QUÉ HACEMOS

Poner adjetivos a Dios y a las mujeres. A eso se reduce todo. Tanto que están casi agotados, casi gastados, marchitos por el tiempo y vacíos de sentido. Dios está muerto o quizá siempre lo estuvo y pronto también las mujeres. Quedará averiguar si se acabaron por el agostamiento del epíteto o éste se mustió, lento pero inexorable, al desaparecer las mujeres.
Qué coñazo, 20 siglos hablando de Dios. Exagerando carismas, atributos y naturalezas. Regueros de adjetivos inflados en incomprensibles frases laudatorias impresas en papel de fumar. Toneladas de papel tatuado en letra gótica con los rastros de un lenguaje exacerbado de alabanzas fruto de una soberbia disfrazada de humildad. A ellas contestaban soberbios y enojados, con los mismos kilómetros de palabras, las innumerables hordas de herejes y blasfemos, los descreídos a tiempo completo de verbo ardiente de fuego eterno.
Esa misma dilatación del lenguaje, esa exageración bárbara en busca de los límites, servía, tabla de salvación, a los distraídos, los libertinos y los viciosos ocasionales, de cuchillo y orquesta, de instrumento para hablar de y a las mujeres. Coño! Vivimos 20 siglos de adjetivos de adulación y elogio y esos mismos 20 siglos de insulto y desdén, con ese mismo lenguaje ya estirado y dilatado. Un lenguaje que sólo tuvimos que adaptar a unas curvas nuevas, a unos pliegues más armónicos y humanos.
Ahora, que falta Dios y a las mujeres, en proceso de extinción, no se les puede hablar con la hipérbole y la exageración, qué hacemos con todo lo que inventamos, jugando a profetas, héroes y amantes de papel? Qué hacemos con esas frases ampulosas que prometen infinitos, bajan estrellas, alaban labios y navegan lagos inventados en pupilas azules?
Yo, un café. Solo.

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