de la mano de Dios una estación meteorológica que debía enviar los datos necesarios para planificar todas las operaciones navales en el Pacífico. Serafín hizo tres guerras con las IDF, tuvo tres hijos y vivió en tres países, en cada uno de ellos con un nombre distinto. Luego, viudo, volvió a España buscando al dueño de su verdadero nombre, quizá con intención de recuperarlo, quizá sólo por curiosidad de saber en qué habían estado metidos sus apellidos. Serafín, nacido Amaro, conoció a Antonio Conde en la calle, a la puerta de un veterinario. Serafín lloraba abrazado a Karen quien ya tenía la mirada de las mil yardas, esa expresión que se les ponía en los atolones a quienes no soportaban el horror de la guerra. Se les había muerto el perro, un animal que, por aquel entonces, era su única compañía. Irene Benhamú murió de un cáncer de pecho, otra maldición de las judías, e Irene su hija mayor también. La pequeña, Miriam, vive en Tel Aviv y le envía cartas que Serafín les lee a Amaro y Antonio, con esfuerzo, traduciendo con cuidado esas letras que parecen taquigrafía, intentando ser preciso. Amaro volvió de China, ya se dijo, con una medalla y malaria pero dejando allí a una hija que prometió a su madre iría a buscar y se dedicó a lo que muchos, recorrer el país en una moto excedente del ejército con un enfado y un desarraigo que todos quisieron ver como rebeldía de juventud. Karen de Vries tenía dos hijos y vivía en un suburbio de Ciudad del Cabo cuando un día se volvió negra. Esto es exageración porque fue cosa de unos meses. En Sudáfrica la ley discriminaba a los negros pero ninguna ley decía quién eranegro y quien no. Primero las otras madres del colegio fueron dejando de hablarle, luego los conocidos, más tarde los amigos y la familia política y finalmente su marido pidió el divorcio. Acabó en el barrio del puerto rodeada y acogida por los amigos más golfos de su juventud, la morralla negra, india y latina. A Karen de Vries, bóer de las primeras familias, las suprarrenales, Addison mediante, la hicieron negra y su mundo dio un vuelco. Un día triste escribió a la consignataria del Inhaca y le contestó muy amable y ceremonioso don Armindo Pinto Basto en un perfecto inglés comercial dándole una ultima dirección de Serafín en Port Said. Amaro recibió carta de Karen y, estando ya en el oficio de los secretos, averiguó el paradero de Serafín y la reenvió a San Diego, California. Karen ya no está para entenderlo pero desde hace unos años en Navidades le llega una postal sin firma desde un pueblo en Sudáfrica deseándole Feliz Navidad. Mientras Serafín cruzaba la frontera a de España a Portugal Antonio la cruzaba también pero en distinto sentido, volvía de vacaciones de su segundo año de medicina en Coimbra, sólo para descubrir que habían paseado a su padre y que a él lo buscaban. El día del Apostol llegaron de Compostela unos uniformados y de casualidad lo encontraron en la calle y le preguntaron si no sabría dónde vivía Antonio Conde. En lugar de callar dijo no busquen más, soy yo mismo. Antonio pasó once horas en la caja de un camión al ralentí con otros siete tipos tristes mientras su tío, falangista de uniforme, entre ordenes contradictorias, llamadas de teléfono y gritos de usted no sabe quién soy yo hacía las gestiones posibles para que lo soltaran. Amaro volvió a recorrer América del Norte con Karen, ahora en una roulotte, mientras Serafín vivió en Roma, en Madrid y en Berlín, dejando entender cuando lo cuenta que haciendo de espía. A Irene le confesó con pesar la falsedad de su nombre cuando ya estaba muy enferma; Irene, judía sefardí de Estambul llevaba en la sangre el respeto a la tradición y la identidady guardaba en una caja doscientos años de ketubot de la familia. Antonio nunca pudo volver a Coimbra porque tardó diez años en conseguir que le devolvieran el pasaporte y con la carrera de medicina se le escapó el amor de su vida; una portuguesa modosa que estudiaba letras y cuyo afecto por Antonio no resistió la separación a pesar de las muchas cartas. Cuando está entre amigos toca la mandolina y canta fados en voz baja, con timidez pero con emoción y una vez, ya viejo, fue a la clausura del curso escolar, a la Serenata la Queima das Fitas en la plaza da Sé Velha pero volvió con una tristeza que le duró meses y se prometió no repetir. En Navidades los tres se juntan y cenan en casa de Antonio. Serafín se afana cocinando alguna de las cuarenta recetas con berenjena del libro manuscrito que a Irene le dejó su abuela y abren una botella de vino de jerez. Hablan poco porque aunque no se lo saben todo los unos de los otros lo que falta se lo pueden imaginar y en todo caso ya irá saliendo. Después de cenar se acercan al fuego y Antonio canta algo mientras en una vieja filloeira asan las ultimas castañas, removiéndolas de vez en cuando con las palmas de las manos, con el mismo movimiento con el que se barajan las fichas del dominó. Este es el momento en el que Serafín lee las cartas de su hija y Amaro le muestra a Karen, comida por dentro por el Alzheimer, las postales que llegan, sin firma, de Sudáfrica. Al final, quieras que no, tus hijos, son tus hijos y se acuerdan de ti, coinciden todos en voz alta sabiendo que el tiempo de conmoverse se le ha pasado. Amaro piensa en su hija china a la que durante mucho tiempo quiso conocer y sabe que nunca conocerá. Antonio mete en la boca media castaña y con ella un buchito de anís porque así mezclado sabe un poco a marrón glasé. Serafín come despacio mandarinas partiendo los gajos y poniéndoles una pizca muy medida de sal. Antonio deshace los Ideales y los lía de nuevo con papel bueno, Bambú, el más fino y aromático, y va tirando a las llamas las colillas que desaparecen en un santiamén. Junto al fuego en una olla grande hierve agua. Los tres coinciden en que pasar la vida solo es terrible, pero también lo es estar casado y ver cómo se muere la persona que mas quieres. En realidad no hay mucha alternativa, quedan sólo esos pequeños detalles. A las once y media Amaro rellena con un cazo una bolsa de goma con el agua hirviendo y se la pone a Karen bajo los pies, le coloca bien la manta sobre las piernas y el chal sobre los hombros, la repeina un poco y salen los tres empujando la silla de ruedas a oír la misa del gallo. Uno quiere ser quien es, todos lo queremos, pero uno de cierto nunca lo sabeporque quienes somos lo dicen los otros, la familia, los amigos y, en muchas ocasiones, el azar.

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